3. Miedos.
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Aún podía sentir esa agradable calidez entre mis brazos, a pesar de que habían pasado varias horas desde que abandoné su casa. No sé por qué la abracé, ni me importa. Pudo ser un arranque emocional, un intento de confortarla, o simplemente el deseo de hacerlo después de tantos años de solo soñarlo.
Entonces, la sentí estremecerse ante el contacto. Sentí como su frágil cuerpo se acoplaba al mío con naturalidad, y pude aspirar el olor de sus cabellos desordenados sin que se diera cuenta.
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Fresa.
Luna expedía un exquisito olor a fresa.
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Para mi desgracia, los niños irrumpieron en la cocina como un par de rayos, logrando que Luna se separara de mí casi de un salto, colocando una expresión insondable en cuestión de milésimas de segundos. Fabricó una sonrisa que irradiaba calma mientras las lágrimas se esfumaban de su fina cara como por arte de magia, como si nada hubiera pasado.
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Como una excelente actriz.
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Fue entonces que comprendí. Luna vivía una doble vida que la estaba obligando a ocultar su sentimientos, sufriendo en silencio para no afectar a sus pequeños. Esa pequeña muestra de debilidad había sido un desliz, que quizás, nunca más volvería a presenciar.
–Niños –dijo su suave voz entonces. A veces me parecía que sus cuerdas vocales tenían la afinación de una dulce arpa para mis oídos–. ¿Necesitan algo?
–Mamá –respondió Lysander con seriedad–. El señor Nott es nuestro invitado, ¿podrías dejar de entretenerlo para que juegue con nosotros?
–Sí, mamá –secundó Lorcan–. Le aposté a Ly una tarjeta cromática del tío Ron si vencía a tu amigo en ajedrez mágico.
Pude notar un atisbo de incomodidad en ella mientras yo me carcajeaba con nerviosismo. Esos dos niños terminarían por provocarme un paro al miocardio prematuro, y no tenía intenciones de morirme a los veintiocho. Luego de un instante, ella me miró como quien mira a un viejo amigo y luego devolvió la atención a sus hijos, que esperaban impacientes su respuesta, de brazos cruzados, golpeando el piso con el pie derecho.
–Recuerden que Theodore vino a tomar té. Si quieren que juegue con ustedes, primero tienen que preguntarle –dijo pausadamente.
–Claro que tengo tiempo –me adelanté sonriente, sacudiendo el pelo de Lorcan–. Aunque no me interesa ganarles una tarjeta cromática de la comadr... perdón, no colecciono tarjetas –agregué arrugando la nariz por el desliz.
No es que tuviera algo en particular contra Weasley, en realidad, me era indiferente. Sin embargo, escuchar a Draco tantas veces llamarlo por ese apodo alguna consecuencia tuvo en mí para registrarlo así y no con su nombre.
–¿Entonces que quiere apostar usted? –preguntó Lysander respetuosamente, lo que me hizo sentir demasiado viejo.
–Si yo gano, me invitan otra vez, pero con pastel incluido. ¿Trato? –dije estirándole la mano, la cual fue estrechada a la brevedad por el muchacho.
–Trato.
Los seguí a la sala de estar y pasé toda la tarde jugando con ellos. Me sorprendió la agilidad mental del pequeño Lysander y su capacidad estratégica, pero Lorcan no se quedaba muy atrás, ya que con la torre y el caballo lograba maravillas. Se me pasó por la cabeza un par de veces dejarlos ganar, pero me estaba jugando algo importante en esos momentos aunque ellos no lo supieran. Me estaba jugando la excusa perfecta de volver a ver a su madre.
Luna.
Después de una partida reñida, fui declarado vencedor. Ella aplaudió a mis espaldas divertida mientras los niños gritaban que les diera una revancha, pero ella no los dejó, pues el reloj ya marcaba las nueve de la noche y debían ir a dormir. Luna me acompañó hasta la puerta entre los reclamos de ambos gemelos, esbozando una de esas sonrisas tímidas que aún lograba que contuviera la respiración.
–Buenas noches –le dije desde el marco, tratando de retener su rostro en mi memoria, tenuemente iluminado por el astro que llevaba su nombre.
–Buenas noches –respondió con su voz de campanillas.
Cuando creí que no había nada más para nosotros, ella depositó un beso en mi mentón y me cerró la puerta en la nariz, dejándome estupefacto. Me quedé plantado mirando al vacío por varios segundos, con las pupilas dilatadas, palpando como un idiota el lugar que sus labios habían tocado, inseguro de que todo fuera tan perfecto para ser realidad.
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Mi departamento lucía tan frío, tan falto de vida, que al entrar casi me deprimí de inmediato. Sin quitarme la ropa avancé hasta la cama y me acosté en ella, tapándome con las frazadas hasta más arriba del cuello. Ya había caído la noche y no podía parar de pensar en ella, repasar sus movimientos y gestos una y otra vez en mi cabeza como disco rayado.
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Diablos.
Qué patético me sentía.
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El deseo de integrar esa familia incompleta llegó de improviso y era irrefrenable, casi al punto de ser enfermizo. Con gusto dejaría mi solitaria vida con tal de estar a su lado, y con mayor gusto cuidaría de sus retoños, lo cual era estúpido considerando que hace años no la veía y solo fue un platónico en mi vida. Suspiré. No había forma de que eso ocurriera en la realidad. Probablemente lo máximo a lo que podría aspirar era a ser el mejor amigo de la familia, y con mucha suerte debo agregar, ya que a ellos no les faltaban seres queridos. Probablemente les bastaba con los Weasley, Potter y Granger.
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No me necesitaban.
No como probablemente yo los necesitaba a ellos.
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Y me dormí, tratando de colocar mi mente en blanco y olvidarlo todo.
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Pero fallé.
No pude evitar soñarla.
No pude evitar soñarnos.
Juntos.
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Los gemelos no tardaron en caer en los brazos de Morfeo, y creo que nunca había sido tan sencillo mandarlos a la cama. No hubo reclamos, lloriqueos, ni el clásico "cinco minutos más". Ambos habían quedado tan agotados, que prácticamente ya iban roncando mientras subían las escaleras hasta sus respectivos cuartos.
Una vez que comprobé que los dos estuvieran bien tapados en sus camas, bajé al primer piso, apagué las velas que iluminaban el comedor, y me senté en una de sus sillas, ocultándome en el manto de la oscuridad. Apoyé la cabeza sobre la mesa con los brazos lánguidos a los costados, y percibí el momento exacto en el cual un escalofrío recorrió mi cuerpo, al sentir como el viento helado se había colado por una ventana semiabierta a mis espaldas.
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No quería dormir.
No tenía sueño.
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Mi corazón no dejaba de palpitar acelerado, martillándome el pecho como un llamado de atención. "Alerta, alerta, código rojo", me gritaba el cerebro desesperado, pero aquel tambor de mi caja torácica no quería escucharlo. Se hacía deliberadamente el sordo, como si se me hubiera metido un nargle en las orejas.
Por más que trataba de espantar su imagen de mi mente era imposible. Aún podía sentir esa fragancia a agua de mar que se había colado por mis fosas nasales, la tibieza de su consuelo, la comprensión de sus ojos, y su sonrisa amable, tan arrebatadora que me había robado el aliento. Todo parecía un cuento muggle de esos que solía leerme mi madre cuando tan solo era una pequeña, que terminaban con un "felices por siempre". Pero esto no era una de esas historias. Y yo me sentía sucia y traicionera.
Rolf me entregó los años más felices de mi vida, y me dejó dos tesoros que ahora son mi todo. Y yo… yo ya estaba pensando en abrirle mi corazón a otra persona, a alguien con quien me acabo de reencontrar, a alguien que a voluntad besé en el mentón, en un arranque imperdonable y hormonal.
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Se sentía a engaño. Sabía a engaño.
Y no, no podía ser.
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Me incorporé decidida a no caer en la tentación, a ser fuerte, a no construir castillos de cartas sobre nubes cuando tenía cosas más importantes que hacer. Ya no era una chiquilla, ya no era la misma de antes. Esa Luna ya estaba velada y enterrada en el fondo de mi alma, junto con los restos de Rolf y mi collar de corchos de cerveza de mantequilla.
Subí hasta mi habitación y me di un baño de agua caliente a medianoche para aclarar el panorama. Nunca pensé que podría sentirme tan confundida, miserable y extasiada a la vez. Eran sentimientos demasiado opuestos y potentes para retenerlos en mi diminuto cuerpo, y sentía que iba a explotar. Un par de lágrimas traicioneras emanaron de mis ojos, par que luego se transformó en cataratas que se confundían con el agua que caía sobre mi cabeza. Mis hombros comenzaron a convulsionarse sin mi permiso, y terminé sin quererlo arrodillada en la tina, escondiendo el rostro entre ambas manos. Impotente. Confundida. Dolida.
Mi máscara se había roto por completo, y lo único que añoraba era volver a aquellos días donde todo estaba bien. Donde mis sentimientos estaban en su lugar. Me sequé con desgano y me dirigí a mi cama sin molestarme en secar mi cabello, envolviéndome en las frazadas hasta desaparecer.
–¿Mamá? –dijo una vocecita desde la puerta, y no me atreví a alzar la mirada para comprobar de quien se trataba–. ¿Mamá, qué ocurre? ¿Necesitas algo?
Lorcan se acercó con cautela hasta donde yo me encontraba, manteniendo una distancia prudente entre ambos. Yo no me sentía capaz de responderle, mi garganta estaba contraída y con mucha dificultad podía tragar saliva. Le había fallado al travieso Lorcan. Me había quebrado en su presencia. Había roto su inocencia y eso era imperdonable.
Sentí como su cuerpo entraba a la cama conmigo, y se abrazaba a mi espalda protectoramente. Podía imaginar como su pijamita se estaba mojando con mi pelo y me rompía el corazón verlo preocupado por mí. Quise mandarlo de regreso a la cama, pero tampoco pude, porque su abrazo en esos momentos se había convertido en mi pilar. Mi tabla de salvación.
–Yo también lo extraño, mamá –me susurró con una madurez impresionante, impropia de él–. Yo también extraño a papá. No tienes que fingir que no importa. Llora todo lo que quieras.
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Y yo como una pequeña, obedecí.
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