What if…? ¡Poseidón se levanta!

por Aither

Decisiones

Capítulo 1

La decisión del amante liberado

Cámara del Patriarca

-¿Llamó usted, mi señora? –se presentó Mu entrando a la habitación a la vez que ponía una rodilla en el piso en señal de respeto.

-Mu... –lo recibió Athena saliendo de una cortina tras el trono papal –. Me alegra que hayas venido, levántate por favor.

Mu se puso en pie y cuando alzó la mirada, lo que vio lo dejó tristemente sorprendido. El rostro de Athena nunca se había parecido menos al de una diosa. Pálida y demacrada, grandes surcos bajo sus antes bellos ojos hacían evidente que había estado llorando.

Aún más, parecía que hacia uso de todas sus fuerzas para no romper en llanto una vez más.

-¿Seiya y los otros ya han salido del refugio? –preguntó Athena tratando de mantener un rostro sereno.

-Tal y como lo ordenó –contestó Mu con una inclinación de cabeza – los cinco ya se dirigen a sus respectivos hogares.

-Mu, te llamé porque necesito que entiendas la razón por la que los estoy mandando lejos – prosiguió Athena a sabiendas que mentía. La razón por la que había convocado al guardián de Aries era que no deseaba permanecer más tiempo en esa dolorosa soledad, acosada por sus fantasmas.

Nunca nadie lo supo, pero en el reino submarino, las manos de Thetys se habían posado sobre las suyas cuando protegía a Poseidón. Gracias a eso Athena fue capaz de sentir el enorme amor que Thetys sentía por Julián, pudo sentir su deseo de protegerle, y pudo sentir como su alma era desgarrada y esparcida en el infinito.

Era su culpa que Thetys hubiese muerto… ¡no! Lo que le había sucedido a la sirena era peor que la muerte. Thetys no sólo había muerto, había cesado de existir, y ella no tuvo la fuerza para impedirlo.

-No es necesario que explique nada, mi señora –contestó Mu con una sonrisa –. Todos entendemos sus razones y estamos de acuerdo con usted.

Athena lo miró intrigada, agradeciendo la sonrisa que aligeraba por un instante su pesada carga.

-Aldebaran, Aiollia, Shaka y Milo... todos estamos de acuerdo con usted. Seiya y los demás ya han sufrido demasiado. Le doy mi palabra que nosotros velaremos por usted para que ellos puedan vivir esa vida tranquila que tanto se han ganado.

-Gracias, Mu.

-Athena, si me permite... se avecina una batalla, más terrible que las anteriores, ¿cierto?

-Así es –respondió Saori bajando la mirada –. Es por eso que le pedí a Dokho que no les permitiera salir del Santuario. Nuestro enemigo en esta época no es Poseidón. Él sólo despertó por las ambiciones egoístas de Kanon. El enemigo al que vine a detener, y que esta pronto a hacer su aparición, es alguien mucho más terrible que el dios de los mares.

-¿De quién se trata?

-Hades

Tokio, Japón

"Por fin los días de lucha se han terminado" –pensó con una sonrisa el caballero de Andrómeda a la vez que apretaba el puño contra su pecho; una bella cadena plateada se escurría entre sus dedos.

-Hermano –habló Shun dirigiéndose hacia la estrellas –pronto tú y yo podremos vivir juntos y tranquilos para siempre.

Dicho esto, Shun bajo la mirada y sus ojos se posaron melancólicamente sobre el objeto en su mano; un bello medallón plateado con forma de estrella en la que se apreciaba la leyenda "Yours Ever"

Cámara del Patriarca, Santuario, Grecia

-Entiendo –se despidió Mu con una inclinación de cabeza –. Si me disculpa, alertaré a los santos restantes y comenzaré los preparativos para la defensa del Santuario.

Una vez se hubiera ido, una sombra apareció tras de Athena. La diosa no se inmutó, hacia tiempo que sabía que se encontraba ahí y sabía que no representaba ningún peligro.

-¿Estás segura de lo que estás haciendo, Saori?- preguntó la voz a sus espaldas.

Saori sonrió al notar el tono con que le hablaba; un tono arrogante y altanero, muy distinto al respetuoso que usara Mu -o cualquier otro de sus caballeros- al dirigirse a ella.

-¿A qué te refieres, fénix? –respondió con dignidad ante la falta de recato de su caballero, que secretamente le brindaba alivio a su soledad.

-Hades es un enemigo muy peligroso –respondió Ikki –. ¿De verdad crees que tendrán la fuerza de vencerlo sin nuestra ayuda?

-Ustedes ya han sufrido demasiado, no puedo permitir que sufran aun más a causa de mi debilidad.

-Pero el Santuario está más débil que nunca. No puedes darte el lujo de prescindir de tus santos. Seiya y los otros no lo aceptaran. Yo no lo aceptaré.

La diosa no respondió. ¿Cómo hacerle entender que ellos jamás podrían derrotar a Hades? Que sólo ella podría, y que para hacerlo, primero debía hacerse fuerte. ¿Cómo explicarle que no podía despertar como diosa mientras Seiya y los demás estuvieran a su lado, protegiéndola?

-Hay otra cosa que me preocupa.

-¿De qué se trata, Ikki?

-Poseidón –respondió Ikki sabiendo la reacción que esto tendría en su diosa. Odiaba hacerlo, pero debía hacerle ver la verdad. Notó la sombra de pesar que se intensificó aún más en el rostro de la diosa.

-¿Qué con él? –respondió Saori tratando de evitar que su voz se quebrara.

-En realidad no nos deshicimos de él. Debimos haberle matado en el santuario marino.

-¿Y lograr qué? –le encaró la diosa con cierta furia –. Aunque no logró atraparlo, el jarrón separó el alma de Poseidón del cuerpo de Julián. Lo único que hubiéramos logrado sería matar a Julián.

-Entonces Poseidón ya no tendría un cuerpo al cual regresar. ¿Qué te hace pensar que no nos atacará en cualquier momento?

-No lo sé, pero no podía matar a una persona inocente. ¡No permitiré que nadie mas muera! –prometió la diosa con una seguridad que no sentía –. Poseidón no volverá.

-Quisiera tener tu confianza, Saori... –exclamó Ikki dirigiéndose a la ventana por la que había entrado.

Templo submarino

El agua hace horas que lo había cubierto por completo, y sin embargo, ahí seguía él, aferrado al cuerpo inerte de quien en vida fuera Thetys, la sirena. Atrapado, o más bien protegido por una cúpula que le proveía de aire y que impedía que fuera aplastado bajo la inmensa presión del océano.

Sabía bien quien era el constructor de semejante proeza. Había escuchado su mágica melodía casi desde el momento en que Athena se había marchado. Sorrento de Sirene seguía ahí cerca protegiéndolo, tocando incansable su flauta en una señal de respeto hacia su luto.

De pronto una idea surgió en la cabeza de Julián. Era obvio que el alma de Poseidón había abandonado su cuerpo, pero… si no había sido encerrada, ¿dónde estaba ahora?

Con cuidado colocó el cuerpo de Thetys en el piso y depositó un tímido beso en sus labios. Intentó ponerse de pie, pero se detuvo cuando sintió mojados sus cabellos. Aparentemente la cúpula no era lo suficientemente grande como para cubrirlo estando de pie.

-¡Poseidón! –gritó Julián dirigiéndose a la inclemente oscuridad que lo rodeaba –. ¡Preséntate ante mí!

El silencio fue su única respuesta. Incluso la bella melodía de flauta que hasta entonces había estado escuchando pareció detenerse por un instante.

-¡No puedes ignorarme Poseidón! –volvió a gritar, esta vez más alto, sus dedos fuertemente apretados en señal de furia –. ¡Acudiste a mi cuando me necesitabas!, ¡Ahora soy yo el que te necesito!

Una vez más, nada le contestó. Julián trató de recordar en dónde se encontraba la cámara de Poseidón y volvió a gritar.

-¡Quiero hacer un trato contigo! –Julián se puso de pie y sin pensarlo dos veces abandonó la cúpula con dirección al edificio destruido.

-¡Te ofrezco mi fortuna!, ¡Mi imperio! –gritó Julián dirigiéndose hacia la sala de Poseidón –. ¡Mi cuerpo!, ¡Mi vida!, ¡Todo!, ¡Todo es tuyo!

En otras circunstancias se hubiera detenido a preguntarse cómo es que seguía vivo. ¿Cómo es que podía respirar en el fondo del mar?, ¿Cómo es que podía escuchar su propia voz? Pero no en ese momento, una fuerza más poderosa que él le guiaba. Un deseo más poderoso que la razón y la supervivencia.

-¿Qué deseas a cambio?- respondió una voz atemporal que hablaba directamente a su cosmos.

-Venganza

Santuario

-Espera Ikki –le detuvo Athena cuando se disponía a marcharse del lugar –. ¿Me ayudarás? ¿Me ayudarás a mantener a Shun y a los otros lejos del Santuario?

-Haré como mi diosa ordena.

Esas palabras, tan carentes de afecto, golpearon a la diosa en lo más profundo de su alma.

-Gracias –esbozó una falsa sonrisa a la vez que le daba la espalda.

-Athena –exclamó Ikki antes de marcharse – No fue culpa tuya.

Athena alzó la mirada sin entender sus palabras.

-Ella murió protegiendo a su dios, de la misma manera que cualquiera de nosotros moriría por ti. No porque seas nuestra diosa, sino...

Las palabras que siguieron tomaron por sorpresa a la diosa. Jamás hubiera esperado escuchar palabras tan dulces de él. Se giró sorprendida y corrió hacia la ventana tan rápido como pudo, pero el caballero ya se había perdido en la oscuridad de la noche.

Y esbozó, por primera vez en mucho tiempo, una sonrisa de verdad.

Cámara de Poseidón, templo submarino

Julián tenía el tridente de Poseidón en sus manos, y este brillaba como el Sol en el firmamento. Se encontraba en un salón ovalado; frente a él, siete pequeños altares enmarcaban a uno más grande y más elaborado.

Era el único altar que engalanaba la armadura para el cual fue construido, la armadura de Poseidón. El agua aun lo rodeaba por completo, pero la luz que desprendía el tridente le permitía ver a través de la oscuridad del fondo submarino.

-Si haces esto, no habrá más Julián Solo –le habló una voz proveniente de la armadura –. Tú habrás muerto y tu cuerpo me pertenecerá por completo. Sabiendo esto ¿aun estás dispuesto?

-Júrame primero que acabarás con la vida de Athena y sus santos.

-Sin tu mente humana opacando mi juicio y voluntad, mi verdadero poder despertará y yo seré capaz de derrotar a Athena.

-Acepto.

Con estas palabras, el tridente brilló más intensamente que nunca. Los ojos de Julián se dilataron justo después de que una lágrima brotara de ellos. "Thetys" alcanzó a susurrar antes de que su aliento abandonara su cuerpo por última vez.

Cuando despertó, algo en él había cambiado. No sólo vestía nuevamente la armadura de Poseidón, sus ojos mostraban la profundidad del mar y su avasalladora presencia era digna de un dios. Sorrento comprendió que el que tenía frente a sí no era más Julián Solo. Él era Poseidón, en cuerpo y alma.

Lentamente salió de su templo y contempló el océano que resplandecía una vez más sobre su cabeza, a pesar de que ninguno de los pilares le sostenía ya. Tal era el poder del grandioso Poseidón.

-¡Sorrento! –llamó Poseidón apenas en un murmullo. El shogun rápidamente apareció tras de él, imposible de negarse a la autoridad que desprendía del dios.

-¿Qué puedo hacer por mi señor? –preguntó Sorrento con una rodilla en el piso, aun admirando el nuevo poder que surgía del dios, ahora completo, que se encontraba frente a él.

-Tráeme al traidor –ordenó Poseidón con un odio sobrehumano en la voz –. Tráeme a Kanon de Géminis.