Muchas gracias a todos aquellos que han leído mis humildes páginas, especialmente a Shadir, cuyos comentarios siempre me alegran el día y me hacen desear superarme como escritor, espero que siga siendo de su agrado, a pesar de que esta capítulo, al igual que el anterior, será un poco lento, les aseguro que es para un mejor entendimiento del escenario en el que se realiza y que a partir de la siguiente entrega, todo será más dinámico.

Muchas gracias


What if…? Poseidón se levanta!

por Aither

Decisiones

Capítulo 3

La decisión del ave de las alas rotas

Estatua de Athena, Santuario

-Los hemos traído como nos lo pediste –exclamó Mu tan pronto como llegaron frente a la estatua. Athena miró una vez más los pétalos de Sara que el viento había transportado junto con el mensaje de Shaka, "Arayashiki".

-Si me permite, Athena –esta vez fue Milo el que habló – no creo que sea buena idea.

-¡Son traidores! –Aiolia, más impulsivo que sus compañeros a punto de golpear a Shura –. ¡Mataron a Shaka!

Athena ignoró a sus caballeros y se acercó a Saga. Posó gentil su mirada sobre sus ojos sabiendo bien lo que encontraría en ellos; las lágrimas de sangre que habían derramado para cumplir con su misión. ¿Cómo no lo había visto antes¿Cómo se había permitido desconfiar de sus caballeros?

Athena les dedicó un gesto que ninguno de los presentes, aliado o enemigo -si es que de verdad había un enemigo presente- hubiera esperado. Athena sonrió.

El alma de Saga se reconfortó al ver la sonrisa de su diosa. Hubiera deseado que Shura y Camus, privados de sus sentidos, observaran este glorioso gesto, pero no era necesario, el cálido cosmos de la diosa era suficiente para aliviar su sufrimiento.

-Athena, yo… – comenzó Saga con lágrimas en los ojos, pero Athena fue más rápida. De debajo de sus ropas sacó una daga y la enterró en su cuello antes de que pudieran impedirlo.

Los santos de Athena lloraron la pérdida de su diosa.

Casa de Aries, Santuario

-¿Acaso eso fue? –preguntó Shion incrédulo.

Dokho le volvió la espalda a su amigo antes de permitirse derramar unas cuantas lágrimas – "Athena" –. Murmuró sin saber si lo decía para Shion o para sí mismo.

-Debemos ir hacia allá –apresuró Shion – la verdadera batalla está a punto de comenzar.

-No perdamos tiempo –asintió Dokho limpiando su rostro antes de correr tras el ariano, pero apenas habían subido unos cuantos escalones cuando una extraña cosmoenergía, apenas superior a una brisa suave, los hizo detenerse.

-Alguien se aproxima al Santuario.

-Viene del norte¿cómo logró atravesar...

-¡Shion! –le interrumpió Dokho –debes llegar pronto a la estatua de Athena. Yo me encargaré del recién llegado.

-Cuento contigo, amigo –respondió Shion estrechando la mano de su amigo por primera vez en más de 240 años.

Explanada a las afueras de Aries, Santuario

Tres figuras envueltas en armaduras doradas avanzan veloces por la enorme explanada que precede a las doce casas del Santuario. Sus rostros son fiel reflejo de la frustración y dolor que atañe sus corazones.

-No estarán pensando en huir¿verdad? –pregunta una voz femenina a sus espaldas, pero antes que los santos puedan encararla, la misteriosa figura ya ha saltado frente a ellos.

Estatua de Athena, Santuario

-¡Shion! –gritaron los santos de bronce al unísono cuando este cayó por la escalinata.

-¡Basta! –les detiene el otrora patriarca cuando corren a ayudarlo –la vida que Hades nos dio está próxima a terminar. Ustedes no deben preocuparse por mí. Athena y Shaka los necesitan.

-Gracias, Shion –responden los santos de bronce emprendiendo su camino a Alemania.

Explanada de Aries, Grecia

-Lo siento, pero no puedo permitirles partir – dijo la mujer frente a ellos.

-¿Shaina? –preguntó Aiolia adelantando a sus compañeros – ¿Qué significa esto?

-Debemos vengar la muerte de Athena – secundó Milo furioso.

-Nadie vengará a nadie hasta que hayan escuchado a esta mujer –finalizó Shaina. De entre las sombras salió Jabu ayudando a caminar a una bella mujer de rubios cabellos. Sus ropas, alguna vez finas, estaban destrozadas por el tortuoso y largo camino que había recorrido.

-Mi nombre es Flare -comenzó a narrar la recién llegada- y vengo de Asegard. He venido porque... porque el Santuario se encuentra en grave peligro.

-Si lo que dice esta niña es cierto –continúa Dokho apareciendo por detrás de Shaina – Poseidón no fue derrotado. Ha reunido un ejército y se dirige hacia aquí en estos momentos.

-¿Tendremos que enfrentarnos a Hades y a Poseidón al mismo tiempo? –preguntó Jabu sin ocultar el temor en su voz.

-¡Estamos perdidos! –Ichi.

-¡Basta! –se escuchó a Shaina por encima de las demás voces –. No importa si vienen ambos o si viene el Olimpo entero ¡El Santuario no caerá sin pelear! Jabu, organiza a las tropas. Ichi, Nachi convoquen a todos aquellos que no estén en servicio, no me importa si son santos, guardias o aprendices. ¡Que se alisten a la batalla! Ban, Geki se encargarán del perímetro.

Dokho observó la naturalidad con la que Shaina organiza a los guerreros, y espera con el corazón que la seguridad que demuestra la apoteótica guerrera no esté mal infundada. La batalla probaría ser terrible.

Castillo de Hades, Alemania

-¡Argh! –exclamó el cisne estrellándose contra el muro de una de las enormes terrazas del palacio.

-¿Quién es este sujeto? –se preguntó Shiryu levantándose con dificultad –. Ha soportado todos nuestros ataques.

-¡Pegasus Ryu Sei Ken!- gritó una vez más Seiya elevando su cosmos tan alto como pudo, pero el resultado fue el mismo que las veces anteriores.

El imponente espectro ni siquiera se molestó en detener su ataque. La atronadora lluvia de meteoros le golpeaban inmisericordemente, pero la expresión impasible de su rostro hacia evidente que él no los consideraba una amenaza.

Sin que pudiera prever sus movimientos, el espectro interceptó el puño de Seiya con una mano.

-¡Basura! –el poderoso espectro arroja a Seiya quien cae pesadamente al piso –Escoria ateniense ¿A qué han venido?

-¡A salvar a Athena¡Por supuesto! –gritó Seiya poniéndose de pie una vez más.

-¿Athena? –el nombre sonó como si hubiera sido escupido por el kyoto –su patética diosa prefirió el suicidio antes que enfrentarse contra nuestro señor. Deberían seguir su ejemplo. ¡Lárguense ahora!

-Nosotros no podemos creer eso –contestó Shun poniéndose en guardia.

-¡Jamás la abandonaremos! –secundó Shiryu adelantándose al combate.

-Si eso es lo que quieren –los ojos del Wyvern brillaron en rojo encendiendo así su cosmos violeta– yo, Radamanthys de Wyvern, uno de los tres jueces del infierno, los llevaré con ella. ¡Greatest Caution!

El cosmos del Wyvern se expandió inconmensurable abarcándolo todo a su alrededor. El cielo nocturno fue completamente devorado por el oscuro cosmos del juez. Ondas concéntricas comenzaron a surgir de su cuerpo arrasando todo lo que se interponía en su camino.

Los santos de bronce hicieron lo posible para detener el avance de las ondas, pero nada fue suficiente para detener el temible ataque.

Cuando las estrella volvieron a brillar, cuatro siluetas yacían inertes alrededor del dragón de los infiernos.

Explanada de Aries, Santuario

-¡No! –exclamó incrédula Flare, sus ojos abiertos en señal de pánico, su voz ahogada por el dolor apenas resultó audible para aquellos que le acompañaban.

Deseaba gritar, llorar, golpear, maldecir. Y al desearlo lo único que pudo maldecir fue el no tener más fuerzas para hacerlo. Alrededor de ella, Mu, Milo y Aiolia veían, tan incrédulos como ella, lo que había sucedido.

Dokho les había ordenado a aquellos tres que cuidaran el Santuario en su ausencia, pues una fuerza poderosa había surgido del mismo mar y avanzaba amenazadoramente hacia el Santuario.

Seiya y los demás ya habían partido al otro mundo para entregarle a Athena su armadura, seguidos por Dokho quien les instruiría sobre el octavo sentido. Mientras tanto, ellos aguardaban escuchando la historia de la joven princesa.

Y así, los santos dorados aprendieron que lo que había llevado a esta joven, quizá la única sobreviviente de Asegard, hasta estas tierras, no era la destrucción de su pueblo, si no la maldición que esto había desencadenado sobre el mundo.

-Eso no es todo –dijo la mujer conteniendo apenas sus lágrimas –la razón por la que mi hermana fue asesinada fue porque era la única que le impedía llevarse lo que había ido a buscar. Ella se llevó…

Y entonces la narración terminó. Sus ojos se abrieron en señal de pánico cuando un chorro de sangre salpicó su rostro contorneado por el miedo. Los tres santos dorados que la rodeaban reaccionaron rápidamente.

Mu, el más cercano la había tomado y la teletransportó tras un promontorio, a varios metros de distancia. Los otros dos, tomaron distancia y se pusieron en posición de combate.

Fue entonces cuando vieron a la dueña de la sangre, y al responsable de la herida.

Cámara del Patriarca, Santuario

Una figura encapuchada había aprovechado la conmoción en la entrada para escabullirse por la calzada zodiacal. Con paso seguro, como de aquél que conociese a la perfección el lugar, se adentró en la cámara papal y sacó un pequeño cofre de debajo del trono.

Brevemente lo abrió para examinar su contenido; una daga dorada de belleza exquisita de la que se desprendía un poder temible.

Una carcajada resonó por la cámara antes de que el misterioso encapuchado emprendiera su camino de regreso.

Explanada de Aries, Santuario

-¡Marin! –gritó Aiolia corriendo hacia donde yacía herida, ajeno a la presencia de aquél guerrero oculto en las sombras cuya espada había atravesado el cuerpo de la amazona. Milo le siguió de cerca sin abandonar su guardia.

-¡No, Marin! –suplicó Aiolia quien ya la tomaba entre sus brazos. El guardián de Leo conjuró su cosmos en un esfuerzo que él sabía inútil. Sus habilidades jamás podrían curar la profunda herida que atravesaba el abdomen y tronco de la guerrera.

Un dulce tacto en su mejilla lo hizo reaccionar. Una mano tan cálida como ninguna limpiaba las lágrimas de su rostro.

-Menos mal que estás bien – exclamó Marin con una sonrisa que liberó las lágrimas del santo de Leo. Aiolia notó que la máscara que por tanto tiempo le había negado la visión de su rostro, ahora se encontraba en el piso, como si hubiera deseado concederle esos últimos momentos para perderse en la belleza de la amazona.

-Por favor, cuida a Athena –pronunció la amazona separando su mano de la mejilla del guardián de Leo.

Esas fueron las últimas palabras que Milo le escuchó decir, pues las que pronunció después... esas estaban destinadas sólo para Aiolia.