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4.- Oportunidad.

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Nunca creí que mis hijos estuvieran tan conscientes del dolor que se incrustaba en mi pecho, pero me equivoqué estrepitosamente. Otra vez había fallado en mi labor de mantenerlos alejados de la cruda realidad.

Pensaba que había logrado apartarlos de mis propios problemas y demonios, sin embargo, tarde me percaté que heredaron la empatía Lovegood, que podía ver más allá de los rostros, leyendo corazones como libros, percibiendo las emociones en el aire con facilidad sin necesidad de palabras ni afirmaciones explícitas...

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Mala cosa.

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No podía arrastrarlos conmigo a la desolación, a la melancolía. Debía ser fuerte, o al menos, aparentar serlo. Así que los días que siguieron a mi repentina explosión de llanto traté de comportarme como siempre, tranquila, sonriente y soñadora, haciendo los mayores esfuerzos para no llamar la atención de nadie. No obstante, noté como Lorcan siempre tenía un ojo puesto en mí, atento hasta al más mínimo movimiento. Mi pequeño no se tragaba para nada mi actuación, era demasiado astuto y observador, preocupado sin demostrarlo, y quizás más maduro emocionalmente que el propio Lysander, mi otro angelito sabelotodo.

A medida que los días iban pasando y la fecha del aniversario de la muerte de Rolf se acercaba, en mi diario vivir existía un desfile de conocidos que trataban de brindarme su apoyo indirectamente ¿Y si salimos a comer? me proponían algunos, ¿nos juntamos al té? decían otros, mientras yo divagaba al respecto. Los amigos estaban en las buenas y en las malas, pero ¿qué pasaba en el tiempo intermedio? sólo pocas personas me habían acompañado en el proceso, y dos de ellas se encontraban al frente mío, engullendo un pastel de arándanos en una tarde de café, donde el sol se escondía lentamente tras las montañas y el suave cantar de los pajaritos acompañaba su ocaso en un improvisado sountrack para nuestra reunión.

–Luna, cariño, sé que mi comentario parecerá fuera de lugar, pero te amo demasiado para guardármelo. Estás fatal –lanzó Ginny con su honestidad habitual, atacando otro trozo de pastel. Hace dos semanas que le habían diagnosticado el cuarto embarazo–. ¿Qué te sucede?

–A veces no entiendo cómo puedes ser tan despistada –respondió por mí Hermione, negando con la cabeza–. Te voy a regalar un calendario para navidad.

Ginny me miró confundida y luego se llevó la mano al mentón en una posición reflexiva. Sonreí por la cara de exasperación de mi otra amiga, la que esperaba pacientemente, tamborileando los dedos contra la mesa, a que ella pudiera dilucidar de qué estábamos hablando. Poco a poco una expresión de horror se fue apoderando de su pecoso rostro, que se volvió tan colorado que llegué a creer que se había atorado con la masa de aquel pastel.

–¡Oh! ¡El aniversario es mañana! Cuanto lo siento, Luna querida. Los días pasan demasiado rápido con estos pequeños demonios que ni me di cuenta. ¡Soy lo peor! –exclamó dramáticamente con una mano al pecho, casi dándose cabezazos contra la mesa para castigar su torpeza.

–No te preocupes, Ginny, no es nada. De verdad –aseguré, encogiéndome de hombros–. Por otro lado, no es un tema del que me gustaría hablar. Preferiría distraerme con otro asunto, si no les molesta.

–Claro, claro –dijo avergonzada, moviendo la mano–. Mejor hablemos del bombonazo que vimos el otro día en tu casa, ese día que fuimos a visitarte para la cena, el misterioso Señor Nott. ¿Qué hacía ahí? con esto de las hormonas, me acaloró verlo en esa facha... ¡quien lo manda a usar esos pantalones tan ajustados! si no fuera porque estoy con Harry...

–¡Ginny! –chilló enojada Hermione, interrumpiendo sus alucinaciones– ¡Sí que te pasaste! Ahora no me cabe duda que el desatino es marca registrada Weasley. ¿Cómo puedes lanzar esa clase de comentarios así como así? ¿Justo después de remarcarte porqué Luna está así? ¿Y más encima con ese vocabulario? ¡por Merlín! realmente el embarazo te está afectando la sinapsis.

La aludida bajó la cabeza avergonzada como un cachorrito arrepentido, y no pude más que soltar una suave risa frente al espectáculo.

–No hay lío –aseguré, notando la mirada asesina que aún Hermione le lanzaba a Ginny–. A decir verdad, Theodore va porque los niños lo invitan. En estas semanas se ha convertido en una especie de tío para ellos y se llevan muy bien. Es una gran persona.

La imagen de Theo apareció súbitamente en mi mente, sonriéndome como siempre, con esa expresión tan amable en el rostro que me provocaba tiritones. Cuando iba a la casa, no pasaba más de veinte minutos a su lado. Lo dejaba jugar con los niños y sólo intercambiábamos palabras justo cuando todos nos sentábamos a tomar el té. En ese momento me daba licencias para observarlo con libertad y recorrer sus facciones con los ojos hasta aprendérmelas de memoria, al igual que sus gestos y gustos. Su cabello era castaño claro, y el color de sus ojos podían aclararse u oscurecerse dependiendo de su estado anímico. Tenía la manía de arrugar la nariz cuando algo le resultaba dificultoso, y ladeaba la cabeza cuando trataba de comprender algo. Prefería el té del café, y su pastel favorito era el de fresa. Una vez tuve la genial idea de preguntarle porqué siempre traía un pastel de ese sabor, y su respuesta me dejó toda la noche con insomnio.

"Lo siento" dijo aquella vez, levemente sonrojado "No puedo evitarlo. La fresa es mi fruta favorita desde que me di cuenta que me recuerda a ti. La próxima ocasión variaré, lo prometo". Sin embargo, nunca cumplió su promesa, y seguimos comiendo fresas.

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Era tan complicado...

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No quería darme la oportunidad de fantasear con una vida a su lado. No cuando el sufrimiento de la pérdida de Rolf estaba aún tan reciente. Sin embargo, su presencia en mi vida me confundía de una manera tan intensa como dolorosa. Una parte de mí había sido enterrada junto a mi esposo en aquel lluvioso funeral, y la otra parte no podía estar más rabiosa de perder a una segunda persona importante en un estúpido accidente; primero mi madre cuando era pequeña, y ahora él, cuando pensaba que había alcanzado la felicidad plena, juntos como una familia. Pero la parte enterrada se removía en su tumba, anhelando volver a creer, mientras mi cabeza trataba de esconder esa ilusión bajo la alfombra.

–Pues yo creo que te tiene echado el ojo –soltó Ginny sacándome de mis pensamientos.

Me sonrojé violentamente y la miré con nerviosismo.

–¿Disculpa?

Ginny suspiró con teatralidad y enlazó sus dedos, a la vez que posaba sus codos sobre la mesa, como si estuviera negociando la quiebra de una empresa.

–Las hormonas me estarán pateando en el suelo pero no soy ciega. Noté como te miraba. Era de esa clase de miradas que lo dicen todo, cargada de sentimientos, mezclada con nostalgia. No sé. Me pareció bastante tierno, se ve buena persona, y se lleva bien con los niños. Además es guapo e inteligente, ¿Qué más se puede pedir? –tomó un fuerte respiro antes de continuar–. No te digo que te lances a sus brazos de ojos cerrados. Lo que te digo es que no deberías descartar de buenas a primeras la oportunidad de reconstruir tu vida. No te digo que lo hagas ahora, sino eventualmente, cuando estés en paz contigo misma.

–Lo que quiere decir Ginny, amiga mía –agregó Hermione, tomándome la mano que tenía sobre la mesa entre las suyas–, es que te apoyaremos, sin importar las decisiones que tomes. Estamos contigo, y lo menos que podemos hacer es respetar tus deseos. Si algún día te das cuenta que quieres que Theodore Nott se convierta en el hombre que estará a tu lado de hoy en adelante, o cualquier otro u otra, no dudes que la persona que elijas será bienvenida entre nosotros, ¿de acuerdo?. Lo que no queremos es que te prives de la oportunidad. Él jamás será Rolf, lo entendemos, pero ¿por qué tiene que serlo? cada relación es distinta, no hay para qué compararlas.

Los ojos se me llenaron de agua de la emoción. Traté de reprimir su caída frotándomelos con las manos empuñadas, pero de poco me sirvió. Con sus palabras sinceras habían tocado cada fibra de mi corazón. Cariño. Un profundo cariño sentía hacia ellas. Las primeras y únicas amigas que tengo. Mi gran apoyo. En las buenas, en las malas y en las peores.

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Siempre juntas.

Siempre.

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–Una basurita me entró –expliqué sonsamente, mientras ambas me abrazaban con firmeza, una a cada lado–.Debió ser uno de esos Mertiplops Alados que andan haciendo travesuras por ahí. Tengan cuidado con ellos, les pueden provocar una infección.

Las dos rieron y siguieron abrazándome, esperando que terminara con los temblores corporales involuntarios que estaba experimentando, todo a causa de la emoción.

–Les daré una paliza a esos "como se llamen alados" –bromeó Ginny, regalándome un beso en la sien.

Cuando pasó el momento, las chicas comenzaron a cotillear acerca de las nuevas conquistas de Parvati en el jet set mágico, dejando olvidado el tema a propósito, por respeto a mi persona. Pedimos otro pastel, esta vez de manzana, y entre las tres lo atacamos sin piedad, engullendo cada trozo entre risas, transformando esa tarde en una tarde inolvidable. Sobre todo para mí, pues más adelante, la recordaría como el primer paso al desenlace de mi historia.

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Nuestra historia.

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Caminábamos tranquilamente al parque, dónde nos veríamos con los hijos de Granger. Luna se sentía mal y me pidió que llevara a los niños a su cita de juegos, a lo cual por supuesto que no me negué, después de todo, me encantaba la compañía de los pequeños. Eran como un par de amigos traviesos y no me costaba nada rebajarme a su nivel de madurez. De hecho, ahora que lo pienso, probablemente ellos eran más maduros que yo. Sus ojos color cielo, una copia exacta a los de su madre, reflejaban una personalidad más adulta de lo que aparentaban.

Cuando llegamos a destino, el lugar estaba casi vacío. El sol se encontraba en lo más alto del cielo e iluminaba todo con sus suaves rayos otoñales. No hacía ni calor ni frío. Todo era perfecto, y ni sospechaba lo que vendría. Los miré a ambos indicándoles que ya podían correr libremente por dónde quisieran, que no se preocuparan, que yo mantendría un ojo vigilante en ellos, sin embargo, no se dieron por aludidos. Se quedaron clavados en el piso observándome desde abajo. Lorcan enfrentándome. Lysander mirando a su hermano expectante.

–Te gusta, ¿verdad? –preguntó Lorcan de pronto, escudriñándome con los ojos–. No me mires con esa cara, Theo. Sé que te gusta mamá.

Creo que la mandíbula me chocó contra el piso en ese instante, ¿o lo que sonó fue la explosión de mi sentido común?

–¡Lorcan! –reclamó su hermano horrorizado–. No le digas esas cosas al señor Nott, ¿no ves que lo vas a ahuyentar?

–¿Por qué no? –repuso mirándolo ceñudo–. Tú también lo piensas, ahora sólo quiero que me lo confirme. Quiero que me diga directamente que le gusta mamá.

Me sentía entre la espada y la pared entre dos hombrecitos que con suerte me llegaban más allá del estómago. ¿Tan obvio era? Ya podía imaginarme que todos mis intentos por acercarme a esa familia estaban destinados al fracaso. El silencio imperante indicaba que era mi turno de hablar, de explicarme. Sin duda, ese par de gemelos podían ser atemorizantes si se lo proponían, especialmente Lorcan, que no tenía empacho en demostrarse hosco y capaz de golpearme, sin detenerse a pensar que yo lo triplicaba en fuerza.

–Sí. Me gusta –confesé resignado, ¿Qué podía hacer si me tenían acorralado? había llegado la hora de la dura verdad.

Bajé la mirada esperando lo peor. Que los dos se pusieran histéricos, que me insultaran o que trataran de desquitarse lanzándome las piedras que adornaban el suelo. Pero nada de eso ocurrió. El silencio se alargó por interminables segundos, hasta que por fin su vocecita retomó la palabra.

–Bien –soltó Lorcan, con un asentimiento corto pero enérgico–. Tienes permiso para intentar salir con ella.

Lo miré sorprendido. ¿Había escuchado bien o mi imaginación me estaba jugando una mala pasada? ¿ese chiquillo me estaba otorgando su permiso para cortejar abiertamente a su madre? No. No podía ser. Era demasiado bueno para ser verdad. Me pellizqué el brazo tratando de despertar, pero sólo logré dejarme una mancha roja en la piel.

–Señor Nott –me susurró Lysander, un poco incómodo por la súbita honestidad de Lorcan y mi shock nervioso–. Lo que quiere decir mi hermano es que no nos molesta que lo haga. Sabemos que está con nosotros porque le caemos bien y no para ganarse nuestra simpatía para llegar a mamá, así que no se preocupe por eso, no lo hemos malinterpretado. Sin embargo, ella ha estado muy triste estos últimos días y nos gustaría verla feliz como antes. La verdad, creemos que a medida que vaya pasando el tiempo, usted es el sujeto adecuado para hacerla sonreír otra vez.

–Eso –secundó su gemelo, cruzándose de brazos para ¿intimidarme?–. Pero no crea que podrá reemplazar a papá. Usted nos agrada, es simpático, divertido e inteligente, lo pasamos bien en su compañía, pero jamás será él, ¿me entiende? Y otra cosa, si se atreve a hacer llorar a mi mamá, se las verá conmigo, se acaba de inmediato nuestra amistad. Correrá sangre. Su sangre.

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¿Ah?

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–¡Lorcan! –chilló Lysander, ahora realmente escandalizado–. No puedo creer que seas tan boca floja –agregó, dándole un empujón–. ¡No tienes porqué ser tan grosero!

–¡No soy grosero! –exclamó él, devolviéndole el empujón–. ¿Acaso no quieres proteger a mamá? yo no me fío de nadie, y que el señor Nott sea una buena persona ahora no nos asegura que lo vaya a ser siempre. Tenemos que dejar claro ese punto. Quien avisa no es traidor.

Los dos comenzaron a discutir entre ellos, de una manera tan elevada y con argumentos tan contundentes, que me sentí mareado. Aunque sumando y restando, lo único que podía extraer de sus palabras era que me consideraban la mejor opción para Luna, y eso no dejaba de sorprenderme. Los empujones cada vez iban subiendo sus niveles de agresividad, y en cualquier momento, rodarían por la tierra tratando de sacarse los ojos.

–Niños –esbocé conmovido, separándolos por el antebrazo–. No peleen, por favor, ¿me dejan hablar a mí ahora?

Ambos me miraron y asintieron a la vez.

–Primero, nunca pensaría en reemplazar a su padre, eso es imposible, me basta con ser su amigo y que puedan confiar en mí cuando lo necesiten, ¿está bien? Me honra que me den su permiso para salir con su madre, no saben cuánto. La verdad es que desde el colegio ella me gusta… –confesé sonrojándome, ante lo cual ellos se rascaron la cabeza incómodos–, pero no es algo que puedan decidir ni ustedes, ni yo. Sólo Luna sabrá si me acepta y de aceptarme, cuándo lo hará. No pretendo presionarla. Tengo tiempo, puedo esperar.

Parpadeaban atentos, esperando que continuara.

–Segundo –agregué sin poder evitar sonreír–, tranquilo Lorcan, jamás me atrevería a hacerla sufrir. Preferiría dejarme atropellar por un hipógrifo antes que eso, y me han dicho que duele mucho. Créanme, no sería capaz. Se los juro.

Los niños abrieron la boca sorprendidos, y supe que probablemente estaban pensando en preguntarme cómo alguien había sido atropellado por un hipógrifo y sobrevivido para contarlo, sin embargo, optaron por callar, tratando de darle solemnidad a ese improvisado y ridículo juramento que les hice. Como si nada, sus expresiones volvieron a ser tranquilas y soñadoras, y a continuación de un asentimiento, como si nada hubiese pasado, corrieron hacia la caja de arena que había unos metros más allá, extendiendo los brazos como lechuzas entre risas. Fue entonces que llegó Granger y sus hijos, que también corrieron hacia el lugar para jugar con ellos.

Aún desconcertado con lo ocurrido, me senté en una banquita para observarlos desde ahí, mientras ella se colocaba en el columpio que estaba al lado de la caja de arena y los vigilaba a la vez que se balanceaba recatadamente con un libro en la mano. Todavía no había la suficiente confianza entre ambos como para sentarnos juntos y charlar para pasar el rato, pero dentro de todo el grupo de amigos de Luna, ella era la que más parecía abierta a recibirme, y se lo agradecía. Me saludó con un breve asentimiento de cabeza y una sonrisa, que le devolví gustoso.

–Vaya, hace tiempo que no te veía –murmuró una voz familiar arrastrando las palabras a mis espaldas–. No sabía que te había dado por procrear, siempre creí que no tendrías hijos, ¿o fue una consecuencia inesperada producto de una noche?

Me giré y le sonreí. Parecía que el pasado insistía en volver al presente, y en cierta medida, lo agradecía, porque todo estaba tendiendo para bien. Había salido de mis cuatro paredes de soledad, y el espacio que había entre el mundo y yo había empezado a poblarse de gente de un momento a otro. Éramos los mismos y a la vez, completamente diferentes. La madurez, quizás ver las cosas en perspectiva, bajarle la velocidad a la vida, nos había cambiado.

–Por más que me gustaría, no, no son mis hijos. Simplemente los traje al parque a jugar con sus amigos. ¿Y tú? ¿Qué haces acá?

Draco chasqueó la lengua y se encogió de hombros.

–Scorpius estaba destruyendo la mitad de la mansión de puro aburrimiento –bufó, dejándose caer a mi lado, mientras el aludido corría a jugar con el resto de los niños en la arena–. Ahora que Pansy le regaló ese mini laboratorio de pociones, no hay quien se salve. Ya ha hecho explotar tres veces su habitación, sin contar las ocasiones en que casi nos mata intoxicados... ¡Ah! ¿Sabías que mezclando hiedra de manantial con saliva de troll puedes cambiar el pigmento del pelo? pues Scorpius lo descubrió y experimentó conmigo. Tuve el cabello verde por una semana. Al menos a Astoria le combinaba con los ojos.

Tuve que reprimir una carcajada.

–Supongo que ella debe odiar a Pansy con todo su ser por semejante regalo –esbocé, representándome su rostro espantado.

–Ni te lo imaginas. En todo caso, estoy seguro que la muy bastarda lo hizo a propósito –gruñó arrugando la nariz–. Ya verá. Cuando su pequeño crío tenga la edad suficiente, tío Draco se encargará de mal influenciarlo. Las pagará con intereses.

Me atoré con mi propia saliva.

–¿Pansy también tiene un hijo? –pregunté sorprendido.

–Dos. La pequeña Eeilen y Alexander junior.

Suspiré y miré al cielo, sintiéndome viejo de un instante a otro.

–Vaya... no tenía la menor idea –esbocé con cierta melancolía.

–Eso te pasa por desaparecerte del mundo, Theo. Nunca entendí por qué lo hiciste, pero espero que no lo vuelvas a hacer. Eres de los pocos seres humanos que me cae bien.

Nos quedamos mirando a los niños jugar en silencio, con la mente en blanco en mi caso, aunque algo conmovido con sus palabras. Nunca esperé que me extrañase. Quizás, nunca me valoré lo suficiente. Tener un padre loco me había jugado en contra en mis relaciones interpersonales, pero esperaba que de ahora en adelante, todo eso cambiase.

A lo lejos Lorcan y Hugo se revolcaban como gusanos en la arena, mientras Rose y Lysander construían un castillo de perfectas dimensiones ayudados por Scorpius, cuya imagen parecía calcada a Draco, sin su peinado engominado hacia atrás, sino suelto y en todas direcciones, como si hubiese perdido una monumental batalla contra la peineta. El niño se veía brillante, feliz, como quizás nunca lo estuvo su padre. Se notaba a lo lejos que él y Astoria habían enmendado en su retoño todos aquellos resentimientos y prejuicios que tanto enlodaron sus propias infancias.

–¿Y de quién son los críos? –indagó él de pronto.

–No son críos, tienen nombre. Los gemelos de ahí son Lysander y Lorcan. Y son de Luna. Los pelirrojos...

–¿Lovegood? –interrumpió, ante lo cual sencillamente asentí–. Veo que por fin te decidiste a hacer algo al respecto con tu amor platónico por ella. Supe por El Profeta que hoy se cumple un año desde que quedó viuda.

–¿Lo sabías? –solté sorprendido, con una voz tan aguda que sonó horrible– ¿Sabías que me gustaba?

Rodó los ojos, con una expresión ofendida.

–Sí, pero prefería hacerme el estúpido. No me es tan complicado como puedes ver –bromeó encogiéndose de hombros–. Como te dije, eres una de las pocas personas que me cae bien y si te delataba en el colegio, estabas absolutamente perdido y me habría visto en la obligación de humillarte. Tú sabes, gajes del oficio. Ser el hijo de puta no es una tarea fácil, exige muchos sacrificios y tiempo completo.

Negué divertido. ¿Quién diría que Draco podía burlarse de si mismo? al parecer, lo había prejuiciado, y anoté mentalmente tratar de retomar las relaciones con él y con Pansy. Extrañaba el humor negro de ambos.

–¿Es ella? –musitó anonadado, sacándome de mis pensamientos, apuntando hacia el columpio.

Pude notar como su mandíbula se tensaba al verla, y recordé cuántas veces lo había pillado observándola por el rabillo del ojo cuando creía que nadie se daba cuenta. Aparentemente ambos estábamos más conscientes del otro de lo que demostrábamos.

–¿Hermione Granger? Sí. Lo es. ¿Por qué?

Se tomó un tiempo antes de responder.

–Se ve muy... cambiada. Hace años que no la veía en persona, solo en reportajes.

La miraba tan descaradamente que le tuve que dar un golpe en el brazo para que reaccionara.

–La gente crece, Malfoy. Las mujeres se ponen más atractivas con los años. No es ninguna novedad. Tú mejor que nadie debería saberlo, ¿no que eras el casanova de Slytherin? –agregué con sorna.

Ahora me observaba ofendido.

–Aunque no lo creas, soy muy respetuoso de mi vida conyugal. He perdido la práctica y hace muchos años que estoy fuera del mercado, para desgracia del mundo femenino.

Enarqué una ceja pero nada dije, ya que él pronto retomó la palabra.

–No ha perdido el tiempo con la comadreja –soltó entonces, mirando a los dos pequeños pelirrojos que revoloteaban alrededor de su madre.

Y calló de nuevo. Lo vi sumergirse en un mar de recuerdos, y podría apostar que estaba en una sucesión de flashbacks sobre la época escolar y todo lo que eso implicó para él, para ambos. Ser un Slytherin no era sencillo; habían muchas reglas implícitas que cumplir, muchas expectativas que llenar, y en más de una ocasión, se podía llegar a considerar una maldición pertenecerle a Salazar, sobre todo cuando todos dan por sentado que no eres más que un delincuente en potencia.

–En fin. Creo que ha sido suficiente por hoy –suspiró desganado, levantándose de mi lado inesperadamente–. Suerte con Lovegood. Espero que puedas concretar ese anhelo escolar, aunque no lo entienda. Es una persona bastante extraña, que quieres que te diga –añadió con falsa mordacidad, llamando con la mano al mini Malfoy, que corrió como un soldado para plantarse a su derecha sin rechistar.

–¿Y tú no?

Draco sonrió entendiendo al vuelo la intención de mi pregunta. Yo sabía perfectamente que su matrimonio con Astoria no había sido más que por conveniencia, algo planeado por los padres de ambos aún antes de que los pobres nacieran. Incluso, podía recordar lo tensa que fue la ceremonia. Draco sudaba nervioso como un cerdo y Astoria, que siempre había estado prendada de Blaise, estaba aguantándose dignamente las ganas de llorar a mares. Él tenía veinte. Ella dieciocho.

–A mí se me pasó el noctámbulo hace rato, Theodore –musitó, dirigiendo la mirada inconscientemente hacia la melena castaña que teníamos a escasos metros–. Nunca fui muy valiente y arriesgado en ese sentido, me importaba demasiado lo que pensaría el resto. A diferencia de ti, me quedaré con el "pudo ser". Pero no me arrepiento de nada, sino, no tendría a este campeón, que es mi vida –aseveró, sonriéndole a su pequeño con unas palmadas en el hombro, ante lo cual, Scorpius infló el pecho de orgullo–. Pero no se lo digas a nadie. Tengo una reputación de cabrón que conservar.

Los dos me regalaron una pequeña reverencia antes de partir y dejarme solo, sin embargo, justo en ese momento los gemelos se me acercaron, agitados y extrañamente hiperventilados.

–NosvamosalacasadelatíaHermione –me informó Lorcan, sin respirar entre palabras.

–Sí, ¿por qué no le vas a avisar a mamá para que no se preocupe? –sugirió Lysander aparentando indiferencia, sacándose la arena de las uñas–. Debe estar sola y aburrida. Mejor te vas para allá y le conversas, ¿no crees? Pero sin fresas, que parece que ya le dan alergia.

Me reí de sus claras intenciones, pero definitivamente, tomaría esa oportunidad que me regalaban.

–Claro niños. No se preocupen, yo le aviso.

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Caminé a mi destino con el pecho apretado, la garganta seca y un dolor de cabeza infernal. Estaba nervioso, quizás más de lo conveniente, pero no podía evitarlo... algo dentro de mi cuerpo me indicaba que era tiempo de ser sincero con ella. ¿Qué le diría? no tenía la más mínima idea. No había pensado en nada, ni un discurso, declaración, nota o palabra clave. Ni siquiera tenía clara la forma de exponer mis ideas, pero a decir verdad, en ese momento poco me importaba. Había decidido confiar en mis instintos y en mi poder de improvisación, tan solo esperaba no dejarme en ridículo. ¡Que Merlín no lo permitiera! aún podía ver la cara de los gemelos dándome su aprobación, y no podía defraudarlos. Ahora sólo dependía de mí. Sin excusas de por medio.

Llegué a esa antigua casa blanca, repleta de artefactos extraños y dónde vivía aquella rubia de ojos soñadores que se robaba mis pensamientos cada noche. Aquella mujer con apariencia de niña que hace años logró encandilarme y me arrebató el corazón sin proponérselo, para jamás devolvérmelo. Tragué espeso antes de tocar la puerta, mas nadie me abrió. Extrañado, ingresé al lugar aprovechando que la puerta no estaba con llave, con un mal presentimiento rondando en mi cabeza.

–¿Luna? –pregunté al aire, tratando de ubicarla con la mirada–. Luna, ¿estás ahí? soy yo, Theodore. Los niños se fueron a casa de Granger.

No habían rastros de ella. ¿Habrá salido? me pregunté, maldiciendo mi mala suerte. Sin embargo, un sollozo ahogado me indicó su paradero. Ahí, justo en medio de la sala de estar, rodeada de cientos de fotografías mágicas, se encontraba ella, escondiendo su rostro entre ambas manos, con pequeños espasmos provocados por un llanto silencioso y desolador. Avancé hasta su posición esquivando con cuidado las fotos familiares desperdigadas por el piso, fotos de un pasado al cual no pertenecía pero que ella anhelaba aún.

–Luna –susurré, agachándome a su lado y tomándome la libertad de acariciar unas hebras de su cabeza–. Estoy aquí y me quedaré todo lo que quieras. Si quieres me iré también. Pero si me dejas, me gustaría acompañarte, aunque sea en silencio.

Ella levantó la mirada sorprendida, pues no se había percatado de mi presencia. Parecía confundida y con sentimientos encontrados, tardándose unos minutos en responder.

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Me mordí el labio indecisa, pero la mirada comprensiva que él me regaló fue motivo suficiente para dejarme llevar por las emociones y demostrar que Luna Lovegood también se puede poner triste, también puede llorar. Me enredé en sus brazos y escondí la cara en su pecho, quedándome ahí, incapaz de mirarlo a los ojos, mientras él me acunaba con firmeza y peinaba mi cabellos con los dedos, dándome a entender que no me apuraría, que esperaría a que encontrara las fuerzas para hablar, que tenía todo el tiempo del mundo.

–No aguanto más –confesé en un hilo de voz–. Ya no quiero seguir fingiendo que no me duele, porque me duele, y mucho.

Mi garganta se estranguló por breves segundos impidiéndome hablar, pero él esperó pacientemente hasta que recuperé la voz.

–A diferencia de lo que muchos puedan creer, no soy inmune al dolor. Solo porque creen que vivo en un mundo de fantasías o consideran mis intereses extravagantes, creen que las cosas no me afectan, pero no es así...

Otra vez ese ahogo infernal que quemaba las cuerdas vocales interrumpía mis palabras. Tragué espeso para soslayar la sensación.

–Perdí a mi madre en un estúpido accidente y ahora también a mi marido. Siempre pienso, ¿por qué ellos? ¿por qué no yo?. No sé como lidiar con todo. Con mis hijos, mi casa y mi vida. Ya se me acabaron las ideas. Estoy seca. Aunque puede ser que un Jingliploff se me metió por el oído. Son muy peligrosos a veces, ¿sabes? juegan con tu estado anímico.

Comencé a jugar con las manos algo nerviosa, esperando que él hablara, pero nada dijo. Se dedicó a observarme hundido en sus pensamientos, mientras yo notaba que mi rostro había quedado prácticamente grabado en sus ropas, todo a causa de las lágrimas. Jamás pensé que pudiera derramar tanta agua salada por los ojos.

–Lo siento, arruiné tu camisa –solté apenada.

–No importa, es lo de menos.

Theodore se acercó aún más arrastrando las rodillas, hasta quedar tan cerca que a mí se me olvidó cómo respirar. Bajó la cabeza hasta la altura de mi corazón y puso la oreja ahí, quedándose en esa posición, escuchándolo palpitar en silencio. No obstante, a pesar de encontrarme atónica y sonrojada por sus acciones, no podía ni quería quitármelo de encima.

–Sé que está roto –dijo después de un largo tiempo–. Pero si me das la oportunidad, haré todo lo posible por repararlo.

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Sin levantarme de mi posición, tomé su mano derecha y la coloqué en mi propio pecho, también a la altura de mi corazón, extiendo la palma para que pudiera percibirlo en su totalidad. Sabía que era un momento especialmente vulnerable para ambos, pero era un instante que solo nos pertenecía a nosotros, y que sería difícil borrar de mi memoria.

–Sonará cursi y quizás un poco deschavetado, pero créeme porque nunca he sido tan sincero –solté, quitando la oreja de su pecho para mirarla directamente a los ojos– ¿Lo sientes a través de tu palma? –pregunté, colocando una mano por sobre la de ella, para no dejarla escapar de ahí, justo encima de ese órgano llamado corazón–. Eso es gracias a ti. Completamente a ti. Antes de volver a encontrarte mi vida parecía no tener sentido. Todos los días eran iguales, tediosos y aburridos. Nunca pude encontrar a nadie que me hiciera sentir la mitad de lo que tú logras, y créeme cuando te digo que la he buscado.

Sus ojos claros aleteaban por mi rostro leyendo más allá de mis palabras, con esa capacidad para descifrarte que solo ella poseía.

–Siempre te quise, desde el primer día que te vi –confesé–. Siempre quise acercarme, pero no sé porqué en el fondo tenía tanto miedo. Cuando me enteré que te habías casado me odié por no haber tenido la valentía suficiente para tratar de conquistarte cuando aún había tiempo, cuando los dos sólo éramos un par de adolescentes, sin líos ni trancas.

Me mojé los labios para luego continuar.

Ella a penas parpadeaba mientras me escuchaba con atención.

–Hay tantas cosas que quisiera decirte pero no encuentro las palabras adecuadas. Ninguna alcanza la magnitud de lo que siento, todas quedan por debajo. Sólo sé que si me dejas, te querré sin restricciones. Que si me dejas, mi mayor deseo será construir un futuro contigo y ayudarte a criar a esos dos diablillos que ya se robaron la otra parte de mi corazón que habías dejado. Sólo sé que, si me dejas, pondré todo lo que está a mi alcance para hacerte feliz y que jamás les falte nada. Luna, yo...

–Calla –ordenó colocando su índice libre en mis labios–. Creo que ya dijiste suficiente. A mi también me pasan cosas contigo y no te voy a negar que me hace sentir culpable que así sea. Pero... pero si voy a reconstruir algo, me gustaría que fueras parte de eso.

Aún con un par de lágrimas adornando su rostro, Luna se acercó y cruzó los brazos por detrás de mi cuello, enterrando la nariz en el costado. Me quedé paralizado y cerré los ojos para disfrutar a plenitud esa descarga eléctrica que me recorría por completo con su cercanía. Pero la tentación era demasiada. Podía ver sus labios por el rabillo y las ganas de besarlos eran casi irresistibles. Después de tantos años anhelándolos, después de tantos sentimientos acumulados.

–No necesitas tener tanto cuidado, Theodore –me susurró Luna–. Puedes abrazarme de regreso. No soy de cristal, no me voy a romper.

Con el pulso acelerado, pasé los brazos detrás de su espalda para apretarla contra mí, tratando de ser lo más delicado posible. Pero en ese instante, sentí como el mundo se detuvo para ambos. Los minutos dejaron de correr, el resto dejó de existir. Sólo estábamos los dos, juntos, conectándonos en un nivel intangible.

–Tengo miedo de despertar y que esto haya sido un sueño –murmuré, separándome un poco para apoyar mi frente a la de ella.

–Entonces quédate. Duerme conmigo así despertarás a mi lado –tiró de mi para levantarme, haciéndome un espacio en el sofá–. Hoy no te puedo ofrecer más que eso.

Sin dudarlo, acepté la invitación, apretujándonos en aquel mueble en un nuevo abrazo, esta vez firme, enlazando también las piernas y cerrando los ojos para disfrutar el contacto. Su olor a fresas me acunó logrando que empezara a entrar en los dominios de Morfeo, sintiendo como si mi cuerpo fuera flotando al mundo de los sueños. Percibí como dejaba un beso de buenas noches en mi mejilla, provocándome un hormigueo agradable en el sector.

–Espero que sea el primero de muchos –esbocé en voz alta sin proponérmelo, avergonzándome enseguida.

Sin embargo, sentí sus manos vagar por mi cabello, en una caricia que me dejó alcoholizado.

–Yo también lo espero Theo. Yo también –me respondió.

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Tres sombras se aparecieron frente a la casa, dos niños y una mujer, enfundados en sus túnicas para combatir el frío. La noche había llegado sorpresivamente y la mujer estaba algo nerviosa por la hora. Pasaron tanto tiempo entre juegos y conversaciones para distraer a los gemelos, que ni se percató cuando el sol ya se había ocultado y que la hora era indecible.

–Espero que Luna no esté muy preocupada –comentó Hermione mientras se disponía a abrir la puerta del hogar Lovegood–. Se nos hizo algo tarde, ¿no? aunque debo decir que nunca los había visto con tan pocas ganas de devolverse a casa.

La mujer giró la manilla y ahogó un grito tan pronto puso un pie dentro de la casa, tapándose la boca con ambas manos, anonadada. Al frente de ellos se encontraban Luna y Theodore, recostados y abrazados, durmiendo en el sofá de la sala de estar. Era una imagen extraña.

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Una mezcla de melancolía y ternura se instaló en su caja torácica.

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–Shhh tía Hermione, ¿no ve que los va a despertar? –la regañó Lysander susurrando.

–Déjelos dormir. Mañana podrá atosigar a mamá con sus preguntas –agregó Lorcan con su ya habitual falta de tino–. ¿No ve que ahora está feliz? Déjenos no más. Nosotros podemos ir a la cama solos.

Hermione, aún con la boca tapada, dirigió su mirada a la pareja y enfocó su atención principalmente al rostro de Luna. Había algo muy extraño en el, y a la vez, fascinante. Dormía con una suave pero potente sonrisa, y parecía despedir luces por cada poro de su piel. Brillaba tanto como el astro que llevaba su nombre mientras que Theodore la abrazaba protectoramente, prestándole su pecho de almohada.

Suspiró y le regaló una mirada comprensiva a los niños, entendiendo por qué habían insistido en ir a su casa y que al fin de cuentas, ese resultado había sido en cierta medida planeado por ellos. Observó como Lysander subió hasta su habitación y luego bajó con una frazada, tapándolos desde la cintura para abajo con la ayuda de su hermano.

–¿No quieren alojar en mi casa mejor? –les ofreció.

–No, gracias Tía –respondió Lorcan–. Si despierta y no nos ve en nuestras camas, se volverá loca. No se preocupe por nosotros. Nos iremos a dormir de inmediato y sin escándalo. Lo prometemos.

Hermione asintió nuevamente y con una última mirada a su amiga, cargada de emoción y expectación por lo que vendría, se retiró del lugar, dejando a los dos pequeños gemelos ahí, embelesados, sin dejar de mirar a la pareja con ilusión.

Parecía que dentro de sus corazones una pieza que faltaba volvió a integrarse, haciéndolos sentir completos después de mucho tiempo de luto, y esperanzados de un futuro que ya se vislumbraba perfecto. Feliz para los cuatro.

–Ahora mamá va volver, ¿no? –esbozó Lysander sonriente después de un rato.

–Eso creo. Ya dejará de ser un simple reflejo de lo que antes era –contestó su hermano, satisfecho.

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Fin.