Holas:
Antes de comenzar, un agradecimiento a las personas que están leyendo esta historia y un agradecimiento aún más grande a las personas que me enviaron algún comentario, crítica o impresión de esta historia. Es gratificante leer que alguien, el alguna parte del planeta, que no es tu mejor amiga, tu vecinita, tu primita o tu enamorado o novio, te escribe un halago sincero, sin conocerte, sin haberte visto tu rostro nunca, pero aún así se toma la molestia de plasmar en unas cuantas líneas, su opinión.
Y ésta me llena de orgullo, para continuar, para robar horas de sueño, con mi taza de café al lado, o levantándome unas horas antes del alba para escribir, para que cuando abran su correo tengan la noticia de una nueva actualización, o para que cuando regresen a mi página, vean que nuevos enredos han sido publicados. Mi intención es que alguien se alegre, ría, se emocione y quien sabe, hasta sienta el corazón abrumado por la empatía con algún personaje. En resumidas cuentas, esta historia es para ustedes, enteramente para ustedes. Para que la disfruten y la gocen.
Un beso.
Gise.
– No me miren como si les hubiese dicho la fecha de su funeral – increpaba McGonagall tensa, con el semblante rígido. Ella y Kingsley habían hablado la última hora, por turnos explicándoles el motivo de aquella reunión.
Hermione aún no salía del asombro, aquellas palabras aún daban vueltas por su cabeza
El Torneo de los Tres Magos
Un sentimiento de euforia la embargaba. Este evento representaba un gran avance para su carrera. Haber sido designado su departamento y obviamente con ella a la cabeza de la organización y puesta en marcha del Torneo era un sueño hecho realidad, después de todo; a pesar de tener la jefatura del Departamento de Cooperación Mágica Internacional (DCMI), nunca había realizado algo de tanta envergadura y éste era obviamente un acontecimiento trascendente y memorable, donde podría demostrar toda su capacidad profesional.
Muchos habían supuesto, meses atrás, que su nuevo cargo era producto de su reciente relación con Harry Potter y la influencia de éste con el Ministro. Nadie parecía reparar en el hecho tangible que Hermione había trabajado incansable desde hacía años atrás en el Ministerio, pero manteniendo siempre un perfil bajo. Ahora era su oportunidad de demostrar que se había ganado aquel puesto a pulso y por su propia valía. Lo único malo era...
– Draco Malfoy. Si Hermione, Draco se encuentra aquí porque no sólo co-ayudará al Ministerio en la organización del Torneo, si no que financiará al mismo, sólo obteniendo como beneficio las regalías por las ventas conexas al mismo. Tú sabes que el Ministerio no busca lucrar con estos eventos sólo promover la camaradería, la confraternidad entre las tres escuelas más importantes de Europa. Pero el tener a un auspiciador como Draco para el Torneo, nos permitirá continuar con los fondos necesarios para nuestra lucha con el-que-no-debe-ser-nombrado. – le había respondido Kingsley rotundo.
Minutos antes, Draco se había impulsado del asiento donde estaba, cuando el Ministro mencionó que ambos trabajarían juntos en la preparación del Torneo y que coordinarían con McGonagall lo relacionado a los estudiantes invitados. En vista de que Hermione era la Directora del DCMI y él era el patrocinador oficial, se le había asignado una oficina dentro de su departamento para facilitar las coordinaciones y planeación de la selección del campeón y las pruebas del Torneo; así como los acuerdos y compromisos con las escuelas de Beauxbaton y Durmstrang.
– ¡No pienso trabajar con…. con ella! – había vociferado Draco, apenas Kingsley mencionó el asunto. Se había impulsado como un resorte y apoyaba ambos puños cerrados y rígidos contra el escritorio de McGonagall. Les miraba alternadamente, lívido de furia.
– ¡Pues yo tampoco deseo trabajar con él! – soltó inmediatamente Hermione. Se había levantado igual de su lugar, pero por respeto a ambas personas, limitaba su enojo a apretar los puños.
– ¡No se da cuenta que ella es una …
Kingsley se propulsó de su lugar tras el escritorio a situarse frente a Draco, con una velocidad que dejó a éste sorprendido. A pesar de los años que tenía el Ministro seguía siendo tan ágil o quizás más incluso que él mismo Draco. Sus caras estaban separadas ahora, por escasos centímetros. El Ministro miraba a Draco con las pupilas dilatadas y los ojos oscuros con una expresión temible en el rostro.
– Draco, todo este tiempo – habló despacio, cuidando de pronunciar cada palabra con tono firme – que hemos estado en contacto, bosquejando, estudiando este evento, me has demostrado que te has convertido en un hombre responsable de sus actos, correcto y sobre todo, que dejó atrás el pasado –Relajó un poco el semblante y posó su mano morena sobre el hombro de Draco –No destruyas esa concepción que tengo de ti con una sola palabra hiriente. No quiero dejarte fuera del evento. Porqué ten por descontado que lo haré si llegas a ello–. Volvió a adoptar el tono grave y firme en su voz.
El pecho de Draco subía y bajaba con rapidez. Tenía los puños apretados contra su cuerpo y los ojos entornados. Sopesó la situación. La voz del ministro no le dejaba duda que hablaba muy en serio. No le quedaba otra salida. Se relajó y suavizó el semblante.
– Pero Kingsley… – interrumpió Hermione. Ella también quería dar su opinión.
– Escúchenme bien – le cortó el ministro alejándose de Draco y caminando por el despacho – Si alguno de ustedes no quiere trabajar en el Torneo, sea por convicciones, inmadurez o por cualquier estúpido motivo – espetaba visiblemente fastidiado–. Será mejor que decida ahora mismo y me lo haga saber, porqué no consentiré que rencillas adolescentes o su falta de criterio entorpezca de modo alguno la celebración de este acontecimiento. Así que, de una buena vez¿Alguno quiere abandonar la dirección del Torneo?
– No – respondieron al unísono.
McGonagall, quien era la única que se había quedado sentada tras su escritorio, apretando la palma de la mano contra su pecho, soltó un respiro de alivio. Se levantó y dirigió sus pasos hacia ellos.
– Está demás recordarles – habló recobrando su tono flemático de siempre –que como ex-alumnos de mi escuela, dejarán cualquier diferencia atrás y dedicarán el 100 de sus conocimientos, capacidades y esfuerzos para que este Torneo sea seguro, magnífico y transfiera una dosis de esperanza y alegría para toda la comunidad mágica – ¿Cuento con eso? – preguntó.
Draco le dirigió a Hermione una mirada observadora. Parecía esperar que ella se retractara o saliera disparada en ese instante. Al ver que la joven le devolvía la mirada con los ojos castaños profundos y decididos sin moverse de su sitio, se dio cuenta de la realidad.
– ¿Y bien? – volvió a preguntar.
Ambos asintieron en silencio.
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– …Y entonces Kingsley hizo que nos diéramos la mano para sellar el acuerdo. – exclamó con voz ahogada Hermione, mientras se desparramaba sobre su cómodo sofá. Dejó caer los brazos a ambos lados del mueble y tiró la cabeza hacia atrás – Apenas Kingsley se hubo retirado, Malfoy salió disparado tras él, murmurando no se qué, y ¿sabes qué Harry?, tuve que quedarme a escuchar más regaños de McGonagall – concluyó Hermione.
Se encontraban en la sala de su departamento. Habían llegado hacía una hora del baile. Harry le había urgido para que contara sobre la reunión con el ministro. Su cara se había puesto más sombría conforme Hermione avanzaba el relato.
– Como vengo repitiendo desde hace media hora¿porqué no simplemente renuncias a ese trabajo y ya?
– Harry, ya te dije que me gusta mi empleo y no pienso dejarlo por el sólo hecho de tener que soportar a Malfoy. Antes no lo he hecho, a pesar de tus reiterados pedidos – volteó el rostro para mirarlo. Él se encontraba en el sofá contiguo – y menos lo haré ahora con esta oportunidad tan importante para mí.
– Pero Hermione – se levantó del sofá y se arrodilló junto a ella, apoyando el mentón en el antebrazo del mullido sillón – sabes que no tienes necesidad de trabajar. Por los galeones, no tienes de qué preocuparte, te lo he dicho mil veces. Y sobre todo está tu seguridad, es muy arriesgado que salgas a la calle; cualquiera podría atacarte, mientras que aquí en casa estarías...
– ¿…vegetando como los helechos del balcón?
Harry le propinó una palmada en el muslo. – Sabes a qué me refiero – le miró directo a los ojos.
– Y tú sabes también que pienso acerca de ello. No quieres que te ayude a luchar contra Vol- Voldemort y tampoco te gusta que realice o me dedique a otras actividades.
– Lo hago para protegerte, no es seguro andar por ahí… no quisiera perderte también a ti… – ladeó el rostro y apoyó la mejilla en el sillón.
Hermione le miró por uno segundos evaluando. Se irguió del respaldar y rodeó a Harry con ambas manos. Le acarició el cabello negro.
– Harry, yo entiendo que desees mantenerme a salvo y no tienes idea cuan agradecida estoy por ello, pero mantenerme encerrada o aislada no sería una solución, sería generar un problema. Hemos tenido esta discusión desde que me mudé contigo, y sabes lo que pienso y siento al respecto. Quiero sentirme útil, productiva, quiero sentirme viva. Soy conciente que la muerte de… de Ginny – tomó aire para continuar – nos afectó, pero ello no quiere decir que la solución hubiese sido enclaustrar a Ginny para que no le lastimen. Ella sabía muy bien, al igual que yo, el riesgo que se corre por estar a tu lado, y como ella, yo también lo elegí y lo acepté. ¿Acaso no lo hice desde el día que te conocí?, aún cuando no éramos más que amigos¿no siempre estuve a tu lado, luchando, peleando juntos?. Porque así lo deseaba, así lo sentía. Saber que puedes hacer la diferencia, ayudando a los demás es una sensación maravillosa. Saber que tus esfuerzos sirven para que el mundo vaya mejor valen el sacrificio… hasta de una vida.
– No quiero que me dejes…
– No quiero dejarte Harry, pero encerrada aquí no me tienes más segura, me alejas aún más – deshizo el abrazo y le obligó a mirarle– . No quiero sentirme incómoda cada vez que te cuento algo relacionado a mi trabajo en el Ministerio y ver que te fastidia. O que me dejes de hablar cuanto te comento que debo hacer un pequeño viaje. No quiero discutir cada vez que te cuento que salí con mis compañeros del departamento a tomar un café después de un largo día de trabajo.
Harry le miraba ceñudo. Aunque entendía el punto de vista de Hermione, igual no quería arriesgarse a perderla a ella también. Le quería sólo para él. No deseaba sentirse sólo de nuevo. No le apetecía para nada volver a pasar un dolor tan grande como el que sintió al perder a Ginny. Pero era honesto en reconocer que no todo se debía al temor de perderla… Era egoísta de su parte tener ese sentimiento de posesión tan fuerte… o quizás sólo era simple inseguridad de su parte… Lo que fuera, no quería y punto. No quería que Hermione se le escapara de entre los dedos…
– Sigo pensando que deberías dejar ese trabajo y así evitarías la molestia de ver a Malfoy cada día – regresó de sus pensamientos abruptamente. Se había levantado y se dirigía hacia la cocina.
¿Dónde está el maldito café?
Hermione le siguió al observarlo. Estaba algo cansada con todo lo sucedido esa noche, y hasta deseaba pasar por alto aquella periódica conversación.
– No creo que sea como pasear en el parque, Harry – le quitó de las manos el frasco de especias, bajando con destreza de los anaqueles dos tazas de colores opuestos. Caminó hacia una esquina y procedió a servir las dos tazas de la cafetera eléctrica. Regresó junto a él–. Pero esto es importante para mí y nada me impedirá que planifique cada detalle y organice minuciosamente este torneo. Ni siquiera el cretino de Malfoy podrá desviarme de mi objetivo – Levantó la varita, apuntando alternadamente a cada taza, haciéndolas hervir al instante. Le dio una a Harry – Soy capaz hasta de echarle una maldición imperius para que no estorbe…
– Hermione, quien te escuche no pensará que eres tú…. – sonrió finalmente, mientras tomaba un sorbo de café.
– Tienes razón Harry, no creo que llegue a tanto, después de todo, las maldiciones imperdonables son penadas por el ministerio – Probó el café, arrugó la nariz y dejó su taza. Empezó a caminar hacia su dormitorio – pero creo que iré a revisar un par de libros de transformaciones. Tu entiendes… un huroncito blanco haría juego con la decoración de mi oficina…
Harry se rió por dentro.
– Ahhh… otra cosa… te dije que no comprarás ese café, sabe a tierra colada y no es de granos tostados como el que nos gusta. Creo que lo maduran artificialmente. Además no viene envuelto en papel metalizado y su cierre al vacío me parece defectuoso. No tiene ese aroma como el café de Medellín que compró ni cuerpo como el de Chanchamayo. Seguramente se debe a…..
Harry volteó los ojos y exhaló ruidosamente. Se dirigió al dormitorio a paso lento.
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El lunes por la mañana, salieron presurosos rumbo al Ministerio. Harry para su cita con el ministro pactada muy temprano y Hermione a otro día de trabajo más. Como siempre que salía con Harry, debían tomar precauciones extra por lo que era muy de mañana. Llegaron al ministerio de magia cuando aún no llegaban la mayoría de los que trabajaban ahí. Hermione prefirió acompañar a Harry, a pesar que ella entraba aún más tarde, para preparar el terreno. Hoy sería el día en que empezaría a trabajar con Malfoy, y quería tener todo bien controlado. Ya en el atrio principal a apresuraron a entrar en el ascensor que estaba literalmente vacío. Harry iba a digitar el piso cuando divisó con el rabillo del ojo a una persona que se acercaba a ellos. Automáticamente presionó el botón para detener el cierre automático. Pero segundos después se arrepintió de aquello.
Draco Malfoy entró al ascensor. Alzó las cejas sorprendido pero casi de inmediato su rostro adoptó un matiz neutro.
– Buenos días, Potter. ¿Tan temprano por aquí?. Cualquiera diría que trabajas aquí, o te mueres por hacerlo – habló sarcásticamente Draco. Se había recostado en uno de las paredes del ascensor y cruzado los brazos después de activar el cierre automático.
– A pesar del pedido reiterado de los últimos tres ministros de Magia para que trabaje junto a ellos, pues como que no es mi estilo. Sobre todo, no quisiera que los demás pensaran que estoy… ofreciéndome para un cargo – contestó Harry mordaz situándose frente a Malfoy, sin ser abiertamente agresivo.
Draco entornó los ojos.
– Claro, claro, Potter. Debe ser que tu misión es cada vez más comprometida… casi eterna –puntualizó.
– Luchar contra Voldemort nunca fue fácil, Malfoy. Pero obviamente no voy a huir como un cobarde – Harry le dedicó una mirada artera.
Draco se irguió en el acto. Se ubicó frente a Harry. Estaba pálido de ira. Su mano se había deslizado al bolsillo del costoso traje que llevaba puesto.
– ¿Estás insinuando algo, Potter?
Harry se plantó de igual manera. Aunque la diferencia de tamaño era evidente, le miraba con igual brusquedad e igualmente, estaba ya con la mano en el bolsillo de la túnica.
– Harry hace su mejor esfuerzo contra Voldemort y no está insinuando nada – intervino cansinamente Hermione. Se había colado entre los dos hombres. ¿Por qué mejor no ahorran energías para el resto del día, en lugar de gastarlas discutiendo tan temprano?
Ambos iban a contestar cuando el ascensor se detuvo y abrió sus puertas. La figura de Parvati entrando relajó el ambiente.
– ¡Hola a todos!. No sabía que vendrían hoy. Harry¿tienes otra reunión con mi jefe? –miró a Harry esperando una respuesta–. Y tú Draco¿vienes a hablar con él también?.
Pero no esperó por la respuesta porque inmediatamente empezó a hablar sobre el baile. Se acercó un poco a Harry y a Draco y empezó a preguntarles algunas cosas sobre el particular. Harry respondía algo cansado y Draco asentía mecánicamente.
Hermione que no había sido invitada a la conversación, se limitó a hojear algunas notas que tenía en la mano. Aún faltaban unos pisos más hasta su oficina. Miró a ambos de soslayo y notó que Draco tenía una mueca de fastidio. Ya iba a bajar la mirada nuevamente a sus hojas cuando él dirigió la vista hacia ella. Dos ojos grises escrutadores le sostuvieron la mirada por un instante. Ella no la pudo sostener y desvió la vista al instante, confusa.
– Hermione, Kinsgley me dejó una nota para ti el viernes. La dejé en tu oficina antes de salir. ¿La leíste? –interrumpió Parvati.
– Si, lo hice. Gracias. – respondió aún contrariada.
Harry le observó con detenimiento. Con agilidad le tomó de la cintura y la atrajo hacia sí con ímpetu.
– ¿Quieres que te acompañe a tu oficina?. Creo que aún no es hora de mi reunión con Kingsley. – le habló muy cerca de su rostro.
Hermione se sintió de pronto azorada. No le gustaba tener demostraciones de cariño en público y mucho menos en la oficina. Debía guardar las apariencias. Ella como Jefa de un departamento no podía andar muy suelta de huesos, haciendo escenas en los pasillos. Y además estaba esa mirada de aborrecimiento que tenía Draco justo en ese instante. Se soltó de aquel abrazo con delicadeza.
– No te preocupes Harry. Será mejor que vayas directamente a esperar a Kingsley. El suele llegar bien temprano, ya lo sabes – se separó un poco de él, al sentir que el ascensor se detenía–. Nos veremos a la salida¿vale?
– ¡Nuestro piso Harry, llegamos! – exclamaba emocionada Parvati. – Acompáñame y te prepararé un rico café con leche descremada y unas galletitas de soya, de esas para conservar la línea, mientras esperas a mi jefe – arrastraba a Harry hacia la puerta abierta.
– …como si te funcionaran en algo… se le escapó en un susurro a Hermione.
La puerta se cerró en el acto y Hermione habría jurado que detrás de ella había escuchado una carcajada. Pero al girar, vio a Malfoy con el rostro vuelto hacia unos papeles que tenía en la mano, sin expresión alguna. Supuso que lo imaginó. Tomó aire y se dirigió a Draco. Tarde o temprano debía convivir laboralmente con él y por lo menos esperaba que las cosas no fueran demasiado tensas entre ellos. Quizás una conversación casual ayudaría..
– Eehh… ¿Cómo está la familia?
Draco levantó la vista y se quedó sin pestañear.
– ¿Cómo dices? – respondió atónito.
Hermione visiblemente incómoda, se movió ligeramente de su sitio. Esto no estaba resultando tan fácil como había supuesto.
– Bueno Malfoy, creí que ya que íbamos a trabajar juntos, por lo menos debíamos llevar una relación… al menos cordial…
Draco le dirigió una mirada escrutadora y profunda. Bajó la vista y fue subiendo despacio hasta llegar a los ojos de ella. Parecía evaluarle.
– Tampoco es para que me mires de esa manera – Hermione le devolvió una mirada furibunda.
– ¿De qué manera, Granger? – respondió burlón.
Hermione presionó el botón del ascensor con ímpetu, como si pudiese lograr que avanzara más aprisa.
– ¿Sabes qué?. Mejor limitémonos a tratar únicamente cuestiones laborales de aquí en adelante – habló mientras salía veloz del ascensor al llegar al piso correcto.
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Hermione tuvo que presentarle a su equipo de trabajo: Lavender Brown, Kenneth Towler, Patricia Stimpson y una muchacha que hacía prácticas allí, Rose Zeller. Su departamento no se iba a abocar únicamente al Torneo, ya que Hermione tenía muchos proyectos pendientes, pero sentía que debía señalarle a su equipo que el Sr. Malfoy estaría con ellos un buen tiempo y que deseaba que le ayudasen en lo posible. Aunque debía ser honesta en el sentimiento que le acompañó hasta pasada media mañana después de aquello, y es que las mujeres de su departamento, incluyendo a la jovencita Zeller, habían caído rendidas ante su nuevo jefe. Parecían polillas cerca al fuego, revoloteando cerca de su sección a cada instante para asegurarse de que tuviese cualquier cosa que solicitara.
El primer día fue espantoso. Sólo cruzó con Malfoy unas cuantas palabras. Parecía que él deseaba ponerse al corriente primero de cómo funcionaba aquel departamento. Ella se limitó a encerrarse en su pequeña oficina y salir sólo lo necesario.
Si él quiere empezar a planear todo, que me busque…
Cuando salió, pasadas las 5pm, no lo encontró en su sección. Le preguntó a Patricia quien le informó que pasada las 2 de la tarde él había tomado su saco y se retiró presto. No le comunicó a nadie si demoraría o regresaría. Hermione dio las gracias y volvió rumiando a su oficina.
Las semanas siguientes fueron similares al primer día. Ella se encerraba apenas llegaba y desde allí coordinaba con sus asistentes sobre puntos generales del torneo y sobre algunos pendientes, como la nueva ley que dejaría sin efecto y sepultada definitivamente la ley anti-hombres lobo promulgada por Fudge. Malfoy solicitaba de cuando en cuando algún viejo libro o apuntes sobre torneos pasados directamente con Lavender o Patricia, ojeaba un poco y luego salía a cualquier hora. A veces regresaba temprano, otras tantas no lo hacía…
Hermione llegaba a casa furiosa. Sentía que no la respetaban. Porque después de todo ¿para qué diantre les habían asignado ese proyecto si cada uno iba a realizar el trabajo por su cuenta?. Además deseaba saber lo que Malfoy estaba haciendo, tampoco era que planeara cualquier disparate o asnada y pudiera poner en peligro a los estudiantes.
Y estaba Harry… no cejaba en su discurso de siempre… que deja el trabajo, que mejor estarías aquí en casa, que para qué iba a hacer bilis gratuitamente. A ella le hubiese gustado que él le apoyara en ese proyecto. Le hubiese gustado preguntarle tantas cosas sobre el torneo, habiéndolo él vivido en carne propia, pero cada vez que lo intentó, Harry sólo volvía con el mismo pedido de siempre. Así que eventualmente dejó de hacerlo y tampoco volvió a mencionarle nada de lo que ocurría en la oficina.
Había días en que sentía que si no conversaba con alguien estallaría como un globo de gas cerca de una estufa. A veces se cuestionaba el haber cerrado tanto su círculo de amistades por el miedo al ataque de Voldemort y por los reclamos de Harry. Ahora que no estaba su mejor amiga, no sabía a quien acudir para desfogarse. Antes de su unión con Harry, todo había marchado tan bien. El siempre fue su mejor amigo, podía contarle muchas cosas, liberar su alma, pero ahora, sentía que él ponía un freno aquello, con sus recriminaciones, reparos y sermones. No quería sentirse de ese modo, pero algo en el fondo de su cabeza le decía que había cometido un error al iniciar una relación, no estaba funcionando… pero no quería perderlo también a él…
Muchas veces salía del ministerio, con la sensación fatal de no querer llegar a casa aún y terminaba en diferentes cafetines, fuentes de soda, restaurantes y hasta pubs desconocidos. Lo hacía alternadamente para no tener un patrón, obviamente por seguridad. Se tomaba un té, un café o hasta algún aperitivo si había tenido mucha tensión. Pagaba y se retiraba igual de fastidiada con la rutina. Muchas de estas veces llegaba a casa y encontraba a Harry molesto por la demora y volvían las reprensiones y reprobaciones de siempre. Ya para este momento, en su mente se formaba la idea de hacer algo definitivo… pero la ahuyentaba como a una mosca sobre la sopa.
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"Mañana a las 8.00 a.m. quiero que presenten un informe sobre los avances de las últimas semanas. Harán esta presentación preliminar frente a los representantes de Beauxbaton y Durmstrang. Espero no me defrauden. Kingsley."
Hermione miraba el pergamino con las cejas levantadas. Se quedó sin aliento por unos instantes. Exhaló fuertemente mientras pensaba en lo que debía hacer en ese preciso instante. Aunque no le gustaba la idea. Levantó el rostro y miró a Draco quien se había parado de la silla del escritorio, tenía la misma cara lívida y los ojos clavados en el Memorando apresado en su mano derecha. Se dirigió hacia él.
– Malfoy ven un momento a mi oficina – habló con voz cortés pero llena de autoridad – necesitamos coordinar la presentación de mañana.
– ¿Porqué tendría que ir a tú oficina, pudiendo quedarme aquí sentado cómodamente? – procedió a acomodarse en su silla– . Mejor aún tráeme lo que has avanzado y me encargaré de unirlo todo e iré sólo a esa reunión – le soltó altivo.
Hermione apretó los dientes, entornando los ojos, avanzó amenazadora hasta situarse frente a Draco. Puso ambas manos al extremo de las coderas del asiento, quedando a escasos centímetros de su rostro. Le habló clavando sus ojos color avellana sobre los sorprendidos ojos de él.
– Irás a mi oficina ahora mismo. Traerás tus avances y coordinaremos la presentación de mañana, porque yo soy la Directora de este departamento y tú sólo eres un patrocinador. Si no quieres hacerlo, dímelo y te liberaré de esa tarea, comunicándoselo a Kingsley en este instante–. Y sin esperar la respuesta de Draco se irguió, dio media vuelta y se dirigió a su sitio, no sin antes dar un portazo al entrar.
Draco se quedó inmóvil, paralizado durante algunos segundos más. El portazo lo sacó del trance. Tenía la boca seca. Por alguna extraña razón, no pudo contestar aquella impertinencia ya que la imagen del rostro de Hermione tan cerca, le había aturdido. Tragó saliva mientras sopesaba las palabras de aquella desconcertante mujer. A regañadientes, tomó algunos papeles de su escritorio y se dirigió, altivo de nuevo, hacia aquel, de seguro incómodo, suplicio.
Eran casi las 10 de la noche y aún no terminaban de armar aquella presentación. Trabajaban afanosos pero con un trato distante casi formal. Hermione debía reconocer que las ideas de Malfoy no eran del todo descabelladas y que muchas de ellas incluso, eran valiosas para el torneo. En cuanto a él, sólo había sido despectivo con sus ideas al inicio, para dar paso a una conformidad cada vez más auténtica. Incluso había asentido entusiasta en dos ocasiones las últimas tres horas.
– Creo conocer a un mago en la isla de Creta. Si mal no recuerdo, él es el encargado de asuntos mágicos. Fácilmente podría solicitarle que me envié algunos documentos y fotos aún más detalladas de las que tenemos, sobre el Minotauro, Así la presentación tendría un peso extra – hablaba apasionado mientras daba vueltas por la oficina con algunos papeles en la mano.
Hermione le siguió con una mirada lánguida. Estaba algo cansada y hambrienta. Se habían reunido desde hacía más de 8 horas, sólo con algunas tazas de café y algunos cigarrillos que Draco salió a fumar al corredor a petición de ella
Solo una pequeña concesión a tu mundo respondió ante el gesto de sorpresa de Hermione al sacar la cigarrera, muchas horas antes.
El le miró inquisitivo. Vio en aquel rostro de agotamiento, pero de igual determinación para continuar. Las tripas le sonaron nada elegantemente en ese instante y supo que no podría continuar si no se alimentaba con algo más que cafeína y tabaco.
– Será mejor que ingiera algún alimento. Hay algunos puntos por perfeccionar aún; y mi estómago está empezando a rugir traicionando a mi vieja casa – esbozó media sonrisa.
– Iré a ver si la cafetería está aún abierta… – respondió Hermione, mientras avanzaba con desgano, alzando los brazos nada refinadamente a la par que daba de bostezos.
Draco luchó consigo mismo por un instante y perdió.
Volvió a mirar el escritorio, después de haber observado todo el recorrido de Hermione con excesiva atención, hasta que ella desapareció del lugar.
Cuando Hermione regresó, Draco ya estaba comiendo sobre su escritorio, que había sido limpiado de cualquier objeto y ahora exhibía un mantel blanquísimo de lino con algunas copas de agua y vino, cubiertos, una pequeña fuente con apetitosas piernas de ave, otra con patatas tiernas y el plato desde donde él se llevaba con un tenedor de plata pura, pedazos de aquella comida directo a su boca.
– ¿De donde rayos conseguiste esa comida? – preguntaba imperiosa.
– ¿A que viene ese pregunta, Granger? – llevaba la impoluta servilleta de lino a los labios – ¿no sabes que es de mala educación hablar con la boca llena? – dejaba la servilleta nuevamente sobre el regazo.
– La cafetería está cerrada y ya no hay nada comestible en todo este lugar.
– ¿Y por que no apareces algo? – hizo una mueca burlón.
– Sabes muy bien que la comida es una de las cinco excepciones a la Ley de Gamp sobre Transfiguración Elemental. No puedo aparecer comida de la nada – le dedicó una mirada extenuada.
Draco le devolvió la mirada. Se veía tan perdida en ese instante, su semblante cansado, mechones de cabello revelándose y escapándose de aquel moño forzado que se había realizado con un lápiz, los puños de su blusa blanca remangados hasta la mitad del antebrazo. Tenía una expresión desvalida insoportable para él…
Que demonios…
– Siéntate Granger – le ordenó – no pienso recogerte del suelo cuando te desmayes por inanición. Traeré algo de comer para ti.
– ¿Y de donde se supone que conseguirás algo de comer?. Te acabo de advertir que no hay nad–
– Limítate a seguir mis órdenes – le cortó – en seguida estoy de regreso–. Dejó la servilleta sobre la mesa y se dirigió fuera de las oficinas, lejos de la vista de Hermione.
– ¡Heida! – Bramó Draco con decisión.
¡Crack!. La pequeña elfo apareció frente a su amo con decisión, haciendo de inmediato una reverencia.
– Tráeme un poco más de comida de la casa – ordenó.
– ¿Desea el amo más codorniz horneada? – preguntó la elfina sin atreverse a mirarle de frente.
– Ehh… – Draco supuso que eso no sería del agrado de Hermione – Creo que mejor alguno de los platillos preferidos de tu ama estaría bien. Y date prisa.
Heyda miró hacia ambos lados del corredor vacío. Intrigada volvió a preguntar:
– ¿Desea el amo que lo lleve a aquella oficina donde dejé la codorniz y le atienda como usted se merece?
– No – respondió cortante– . Tráelo aquí ahora mismo.
Un crack más y la elfina desapareció en el acto. El poco tiempo que demoró en aparecerse de nuevo con una pequeña fuentecita le sirvió a Draco para meditar el porqué le hacía tantas concesiones a aquella mujer. Supuso que si ella se enteraba que la comida la había traído un elfo, no habría probado ni un solo bocado. Cogió la fuente y viró para regresar a la oficina.
– ¿Un tallito de brócoli, dos bastones escuálidos de zanahoria, dos microgramos de ave pasada por agua y tres hojas lechuga son tu idea de una buena comida?. ¿Esto es comida para humanos¿O debo pasarte un memo para hacerte saber que no soy un conejo?
Draco arqueó las cejas. No tenía idea que esa comida no fuera de su agrado. Cho siempre comía aquel menú en la casa. Era la única comida que se permitía ingerir.
– Sabes qué, tómalo o déjalo. Quien morirá de inanición serás tú, no yo. Además, eso obtengo por tener alguna consideración con alguien como tú – replicó malhumorado, atacando nuevamente la presa del plato.
Hermione le observó algo incómoda. Después de todo, él no tenía la obligación de hacerle favor alguno. Y aunque no supiera de donde, igual se había tomado la molestia de invitarle algo de comer. Suavizó su expresión. Jaló una silla del escritorio contínuo, se sentó frente a él y empezó a comer un pedazo de zanahoria.
– Esta zanahoria esta muy fresca – mordió un pedazo – … y dime¿tu codorniz esta suave?... preguntó para romper la tensión.
Draco podía contestarle como siempre y habría logrado que se marchara de allí enojada. Pero por alguna razón oculta no lo hizo. Supuso que sólo era una tregua por las circunstancias.
– Si, está muy suave y extremadamente deliciosa – volvió a mirar su plato, sin poder ocultar la sonrisa que empezaba a formársele en el pálido rostro.
– Si pues, tengo entendido que las codornices tienen carne muy tierna… – Hermione atacaba ahora el tallito de brócoli.
– OH rayos Granger, coge algunos muslos y déjate de fingimientos – interrumpió Draco con los labios ligeramente curvados y con brillo en los ojos grises.
– Bueno, ya que insistes – y sin esperar más, Hermione llevó a su plato tres porciones de ave, tres patatas horneadas y las baño con salsa. Se llevó un trozo grande y suspiró agradecida.
Al cabo de media hora, Draco estaba recostado sobre su silla, inclinada peligrosamente en dos patas. Sus largas piernas estaban a un costado del escritorio que había colocado contiguo al suyo para colocar los papeles y tenía los brazos debajo de la nuca. Aunque aparentemente tenía los ojos firmemente cerrados, atisbaba a Hermione con curiosidad.
Le parecía increíble verla comer con tanto entusiasmo. Nunca hubiese imaginado que las mujeres podían disfrutar de la comida sin estar preocupadas de la cantidad de calorías que estaban ingiriendo. En cambio ella lo hacía con tanta naturalidad. El estaba cansado de pelear con Cho en ese aspecto. Ella y sus eternas dietas, había días en que no probaba una pizca de alimento y cada día estaba más delgada, solía vérsele hasta los huesos bajo la piel.
Continuó observando a Hermione quien aún no terminaba de comer. Tenía una pierna sujeta delicadamente entre sus dedos índice y pulgar. A pesar del horror de Malfoy que no dejaba los cubiertos de plata para nada, ella le había contestado que esa codorniz estaba tan deliciosa que se merecía que la dejaran inmaculada
Draco continuaba perdido en sus pensamientos porque no contaba con lo que venía a continuación.
Hermione dejó aquel pedazo de ave sobre su plato y delicadamente se llevó el dedo índice a la boca para limpiar los restos de salsa en un gesto por demás sencillo y espontáneo.
Draco abrió los ojos y las pupilas se le dilataron. De repente, no podía apartar la mirada de aquellos dedos, de aquellos labios. Siguió con la mirada al pulgar salpicado de salsa introducirse en la boca entreabierta y húmeda de Hermione. Sintió la garganta seca al observar como sus rosados labios se estrechaban en torno a aquel dedo con presión y halaban hacia atrás en dos ocasiones, dejándolo limpio y con rastro de humedad. Pudo atisbar fugazmente una parte de su lengua. Pero fue el sonido gutural de placer que salió de la garganta de Hermione el que causó todo el alboroto.
– Ummmmm
PLAF!!
La silla y su ocupante habían perdido el equilibrio. Draco cayó hacia atrás sin poder evitarlo. Hizo un movimiento con los brazos semejante al de los polluelos aprendiendo a volar y sus pies se elevaron para finalmente chocar contra el forro interior de la silla.
Hermione gritó e inmediatamente rodeó el escritorio para verificar el estado de Draco. Aunque temió que se hubiese echo daño, viéndolo así en ese momento, hizo lo imposible para no reír. Se llevó los nudillos a la boca tratando de contener la carcajada.
Draco se levantó en el acto, como impelido por un resorte invisible. Su rostro usualmente pálido tenía un matiz sonrosado sobre todo en las mejillas. Su rubio cabello estaba desordenado. Sacudió su ropa con furia. No daba cara. Ahora se frotaba la base de la nuca con movimientos circulares.
Hermione se tranquilizó finalmente. Sabía que la poca camaradería que habían logrado se destruiría si ella se burlaba de ese incidente. Con toda la neutralidad que pudo se dirigió a él
– ¿Te has lastimado?
– No.
– ¿Porqué estás tocándote la nuca con desesperación, entonces? – replicó Hermione.
– Eso es algo que escapa de tu interés, Granger – seguía sin mirarle.
– Si te has hecho daño, no podremos continuar. Déjame revisarte – se acercó con cautela hacia él.
– ¡Ni te atrevas a ponerme una mano encima! – le espetó con los dientes apretados.
Hermione avanzó igual. A esas alturas no iban a echar por tierra todo lo avanzado. Enderezó la silla, le cogió del brazo con fuerza obligándolo a sentarse en ella. Se movió hasta situarse justo detrás de él.
– Te dije que no quiero que me toques… – Su voz no sonaba con la misma determinación anterior, al sentir las manos de Hermione hurgar sobre su cabello rubio. Los dedos de ella se movían diestros por su cabellera haciendo que ondas eléctricas corrieran por su cuero cabelludo y se le erizara la piel. Quería pararse de allí y vociferar que odiaba aquel masaje gratuito… pero no podía… o no quería… Sólo cerró los ojos y disfrutó aquella sensación agradable a pesar de que su cerebro y sus sentidos libraban una feroz batalla interna.
Hermione que había puesto los dedos sobre aquel sedoso cabello rubio con la mejor intención de ayudar, ahora empezaba a sentirse un poco turbada por aquel extraño contacto. Divisaba desde su posición, su cabeza, la nívea y fuerte nuca y sus amplios hombros. Percibía con sus dedos los mechones platinados dóciles, suaves que se enredaban en ellos mientras tocaba el cuero cabelludo tibio al contacto con sus yemas. Ella le movía la cabeza suavemente palpando cada centímetro en busca de alguna herida o un hematoma y él se dejaba manejar sin reclamar.
Comprobó que no había daño alguno y dejó de mover los dedos, que quedaron a ambos lados de la cabeza de Draco, a escasos milímetros de sus orejas.
¿Que demonios estoy haciendo?
Hermione decidió terminar aquella desconcertante unión cuando ocurrió algo inverosímil. Las manos de Draco se habían levantado rápidamente y se posaron sobre las suyas, presionándolas. El había ladeado el cuerpo unos centímetros y girado el rostro. Sus ojos tenían una expresión extraña, insondable, llameante.
Por una pequeña fracción de tiempo se contemplaron mudos en esa posición. Hermione parada detrás de la silla y Draco sentado con las manos de ella sobre ambos lados de su cabeza.
Un ruido proveniente del pasillo los despertó de aquel inexplicable evento. Y sólo tuvieron el tiempo exacto para terminar aquella conexión física. Draco se levantó en el acto justo cuando divisó con el rabillo del ojo una figura parada en el umbral del departamento.
– ¿Interrumpo algo? – habló mordaz la recién llegada.
– Hola Cho – habló Hermione con una voz apenas audible.
Draco se limitó a mirarla con las manos en los bolsillos.
– ¿No te dije que los encontraríamos así? – Cho retrocedió un poco hacia la puerta y estiró su delgado brazo hacia algo oculto detrás de la puerta.
Draco y Hermione se miraron intrigados. Hermione divisó entonces a la persona oculta detrás de la mampara de vidrio pavonado. Reconocería aquella silueta donde fuera.
– Ha arry –logró balbucear.
