Día lluvioso,
Lágrimas tristes.
El cielo estaba gris, se podía observar el desierto a ambos lados del riel. El tren se había detenido en la estación. Casi todas las personas que estaban en los vagones salieron. Una terrible tormenta azotaba, inusual en aquel lugar del este y lo mejor era que las personas esperaran en la estación hasta que la tormenta se calmara. Se podían observar las gotas de lluvia golpeando las ventanas y cayendo como si fuesen lágrimas en un frío rostro; un rostro sin sentimientos, que duramente demostraba emoción alguna.
Varado por un momento mientras los pasajeros bajaban, en uno de los últimos asientos del último vagón, estaba una niña, de aproximadamente tres años de rubios cabellos, peinada con dos colitas, una a cada lado, vistiendo un largo vestido blanco y zapatos del mismo color parada sobre el sucio asiento, viendo la lluvia y a la vez, soplando con su cálido aliento el vidrio de la ventana, haciendo dibujitos que desaparecían rápidamente. A su lado, sentada, estaba una joven, no mayor de veinte años, con una expresión fría en su rostro, tan fría como la lluvia de ese mismo día. La joven, de rubios cabellos, quien parecía ser la hermana de la niña, permanecía escondida bajo un abrigo gris, en cambio, tenía su mirada baja y parecía ignorar a la niña, su cara tenía un aspecto sombrío, y guardaba un silencio sepulcral mientras la niña, a su lado, continuaba riendo felizmente.
La niña volteó su mirada hacia la joven. "Mama… ¿ya vamos a llegar?" preguntó al notar que eran las únicas que permanecían en el tren.
La joven seguía callada mientras la niña, cansada de estar parada, se recostaba sobre el hombro de la joven. Minutos más tarde, el tren se puso en marcha. La joven se deslizó la manga de su abrigo y miró su reloj, luego bajó la manga de su abrigo al mismo lugar de antes y desvió su mirada hacia el asiento vacío de al lado.
El yermo paisaje parecía un mar de arena y agua, moviéndose con violencia a los lados del viejo y oxidado tren. La joven, sacó un folleto de su bolso y se puso a leerlo en el trayecto hacia la próxima estación de tren.
El viento golpeaba las ventanas del tren tan pronto avanzaba en el vasto desierto. Las gotas de lluvia se oían como un estrepitoso galopeo, caballos que corrían al lado del tren, golpeándolo con fuerza.
La chica quien no despejaba la vista del librito de la Academia Militar, de repente desvió su mirada a la pequeña que yacía a su lado, probablemente viajando en sus sueños a una tierra encantada, a un lugar donde no existe mas que felicidad y fantasía. Dejó caer una lágrima sobre su folleto y una sonrisa se dibujó en su rostro. Llevó su mano hasta el rostro del infante y la acarició tiernamente y su sonrisa se desvaneció.
En todo el viaje, ambas parecían no ser más que dos extrañas; por su parecido, dos hermanas; pero, nunca nadie hubiera adivinado que el parentesco que ambas compartían eran el de madre e hija. Los pocos que las conocían apenas y podían creer que la chica fuera la madre, pues era aun muy joven.
La chica desvió su mirada de nuevo al folleto y suspiró. Lo leía ávidamente con su fuerte y penetrante pero a la vez sufrida y dolorida mirada. "Cinco minutos antes de alcanzar la estación de Youswell" un empleado avisaba a las únicas pasajeras del tren.
Youswell, la última parada del tren antes de que diera vuelta y regresara a Central por Liore, otra ciudad que se encontraba al este de Amestris.
"Despierta, ya casi llegamos" la madre dijo, guardando su folleto y desplazando ligeramente a la niña hacia un lado. Dando un profundo suspiro, tomó la pequeña pero pesada maleta de la niña y la puso en el asiento de enfrente.
La pequeña niña bostezó, llevando sus manitas a la boca y le sonrió a su madre, poniendo una tierna muñeca con la que viajaba a un lado de donde estaba sentada.
El tren se detuvo lentamente y el empleado llamo: "Estación de Youswell, el tren se detendrá por diez minutos y seguirá a la próxima estación en Liore"
"Nos bajamos aquí" dijo tomando la mano de la pequeña niña con su mano izquierda y tomando su maleta con la mano derecha.
La pequeña, sostuvo la mano de su madre fuertemente y comenzó a caminar junto a ella. Al llegar a la salida del vagón, bajo la lluvia, la chica le ayudó a su hija a salir, la colocó sobre su pecho y la sostuvo con su brazo, caminaron cerca de cincuenta metros del tren hasta la estación y bajó a la niña, colocando su maleta a su lado.
"Voy por mis cosas, no te muevas de aquí hasta que regrese" la madre dijo, acariciando a la niña en la cabeza.
"No lo haré mamá" dijo la pequeña con una gran sonrisa en su rostro, acurrucada bajo la lluvia, que caía fuertemente.
La madre regresó caminando al tren y entró junto con otros pasajeros. La niña se distraía viendo la lluvia caer, cuando de pronto, escuchó que el tren se empezaba a mover. "¿Mama?!" gritó al ver que el tren ganaba velocidad y desaparecía en instantes por el horizonte, mientras la pequeña corría tras él. Su cuerpo cayó en un charco de agua y arena, mientras sus lágrimas recorrían su rostro y sus pequeñas manos se aferraban fuertemente al suelo, temblando.
"¡¿MAMA?!" su llanto era tan estremecedor que se confundía con el sonido de la lluvia al caer. "Mama…" se escuchó su voz temblar mientras se debilitaba. Bajo la lluvia.
La joven llegó hasta el asiento donde estuvo hacia unos momentos con su pequeña hija. Estaba empapada… y temblaba, su cara parecía aun más fría que antes, las gotas de lluvia que habían caído sobre su rostro escondían la agonía que atravesaba, que se desencadenaba en tímidas y silenciosas lágrimas.
Se sentó y bajo su cabeza, desviando la mirada al lugar donde su hija había estado, apoyada en su hombro minutos antes. Allí yacía una muñeca. La muñeca que la pequeña considerada como su hija. La había dejado abandonada…
Un grito se escuchó en uno de los vagones. Un grito que solo significaba dolor, muy dentro del alma.
