2.- Del otro lado del espejo.
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Esa mañana al abrir los ojos lo primero que hice fue suspirar, tratando de retener en mi memoria aquel hermoso sueño donde mi familia aún seguía intacta. Era la víspera para el aniversario de la muerte Rolf y cada día que pasaba me costaba más levantarme, como si a mis pies se fueran atando pequeñas piedras que me dificultaban caminar. Como si mis pulmones se fueran achicando progresivamente impidiéndome respirar.
Me quedé unos minutos más mirando el techo hasta que mis dos pequeños demonios se lanzaron encima como aviones kamikaze, acurrucándose uno a cada lado de la cama. Estaban emocionados porque era día sábado y había reunión de grupo. En realidad, eso significaba ver al resto de los muchachos para crear un gran caos, mientras los adultos trataban de charlar a gritos con una taza de café en la mano.
Antes de partir, Lorcan se comportaba como si hubiera comido una decena de ranas de chocolate, mientras Lysander estaba tranquilamente buscando entre sus cosas algún libro para llevar. Suspiré. Ambos eran idénticos de apariencia pero tan distintos como el día y la noche. Me dolía saber que tras esas máscaras de felicidad que solían mostrarme, se albergaba la pena de haber perdido a su padre, y trataba de llenar todos los espacios posibles para que ese hueco no los hiriera, a pesar de que nunca sería lo mismo.
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Yo también actuaba, y al parecer, podía graduarme de una excelente actriz, ya que nadie se había percatado de la profundidad de mi padecimiento.
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Salimos atrasados como siempre y nos fuimos caminando. ya que vivíamos relativamente cerca. Nunca me acostumbré a la red flu y mis pequeños aún se mareaban con las apariciones conjuntas.
Cuando llegamos, la casa de Ginny era un verdadero desastre. Los niños corrían de un lado a otro mientras los adultos trataban de hacerse oír entre tanto bullicio. James, Albus y Rose jugaban Snap explosivo en el comedor, mientras Hugo y Lily estaban probando el nuevo invento del tío George. Lorcan corrió para unirse a ellos, mientras Lysander se sentaba con su libro en una esquina de la sala de estar.
Luego de saludar a todo el mundo me coloqué al lado de Hermione, que miraba a mi pequeño desde el sillón con devoción y anhelo.
–Tienes que decirme, Luna –soltó de pronto.
–¿Decirte qué?
–¿Cómo logras que Ly sea un niño tan adorable? ¡Míralo! Tranquilo ahí, absorbido por el conocimiento, enfrascado en su lectura a pesar de que los chicos están creando una tercera guerra mágica.
–Eso es por tus tutorías –respondí encogiéndome de hombros.
–No, no, no. No es por eso –negó enérgicamente ella–. Porque todos los niños van a mis tutorías, pero él es el único que realmente me presta atención. Mientras el resto se dedica a hacer garabatos en sus pergaminos, Lysander se concentra tanto que ya veo que le sale humo por las orejas. ¿Por qué mis hijos no son así? Rose es estudiosa, pero tiene una tendencia a las travesuras que de verdad me alarma.
–Eso es porque tus hijos tienen genes Weasley, querida cuñada –intervino Ginny a la pasada, mientras llevaba una bandeja llena de zumos de calabaza para los pequeños malandrines.
Hermione frunció el ceño y fulminó con la mirada al pelirrojo que estaba sentado al frente de nosotras. Ron sonreía descaradamente, observando con orgullo a sus dos hijos, vivas réplicas de su padre. Un sentimiento de desazón se apoderó en ese instante de mi pecho. Recordé sin planificarlo como Rolf solía mirar a sus gemelos con afecto, como los abrazaba cada tarde al volver del trabajo y como los acunaba por las noches, contándoles espectaculares historias que a mi también me gustaba escuchar desde el marco de la puerta.
–¡Todo es tu culpa! –le reprochó Hermione en broma a su marido, interrumpiendo mis divagaciones.
–¡Oye! –bufó Ron–. ¡Te casaste conmigo a sabiendas, así que no reclames!
El resto estalló en risas mientras yo sonreía con nostalgia. Miraba en silencio como mis viejos amigos conversaban, sintiéndome completamente fuera de lugar. Desde el accidente de Rolf, y aunque había tratado de no cambiar mi estilo de vida, me sentía alienada del resto, incompleta, y por primera vez en la vida, la soledad me costaba demasiado. Lo extrañaba, ¡por Merlín que lo hacía! Pero jamás demostraría que en el fondo de mi corazón aún me dolía su partida.
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No podía hacerle eso a mis hijos.
Tenía que ser fuerte.
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Al par de horas, con delicadeza me levanté y caminé hasta Lysander, susurrándole instrucciones al oído. Mi pequeño asintió y fue en búsqueda de su hermano, quien pronto estuvo listo para partir.
–¿Tan pronto se van? –preguntó Ginny con un dejo de decepción cuando comprendió nuestras intenciones.
Asentí sin tratar de excusarnos y procedimos a despedirnos de cada uno de los presentes con rapidez. Cuando logramos salir, sentí que mágicamente volvía a respirar. Comenzamos a caminar de regreso a la casa. Aún no caía la tarde y faltaba para la hora del té.
–Mamá, ¿podemos ir al parque? - preguntó Lorcan con voz inocente, parpadeando como cachorrito.
–Claro hijo.
–¡Pero mamá! –reclamó Lysander–. ¿No crees que mi hermano ya jugó lo suficiente? ¡No lo malcríes tanto!
–Nunca se juega suficiente, amor –le dije acariciando sus cabellos.
Me dolía en el alma. Desde la tragedia, Lysander se negaba a realizar actividades propias de su edad. Era como si hubiera madurado de sopetón, olvidando que tan solo era un niño y tenía toda una vida por delante para estudiar.
Cuando llegamos al parque ambos se dispersaron en direcciones opuestas. Me puse la varita en la oreja izquierda y saqué mi ejemplar del quisquilloso para leer mientras los niños disfrutaban del caer de la tarde. Las hojas de otoño se desprendían lentamente adornando el piso, logrando que mi pecho de contrajera de dolor "¿Desde cuando te volviste nostálgica, Luna?" Me pregunté, tratando de espantar los fantasmas del pasado.
Sentía las risas de Lorcan rodeándome como un suave bálsamo para mis oídos, pero de pronto noté que algo faltaba.
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¿Y Lysander?
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Alcé la mirada por sobre el diario y lo vi conversando amigablemente con un hombre de cabellos castaños, que se había arrodillado para quedar a su altura. A primera vista no lo había reconocido, pero me evocaba una sensación extremadamente familiar que pronto me reveló quien era: Theodore Nott. Aquel muchacho solitario y misterioso de la casa de Slytherin que en más de una ocasión me había salvado de embrollos sin revelarse.
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Y ahora mismo me sentía en problemas con mis propias emociones.
¿Vendría a salvarme de mi misma?
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Sonreí ante la ironía.
Justo en el momento que mi alma se había vuelto vulnerable, rozando el aniversario de la muerte de mi esposo, reaparece aquel con quién jamás hablé, pero al que siempre quise acercarme. Alguien que se robó en más de una oportunidad mis pensamientos, y que obraba como un extraño príncipe azul que me ayudaba con los matones desde el anonimato.
En esa época solía preguntarme una y otra vez porqué él no quería acercarse a mí, porqué me miraba desde lejos y me socorría cada vez que lo necesitaba. Quizás era por mi personalidad, quizás no quería que lo vieran con alguien tan raro como yo, quizás...
Sacudí la cabeza tratando de volver a la realidad cuando divisé como Lysander se colgaba del cuello de Theodore, escondiendo la cabeza en su cuerpo, dejando escapar un llanto desesperado. Me preocupé. Lysander jamás había llorado, nunca había querido hacerlo, ni siquiera en el funeral de Rolf. Menos conmigo.
–Cariño. Deja al señor Nott tranquilo –dije tratando de sonar tranquila mientras me acercaba a ellos.
Él levantó su mirada y me observó como si hubiera visto a la mismísima reencarnación de Voldemort. Se podía decir que sus ojos reflejaban... ¿pánico? ¿terror?
–Hola, tanto tiempo Theodore –saludé, tratando de cortar la tensión que se había provocado.
–Qué tal.
Se veía nervioso, incómodo. No supe por qué, pero el verlo tan de cerca me provocó sentir una sensación extraña en el estómago. Lysander se separaba avergonzado del abrazo y se disculpaba por dejarle manchada la camisa, mientras Lorcan caía de improviso afirmándose de la pierna de Theodore, absolutamente mareado después de creerse trompo.
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El sentimiento de extrañeza cada vez se hacía más fuerte en mi cerebro.
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Primero, Lysander abrazando a un desconocido, buscando refugio para llorar todas aquellas lágrimas que no derramó en meses; y segundo, Lorcan, bromeando con soltura con el mismo desconocido. Era como si ambos tuvieran una afinidad inherente con Theodore Nott.
–Ahora si –dijo mi pequeño, soltándose de él–. ¿Y este quién es, mamá?
–¡No seas maleducado! –reclamó Lysander indignado.
–Es un amigo –respondí esbozando una sonrisa–. Alguien que durante el colegio siempre me ayudó desde las sombras.
No sé la razón para soltar eso, pero lo dije. Quizás necesitaba ver su reacción, o simplemente necesitaba saldar esa deuda escolar y agradecerle todo lo que había hecho por mi en ese entonces.
Él abrió los ojos desmesuradamente y casi pude ver como en su frente se escribía la frase "me atraparon". Luego, frunció un poco el ceño pero no profirió palabra alguna. En ese momento habría dado lo que fuera para leer mentes. Nunca aprendí a ejecutar bien la Legeremancia.
–Mamá, ¿podemos invitarlo a tomar el té? –preguntó Lysander inesperadamente, cortando el contacto visual que estábamos sosteniendo.
–Claro, tesoro –accedí algo contrariada, aunque creo que pude ocultarlo bien–. Theodore, ¿Vienes?
–Seguro –respondió sin agregar nada más.
Caminamos en silencio y me sentía tan extraña, que me puse a tararear una canción de un disco muggle que me había prestado Hermione tiempo atrás. Verlo me estaba afectando demasiado y no tenía claridad si para bien o para mal.
–¿Te puedo decir tío? –escuché preguntar a Lorcan, y percibí como todos los pelos de mi cuerpo se erizaban.
Definitivamente mis hijos se habían deschavetado.
–No seas estúpido, recién lo conocemos –contestó su gemelo, entrecerrando los ojos, tan racional como siempre.
Esto si que se estaba volviendo raro y surrealista. Incluso para mí.
–Si a tu mamá no le molesta, claro que puedes decirme tío –respondió Theodore, sonriendo divertido.
–¿Y yo? –repuso mi Lysander, con ansiedad dibujada en los ojos.
–También.
Me sentí mareada. Hace muchos años que no veía a Theodore Nott y ahora que regresaba a mi vida –de manera real y no a distancia–, mis hijos se sentían cómodos y algo curiosos por su magnética personalidad.
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Así como yo también me sentí atraída cuando lo vi por primera vez en Hogwarts.
Pero fue un platónico.
Nada más.
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Notaba como él me miraba por el rabillo del ojo con nerviosismo y no sé por qué eso me perturbó tanto que apresuré el paso para llegar lo más pronto posible. A los pocos minutos estábamos en casa y él aún se veía algo incómodo, fuera de lugar. Me pregunté si no se habría sentido obligado a venir, pero él no parecía la clase de persona a la que pudieras obligar a hacer algo.
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Su actitud era desconcertante.
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En Hogwarts siempre lo había visto como un sujeto profundo, callado, seguro de si mismo e independiente, pero ahora... ahora parecía un chiquillo que evitaba mirarme de frente. Incluso podía asegurar que sus mejillas estaban algo acaloradas.
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¿Será que...?
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"¡No, Luna, no pienses tonterías! ¡De seguro se te metió un Nargle en el cerebro!" me recriminé mentalmente. No podía siquiera pensar cosas como esas. Menos aún con dos hijos. Sobretodo en mi situación actual. Además, "¿en qué cambiaba las cosas que él pudiera haber sentido algo por mí en el pasado?"
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En nada.
Absolutamente en nada.
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Nuestro tiempo había pasado sin siquiera haberlo intentado. Yo había contraído matrimonio y de él no sabía nada. Podía estar soltero como podía estar casado. O quizás viudo, como yo.
–Luna –dijo su voz a mis espaldas, mientras me encontraba en la cocina preparando una taza de té y los niños jugaban ajedrez mágico en la sala de estar–. ¿Cómo has estado?
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¿En qué momento había entrado?
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–Bien –respondí, tratando de sonar convincente y sin voltearme.
Su presencia me estaba confundiendo demasiado y no quería demostrárselo.
–No me quejo. ¿Y tú? –complementé.
–Tampoco me quejo –contestó, y lo sentí tan cerca de mi espalda, que pude percibir una corriente eléctrica en ella–. Supe lo de tu marido, lo siento.
Boté sin querer la taza que en esos momentos se encontraba entre mis manos. La sola mención de Rolf hizo que olvidara esa sensación rara que sentía en mi estómago y regresaran las piedras a mi pecho. Percibí como mis ojos comenzaban a llenarse de agua y me mordí el labio para tratar de evitarlo. No quería voltearme, no quería que me viera llorar, pero unas lágrimas comenzaron a rodar por mis mejillas y mis hombros temblaron un poco, a pesar de que trataba de contenerme con toda la fuerza de voluntad que aún poseía.
De pronto, sentí como él me abrazaba por la espalda, apretándome con firmeza por la cintura, inundándome con su perfume que cosquilleaba mi nariz.
–Sé que esto sonara muy extraño, pero Luna, lo que necesites, aquí estoy –me susurró y me sentí aturdida con sus palabras.
Cerré los ojos y dejé que su tibieza me cobijara como el sol acuna las flores en la primavera. Nunca habíamos hablado. Nunca me había mirado de frente. Nunca habíamos confesado que uno sabía de la existencia del otro. Y a pesar de eso, en el fondo nos conocíamos demasiado bien, sin necesidad de palabras ni formalidades.
Ahora, por mera disposición del destino nos habíamos reencontrado y traspasado esa barrera invisible. Nos habíamos mirado, hablado y tocado por primera vez.
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Y eso me asustaba...
Mucho.
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