No entiendo la razón que me ha incitado a escribir, supongo que la llegada de la muerte y mi propia culpa me han inducido a coger el pincel y la tinta

No entiendo la razón que me ha incitado a escribir, supongo que la llegada de la muerte y mi propia culpa me han inducido a coger el pincel y la tinta.

Bastantes años son los que me pesan en la espalda y es ahora cuando veo los ojos de los niños asustados mirándome con miedo. Antes, esto me excitaba, ahora me repugna. No puedo entender qué me está ocurriendo… ¿Ella ha podido realmente cambiarme de esa manera?

Recuerdo cuando era pequeño, no fue una vida fácil, vivir en una familia pobre, con un padre bebedor y una madre débil, trajeron muchas desgracias a la familia, pero gracias a ello, encontré mi verdadera vocación: matar, destruir, violar y robar. Parece muy desagradable pero en estos tiempos es uno de los trabajos más buscados por todos.

Mi vida se dedicó a eso. Yo me divertía mientras los demás sufrían. Cuando fui quemado en aquel castillo, no me arrepentí de nada de lo que había hecho, pues sabía que por mucho que doliese morir quemado, solo serían unos segundos. Pero el destino me jugó una mala pasada y la muerte no me vino a recoger, sin embargo, una sacerdotisa me acogió e intentó guiarme por el camino de la bondad. Pero gastó sus esfuerzos y mis ganas de poder aumentaron cuando supe de la existencia de la Shikon.

Idee mi plan para conseguir la codiciada gema y separé a dos personas enamoradas solo por mi ambición. Pasaron cincuenta años cuando volví a saber de aquel hanyou a quien le destrocé la vida, pero cuando lo volví a ver, estaba muy bien acompañado con grandes amigos, quienes lo ayudaban en todo lo que pudiesen, ya fuesen humanos, niños o de otro tiempo.

Recuerdo que cunado conocí a Sesshômaru, fue como si encontrase una olla llena de oro. Ese demonio tenía un gran poder y si lo absorbía yo sería uno de los más poderosos seres de todo el mundo. Pero sabía que no sería fácil, por tanto era más emocionante.

Con Kouga, fue solo una diversión más, ese demonio engreído necesitaba una buena lección y aunque matar a sus compañeros fue pasarse, eso le hizo reconocer que un hanyou, no mejor dicho, que la "hija" de un hanyou había acabado con todos sus hombres ella sola. Fue un golpe duro a su hombría y debo reconocer que eso lo disfruté.

Kikyou creo que fue un amor platónico, mis dos partes (la humana y la demoníaca) se han unido para llegar a esa conclusión. No es una excusa para ser perdonado por lo que hice, pues le quité la vida a una persona que intentaba ayudarme, pero ella se corrompió después de volver a la vida, ese amor, desapareció después de conocerla, después de ver que no era una diosa. Mi parte humana, Musso, buscaba la idealización de esa Kikyo, amable, una sonrisa espléndida, ojos brillantes… ¿Cómo iba a saber yo, que existía tal persona, que nacería 500 años después y que viajaría en el tiempo para matarme? Aunque debo reconocer que los chillidos y los insultos le hacen perder mucho carisma.

Aquella exterminadora y aquel monje, son algunas de las víctimas que estaban en el momento equivocado, ellos y sus familias son los que más han sufrido mi avaricia, y por ellos sí me arrepiento.

Ya que este escrito sigue la línea de disculpa, también quiero pedir perdón a mi "primogénita" Kagura. Sé que parece imposible pero he aprendido a quererla como a una hija. Sabía que ella estaba enamorada de Sesshômaru y también estaba enterado del interés del Lord en mi hija. Entonces decidí hacer algo para que ellos pudieran unir sus vidas, sin que se notase. Una tarde, pegué a Kagura hasta que no se pudiera mantener en pie. Sabía que Sesshômaru estaba detrás de los matorrales y entonces inventé que el demonio lobo estaba cerca y que él sería su próximo amo. Poco después de retirarme, Sesshômaru se hizo cargo de mi primogénita y por lo que sé, ahora esperan a mi primer "nieto". Me alegro mucho por ella, creo que es lo único mío que se merece ser feliz.

Kanna por lo que sé, vive con Kagura feliz, me alegro por ella, se ve que ahora sonríe.

La niña ha descubierto lo que es el amor, ese pequeño zorro la ha hecho sentirse llena y feliz. Siento mucho haber hecho que ellas dos sean infelices pero yo nunca aprendí a hacer feliz a la gente.

Kohaku, ya puede descansar en paz, es libre de hacer lo que le plazca, por desgracia aun recuerda lo sucedido mientras estaba bajo mi mando, pero con el tiempo todo esto quedará en un terrible sueño para él. Lo dejé cerca de la aldea donde el hanyou y su grupo se hospedan, cerca del pozo. Le devolví el alma y se lo cedí a su hermana, para que lo cuidara como tendría que haberlo hecho siempre.

Hice desaparecer a Hakudoshi y al bebé, los volví a meter dentro de mi cuerpo. No soportaba la idea de deshacerme de mi corazón humano de esa manera, me he encariñado demasiado con mi parte humana. Ahora siento lo que es ser un hanyou auténtico y la verdad no me desagrada, no entiendo por qué ese Inuyasha lo odia tanto. A mí, personalmente, me gusta no ser de una raza, ni de otra.

Siento que en este escrito debo hablar de Kagome, la chica del futuro y reencarnación de Kikyou. No es que esté enamorado de ella, pues mujeres tan jóvenes no me atraen. Sin embargo siento que le debo mucho. Después de la última batalla que tuve con los hermanos Taisho, Kagome se presentó sola en mi palacio. Quedé sorprendido por la valentía de la chiquilla, con su arco y sus flechas se posó delante de mí y me habló alto y claro, sin ningún tipo de miedo.

Me dijo que era un ser vil y despreciable. Me echó en cara que no podía jugar con las personas como yo lo hacía, que era un cobarde y que no tenía agallas ni para enfrentarme a una humana del futuro. Después de escuchar esas palabras quedé con los ojos desencajados y la boca abierta. ¿Quién se creía esa niña para hablarme así?

Kagome, como si me hubiera leído la mente, me dijo que ella no era una sacerdotisa muy poderosa y que no sabría utilizar el arco correctamente, pero al menos se enfrentaba a sus miedos y que no salía corriendo cada vez que las cosas se le escapaban de las manos.

Ante estas palabras, mis ganas de acabar con ella fueron disminuyendo, solo quería escucharla, sentía que debía dejar que hablase, pues sus palabras eran muy ciertas.

La chiquilla, me exigió que dejara libres a Kagura y Kanna, que yo no era nadie para controlarlas de esa manera. –Soy su creador- contesté. A lo que ella replicó – Sí, pero no puedes desahogarte con ellas cuando las cosas te salen mal, los padres no hacen eso.

-Mi padre lo hacía- alegué yo y ella con toda la sabiduría del mundo me contestó – y seguro que tu juraste que nunca serías como él-

Mis ojos se abrieron de asombro, rápidamente me vinieron imágenes de mi infancia, donde mi padre se desahogaba con mi madre. En una de ellas, yo salí en defensa de mi madre y acabé recibiendo yo. Ese día juré por mi madre y por mí que yo no sería como él. Y rompí mi promesa. Hizo falta una chiquilla de quince años, venida del futuro, para recordarme mi vida pasada y mi dolor.

Ante mi silencio ella siguió hablando. Dijo que me compadecía, que sino hubiera caído en el bando del mal, incluso hubiéramos podido ser amigos, pero que me merecía todo lo que iba a sufrir, pues mis actos se debían pagar. Esas sabias palabras me llegaron al alma y pude que quede muy cursi, pero una diminuta lágrima cayó de mi ojo derecho que rápidamente aniquilé secándola con la palma de mi mano. Llevaba más de setenta años sin llorar y las palabras de esa niña hicieron aflorar mis sentimientos.

Ella ante tal acto me prestó un pañuelo y me dijo que esto quedaría entre ella y yo. Le agradecí con mi mirada que lo hiciese. Me sequé la cara y me dispuse a seguir escuchándola. Me dijo que debía devolverle a la exterminadora, a su hermano, Kohaku, pues son familia y solo se tienen el uno al otro.

También me exigió que le quitara la maldición al monje Miroku, que aunque se mereciera un castigo por ser tan mujeriego, Sango ya se encontraba cerca para ejercer ese trabajo. Esto me desató una pequeña risa, recordé haber visto a ese monje declararse a una mujer cualquiera delante de la exterminadora. Casi siempre la gran arma de la chica acababa en la cabeza del monje.

Ante mi pequeña risa, Kagome se destensó y también soltó una risa más sonora. La tensión del principio desapareció y todos los sentimientos que como Onigumo y como Naraku, debí guardarme, ella los sacó a la luz en unos segundos. Fue en ese instante cuando entendí porque esa chiquilla era tan importante para ese grupo, esa alegría que transmitía a todos era fantástica.

Ella me ayudó a idear el plan para que Kagura y Sesshômaru acabasen juntos. Y ella fue quien me dio la idea de dejar a Kohaku cerca de la aldea sin que nadie se diera cuenta o como quitarle el vórtice al monje sin que este se diera cuenta.

Al día siguiente de su visita, empecé el plan con Kagura, después le quité la maldición al moje y por último le devolví el alma al pequeño exterminador.

Kanna era y es la única enterada de todo este plan y juró no decir nada. Fue ella quien me mostró lo que le ocurrió a Kagome con el "amigo" de su madre y como Inuyasha había ido a su rescate. Me sentí impotente por no poder hacer nada, pero al menos pude enviar unas cuantas pesadillas para que mientras estuviera encerrado, no distinguiera entre realidad y sueño.

La última vez que vi a esa chiquilla, fue cuando me trajo una invitación para que asistiera a su boda humana. Me quedé sorprendido ante tal acto y le rechacé la invitación. Ella dijo que no me preocupase, que cuando los demás supieran todo el bien que estaba haciendo sabrían perdonar. Se fue sin aceptar un no como respuesta y me dejó aquel papel cerca de donde me sentaba.

Miré el papel y sentí un hermoso calor, como si se descongelara el corazón de hielo que había creado con los años. Fue en ese instante cuando entendí que mi vida, solo había causado desgracias y que no merecía que la vida me siguiera sosteniendo. Esa misma noche tuve un sueño, a los tres meses la muerte se presentaría y vendría a por mí de la forma más desagradable posible. Según mi sueño, sería quemado y sin poder moverme, sería comido lentamente por demonios que estuvieran cerca del incendio. Sabía que iba a doler, pero como me dijo Kagome: "debes pagar por lo que has hecho" Así que acepté mi destino.

Hoy acaba el plazo de tres meses. Mi vida se acabará al principio de la tarde y la muerte vendrá a mí. Siento no poder cumplir la promesa de ir a la boda de la única amiga que he tenido, pero la muerte es caprichosa y ha elegido el mismo día para hacerme desaparecer de este mundo. Además si rompo una promesa más no creo que se note mucho.

Espero y deseo que todos aquellos a los que he hecho infelices, sean felices después de mi muerte, pues en vida no he podido arreglar las atrocidades que he cometido.

No quiero la compasión, solo escribo estas líneas para poder desahogar mi soledad y mi pena un poco. Además no creo que nadie llore mi muerte.

Espero que si esta carta cae en manos de algunos de los que querían matarme, entiendan que al final de mi vida, he cambiado y que lo he conseguido gracias a una pequeña chiquilla, que con su valentía me ha dado la paz que necesitaba.

Gracias por leer estas líneas, seas quien seas, al menos has podido compartir mi angustia por un momento.

Atentamente:

Naraku.


N.A: Bueno aquí dejo la penúltima carta. Este personaje es uno de mis preferidos de la serie. Y como es el más odiado por los demás, he inatentado hacerlo más humano, para que se compadeciese de sus actos y sintiese todo el dolor que ha creado.

Siento haber tardado tanto, pero estaba de exámenes y era bastante complicado compaginármelo. Espero que os haya gustado y dentro de poco dejaré la última carta.

Dejad vuestra opinión.

Un abrazo teletubieeeee.