"¡Gral

"¡Gral. de Brigada!" La voz de un oficial se escuchaba en la base, en conjunto con un pisoteo apresurado pero firme. Era difícil poder ver en la inmensa oscuridad que envolvía al edificio; sin embargo, eran pocos los que aun permanecían en su trabajo, pues eran avanzadas horas de la noche y la mayoría tenían turnos que acababan al terminar la luz del día.

"¡Gral. de Brigada Mustang!" Se volvió a escuchar en uno de los pasillos, cercano a las oficinas de los oficiales de altos rangos. En medio del silencio, que era interrumpido por la respiración agitada del hombre y de sus gritos, se escuchó el abrir de una puerta y el ruido de pasos que se alejaban.

El hombre, de alta estatura, delgado, con una mirada que demostraba preocupación y con su cabello rubio desordenado al frente, siguió caminando, y entró a la habitación que se acababa de abrir. La tenue luz de luna iluminaba la sombría oficina. "¿Hola? ¿Hay alguien aquí?" preguntó, sin obtener respuesta. Se sentía olor a humo y él pudo notar que no era el de cualquier cigarrillo. El oficial se dio la vuelta y continuó caminando hacia el pasillo. "¡Gral. de Brigada Mustang!" repitió sin obtener respuesta alguna.

"T-te...nien…t-te S-se...gun...do... Ha...voc..." Se escuchó no mucho después de su llamado. El hombre volteó su mirada de nuevo a la habitación, y observó un charco bajo el escritorio. La luz que entraba por la ventana, lo hacía brillar, sin embargo, el escritorio lo cubría levemente.

La voz que acababa de escuchar le había resultado demasiado familiar. Corrió hasta el escritorio, y detrás de él, se encontraba el cuerpo de una joven embarazada, que yacía sobre un charco de sangre, que seguía brotando lentamente del cuello de la chica. A su lado, había una pequeña cuchilla, empapada del mismo líquido que rodeaba a la joven. Havoc se arrodilló a su lado, pasó su mano bajo su cuello y levantó su rostro levemente y lo colocó sobre sus piernas. Luego puso su mano izquierda sobre la herida, haciendo presión para evitar que la poca sangre que quedaba siguiera saliendo. Cortando un pedazo de su chaqueta, lo puso alrededor del cuello de la joven, haciendo un pobre vendaje. En el pálido rostro de la chica, se dibujó una leve sonrisa, al ver al oficial. "Ha-voc..." dijo en medio de la sonrisa con sus ensangrentados labios al guapo oficial. Parecía muy feliz de verlo.

"Fabiola Mustang... ¿Qué demonios has hecho?" le preguntó. Sus manos temblaban, tenía una cara llena de angustia. Agarrándola delicadamente entre sus brazos, se levantó y caminó cargándola hacia afuera. "Has perdido demasiada sangre, espero que el bebé esté bien." murmuró preocupado mientras se dirigía al hospital.

"Markus Jacob" dijo la joven, mientras suspiraba lentamente y perdía el conocimiento.

"Markus, me llamo Markus, ¿Cúal es tu nombre pequeña?" dijo un pequeño niño, de más edad que la pequeña niña, que lloraba, aun con su vestido, que había cambiado del blanco a un color gris, tirada en el suelo, aferrándose fuertemente a lo único en lo que sentía apoyo.

El pequeño se acercó a ella con más curiosidad, y la tocó con su dedo índice levemente. "¿Qué te pasa?, ¿Qué haces aquí?" le preguntó. La niña se llevó sus pequeñas y sucias manos al rostro, para limpiar sus lágrimas. "Estoy esperando a que mi mamá vuelva" le dijo al niño entre sollozos.

"Ven, vamos a casa…" le dijo el chico y la tomó de la mano, levantándola, mientras la pequeña volteó su rostro y observó lo guapo que era el chico, con sus rubios cabellos, cortos y peinados; su vestimenta: una camisa manga larga blanca, cubierta por un saco negro, una pequeña corbata, un pantalón negro y zapatos negros de lustrar para complementar. Sus ojos verdes, se notaban intensamente brillantes, reflejando levemente los rayos de sol que se reflejaban en la arena y su cálida sonrisa, le inspiraron confianza.

"¿Cuál es tu nombre niña?" le preguntó de nuevo una vez la pequeña ya estaba de pie. Ella, sonrojándose levemente, le respondió: "Fabiola".

"Bueno Fabiola, sígueme; te ayudaré con tus cosas. ¿Son tuyas, verdad?" Le dijo mientras tomaba la pesada maleta de la niña, y la arrastraba hasta ella. "Sí, son mías." Le dijo suavemente. "Bueno, entonces, sígueme. Iremos donde mis padres, ellos te llevarán conmigo a casa. ¿Tienes hambre?" le preguntó mientras caminaban hacia un par de adultos, dos hombres que hablaban, cerca de un auto. "Sí, un poco." Respondió con un poco de pena.

Los hombres siguieron hablando; uno de ellos, le dio una leve mirada a los niños, pero siguió en la conversación con el otro.

Una mujer salió del auto al ver al chico. "¿Qué sucede amor? ¿A quién encontraste? Al parecer es una linda señorita." Dijo la mujer sonriéndoles.

"Por lo visto la han abandonado madre." Le dijo el pequeño, arrastrando la maleta hacia el auto. "Casi nos vamos Markus." Le dijo su madre mientras tomaba a la pequeña de la mano, jalándola hasta ella, observándola con atención. "¿Quién se atrevería a abandonar a un angelito como tú? ¿Quién tiene un corazón tan frío?" dijo en un tono de voz apenas audible. "Es una pena que tus padres hayan muerto pequeña…" Le dijo limpiando su vestido. "Mi madre volverá por mi." Le respondió la niña, que había empezado a llorar de nuevo al escuchar lo que la mujer había dicho.

No entendía muy bien el concepto de morir, pues hacia unos días, había tenido un gatito, que ya no se movía, ya no jugaba, ya no comía, había muerto. Solo recordaba lo que le había dicho su madre: "Cuando alguien muere, no puede regresar, se ha ido y no volverá jamás."

"Tu madre no volverá, está muerta. Era una buena persona y sé que te quería mucho, pero desde ahora, vivirás con nosotros." La mujer habló mientras sacaba un sándwich que le entregó a la pequeña luego de darle un mordisco. "Come, está delicioso, y seguro tienes hambre, anda come." La pequeña, tomó el sándwich y comenzó a comer, pues tenía un hambre voraz. "Se llama Fabiola" le dijo Markus a la mujer, quien no era menos que su madre, mientras le entregaba la maleta de la pequeña, y la mujer la subía al carro. "Es un nombre raro, pero seguro ya está acostumbrada a él, así que lo conservará."

El hombre, que era el padre de Markus, terminó la plática con el otro, apretando sus manos y recibiendo un paquete de dinero, que terminó en su bolsillo; luego se dirigió hacia el auto, observando a la chica, sin decir más nada, se subió al asiento del conductor, seguido de su esposa, que subió a Fabiola y a Markus en el asiento trasero antes de subirse en el asiento delantero al lado de su esposo, sonriéndole mientras él arrancaba el auto rumbo a su casa.

"Ya llegaremos, no te preocupes." Markus le dijo con una sonrisa en su rostro mientras Fabiola lloraba al ser alejada de la esperanza de volver a ver a su madre.