Holass:

Ya un poquitín repuesta, aquí les dejo un gran, gran capítulo.

Enjoy it!

Gise


CAPÍTULO 11 – DIAMANTES PELIGROSOS

Hermione se encontraba caminando sola por el antiquísimo Puente de la Tournelle. Se detuvo junto a un mirador en forma de media luna, de piedra antigua. Tenía una escalera de canto muy delgada, pero se abstuvo a la tentación de bajar. Se limitó a contemplar desde su posición el tranquilo río Sena y a las luces de la Ciudad que dormía mientras ella la observaba. Pequeñas ráfagas de aire iban arrancando hacia el viento las lágrimas que aún brotaban de sus ojos. Llevaba caminando hacía una hora. No quiso que él la acompañara. Necesitaba estar sola para pensar sobre aquella difícil decisión tomada horas antes.

Luchaba por no sentir aquel fuerte sentimiento de deslealtad e infamia dentro de ella. Su lógica manera de pensar bregaba afanosa para presentar y apabullar, con argumentos verdaderos y sensatos, aquellos sentimientos.

¿Por qué tenía que terminar así, Harry?

Era conciente que una relación no se acababa unilateralmente. No era culpa de una sola persona, sino de una suma de factores; se falla mutuamente, en menor o mayor grado. Pero Hermione en ese preciso momento, sólo se dejaba llevar por el sentimiento de traición que la envolvía y que hacía a un lado su razón. Sólo se concentraba en la idea de sentirse traicionada, defraudada por Harry. ¿Cómo no pudo confiar en ella¿Cómo pudo creer que ella tendría un affaire con Víktor Krum?

– Gabrielle insinuó que te ibas a cenar a solas con él…

Claro, era más fácil creerle a alguien que apenas conocía y no a ella. A ella que compartía su vida. Lo odió tanto en ese momento. ¿Acaso no sabía como era ella¿Todos esos años juntos como amigos, ella se había comportado deslealmente con él, para que tuviera ese bajo concepto de ella?

Su corazón estaba hecho añicos. El dolor era casi físico, una sensación de opresión fuerte le aplastaba el pecho y sentía ganas de vomitar. Sentía una pena infinita a la par, al darse cuenta de que a pesar de tantos años de confianza mutua, una pequeña duda lo echaba todo por la borda en unos segundos. ¿Cómo no pudo confiar en ella?

– Pero te vi… los vi….abrazándose, solos en medio de aquel parque…. Y luego entraron a continuar celebrando…

Hermione se asió a los bordes fríos del mirador. Sus nudillos se tornaron blancos por la presión que estaba ejerciendo sobre la rugosa piedra al recordar las palabras ofuscadas de Harry. Relajó sus brazos y apoyó el resto de su cuerpo en la fría baranda. Cerró los ojos por un instante. Su mente ágil e impetuosa volvió a entrar en acción.

¿Y si yo hubiese estado viendo la escena opuesta…?

Imaginar a Harry abrazando a una mujer y luego contemplarlo en una plática alegre con ella, solos los dos… Pues no… no era una imagen agradable. Una pequeña punzada de fastidio la invadió por una fracción de segundo. Pero su razón y sentido común entró a tallar inmediatamente. Reconoció que en ello no había motivo alguno válido y sensato para desconfiar. Ella tenía la certeza absoluta de la corrección de Harry. Él no se comportaría jamás en forma desleal con ella…

¿O es que las personas no saben de lo que son capaces de hacer hasta el momento justo de probarse?

Ella siempre tuvo la convicción de que ser infiel era una acción baja, ruin, indigna de las personas. Tenía la confianza suficiente en ella misma, para gritar a los cuatro vientos su fidelidad y lealtad. En todo sentido. Muchas veces cuando luchó lado a lado, junto a Harry y a Ron, en sus épocas de colegio, tuvo aquella convicción presente. Aún cuando un pensamiento solía colarse insidioso, punzante pero realista dentro de su mente:

¿Y si mejor me hago a un lado y no me arriesgo a morir…?

Pero sus sentimientos de nobleza y legalidad hacia sus amigos eran más poderosos que aquel sentimiento de autoprotección instintivo. Y se unía a la lucha, llena de energía, de confianza y de satisfacción personal, sabiendo que podía morir, pero embargada de seguridad por hacer lo correcto, por ser fiel, no sólo a sus amigos, sino a sus propias convicciones e aspiraciones.

Luchar por sus ideales y por lo correcto era parte fundamental en su vida. Allí estaba el PEDDO y su lucha, a veces solitaria, contra las antiguas leyes opresoras y discriminatorias dentro de la comunidad mágica, desde su puesto en el Ministerio. Tenía a la amistad, en una escala muy alta de sus valores. Era algo por qué luchar, aunque sólo lo supo fehacientemente cuando tuvo que elegir hacerlo. Cuando tuvo la posibilidad de enfrentarse al peligro, junto a Harry y a Ron; o huir y mantenerse a salvo traicionándose ella misma. Allí lo supo, pues continuó. Ella eligió luchar por sus convicciones y por mantenerse fiel a sus ideales.

Pero ahora estaba tan confusa, tantas ideas se agolpaban dentro de su cabeza y la mareaban. Abrió los ojos lentamente. Los tenía algo hinchados ya, productos de sus muchas lágrimas vertidas en esa noche. ¿Cómo fue que Harry cambió¿En que momento él la traicionó al perder la confianza en ella?

– ¿De verdad creíste que tenía algo Víktor?

Le había mirado fijamente al hacerle aquella pregunta final. Sus ojos castaños trataron de buscar, de bregar en aquellos ojos verdes, obscuros y velados por la ofuscación que parecía no conocer después de tantos años. Sostuvieron la mirada por varios minutos, cada uno tratando adivinar el pensamiento del otro. Harry bajó la cabeza lentamente, avergonzado, dándose cuenta del espantoso error que había cometido. Pero ya era demasiado tarde. Las palabras hieren más que mil cuchillos afilados o que un Crucius aplicado en el lugar preciso. La frágil conexión que los unía, se había roto para siempre. Ella volvió a buscar su mirada, sintiendo que la persona parada frente a ella no era Harry. No era su Harry, su amigo, su amante; era alguien desconocido para ella, que la había herido y defraudado, sin haberle dado siquiera la oportunidad de defenderse.

Suspiró hondo y exhaló con energía. A lo lejos una barcaza se deslizaba frente a ella, lentamente, con la pequeña luz frontal alumbrando su camino, sobre el Río Sena, dejando fluctuaciones en el agua al alejarse. Sintió de pronto ganas de gritar, de jurar, contra aquella espantosa situación que estaba viviendo, pero se contuvo al recordar aquel impetuoso y claro entendimiento que emergió en ella hacía horas

Harry no fue el único que cambio…. Yo tampoco soy la misma de antes...

Finalmente aceptó su cambio. El inicio de la relación con Harry fue el génesis de su transformación. Como si los meses que convivió con Harry como pareja, hubieran impedido su desenvolvimiento natural o frenado su espíritu y su conciencia se rebelara ante tal situación transformando sus acciones y su forma de ser. Aquel convencimiento la hizo estremecer. No escuchaba las disculpas, ni bregó ya, por zafarse del abrazo vehemente de Harry. Con una voz gélida y distante, que anunciaba el final de todo, sin apenas moverse habló, clavando su mirada en aquellos ojos verdes que estaban, al contrario de los de ella, arrasados en lágrimas.

– Harry cometimos un error gravísimo, jamás debimos ir más allá de nuestra amistad… nos unimos por el motivo equivocado… No resultó… debemos terminar…

Trató de que él entendiera que era lo mejor para ambos. Tal vez estaban, todavía a punto de no hacerse aún más daño. Quizá podrían volver a su inquebrantable amistad de antes. A lo mejor y aquella fallida relación no la estropeó del todo. Pero Harry se negaba reacio, la abrazaba sobrecogido, rehusándose a seguir escuchando. Trataba de pegarla a su pecho, para que sintiera su corazón retumbar como si pudiera en un instante explotar y hacerse mil pedazos. Él no quería renunciar a su ideal de una familia, no quería perderla también a ella. Le aterraba la sensación de soledad, aquella melancolía y desolación que había sentido tras la muerte de Ginny. Definitivamente no quería pasar nuevamente por todo aquello.

El sonido de una sirena lejana la regresó a la realidad. Su piel estaba fría, sólo su varita escondida en el traje, fue lo único que logró sacar antes de salir del restaurante, cuando Harry se apareció frente a ella y a Víktor. Se abrazó frotando sus brazos con energía para entrar el calor. Temblaba ligeramente, aunque sabía muy bien que no sólo era por el viento de alba. Se acordó de aquella frase que escuchó en una ocasión, de los labios de Albus Dumbledore, cuando discutían sobre la traición de Colagusano.

"…Afirmar que uno es leal y verdadero es sencillo. Pero realmente seremos fieles y leales, cuando, llegado el momento de probarlo, nuestra elección y decisión sea la misma que hemos estado afirmando siempre…"

Recordó la escena del corredor con Draco, la intensa mirada de aquellos ojos grises como acero fundido, la turbación que experimento en su ser, aquella inconciencia voluntaria que la rodeó cuando él la tomó del rostro. Hermione levantó su mano y se tocó la barbilla sutilmente con los dedos, tratando de recordar aquella calidez extraña que le produjo ese mínimo contacto.

Se sentía estúpida e fastidiada consigo misma por no haberse dado cuenta de cómo es que había comenzado aquella tontería con Draco. Se tranquilizó un poco al recordar su charla con Víktor y su firme decisión de acabar con ello. En el corredor, se dio cuenta del error que estuvo a punto de cometer, de la chispa de lucidez que brotó en milésimas de segundo e hizo que se alejara de él. Pero igual no podía evitar pensar que hubiese pasado de no haber escuchado pasos en el corredor. Esta sensación peligrosa le abrasaba el alma.

¿Qué hubiese pasado…?

Tuvo miedo por un instante. A lo mejor y ahora era una mala persona, desleal y despreciable. Porque no pudo dominar aquel arrebato inicial. Era cierto que finalmente el sentido común había llegado a ella, alejándola del peligro, además de que estaba decidida a terminar definitivamente con ello… pero ¿Cómo pudo llegar hasta esa situación?

No es algo que planeé, él me tomó desprevenida…. Pero ¿por qué diablos no lo empujé o me aparté cuando me tomó del rostro?

A lo mejor no querías moverte…. – Una vocecita desde el fondo de su cabeza refutó.

Quizás… pero tengo la certeza de que no hubiera llegado a más…

¿Estás segura?

Se que jamás traicionaría a Harry, ni a mis principios, él es un hombre casado y yo estoy… estaba viviendo con Harry… sé que jamás haría algo impropio. Me hubiese detenido a tiempo…

Pero finalmente nunca los sabrás…

Hermione negó con la cabeza tratando de ahuyentar estos pensamientos. Casi eran las 5 de la mañana y pronto amanecería. No podía darse el lujo de preocupar aún más a sus amigos. A pesar de que Harry se había enfadado todavía más por su determinación de estar sola por un rato, igual le prometió que hablaría con Kingsley, sin mencionar nada sobre su ruptura. Sólo le diría que ella tuvo una emergencia familiar con su madre muggle y necesitó ausentarse unas horas y por eso le había avisado a Harry para que fuera a París. Ella y Harry acordaron igualmente que aún no comunicarían del término de su relación. Él se iría discretamente a Grimauld Place, ya que el departamento era propiedad de Hermione y el tiempo se encargaría de todo, pues esto se sabría de todas maneras.

Giró el cuerpo hasta quedar apoyada lateralmente en la baranda del mirador y contempló la hermosa Torre Eiffel. Las lágrimas volvieron a anegar su rostro pensando en todo lo vivido con Harry. Le dolía el no haber podido concretar su vida juntos. Era su mejor amigo, pero sabía que a veces, esto no garantizaba que una pareja funcione. Sentía aún furia mezclada con decepción por lo que Harry creyó de ella, sin dejarla explicar nada, gritando por varias calles de París, exaltado, figurándose herido en su hombría. La hundía aquella horrorosa, aunque ínfima posibilidad, de que hubiese pasado algo más con Draco.

Esto también ayudó a mantenerse firme en su decisión de terminar con Harry. No se sentía honesta con él por su extraño comportamiento para con Draco. Incluso hasta pensó, antes de que Harry se presentara obviamente, pedirle un tiempo a Harry para dedicarse en cuerpo y alma a arrancarse aquella atracción estúpida por Draco para luego volver íntegra y transparente junto a él. Pero las cosas ya estaban dadas. No podía retroceder, las cosas habían acabado de un modo difícil, pero sabía que debía continuar.

La relación con Harry ahora no sería la misma, aunque habían quedado como "amigos", después de unas horas, donde hablaron con el corazón en la mano y terminaron por reconocer que su vida común fue demasiado apresurada, que debieron quizás conocerse como pareja sin convivir, muchísimo más tiempo. Harry le pidió perdón por haberla tratado así y admitió que la tensión por estar tan cerca de atrapar a Voldemort (y esto sólo lo sabían unos cuantos en la Orden) lo tenía en constante ansiedad y preocupación por lo que hacían que su estado bullera como olla a presión por cualquier situación. Hermione admitió también que se sentía presionada por él, y que aceptó muchas cosas por sobrellevar en buenos términos su relación, pero que no se sentía ella misma, que sentía que se estaba transformando en una mujer distinta. Por eso empezó a salir a espaldas de Harry con sus amigas, como si fuera un delito, o hasta sola para sentir que respiraba.

El canto de una pequeña ave se escuchó a lo lejos, preludio del inminente amanecer e interrumpió sus pensamientos. Hermione se sobresaltó por lo rápido que habían pasado los minutos. Dio una última mirada al hermoso río Sena, que emanaba una quietud incomparable e hizo que su corazón se sosegara en algo.

- Será mejor que regrese al colegio. Ya es algo tarde… mejor dicho, casi temprano…

Se limpió las lágrimas, esbozó una sonrisa desganada y avanzó con cautela camino al Palacio de Chaillot y al elevador evanescente. Tenían una reunión después del almuerzo y estaba agotada. Sólo deseaba tirarse sobre su mullida cama y descansar para olvidarse de todo. No deseaba hablar con nadie, pero su fuerte sentido de la responsabilidad la conminó a levantar la cabeza y avanzar, paso tras paso, a continuar con su trabajo y, a intentarlo también con su vida.

Kingsley avanzó hacia el soleado corredor que bordeaba el ala sur del colegio Beauxbatons. Tenía en sus manos un pedazo de pergamino. Hermione lo había enviado temprano, avisándole su llegada al colegio y suplicando una disculpa porque no se presentaría a desayunar con él debido a un fuerte dolor de cabeza.

Dobló parsimonioso en una salida y se detuvo a contemplar un gran reloj de arena sobre un pedestal de mármol níveo, comprobando que aún era temprano para decidir. Intuía que algo sucedía con Harry y ella, no obstante seguía indeciso sobre intervenir o inmiscuirse en sus asuntos, a pesar del gran cariño que sentía por ambos. Continuó su camino hacia el suntuoso comedor.

No era un crío par creerse el cuento que le echó Harry hacía unas horas, cuando su patronus el ciervo plateado, se le había presentado en el restaurant de Obalonks con un mensaje. El ministro acudió a la cita con cierto temor de un peligro inminente o alguna mala noticia, ya que Harry no tenía razón para estar en ese lugar; y realmente quedó sorprendido cuando Harry le relató que Hermione tuvo una emergencia familiar.

¿Es que pensaría que yo dejaría a la familia de Hermione sin protección…? Si hubiese pasado algo, yo sería el primero en enterarme…

Pero no había dicho nada respecto de eso y escuchó con atención las explicaciones de Harry. Lo observó de reojo y vio los signos inequívocos de una riña. No sabía a ciencia cierta la gravedad de la misma, pero intuyó que no era una bobería o una simple querella de pareja. El semblante de Harry denotaba una fuerte conmoción. Y estaba el hecho de que Víktor había acudido a él antes, para decirle, muy escueta y flemáticamente, que Harry se presentó de improviso y había salido con Hermione. No quiso dar más explicaciones al respecto y se encerró en su clásico montaraz comportamiento.

La incomodidad visible de Krum le había dado la primera pista de que había ocurrido algo grave entre sus dos amigos, pero aún a pesar de cavilarlo con detenimiento, se sentía renuente a intervenir.

Los terceros siempre salen sobrando….

Y además de todo este lío, tenía en mente la discusión con Draco que le había desconcertado al extremo. Todavía lo recordaba furioso e irascible con él porque no quiso informarle el motivo de la ausencia de Hermione.

Malfoy alegaba algo acerca de la salvaguardia y garantía del torneo, del poco interés del ministro en ese aspecto, de la posible pérdida de su inversión y aún más argumentos similares. Se paseaba dando largas zancadas de un lado a otro de la terraza, mientras continuaba con su retahíla de argumentaciones ante la férrea discreción de Kingsley.

Cuando regresó al restaurante, luego de entrevistarse con Harry, encontró aún a Draco indignado por lo que él consideraba una falta de confianza hacia su persona. Kingsley le había dirigido una mirada evaluadora y decidido finalmente revelarle el paradero de Hermione, para que así Draco Malfoy estuviera confiado de que la seguridad del torneo estaba salvaguardada. Obviamente no entró en lujo de detalles y sólo mencionó que Hermione tuvo una emergencia familiar y que Harry había venido a buscarla por ello, pero que ya se había retirado.

Si Kingsley creyó que esto aplacaría la indignación o la irritación de Draco, fue sólo por cuestión de segundos. Vio a Draco ponerse incluso más pálido de lo habitual, para luego encresparse y enfurecerse todavía más y más Vociferaba, agitando los brazos, acerca de favoritismos, reglas, responsabilidades y preferencias.

Finalmente había cortado aquel diatriba de Draco y hablado calmo, pero con aquella autoridad en la voz, que no precisaba siquiera, que elevara en una décima el tono de ella, indicando que tanto Víktor como Draco regresaran al colegio, mientras él se quedaba unos minutos más allí.

Si no supiera con que ideas se crió y que está casado, podría jurar que estaba celoso

Kingsley bufó y esbozó una sonrisa ante aquel quimérico pensamiento suyo. Dedicó una mirada amplia a todo el lugar, para ubicar el lugar perfecto. Avanzó decidido al encontrarlo y procedió a jalar una silla tapizada de aquel elegante comedor para luego tomar asiento.

– Sólo jugo de naranjas, un café cortado y dos croissants rellenos de jalea de fresa; anoche comí demasiado… – habló despacio, al parecer al aire, ya que se encontraba sólo en la mesa. Pero segundos después su solicitud estaba frente a él, caliente y despidiendo apetitosos aromas. Con un gesto de complacencia, procedió a tomar el vaso cristalino lleno de jugo de naranja y a llevárselo a los labios. Apenas y dio un sorbo cuando…

– ¿Y bien….?

Draco apareció de improviso frente a Kingsley, jaló la silla más cercana y se ubicó frente a él, expectante a su interpelación.

Kingsley Shacklebolt no era una persona inexperta ni mucho menos lerda, pero aquella intervención de Draco lo desorientó. No tenía ni la más mínima idea del asunto que, al parecer, interesaba en extremo a Draco, al punto de interrumpirle el desayuno.

El ministro se limpió con tranquilidad las gotas de jugo que habían salpicado en su rostro, a pesar de la ansiedad visible de Draco y se limitó a observarlo de hito en hito, tratando de adivinar el motivo de aquella perturbación. Había aprendido a estimar a Draco, a pesar de su carácter autoritario y exigente porque vislumbraba en él, lo que los demás, incluso el propio Draco no veía. Iba a contestarle cuando un ruido detrás de ellos llamó su atención.

Monsieur Malfoy, me alegró que esté aquí. Así podremos empezar nuestra plática camino a la terraza para nuestro petit déjeuner (desayuno ligero). Suelo no tener mucho apetito por las mañanas.

Monsieur Renoir saludó a su colega con un apretón de manos mientras se dirigía a Draco. Éste asintió cortés, se despidió de Kingsley con un movimiento de cabeza y se dispuso a seguir al Ministro francés, sin poder evitar el disgusto en su rostro, hacia las afueras del comedor.

Horas más tarde, Draco trataba infructuosamente de adivinar que ocurría con Hermione. La última reunión para evaluar los avances del torneo estaba en su apogeo. Discusiones, reclamaciones, afirmaciones y aprobaciones estaban en su mejor momento. Draco sabía muy bien que aquella reunión era quizás la más importante en todo el torneo, porque sería el precedente para todo lo que decidieran hacer de ahí en adelante. Si todo salía como esperaba, los ministros y los directores de los tres colegios, no pondrían demasiadas objeciones a las propuestas de Hermione y las suyas y aprobarían el inicio de la organización del Torneo. Draco se sentía optimista. Sabía que había trabajado muy duro en ello por varias semanas y aunque no lo quería admitir abiertamente, reconocía que también Hermione era parte fundamental.

Sólo que ahora, ella parecía estar echando al tacho todo lo avanzado. Estaba taciturna, entristecida y eso molestaba a Draco. ¿Qué era lo tan importante que la tenía en ese estado?

Volvió a mirarla una vez más. Estaba sentada frente a él, junto a Kingsley. Todos los miembros de la comisión estaban reunidos una vez más en el amplio salón del día anterior. Paneles gigantes con las fotos mágicas de los seres propuestos para las tres pruebas del torneo flotaban alrededor, confiriendo al salón la imagen de un gran museo interactivo. Madame Maxime tenía la palabra en ese momento, hablando sobre la delicada situación en que se encontraba la comunidad mágica y su incidencia directa en la seguridad del torneo.

Draco trataba infructuoso de hacer contacto visual con ella, pero Hermione no levantaba la vista, al parecer su copa de agua tenía un efecto hipnotizador en ella, porque hacía media hora que no le quitaba el ojo de encima. Y si no estaba así, pues se concentraba tanto en mirar a su interlocutor, que terminaba poniéndolo nervioso, como ocurrió con el secretario búlgaro, que no pudo completar su disertación por la intensa mirada que le dedicó Hermione.

Incluso en uno de los pequeños descansos, se acercó a ella tratando de sonsacarle algo que le permita adivinar el motivo de su desánimo, pero sólo logró confundirlo más.

Dime Granger¿tú mamita ya se repuso de la tos¿O será que tu papá descubrió de pronto que no le gustan las brujas en la familia y llamó para desheredarte?

Pero ella sólo giró para verlo bien, con aquella mirada extenuada, que él había notado desde temprano y acercándose a él, le palmeó suavemente la mano, al tiempo que hablaba quedo:

Hoy no, Malfoy…. hoy no – y se alejó de él, despacio, hasta ubicarse de nuevo en su lugar.

Draco volvió de sumergirse en sus pensamientos.

El torneo… sólo debe importarme lo que ocurre en el torneo.

Y a regañadientes volvía de sus especulaciones sobre lo ocurrido la noche anterior. Tenía claro ahora, que no tenía nada que ver con su familia o con algún ataque relacionado con el mundo mágico, porque ya se hubiese enterado… Sólo quedaba Potter…

¿Habrá ocurrido algo?

Draco miró a Hermione una vez más, incapaz de vislumbrar la real dimensión de la preocupación de ella. Incluso intentó sonsacarle algo a Krum, pero al parecer sabía tanto como él o simplemente no quería contar nada; ya que sintió que no le había hecho mucha gracia que lo interrogara en el pasillo antes de entrar a la reunión.

Al menos me divertí un poco…

Con una sonrisa desenvuelta, recordó con gusto, lo que había sucedido minutos antes, entre Hermione y Krum.

El búlgaro se había acercado a ella en el último intermedio de la reunión, tratando obviamente de entablar una conversación con ella. Draco sutilmente se había aproximado, por detrás, con el pretexto de hablar con Monsieur Renoir que estaba cerca de ellos. Puso sus cinco sentidos en alerta máxima para captar algo de la conversación.

Tuvo que inventar una excusa, algo descabellada, al ministro francés por la sonora carcajada que dio de pronto sin razón aparente. Y es que había llegado justo para escuchar como Hermione despachaba a Krum, nada elegantemente y a sus intentos por averiguar qué le sucedía.

– El día de mañana les daremos los resultados de esta presentación, antes del cóctel de despedida – Madame Maxime se había levantado de su asiento y dirigido a todos los presentes, cortando los pensamientos de Draco. – Será en nuestra área de recreo, en los jardines principales ubicados en la terraza de la gran torre del ala este. Algo casual, pero que servirá para afianzar los lazos de camaradería entre nosotros – Iba a sentarse de nuevo cuando, hizo un gesto, como recordando algo importante. – Me olvidaba – sonrió apocada. –Soy consciente que les pedimos que no revelaran a ninguna persona nuestro paradero por seguridad y creo que todos han demostrado su consistencia y sinceridad, por lo que les solicito, aún a riesgo de complicarles un poco con coordinaciones de última hora, la asistencia de sus respectivas parejas a nuestra recepción final. Y no se olviden que mañana, podrán ocupar la mañana en visitar mi hermosa ciudad y sus alrededores, ya que no tenemos reuniones oficiales.

Hermione abrió los ojos horrorizada por lo que acaba de escuchar.

Sólo eso me faltaba…

No quería que nadie se enterara aún de su rompimiento con Harry, y sabía de sobra las especulaciones a sus espaldas cuando esto saliera a la luz. Ya bastante había tenido cuando inició la relación con él. Semanas enteras soportando chismes y murmuraciones.

Aún no había terminado oficialmente la reunión, pero ya el ministro búlgaro se había acercado a ella con resolución y pedido reunirse al día siguiente, para tocar algunos temas relacionados con los ministerios. Hermione no pudo negarse, aunque intuyó, al ver la cara de circunstancias de Víktor, que algo tenía que ver en el asunto. Se excusó con los presentes, en la charla final, alegando un dolor de cabeza y se retiró presurosa a su habitación, sin cruzar palabra con alguien.

Un golpeteo insistente en la ventana la despertó a la mañana siguiente. Pig ululaba excitada por su gran hazaña al llevar la carta anudada a su pata, al destinatario correcto y a través de la enorme distancia sobrevolada.

Hermione tomó a la lechuza delicadamente y procedió a quitarle el pergamino. El animal voló hacia el alfeizar de la ventana esperando una posible respuesta.

Mientras desenrollaba el pergamino, pensaba con cierto temor, si sería posible que aquella carta estuviera llena de reproches. Harry le contó las circunstancias de cómo se enteró que ella estaba en París, y supuso que, al igual él, los demás también estarían pensando las peores cosas de ella.

Se le humedecieron los ojos conforme iba leyendo aquella carta. Era del señor Weasley, pero iba firmada por casi todos los Weasley, incluyendo a Fleur y a Hagrid, aunque sin obviamente la señora Weasley ni Percy. Su apoyo era incondicional. Le conminaban a tener paciencia con Harry, con su temperamento y mandaban sus mejores deseos de que todo se arreglara. Y suponían que era así, ya que Harry no había vuelto del viaje aún.

Aún no saben nada...

Mejor así

Esa pequeña muestra de afecto y lealtad le levantó el ánimo por los cielos. Sabía que tenía que levantar la cabeza tarde o temprano. Pensó en su desastroso espíritu el día anterior en la reunión y se reprendió mentalmente por permitirse estar en ese estado, cuando sus obligaciones morales estaban comprometidas por una buena causa.

Se levantó rauda del tocador, dio a Pig unos cuantos pedazos de tostada y algo de zumo de naranja, garabateó una respuesta sencilla y nada reveladora para el señor Weasley y la anudó a la pata de la pequeña lechuza al tiempo que la conminaba a regresar.

Ya basta de drama, debo seguir adelante, como siempre lo he hecho.

Y se metió al inmenso baño, dispuesta a sumergirse entre burbujas, sales y envuelta en velas. Agitó la varita y una música suave y relajante se esparció en toda la habitación.

Casi una hora después, Hermione corría presurosa hacia la habitación de Kingsley, rogando que aún no hubiese bajado a tomar el desayuno. Tocó insistente a su puerta y comprobó con alegría que recién se había levantado. Habló con él y luego desapareció por el corredor camino a su cita con el ministro búlgaro en la sala de reuniones.

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Kingsley terminó de vestirse, avanzó hacia la puerta sumido en sus pensamientos mientras se acomodaba el bombín verde hoja sobre la calva y traspasó el umbral dispuesto a desayunar.

Le parecía increíble las historias que estaba escuchando de parte de Harry y Hermione. Aunque nunca deseó que ellos se separaran, por su experiencia y por su natural instinto analista y observador, se había percatado que las cosas entre ellos no marchaban bien y secretamente sabía que tarde o temprano aquello sucedería.

Lo que no deseaba era que ello interfiriera en las obligaciones contraídas por ambos. Eso era más importante que todo. Acabar con Voldemort era lo primordial y en gran medida también la preparación del Torneo de los Tres Magos y no deseaba que cosas secundarias, aunque no por ello menos apreciables, menoscabaran en algo aquellas necesidades.

"….Iré al baile sola porque Harry tiene asuntos pendientes en Londres y no quiero molestarlo…"

Kingsley bufó al recordar la excusa de Hermione, con la cual su teoría de que aquella relación había acabado se confirmaba. Aunque él no dijo nada y sólo se limitó a asentir educadamente. Finalmente los asuntos personales estaban fuera de su jurisdicción, aunque le hubiese gustado que Harry se acercara para pedirle consejo. Los últimos meses Harry se había aislado de todos y sumergido en su relación y dejó de tener aquél acercamiento de siempre para con él.

– ¿Irás a recorrer París antes del cóctel de despedida? – había preguntado Kingsley interesado.

– La verdad, no tengo muchos ánimos de hacerlo. Además ya vi suficiente hace dos noches…

Kingsley no había dicho nada de aquel revelador comentario. Sabía que Hermione ni siquiera se había percatado de su desliz. La miró circunspecto y decidió que dejaría que las cosas tomaran su propio camino sin que él interviniera para nada, salvo que lo solicitaran expresamente.

Regresó a la habitación, cortando sus pensamientos, por que olvidó llevar la carta para su esposa. Debía llevarla lo más temprano posible para que no se quejara de que no había tenido tiempo para arreglarse o comprarse un nuevo vestido. Kingsley cogió la carta de la mesa y la introdujo en el bolsillo de la túnica verde con rapidez. Cruzó nuevamente el umbral de su habitación y enrumbó por el pasillo.

Mientras caminaba recordó que Hermione le había mencionado que prefería cenar nuevamente en su habitación y se quedaría allí hasta el cóctel. Aunque no sabía a que hora terminaría la reunión con el ministro búlgaro, le había prometido que hablaría con él sobre el particular apenas le diera un tiempo. Kingsley tuvo que modificar sus planes y comentarle también que iría entonces a almorzar con Obalonks a Montmartre ya que Draco tampoco estaría presente, ya que él sí iría a dar una vuelta por París, a comprar algunos recuerdos.

Kingsley iba sumergido en sus pensamientos que casi chocó con Draco al doblar un corredor demasiado iluminado que casi cegaba la vista.

– ¡Epa! Estás muy apresurado

– Lo lamento mucho Kingsley. Es que tengo una enorme lista de regalos que adquirir y no confío en el gusto de los empleados de las tiendas si les diera el encargo de que lo hicieran por mí – Draco tenía un par de pergaminos en la mano derecha.

– Tu esposa debe ser peor que la mía en ese asunto. Joanne apenas pide 200 regalos de cada lugar que visito – comentó risueño el ministro.

– No son presentes para Cho – se apresuró en aclarar Draco – son para mí hijo. A ella no tengo porqué llevarle nada, tiene suficiente con todos los galeones que me extrae mes a mes– continuó sin poder evitarlo. La ira acumulada empezó ha bullir como lava ardiente.

– No quise ser indiscreto Draco, sólo fue un comentario. Comentario fuera de lugar por lo que veo…

Draco levantó la cabeza, incómodo. El jamás se había permitido tener exabruptos con nadie. Pero en ese instante se sentía tan mal que sabía que explotaría tarde o temprano. Había recibido carta de Cho muy temprano y a esas alturas tenía el hígado revuelto. Dio gracias mentalmente que había sido con Kingsley. Le agradaba la forma de ser de aquel viejo mago. Le había tendido la mano y confiado en él a pesar de las diatribas de la gente.

– ¿Puedo ayudarte en algo¿Deseas que hablemos?

Draco lo observó atentamente. Su respiración empezó a acelerarse.

– Sólo estoy molesto, ya se me pasará.

– Oh bueno…

– La verdad es que… creo que… – Draco respiraba entrecortado, en su sien una vena palpitó peligrosamente.

– Habla Draco, te hará bien.

– ¡Voy a matarla, Kingsley, juro que lo haré! – Draco finalmente explotó. Apenas podía contener la cólera que lo paralizaba – Ella sabe muy bien que mi hijo no es un botín de guerra. El no entra en nuestros problemas – se movía frenético en el pequeño espacio del corredor. – Aún cree que puede retenerme a su lado y utiliza a mi hijo ¡Está loca!, no entiende que lo nuestro ya terminó, no desde hace unos días, o un mes¡desde hace años, desde que comenzó! Pero ella está empecinada a continuar con esta farsa. No entiende que voy a divorciarme. Quiere que regrese a vivir con ella o no me permitirá volver a ver a Lucius ¿Entiendes Kingsley? Lo está utilizando como un juguete, como un trofeo. Yo quería traerlo aquí para que estuviese a mi lado, pero ella se negó. Los dos o ninguno, me contestó la muy… la muy…

– Trata de calmarte Draco. No solucionarás nada en ese estado – Kingsley le pasó el fuerte brazo por los hombros en un gesto paternal.

Draco se sintió repentinamente incómodo. Nunca había experimentado aquel contacto físico con persona alguna. Su padre jamás lo había hecho, se limitaba a dedicarle alguna sonrisa apocada o a lo sumo una ligera palmada en el hombro pero nada más. Pero se dio cuenta que el sentimiento incómodo desaparecía y una sensación de sosiego lo embargaba.

– Ella no puede negarte que veas a tu hijo – lo dio un pequeño empujón para que Draco avanzara – hay leyes que delimitan la custodia de los hijos de padres separados. Vamos – y ambos continuaron caminando por el corredor – te diré de algunas de ellas y lo que necesitas hacer para volver a ver a tu hijo.

Los dos hombres se dirigieron al comedor principal, donde tuvieron una larga plática. Por primera vez, Draco pudo confiar los sentimientos que lo atormentaban. Y salió de allí rumbo a París, convencido totalmente, que había hecho lo correcto en exponer sus sentimientos.

Quizás no sea tan malo demostrar lo que uno siente de vez en cuando. Debería probarlo con…

Pero negó con la cabeza escéptico, mucho antes de terminar siquiera aquel pensamiento.

La reunión se alargó mucho más de lo pensado. Incluso habían llevado bandejas con algunos piqueos dulces y salados porque ya habían pasado con creces la hora de almorzar. Los tres colaboradores del ministro se lanzaron hacia las bandejas con muy poco recato.

Como supuso Hermione, Víktor también fue a la reunión. Cuando el ministro búlgaro se excusó para salir un instante lo más discretamente que pudo, debido a la gran cantidad de zumo de naranjas que había bebido; y no pudiendo aguantar hasta el inminente final de la reunión, Krum aprovechó para acercarse a ella y preguntarle cauteloso como se encontraba.

Hermione se disculpó sinceramente por aquel desplante del día anterior. Ella no solía comportarse así y no deseaba que alguien pensara que ése era su carácter. Aunque no estaba segura de por qué lo hizo, le comentó a Víktor, a grandes rasgos y sin entrar en detalles, de su rompimiento con Harry. Iba a pedirle que no lo revelara a nadie, cuando los interrumpió el sonido de la puerta al abrirse. Gabrielle Delacour parada en el umbral los observaba sombría. Tenía el cabello sujeto con una exquisita peineta azul marino que hacía juego con la pequeña faldita ondeada y sus elegantes tacones.

– Pase, pase, señorrita Delacurr – llamaba el ministro búlgaro, que había regresado segundos antes – Estos son los papeles que debe llevarr a Madame Maxime. Tenga cuidado de no desorrdenarlos porque aún no los hemos numerado.

Hermione la miró disimuladamente. Tenía ganas de lanzarse sobre ella, molerle la cara a cachetadas o estrangularla con sus propias manos. Pero sabía que no podía hacer una escena como esa, menos tratándose de una representante importante de la comunidad mágica de Inglaterra como lo era ella, así que se limitó a observarla, mientras acariciaba su varita por debajo de la mesa.

Pero el colmo llegó cuando se acercó a Víktor directamente, dándole la espalda totalmente, como si no la hubiese visto, sin siquiera haberle dedicado un saludo como lo mandaba la etiqueta, tratando infructuosamente de lograr que él accediera a llevarla a París por un supuesto encargo urgente. En ese momento, sí que Hermione terminó por enfurecerse. Pero como su mente siempre dominaba a sus impulsos, esperó pacientemente su inminente venganza.

Ante la negativa de Krum, Gabrielle le dio la espalda y caminó insinuante, con movimientos acompasados hacia la puerta por donde ingresó. Levantó la mano libre de los papeles importantes del ministro, hacia su cabellera, con la clara intención de soltarla y lograr, con sus encantos de veela, que Víktor cambiara de opinión. Justo cuando empezaba a voltear, con la cortina de pelo liberada y girando como su dueña, como si estuviera en un viejo comercial de shampoo muggle, Hermione le lanzó un encantamiento confundus apenas despegando los labios.

Gabrielle dio una vuelta completa, como una bailarina sin control, haciendo volar los papeles del ministro por toda la habitación y cayendo estrepitosamente de nalgas. Terminó en el pulcro y brillante piso de madera con la falda levantada a modo de cinturón.

Los caballeros presentes se levantaron en el acto para auxiliarla. Víktor iba a hacer lo mismo, dada su naturaleza educada, pero Hermione posó su mano suavemente sobre la de él, cortándole el avance, al tiempo que levantaba con la otra, la copa de agua junto a ella y se la llevaba a los labios.

A Víktor le pareció, por un fugaz momento, ver a través de la copa de agua, una sonrisa artera. Pero supuso que fue un efecto óptico, porque sería ilógico pensar que Hermione actuara de esa manera. Pero todo se fue al tacho cuando ambos observaron como salía Gabrielle roja como un tomate, apresurada y abochornada fuera del lugar y Hermione ya no pudo reprimir la gran sonrisa triunfal en su rostro. Víktor la miró desconcertado al inicio, para luego sonreír cómplice igualmente, negando con la cabeza a tal inusual comportamiento.

Minutos después ambos bajaban por una de las grandes escaleras de encina, comentando acerca de la recepción de la noche. Víktor le contaba también que Anastasia llegaría en cualquier momento y deseaba que ella estuviera con él para recibirla. Hermione asintió complacida y ambos se dirigieron a la puerta del elevador evanescente. Algunos miembros de los países participantes aguardaban también a sus respectivas parejas, por lo que había un pequeño tumulto cerca de aquel recibidor.

– Y dime Herrmione, supongo que Harry no vendrá esta noche… – comentó Víktor cauteloso.

– Obviamente no – respondió suspirando Hermione – pero es mejor así. Aunque hemos quedado "como amigos", sé que necesitamos tiempo y espacio para volver a ser como éramos antes: buenos amigos. No se cuanto tiempo nos lleve, pero haré lo posible para que funcione. No voy a echar por la borda tantos años de amistad por un solo acto irracional de Harry.

– Eres una perrsona excepcional Hermione – Víktor la miró fervorosamente.

– No dejes que Anastasia te vea mirándome así…

Hermione terminó riendo al ver la cara que ponía Víktor.

– Entonces puedo pasar a recogerrte para entrar juntos a la recepción – habló Víktor aún sonriente.

– Creo que sería mejor que entraras sólo con Anastasia. Este es su momento y no me gustaría estar haciendo un mal tercio – se apresuró a contestar. – Iré sola, aunque creo que seré la única persona sin pareja, por lo que te suplicaría que, si Anastasia lo permite, me reserves un baile…. No quiero estar empollando…

– Temo que no serrás la única sin pareja – acotó Krum en el acto – Me comentó temprano Draco que iría sólo.

– ¿Sigue aún disgustado con Cho? – preguntó Hermione esforzándose por no cambiar el tono neutral de su voz.

– Es que no sólo están disgustados, es algo mucho más grave…, pero no sé si deba decirrte eso…

– Oh vamos Víktor, no puedes lanzar el anzuelo y luego echarte a correr…

– Bueno…. ¡Que diantrre!. Draco le ha pedido el divorrcio.

La sensación que experimentó Hermione fue casi similar a un encantamiento desilusionador. Sintió como si alguien le hubiese roto algo en la cabeza y el líquido estuviese corriendo por su cabeza hacia su cuerpo. Aunque supuso que la relación de Draco y Cho no iba de maravillas, de ahí a la idea de un divorcio era realmente impactante.

– Hermione…

– Disculpa Víktor… pero realmente me has dejado atónita con esa noticia.

– Me imaginaba…

Hermione le miró suspicaz

– Contrario a lo que pareciera que estás pensando – lo miró algo dolida – realmente me da mucha pena que un matrimonio pase por eso. Mas que nada por su hijo. Es un niño lindo y es triste que se críe sin sus padres juntos.

– No quise ofenderte…

– Lo sé, lo sé… – se apresuró a indicar Hermione, corrigiendo el gesto adusto y al tiempo que le daba unas palmaditas en el fuerte brazo – Pero será mejor que cambiemos de tema porque si no me equivoco, aquella hermosa chica que sale del ascensor es tu adorada esposa, que me muero por conocer.

La siguiente hora los tres se enfrascaron en una charla de lo más amena y divertida, pero que fue interrumpida por las grandes campanadas de una de las grandes torres del colegio que anunciaban las 5 de la tarde y por supuesto, por el grito de las dos mujeres que se dieron cuenta que sólo tenían una hora para arreglarse.

Hermione caminó deprisa hasta su habitación. Aunque no tenías ganas de ir, de verse sola en medio de tantas parejas, sabía que el deber era ineludible y se conminó a poner todo el esfuerzo para disfrutar de la velada. Estaba de mejor humor que antes, tras la plática con Víktor y su esposa. Ella resultó la persona agradable y simpática que su amigo le había descrito. Sentía que había ganado una nueva amiga.

Entró a la habitación con rapidez, debía escoger el vestido que se pondría y quizás tomar una ducha rápida para refrescarse ya que a pesar de estar terminando el día, el calor era asfixiante. Tiró su bolso sobre la cama y desapareció en el amplio clóset dispuesta a escoger un vestido adecuado.

Casi una hora mas tarde estaba vestida, terminando de arreglar su cabello castaño y rebelde. Dejó el cepillo sobre el tocador y se observó en el gran espejo de filigrana dorada y pequeñas hadas talladas en madera.

No se consideraba una mujer de extrema belleza o despampanante, pero sería ser mezquina si no reconociera que se encontraba en la mejor época de su vida. Su cuerpo esbelto y firme, producto de sus innumerables horas de trote al aire libre, sus pechos llenos, sus caderas redondeadas, sus curvas sinuosas, su piel dorada y suave y sobre todo la seguridad y confianza en si misma que irradiaba, la convertían en una mujer atractiva y deseable para cualquier hombre. Y ahora se contemplaba en ese espejo, con aquel hermoso y casual vestido verde con un viso tornasolado que reflejaba extraños e impactantes matices verdosos; con los hombros totalmente descubiertos y el talle marcado, su cabello recogido sencillamente, en un pequeño moño con algunos rizos sueltos que enmarcaban su rostro. Pero a pesar de todo estaba triste. Porque por un instante dejó que aquel sentimiento de pérdida volviera a rodearla. Se sintió sola aún sin haber pisado la terraza. Deseó tener a alguien a su lado para compartir ese momento, el inicio o el fin de su carrera. Tenía miedo de que gran parte de las propuestas presentadas fueran desechadas o peor aún, que todo el proyecto fuese denegado.

Se reprendió mentalmente por dejarse dominar por el pánico. Debía ser optimista y pensar que al menos se aprobarían algunas de las opciones presentadas y que no desecharían muchas. Se habían esforzado tan duro…

Y lo recordó.

Draco volvió a inundar sus pensamientos. Cerró los ojos con fuerza y negó con la cabeza para ahuyentar su imagen de la mente. Era peligroso adentrarse en ese territorio. No debía…

Caminó con la pequeña cartera de mano hacia la puerta cuando algo la detuvo. Había observado en la mesa ubicada cerca de la gran ventana de doseles níveos como el resto de la habitación, un objeto que no era suyo. Se acercó con curiosidad y lo tomó entre sus manos.

Era una caja cuadrangular aterciopelada y de color verde oscuro. Hermione reconoció al instante las iniciales discretas de la costosa tienda de donde procedían. Eso la intrigó aún más. Una pequeña tarjeta blanca con su nombre escrito era lo único que estaba cerca. Procedió a abrir despacio aquella caja. Contuvo el aliento al observar lo que contenía.

Un hermoso collar despedía reflejos platinados reposando sobre terciopelo negro del fondo de la caja.

Hermione lo miró extasiada al sostenerlo segundos después, sobre sus manos. Era simplemente bellísimo. Pequeños diamantes engarzados conformaban el collar que tenía como piedra central una exquisita esmeralda de corte perfecto y rodeada de brillantes. Sus dedos recorrían con delectación aquella delicada obra de joyería y no pudo evitar la exclamación de admiración que salió de sus labios.

Pero de golpe, la lógica pregunta se hizo aún más fuerte que la admiración

¿Quién me dejó esto?

– Harry. No… imposible, él nunca ha sido de regalarme joyas… ni siquiera un simple ramo de flores.

Continuó meditando mientras no dejaba de admirar el collar entre sus dedos.

– ¿Víktor?... definitivamente no. Siempre me mandó rosas, bombones, e incluso muñecas, pero nunca una joya. Además es muy costosa y…

Hermione abrió los ojos de repente, como dándose cuenta de algo, lívida e incrédula, con el collar aún colgando de sus dedos.

No… no... Es imposible

¿Acaso podría ser… él?

– Definitivamente no. No es él y ya déjate de tonterías Hermione. Es inverosímil y utópico pensarlo, además de que él tiene que saber que jamás aceptaría un regalo suyo – se reprendió en voz alta mientras dejaba el collar sobre la mesa como si de improviso pesara mucho. – ¿Acaso quería comprarla con un regalo tan costoso¿O es que esperaba algo en retribución? – Apretó los puños con furia sólo de pensar que podía estar en lo cierto. Hizo el ademán de salir, pero no avanzó ni medio metro.

– La persona que me lo envió sólo lo pudo hacer a través de un elfo – pensó a la vez que resoplaba disgustada – ellos son los únicos autorizados a entrar en las habitaciones – Así que, si quiero averiguar quien me lo envió, pues sería algo sencillo…

15 minutos más tarde, Hermione salía furibunda con el collar dentro del bolso escaleras abajo hacia la terraza del colegio.

Draco fue hacia la barra donde se encontraban las bebidas y comprobó a regañadientes que no había ni whisky de fuego ni alguna bebida similar. Todos eran combinaciones frutales con algo de alcohol. Se sintió ridículo al imaginarse con un vaso multicolor con sombreritos y pajitas adornadas y se limitó a pedir agua mineral que bebió en el acto. Acababa de dejar a Víktor y a Anastasia cerca de un hermoso mirador lateral. Había conversado con ellos casi por una hora entera y lo único productivo de la charla consistió en el extremadamente importante desliz que tuvo Anastasia en una de las conversaciones, para tribulación de Krum que casi suelta su bebida ante la indiscreción de su mujer. Dejó la copa en la barra, apoyándose en ella y volteó ligeramente para divisar a la pequeña multitud que tenía frente a él.

– Así que al fin terminó la cursi parejita – Draco esbozó una sonrisa burlona sin dejar de observar todo el ámbito de la terraza. Escudriñando minuciosamente y demasiado atento…

La gente departía alegremente, algunos incluso bailando a un lado de las mesas. La terraza, que estaba cercada por setos naturales, plantas exóticas y grandes tiestos de flores de visos extraños, había sido adornada con farolitos de colores por doquier y potpurrí de flores sobre las pequeñas mesitas y sillas altas por los alrededores. Estaba anocheciendo y la luz de algunas estrellas se hacía cada vez más nítidas y brillantes, incluso la luna llena de esa noche se reflejaba claramente sobre la inmaculada agua de la ondulante piscina que dominaba toda aquella amplia terraza.

Draco exhaló fuertemente. Odiaba esperar y eso es lo que estaba haciendo. Esperaba a Kingsley y los resultados del proyecto. Hacía veinte minutos que los ministros y representantes de los tres colegios estaban reunidos allá en el salón y en cualquier momento saldrían con los resultados.

Y aunque lo negara con ímpetu… también la esperaba a ella.

Un fuerte jalón en el antebrazo lo sacó de sus pensamientos. Se vio arrastrado de repente hacia una de las salidas por una mano que se ceñía fuertemente a él. Le parecía irreal que aquello estuviera pasando.

Cuando por fin se detuvo, se encontró en un pequeño mirador bordeado por unos setos casi tan altos como el mismo, haciendo casi una tupida valla natural.

– ¿Puedo saber que rayos te sucede, Granger?

Y aunque deseaba sonar fastidiado, no pudo lograrlo del todo. Se regodeó del arrebato de la correcta Griffyndor. La observó con las manos en las caderas y sus ojos fulgurantes que lo atravesaban y que le daban una apariencia salvaje.

– ¿Así que no sabes que me sucede, eh? – masculló apretando las mandíbulas apenas conteniendo la exasperación.

Le dio la espalda por un instante, procedió a abrir el pequeño bolso de mano y con vehemencia sustrajo algo de su interior. Dejó a un lado el bolso sobre un macetero grande ubicado cerca y volvió a enfrentarlo. Con una mirada asesina, penetrante, levantó su mano derecha desde donde colgaba el collar de diamantes que encontró en su habitación.

– Ah… se trataba de eso. – respondió flemático.

– No sé que pasó por tu cabezota, ni tengo la más mínima intención de averiguarlo, pero te diré que si se trata de una broma pesada o si pretendes algún tipo de resarcimiento por esto, eres un completo estúpido o te volviste totalmente iluso.

– Sólo imaginé que te levantaría el ánimo, Granger. No lo hice con alguna intención secreta ni pretendía colarme en tu cama, si a eso te refieres – carraspeó incómodo ante aquella subliminal visión que apareció frente a él cuando dijo la última frase. – Te vi tan aniquilada y aplastada que supuse neciamente, que una joya te cambiaría el humor. Pero veo que fue un completo error. – Se irguió de pronto y avanzó a escasos pasos de ella, calándola con la mirada – Ahora bien, si tanto te ha molestado y crees que he ofendido a tu pudorosa persona, puedes lanzar el collar por sobre los setos y voilà. Se acabó tu problema. Es obvio que una sangresucia como tú, no entendería jamás algo como esto – terminó con el brazo derecho levantado indicando aún los setos y sin poder refrenar la sorna de su tono.

Hermione estudió su semblante por un instante, pálida de ira por aquel insulto tan antiguo. Decidió tranquilizarse a pesar de todo, para poder pensar su siguiente paso. Una punzada de fastidio la apuñaló conforme iban admitiendo aquella embarazosa situación. Chasqueó la lengua con fastidio al alejarse de él y darle la espalda. Aún tenía el collar enlazado entre sus finos dedos. Le dio una rápida ojeada y lo apretó dentro del puño. Giró nuevamente determinada a hacer lo que supuso correcto.

Draco se había movido unos cuantos pasos y apoyado la espalda contra una columna de mármol. No volvió a hablar y sólo se limitó a meter una mano en el bolsillo del costoso pantalón casual de color claro y a juguetear con la mano libre tratando de alisar su impoluta camisa de rugosidades imaginarias. Bajó ligeramente la cabeza, pero sin dejar de observarla de soslayo. Esperaba paciente el siguiente paso que ella daría.

Hermione se acercó hacia él, decidida. Se detuvo a escasos pasos dispuesta a hablar. Draco se enderezó tan alto como era y ella no tuvo más remedio que alzar la vista para no perder aquel contacto visual. Abrió la boca para declarar su determinación con respecto a todo ese embrollo cuando los interrumpió un pequeño zumbido junto a ellos.

Una lechuza blanquísima dejó caer sobre ellos un sobre rojo. Draco inmediatamente, con sus reflejos de buscador de Quidditch aún no olvidados lo atrapó en el aire. Ambos se miraron extrañados por aquel Howler que empezaba a retumbar en el aire y a echar pequeñas volutas de humo.

– Está dirigido a … ¿los dos…? – Draco se quedó mirando a Hermione sin pestañear, quien también le devolvía una mirada sorprendida. – Pero… ¿Quién puede ser–?

– ¡Ábrela de una vez, Malfoy! – le cortó apresurada Hermione que trataba en vano de arrancarle el sobre infructuosamente.

Pero el Howler se les adelantó y empezó a arder. Hermione pegó un grito y ambos lo soltaron con rapidez, aún inmóviles y boquiabiertos. Se oyó una voz imponente en el pequeño mirador, muy conocida, y que reflejaba una algarabía en su tono, inigualable.

– "…La reunión ha terminado. ¡El proyecto ha sido aceptado por unanimidad! No los encontraba y quise decírselos antes incluso de que Madame Maxime lo anuncie en pocos minutos.

Cada una de sus opciones, planteamientos y recomendaciones para las tres pruebas fueron aprobados en su totalidad. Ninguno fue desestimado, aunque hay pautas a tomar en cuenta, pero eso es lo de menos.

Es un triunfo para Hogwarts y por supuesto de ustedes. Me siento orgulloso de haber escogido a las personas correctas. No me han defraudado como muchos lo vaticinaron.

Mis felicitaciones a ambos y… ¡A celebrar!..."

Una pequeña nube de humo se iba disipando en el ambiente cuando la voz dejó de escucharse.

Hermione se llevó la mano a los labios presa de la emoción. Draco tenía una expresión triunfante en el rostro usualmente pálido y que estaba empezando a colorearse ligeramente por la impresión.

Todo aprobado…. ¡¡¡TODO!!!!

No supieron bien quien dio el primer paso, sólo fueron conscientes segundos después que ambos estaban fuertemente estrechados en un abrazo entusiasta y animoso. Ella dando gritos de felicidad cerca de su rostro y él estrechándola fuertemente de la cintura y elevándola por unos centímetros del suelo.

Cuando realmente tomaron conciencia de cómo se encontraban, una sensación extraña los rodeó por completo y los dejó en silencio. Él la bajó delicadamente y apartó sus brazos lejos de ella, dejándolos torpes y laxos apenas tamborileando los dedos contra su fino pantalón. Ella deshizo el abrazo, deslizando suavemente sus brazos por el cuello de Draco y apartándose varios pasos al igual que él, sin poder mirarlo de frente, por que no deseaba que viera el intenso rubor que en ese instante la envolvía.

Pasaron unos cuantos segundos en este estado, callados, sin mirarse y sobre todo concientes de que habían cruzado una línea invisible. Y ahora no sabían como volver a lo de siempre.

– Debemos ir a la terraza nuevamente… – se aventuró a hablar finalmente Hermione.

– Eso iba a sugerir – Draco terminó la frase apresurado.

Hermione reparó que aún tenía el collar de diamantes entre sus dedos. Levantó la mano para observarlo mejor, con menos determinación que antes de aventarlo por sobre los setos. No sabía que había cambiado bien, pero no tenía el valor para arrojarlo lejos de ella. Regresó la mirada de los setos hacia el collar y se dio cuenta que Draco la observaba atento.

– Es un collar bellísimo… – se sorprendió de decir aquello – Muchas gracias… pero…

– Oh rayos, Granger sólo es un obsequio simple. No le busques significados ni complicaciones.

Hermione aún tenía la sensación de aquel fuerte abrazo rodeándola. Aquella conmoción la hizo pensar. Quizás sólo fuera eso, un simple presente sin mensajes ocultos. Levantó los hombros y los dejó caer rendida.

– ¿Me pondrías el collar? – susurró quedo.

– Por supuesto – respondió de inmediato Draco con una sonrisa de lado y con extraño brillo en los ojos.

Hermione se asustó de pronto de aquella mirada. Tal vez estaba yendo demasiado lejos.

– Creo que mejor no… no puedo… no debo aceptarlo…

Draco llegó a su lado en un segundo. Tomó el collar de entre sus dedos con un movimiento rápido.

– Lo aceptarás – le habló con aquel tono absoluto que siempre usaba – lo compré para ti y lo usarás.

Hermione lo miró tratando de buscar en sus ojos grises una explicación para aquel extraño comportamiento, pero apenas y pudo divisar su rostro. Draco ya se encontraba esperando detrás de ella, con el collar entre sus pálidas manos, expectante.

Pudo irse caminando de allí, pudo negarse o hasta incluso salir corriendo, pero lo real fue que ella, con el corazón a punto de salirse del pecho, giró el rostro levemente, apenas para divisarlo detrás suyo y asintió.

Draco terminó de abrochar el collar, que colgó majestuosamente del delicado cuello de Hermione, despidiendo fulgurantes brillos en la noche y haciendo un excelente juego con su vestido verde. Él se quedó aún allí, parado detrás, muy junto a ella, conteniendo el aliento. Sus manos cobraron vida de pronto y se posaron con delicadeza en aquellos hombros descubiertos.

.tan placenteramente suaves

Cerró los ojos por un instante al sentir su embriagador aroma. Bajó el rostro aún más, casi hasta sentir el sedoso cabello en su rostro y aspiró con fuerza tratando de absorber toda aquella esencia y calidez. Sus manos casi vibraban al sentir aquella dócil piel que tembló ligeramente al sentir la presión de sus expertos dedos. Con un temor inexplicable por lo que estaba a punto de hacer, exhaló finalmente lanzándose hacia lo desconocido y dejándose dominar por sus emociones, por primera vez en su vida.

Hermione sintió las manos fuertes de Draco sobre su piel desnuda y una especie de corriente vibrante se entremezcló con una crepitante agitación dentro de ella. Contuvo la respiración por unos instantes presa de aquel sentimiento abrumador y desconocido para ella, cerrando los ojos con fuerza sin atreverse siquiera a pensar. Su corazón se saldría de su pecho en cualquier instante ante el descontrolado martillar del que era cautivo.

Sofocó una exclamación ahogada cuando la presión de aquellas fuertes manos se hizo aún más evidente y escuchó su respiración agitada muy cerca de la cabeza. Pero lo que realmente hizo que volviera a tiritar fue la urgencia con que aquellas manos la iban girando hasta hacerla quedar frente a frente a él.

Estaba a escasos centímetros de su rostro. Podía sentir claramente el aliento y hasta el calor de su piel. Pero aún conservaba los ojos cerrados, porque era abrasada por una especie de embriaguez sublime y temía caer a algún vacío si los abría.

– Mírame – habló Draco con voz extraña y casi gutural.

– No… – Hermione trataba de reunir fuerzas para alejarse, pero cada vez su determinación iba menguando; más ahora que las manos de él habían ido deslizándose por sus brazos y la acercaron aún más.

– Abre los ojos y mírame – ordenó imperioso.

No puedo estar haciendo esto… lo juré… no debo… sería casi como traicionarme a mi misma… o incluso hasta a Harry a pesar de todo…

Hermione continuaba con su letanía, reuniendo el valor para salir corriendo, pero finalmente inmóvil en su lugar, despojada de su frío y lógico comportamiento.

Una nueva presión en sus brazos la fusionó contra el amplio tórax de Draco. Abrió los ojos e inmediatamente levantó las manos tratando de hacer un espacio entre ellos dos, pero sólo consiguió estremecerse nuevamente ante la sensación exquisita que le producía tocar aquellos músculos desarrollados claramente definidos bajo la suave tela de la camisa. Hermione negó con la cabeza débilmente sin atreverse a mirarlo.

Finalmente Draco apresó la mandíbula de Hermione, delicadamente pero con determinación e hizo que ella lo mirara. Sus ojos estaban oscuros y velados. Aquellos ojos grises eran ahora dos pozos insondables llenos de deseo. Esto la asustó. Jamás había visto tal sentimiento por sólo un inminente… beso.

Ella entreabrió los labios de manera inconciente, respirando pesadamente ante la idea y pasando la lengua inconciente por sus resecos labios, casi preparándose para lo que vendría, incapaz de seguir luchando contra lo que sentía. Miraba a Draco con una mezcla de súplica y anhelo reprimido. Draco sonrió triunfante ante aquel gesto revelador, sin darse cuenta que aquella sonrisa, sensual y varonil le dio un instante de cordura a Hermione que empujó ligeramente el pecho de Draco para tratar de deshacer aquel abrazo.

– ¿Qué te ocurre… acaso no lo deseas? – habló susurrante muy cerca de su boca.

– No…no debemos… tú…yo… no… – Hermione trataba de hacerle entender que aquello era una locura.

– Tú ya eres una mujer libre, según me dijeron. No creo que aún suspires por el fracasado de Potter ¿cierto? – habló soltando lo primero que se le vino a la mente.

Milésimas de segundos después, Draco se dio cuenta que había metido la pata, hasta el fondo. Hermione se puso rígida y le lanzó una mirada asesina. Segundos después lo empujaba para liberarse.

– ¿Acaso no estoy diciendo la verdad? Tú ya no estás con el perdedor de Potter – Draco aún la mantenía atrapada de ambos brazos.

– ¡No te atrevas a referirte a Harry de esa manera! – Hermione luchaba por zafarse de aquella apretura. Toda la magia del momento se había esfumado. – ¡No le llegas ni a la punta del zapato!

– ¡Si es tan maravilloso y fenomenal entonces porqué lo dejaste! – Draco la soltó de pronto ofuscado por la comparación, para él indigna.

– ¡No es asunto tuyo! – vociferaba roja de ira y tambaleándose ligeramente ante el brusco desenganche de Draco – Harry es un hombre valiente y no un fracasado como señalas.

– Tan hombre que no puede retener una mujer a su lado… – habló Draco con sorna, mirándola lívido de la rabia. No entendía como aún habiéndolo largado, lo defendía a capa y espada. Eso le hacía bullir la sangre a borbotones.

– Harry es incluso más hombre que tú¿me oyes?, porque él no necesita andar por ahí levantando a cuanta mujer se le cruce en el camino para reafirmar su hombría. – Hermione apretaba los puños.-- Ni siquiera ha pasado mucho tiempo de tu separación con Cho y ya estás intentando sedu… seduc–

Pero no pudo completar la frase, roja no solamente de la ira, sino porque sabía que ella no fue un ente pasivo hace uno instantes.

– Soy de lejos mucho más hombre que tu Potter – espetó con irritación – Además… ¿Yo seducirte¿Yo?, por lo que veo, ahora resultaste desmemoriada…. "…Me pondrías el collar...", – la remedó con sorna. – ¿Crees que soy un muchachito imberbe que recién sale a la calle y no lee entre líneas? Que yo sepa, minutos atrás, no te movías de tu sitio, esperando que… ¡que te besara!

Hermione saltó ante aquella frase

– ¡Yo jamás haría eso! – gritó fuera de sí – ¡Primero muerta que besarte, me oyes¡Jamás cometería esa estupidez!

Draco decidió impulsivamente en una milésima de segundo. Avanzó rápido hacia ella y le rodeó la cintura con una mano mientras la atraía hacia él con fuerza para impedir cualquier intento de retirada. Pasó su mano libre por la nuca de Hermione y empujó el rostro hacia el suyo, tan cerca, que ella casi respiró las palabras vehementes de Draco.

– Vamos a comprobar si es cierto

Hermione intentó separarse, aún sentía rabia por todo lo vertido por Draco segundos antes, pero aquel asalto la dejó momentáneamente aturdida.

Draco aprovechó la oportunidad para acallar definitivamente las protestas que surgían de los labios de ella, con los suyos. Empujó suavemente su boca contra la de ella, obligándola a abrirse a él. Deslizó su mano desde la nuca hacia la mejilla, sujetando con aprensión la mandíbula pequeña para ahondar con más ímpetu dentro de la boca.

Hermione intentó separarse de aquellos labios que la devoraban y de la experta lengua que pugnaba por entrar en ella. Intentó empujarlo, pero Draco la estrechó aún más contra él, castigándola deliciosamente, sorbiendo con deleite su labio inferior. Hermione peleaba no solo con Draco, sino con ella misma, contra sus sensaciones que iban ganando terreno a pasos agigantados.

Nuevamente Hermione empujó con sus manos, aún en los pectorales de Draco con firmeza, tratando de liberarse de aquel beso profundo y perturbador. Movió su cabeza alternadamente hacia los lados y retrocediéndola para recobrar el control de su boca. Pero Draco no iba a permitírselo.

– Esta vez no escaparás

Y respiró profundo, porque sentía que se quedaba ya sin aliento, antes de hundirse totalmente dentro de la boca de Hermione. Su lengua no encontró esta vez barrera alguna. Ella lanzó un gemido gutural que fue ahogado por los labios ávidos y ardientes de él.

Draco sonrió mentalmente al sentirse victorioso con aquella muestra de sumisión y se adentró en aquella boca dulce y deliciosa.

Su lengua se movía diestra y sensual dentro del interior de la boca de Hermione. Recorría las comisuras de los labios húmedos y ahora hinchados, el paladar suave, aquella deliciosa cavidad debajo de la lengua de ella. Cuando ambas se encontraron, ella abandonó, vencida y hechizada, los intentos por separarse de aquella deliciosa tortura.

Hermione enlazó sus manos, primero con timidez y conforme el beso aumentaba, con urgencia por el cuello de Draco. Sus manos acariciaban el rubio cabello liso como ya una vez pasó, pero ahora con movimientos totalmente diferentes.

No podía luchar más, su cuerpo reaccionaba y se acoplaba de manera natural ante sus caricias. La mano de Draco había vuelto hacia su nuca enredándose en los cabellos castaños y halándolos suavemente y la otra, apretaba y atraía hacia él, su cuerpo sinuoso. En un momento dado, Hermione gimió sin poder contenerse al sentir la virilidad evidente de Draco en una de esas deliciosas acometidas. Draco liberó un gruñido ronco y varonil al escuchar aquel jadeo encantador inimaginable para él, y que ahora sonaba como recompensa a su acción.

Draco la besaba duramente, estrujándola, obligándola a entregarse totalmente, como queriendo demostrar su naturaleza ganadora, deseaba que ella admitiera que si quería besarlo. Y lo hacía saboreando los labios de ella con frenesí, lamiendo, succionando sin dejar por ello de notar la tibieza, la textura y el sabor. Pugnaba impetuoso por controlar aquel apasionado beso, pero por momentos una especie de fiebre nublaba sus pensamientos y sólo podía dejarse llevar, perdiéndose dentro de ella, sólo concentrado en hundirse en lo más profundo de aquella boca que lo turbaba e incitaba a no parar jamás.

No existió segundos ni minutos, ni una terraza en París, ni una fiesta esperándolos, ni diferencias, prejuicios o discordias, ni persona alguna en quien pensar; sólo ellos y nada más. Cuando al fin se separaron, para respirar, para reponerse, para continuar otra vez, el pecho de Draco subía y bajaba como después de una maratón, casi sin aliento y con el cuerpo estimulado al extremo. Hermione sujetaba aún los bordes de la camisa, sintiendo claramente el retumbar del corazón de Draco, latiendo agitado dentro de su pecho. Temía soltarse y caer indefectiblemente hacia atrás.

Draco la rodeó con sus brazos, y la acunó contra su pecho, sorprendido todavía por como había resultado todo aquello. Jamás imaginó encontrarse en ese estado de turbación y ofuscación, sin dejar de lado la sobreexcitación de su cuerpo. Levantó una mano y la posó sobre la cabellera de Hermione, ahora con los rizos rebeldes sueltos gracias a él y tomó aire sonoramente. Necesitaba recuperar su autocontrol, pero así, con ella aún palpitante por momentos, con su perturbador cuerpo pegado al suyo y su aroma delicioso, era prácticamente imposible.

Hermione cerró los ojos y se aferró a él, todavía más cuando sintió que la abrazaba y la pegaba a su cuerpo. Temía caer desfallecida en cualquier instante si él la soltaba. Su cuerpo continuaba estremeciéndose aún más cuando sintió la cercanía de la tibia piel del cuello, cerca de su rostro. Reposó su cabeza con cuidado, tratando de recuperar el aliento perdido, pero aunque luchó por evitarlo, no pudo contenerse y pegó su rostro a aquella piel caliente y la rozó con sus labios; ya sin cuestionarse nada, sin ninguna intención, ningún pensamiento, ninguna aspiración más allá de sentirse así eternamente,

– ¿Interrumpo?

Un pequeño gnomo escondido entre los setos, emitió una maldición de fastidio ante tanta camorra reinante en el lugar. Ahora no sólo eran dos personas dispuestas a interrumpir su descanso. Una tercera se aparecía en el acceso al mirador y el exasperado gnomo sospechó que no conseguiría dormir esa noche en completa paz.


Espero les haya gustado!.

Y no se olviden de ... dejar un comentario y harán mi vida más feliz!

Apapachos