Holass!!

En la vida las cosas no suelen darse fáciles y por eso Hermione y Draco tendrán que luchar para conservar ese nuevo sentimiento… aunque a veces, el destino se interpone en el camino.

¿Podrán sortear aquellos obstáculos?

Acercándose al final…

Gise.

Capítulo no tan largo, pero me permite actualizar más rápido!!


CAPITULO 20 : EL DRAGON ACORRALADO

La figura delgada contemplaba la luna a través de las cerradas puertas de vidrio decorado. Apenas había una pequeña separación entre las pesadas cortinas por donde ingresaba el claro de luna, pero para ella era suficiente. En ese mismo instante, en un lugar diferente, en una situación diferente, otra persona, justo a la misma hora hacía exactamente lo mismo; observar la luna. Era lo único que ambos podían compartir que atenuaba en algo el tormento de saber a su hijo al filo de la muerte.

Narcisa Malfoy se dirigió largo rato después hacia el estudio, tenía el cutis tan pálido que su rostro parecía brillar en la reinante oscuridad. Su largo y rubio cabello le caía pesadamente por la espalda y acentuaba todavía más su delgadez. Tomó con sus esbeltos dedos la manilla de bronce de la puerta y la giró con languidez.

El estudio estaba vacío y silencioso como el resto de su Mansión. Los impuestos visitantes habituales no se encontraban en ese instante y le permitían a la espigada mujer minutos para analizar y buscar alguna solución. El mobiliario usual de la habitación había sido empujado descuidadamente contra las paredes para recrear una sala de reuniones con su otrora fina mesa de comedor dominando la estancia. La iluminación provenía de un rugiente fuego bajo una hermosa chimenea de mármol trasmontada por una ventana dorada. Hacía una hora que Narcisa había ordenado a un elfo que encendiera aquel acogedor fuego y le sirviera una bebida, pero aún habiéndose sentado en la silla principal cerca al fuego y después de dos sorbos del ardiente licor no lograba encontrar la ansiada serenidad que buscaba.

El tiempo se agotaba y Draco no lograba terminar su misión. Una lágrima silenciosa empezó a descender por el deslustrado rostro. Debía confiar, era lo único que tenía en ese instante. Debía confiar en Severus. Él no permitiría que le sucediera nada a su hijo. Había logrado que Severus pronunciara el Juramento Inquebrantable y eso aseguraba en alguna medida la seguridad de Draco. Pero… que tanta protección le daría esa promesa. Estaba convencida, mucho más ahora, que el Señor Tenebroso escogió a su hijo para vengarse del fracaso de su esposo.

¿Por qué mi hijo? – volvió a sollozar, esta vez, ocultando el rostro con sus manos. – Sólo tiene diecisiete años…

Finalmente se derrumbó sobre la pulida mesa de madera y lloró abiertamente, como solía hacerlo cada noche, desde que Lord Voldemort le comunicó el honor que le deparaba a Draco.

– ¿De nuevo encerrada lloriqueando por los rincones, Narcisa?

La regordeta mujer de cabellos opacos entró al estudio, varias horas después, y contempló a una inmóvil Narcisa junto al extinto fuego. – En vez de perder el tiempo gimoteando – continuó despectiva– deberías apremiar a tu hijo para que termine la misión que el Señor Tenebroso le ha encomendado. Parece no servir para nada…

– ¡No te atrevas a hablar de mi hijo, Alecto! – Narcisa se paró furiosa tirando la silla hacia atrás y golpeando la mesa. Su andar arrogante era innato a pesar de sus emociones – te lo advierto-. Con determinación llevó la mano hacia la varita.

– Que quieres que te diga – Alecto caminó hacia la chimenea encendiéndola con su varita, ignorando la reacción de la otra mujer. Casi era un pasatiempo provocar a aquella vanidosa dama, entre tanta insoportable espera–. Mi señor debe haberle encomendado algo tan fácil, que me sorprende que hayan pasado tantos meses y que tu hijo no haya logrado nada. Es tu obligación hacer que el chico sea efectivo de una buena vez.

– Te he repetido mil veces que no metas tu sucia nariz en lo concerniente a mi hijo. ¿O debo molestar al Señor Tenebroso y hacerle saber que estás interfiriendo en sus planes?

Narcisa Malfoy pensó que lograría callarle la boca con aquella advertencia. Quizás años atrás hubiese funcionado. Pero la realidad era otra; todos sabían que los Malfoy habían caído en desgracia a raíz del fracaso en la misión encomendada a Lucius Malfoy: su fallida visita al Ministerio y la pérdida de la profecía. Y sumada estaba la misión otorgada al muchacho, aunque no sabían con exactitud cual era, se sospechaba que era una forma de torturar a aquella pareja para hacerle pagar por sus incompetencias. Y atormentar a la presuntuosa mujer era un pasatiempo que los mortífagos, que utilizaban la Mansión Malfoy como refugio, se permitían efectuar para distraerse entre tanta tediosa espera.

– Me encantaría que corras donde el Lord… Así le recordarías sutilmente la ineptitud y torpeza de tu hijo.

Alecto rió socarronamente y cometió el error de darle la espalda, como tantas otras veces a Narcisa. Pero la diferencia ahora, radicaba en las palabras de advertencia que la hermana de ésta, Bellatrix, había pronunciado esa mañana cuando pasó a visitarla. El Señor Oscuro estaba empezando a impacientarse con la lentitud de Draco y Bellatrix, cual sirviente fiel, había corrido donde su hermana para hacerle partícipe de tal confidencia.

– ¡Maldita perra! – jadeó Alecto en el suelo mientras buscaba la varita a tientas. Tenía los ojos hinchados producto de la maldición que acaba de aplicarle Narcisa – ¡No creas que esto se quedará así! – bramaba furibunda.

– No vuelvas a meterte en los asuntos de mi hijo, Alecto. Es la última vez que te lo advierto, si no puedes manten–

– ¡Maldición! ¿Qué se supone que estás haciendo, Cissy? – Bellatrix desde el umbral miraba a su hermana apuntando hacia el suelo y a una Alecto con los ojos hinchados y deformados. ¡Es que quieres darle aún más problemas a mi amo y señor! – Corrió hacia Narcisa y la obligó a que saliera de la estancia. Se detuvo en el umbral y con un hechizo volvió a Alecto a la normalidad.

– ¡Esto no termina aquí, Narcisa! – gritó fuera de sí Alecto, tratando de hacerse escuchar a través de la puerta – Voy a veng–

– Tú no harás nada, óyeme bien, Alecto – Bellatrix retrocedió hacia la regordeta mortífaga y le apuntó directo al corazón – Esto quedará entre nosotras. No permitiré que nada perturbe a mi Señor. Sabes que él me tiene entre sus elegidos, en cambio a tu hermanito Amycus y a ti… bien, podría sugerirle que ambos no son necesarios...

Alecto se irguió iracunda a escasos centímetros de la otra bruja. Maldijo y escupió a los pies de Bellatrix, pero tuvo que retirarse. Ella decía la verdad, era la favorita de Lord Voldemort y hasta se rumoreaba que algo más… no podía arriesgarse a enfrentársele, caso opuesto a su hermana. Le dio la espalda y regresó en silencio hacia la chimenea y esperó que las dos mujeres cerrasen la gran puerta de madera. Con brillo perverso en los ojos agitó la varita y apareció papel y pluma. Tal vez no podía enfrentarse a Bella, pero podía vengarse de la arrogante Narcisa.

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Hermione regresó al aula de DCAO en un estado de indeterminación y confusión total. El beso de Draco había logrado vivificarla nuevamente pero también inquietarla. ¿Sería posible que él no hubiese recibido su pergamino? Había escrito el nombre muy claro y elegido a una lechuza de apariencia saludable hacía dos días, pero tal vez aquella carta no fue recibida por el destinatario.

Y si la recibió…entonces ¿Qué significa ese beso?...

Giró disimuladamente el rostro hacia las mesas de atrás para intentar verlo, pero Draco continuaba charlando con el grupo de Slytherins junto a él, sin percatarse de nada. Regresó la vista hacia el pizarrón volviendo a sumergirse en sus pensamientos.

Pero Draco si se había dado cuenta de la inquietud en los ojos castaños. Y también a pesar de estar supuestamente hablando, sólo movía la cabeza y asentía de vez en cuando, porque su mente se encontraba trabajando a mil.

¡Mierda!, no tenía que haber actuado así… ya lo había decidido también, todo ello era una locura, pero ¡Mierda! No pude aguantar ver como la comadreja la tocaba…. Me estoy volviendo loco, pero jamás había sentido tantos…. Tantos… ¡Celos!

Draco cerró el libro que tenía entre las manos con tanta fuerza que toda la clase volteó a mirarlo. Sólo atinó a bajar la cabeza inmediatamente como si no hubiese sucedido nada. Pero desde el lugar opuesto, en la carpeta del profesor, Severus Snape lo observaba fijamente, casi atravesando su cráneo. Draco levantó la vista en el acto. Los ojos grises se posaron igualmente sobre los oscuros de su profesor.

No… No lo logrará esta vez…

Su tía definitivamente era una excelente maestra en Oclumancia… y él ya era un perfecto discípulo.

Snape desvió la vista segundos después. Y para disimular su sentir, les mandó a realizar una tarea consistente en leer 8 capítulos, hacer un resumen, presentarlo en pergamino y con gráficos actualizados, para la siguiente clase.

– Snape es un hijo de p–

– ¡Ron! – interrumpió Hermione a las justas, aunque por dentro sentía lo mismo – no es necesario que lo proclames.

– Además ya todos lo saben desde primer año – terció Harry, mientras caminaban rumbo a la siguiente clase.

Los tres conversaban animadamente después de salir de la asfixiante clase, alentados de ver como se le había compuesto el semblante a Hermione. Incluso ella bromeó algunas veces. No podía evitar sentirse dichosa, aunque todo estuviese cabeza arriba, aún tenía en sus labios el sabor mentolado de Draco. Y era más que suficiente para alegrarle el resto del día. Aunque le hubiese gustado hacer contacto visual con él y no verlo salir pavoneándose, como siempre, con su pandilla.

No volvió a cruzarse con él en todo el día, pero tuvo que aguantar a más no poder una hora completa a Harry y sus sospechas sobre Malfoy. No podía evitar sentirse de ese modo, aunque Harry estuviese en lo correcto, el amor por Draco hacían que se le nublaran las ideas. Harry estaba decidido a recuperar su libro de pociones y buscar algo que lo ayudase a probar que Malfoy tramaba algo. Y ella no podía quedarse con los brazos cruzados y ver como Harry desbarataba todo. Las cosas debían seguir su curso y su amigo no debía interferir en la misión de Draco. Así le doliera todo lo que ello significaba.

Después de cenar fue a la biblioteca sin justificarse. Necesitaba encontrar aquel viejo libro de recortes periodísticos.

Era bastante tarde cuando regresó, Harry estaba sentado junto a la ventana en la sala común cuando ella lo divisó. Caminó directo a él y a Ron con una expresión de determinación que asustó a los chicos.

– Tenemos que hablar, Harry

– ¿De qué? – preguntó él con recelo.

– Del presunto Príncipe Mestizo.

Bien sabía Hermione que el Príncipe mestizo no era otro que Severus Snape, pero necesitaba hacer todo esa escena para que las cosas fueran como las recordaba y además lograr con ello que Harry olvidara por un momento su vigilancia a Draco.

– ¡Mira esto! ¡Mira la fotografía!

Harry tomó el papel y contempló la amarillenta fotografía animada. El pie de la foto rezaba: "Eileen Prince, capitana del equipo de gobstons de Hogwarts"

Tal como había ocurrido ya una vez, Harry estaba fastidiado y Hermione volvió a sentirse ofuscada con la conversación. Volvió a arremeter con exasperación:

– Bueno, de cualquier modo pienso averiguar todo lo que pueda sobre Eileen Prince.

– Que te diviertas – dijo Harry con fastidio.

– Gracias. ¡Y el primer sitio donde voy a buscar – añadió al llegar al hueco del retrato – es en el archivo de los premios de Pociones!

Salió frenética, aún ahora le desesperaba como Harry había logrado llevarse el crédito por las pociones de otro. Eso la crispaba porque sentía que no era justo. Ella se esforzaba mucho para obtener sus notas y jamás se permitiría hacer algo así. Y ahora Harry nuevamente quería recuperar ese estúpido libro. ¿Y si volvía a recuperar su falso fama de prodigioso?

No, no y no… no puedo permitir esa injusticia

Iba tan ensimismada en sus pensamientos que no se percató de la presencia de alguien más que doblaba el desierto corredor. Pasaban de las nueve y sólo tenían autorización para patrullar los prefectos. Draco venía en sentido contrario, aunque tampoco él había divisado a Hermione viniendo como una tromba directo hacia él.

– ¡Diantre, Hermione! – Draco apenas se quitó del camino para evitar que ella lo atropellara y dijo lo primero que pensó – ¿Hacia dónde te diriges con tanta prisa?

Hermione se detuvo de inmediato al escuchar su nombre. Dio media vuelta sintiendo la conocida sensación de su corazón latiendo más deprisa de lo normal.

Hermione…

Le produjo un cosquilleo escuchar su nombre saliendo de los delgados labios. No estaba acostumbrada a ello. Se acercó a él con una sonrisa saltarina. Lo observó detenidamente; su pelo estaba peinado hacia atrás de tal forma que enfatizada su barbilla puntiaguda y los ojos brillaban como aquella noche en que hicieron el amor. Sacudió la cabeza con disimulo. Su fastidio se empezaba a convertir en otro tipo de emoción intensa. Trató de ahogar las razones que aparecían en ese preciso instante en su mente.

Acortó la distancia final que los separaba, sin dejar de admirarlo a los ojos. No debía hacerlo, pero era imposible estar junto a él y no tocarlo, estar a su lado y no aspirar su varonil aroma, verlo y no querer devorarlo. Su camisa perfecta, la corbata verde plata sujeta con el prendedor en forma de serpiente, la túnica negra con ribetes verduscos sin rugosidades y la medalla de prefecto prendida con elegancia hizo que olvidara cualquier decisión tomada. Levantó los brazos decidida y rodeó el cuello de Draco con ellos. Se pegó a él, mientras sentía como él exhalaba ronco y retrocedía con ella hacia quedar apoyado en la pared del corredor.

Definitivamente le gustaba el sabor de aquella boca. La suavidad de los labios y la presión exquisita de la lengua ávida contra su boca. Y la textura y calidez de la piel pálida y tibia contra su propia piel, de la fuerza de las manos sobre su cintura y de los jugosos sonidos que hacía al besarla. Ya no distinguía bien con quien se perdía más, si con el Draco-hombre que le había hecho el amor insuperablemente en su departamento en Londres o con este Draco-adolescente que lograba desconectarla de la realidad y la llevaba a otro nivel de conciencia con simples besos robados. Era demasiado para ella. Si continuaba en ello, jamás pararía, buscaría más y más y eso no era lo correcto, al menos no en ese momento de la vida de ambos.

Con el mayor esfuerzo y energía, Hermione se liberó de aquel beso que la incendiaba viva. Quería decirle tantas cosas, pero comprendía que ya todo estaba dicho. Lo vio a los ojos por última vez antes de soltarlo y continuar con su camino.

El súbito fin hizo que Draco abriera los párpados con rapidez, desconcertado. Intentó sujetarla ciñendo su mano alrededor del esbelto brazo, pero ella se liberó y lo miró negando con la cabeza.

– Pero….

Hermione volvió a negar con la cabeza con el semblante triste. Nada debía ser así, pero lo era y no había opción para cambiar si es que deseaba llegar a amar al Draco de sus sueños. Giró y apuró el paso para desaparecer. Deseó en un momento que él corriera detrás de ella y la obligara a quedarse, pero sus pasos y sólo sus pasos retumbaron en el solitario corredor.

oooooooooooooooooooooooooOOOOOOOOOOOoooooooooooooooooooooo

Esa misma noche, Draco se rebanaba los sesos tratando de encontrar una respuesta al comportamiento errático de Hermione Granger. Aún tenía pegado en su ropa el aroma floral de ella y sus labios aún estaban henchidos por aquel inesperado beso. Acostado sobre su cama, sin haberse quitado el uniforme, continuaba especulando, mirando al vacío, momentáneamente absorto nada más que en sus emociones.

Un gran pájaro negro golpeó la ventana con insistencia y Draco ensimismado tardó unos segundos en darse cuenta que el ruido provenía de su ventana. Caminó hacia el lugar y vio que aquel ave traía un sobre pegado a la pata izquierda. Parecía un gallinazo y no una usual lechuza y sumado a la hora en que llegaba, hizo que el corazón de Draco se acelerara de pronto. Eso no podía indicar nada bueno. Con urgencia quitó el pergamino de la asquerosa pata y se acercó al fuego de la lámpara para leer su contenido.

DM

Querido amiguito, sabes del profundo aprecio que siento por tus padres, a pesar de todas las habladurías en su contra que circulan en el medio. Sobre todo a tu madre, esa dulce mujer tan preocupada por tu salud y bienestar y también por la de su amado esposo. Es por eso que escribo esta carta, a pesar de las consecuencias que pueda acarrearme, pero es necesario que te advierta de una delicada situación. Sé que tu madre no te ha comentado nada, debido al gran amor que te tiene, pero yo estoy al tanto que eres un joven fuerte, decidido y honorable que no dejaría a su padre sufrir ninguna desgracia más. Y es que ha llegado a mis oídos la noticia que a tu padre a más tardar este fin de semana le estarán aplicando el mayor correctivo posible existente en donde se encuentra retirado actualmente. ¿Tú entiendes, verdad muchacho?

Un beso, querido amigo, un beso de mi parte. Todo depende de ti y de la celeridad en tus asuntos.

AC

Draco terminó de leer la carta sintiendo con cada palabra que se hundía en una de sus pesadillas, sólo que esta vez se estaban haciendo realidad. No era necesario que analizara mucho la carta, su padre, Azkaban y el beso de un dementor… No podía permitir que su padre sufriera aquella horrorosa muerte en vida. Debía apurarse en reparar aquel maldito armario, conseguir que los mortífagos entren al colegio y lo más importante: matar al viejo Dumbledore.

Ahora no podía hacer materialmente nada, pero mañana sería otro día. Con lentitud se dejó caer en el lecho, inmóvil, con los ojos congelados sobre el amarillento pergamino que estaba sellando su destino. Minutos antes estaba rememorando sensaciones agradables y ahora simplemente su corazón estaba vacío.

Horas y horas pasaron y su cerebro iba forjando, ideando, razonando como jamás antes lo había hecho. Pasó la noche despierto en el lecho. Sólo se levantó una vez para mirar el cielo nublado y las curvas de humo gris y plateado que se deslizaban sobre la luna blanca. Eso recordaba que hacían sus padres cuando estaban separados por algún viaje. Miraban la luna para sentirse conectados. Aquel pensamiento le aceleró el corazón que empezó a golpear contra sus costillas.

Había estado intentando mantener el miedo a raya desde que llegó el primer recordatorio ensangrentado y desde la última visita de navidad a su casa, pero ahora éste miedo le envolvía sin reservas, pareciendo arrastrarse por su piel, latiendo en su pecho, cerrando su garganta. Ya no se trataba sólo de él, tenía la vida de su padre entre sus manos. Así lo entendía y el lacerante dolor regresaba. El antiguo reloj regalo de su abuelo retumbaba en aquel silencio infinito. Los minutos se estiraron a lo que bien podrían haber sido años. El más ligero sonido de viento o el canto de alguna cigarra le hacía saltar, pero finalmente con las primeras luces, los sentidos de Draco parecían más alerta de lo normal. Supo que lo había conseguido. Había descubierto la manera de salvar a su padre y a él…

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Hermione se extraño de no ver a Draco ni en el desayuno ni en el almuerzo. Incluso tampoco había asistido a la clase de DCAO que tenían juntos. Snape había visto el asiento vacío y arrugado el ceño con disimulo. Garabateó un pergamino lo cerró e hizo que un alumno saliera del aula para llevarlo. Con la mayor cautela logró leer a quien iba dirigido el sobre y no se equivocó, Snape también estaba preocupado por la ausencia del chico. Algo sucedía pero no identificaba claramente el motivo.

Mientras descansaba en la sala común después de almorzar, sentada junto a la ventana viendo los árboles moverse con lentitud, repasaba mentalmente los acontecimientos que estaban por venir. Cuantas horas difíciles venían por delante. Tendría que enfrentarse a mortífagos, volver a sentir pánico de que sus amigos fueran lastimados, llorar a Dumbledore nuevamente…. De pronto, abrió los ojos horrorizada… giró el rostro hacia el enorme calendario de la sala común. Hoy… ese era el día. Como había sido tan descuidada en no fijarse en la fecha. Precisamente hoy, en su pasado, Draco había conseguido reparar el armario evanescente y enfrentarse a Dumbledore. Sin importarle nada, saltó de la ventana con agilidad y casi cae sobre un alumno de segundo. Debía ver a Draco por última vez. Luego de que hiciera aquella infame misión encargada por Voldemort pasarían años antes de volver a verlo, al menos eso había sucedido en su otra realidad. El nunca había regresado al colegio después de ello. Tenía que apresurarse y despedirse de él. Salió en el acto del lugar, recorrió los pasillos del séptimo piso tan deprisa como pudo y llegó finalmente a la Sala de los Menesteres.

Tal vez Draco ya había llegado antes y tendría que esperarlo salir y ella no podría saber con exactitud cuando ocurriría. Pero en el mejor de los casos podría no haber llegado o salido para hablar con Snape. Debía esperar…

Transcurrieron sólo unos minutos cuando lo divisó presuroso por un extremo del corredor. Ella instintivamente se escondió tras la enorme armadura de metal frente a ella y esperó que se acercara. Su corazón se encogió ante la visión fantasmal de Draco. El semblante desencajado, los ojos hundidos y sombríos con un ligero color escarlata. Cuando habló, su voz era ronca y deslucida:

– ¿Quién demonios está allí?

Con la varita apuntándola, Hermione dejó su escondite con lentitud. Avanzó hacia él aún sin saber exactamente que iba hacer o decir.

Draco la observó turbado, estaba tan concentrado en su cometido que ningún otro pensamiento o emoción cabía dentro de él. Por eso le desconcertó aquella visión de la chica, viniendo hacia él con resolución. Dio un traspié involuntario, lo que menos deseaba ahora era embrollarse más, pero ella siguió avanzando…

Estaba decidido a no hacer nada esta vez, no se dejaría llevar por sus emociones. Estiró los brazos lejos de su cuerpo para atajarla. Ciñó sus delicados hombros y la detuvo; pero ocurrió algo… tal vez la luz tenue en el corredor o los débiles rayos solares preludio del atardecer que se colaban por la gran ventana frente a ellos y que irradiaron sobre la figura de Hermione, concediéndole una fulgor de luz dorada a su alrededor. Sus cabellos castaños, desordenados centellaban con miles de motitas doradas como si estuviesen encendidos. Parecía una figura irreal y sus ojos castaños… En ellos había una mezcla de cariño y tristeza que lograron que la mente de Draco se apaciguara.

Llevó sus manos hacia el cuello de Hermione y lo acarició mientras subía con urgencia hasta las mejillas encendidas de la chica. Se detuvo en los ojos castaños apenas unos segundos antes de hundirse en los labios entreabiertos de Hermione.

Si Hermione esperaba un beso apasionado, febril, desquiciante se había equivocado. Draco sólo se estaba despidiendo. Para él, no había marcha atrás; sólo quería alejarla para siempre. Ahora que podía hacerlo con un último beso, porque cuando terminara con su misión, ella lo despreciaría eternamente.

Apenas tocó sus labios por unos segundos, pero la fuerza que aplicó en ellos, estremeció a Hermione. Sabía que él se estaba conteniendo, que en cualquier momento explotaría, nadie en su sano juicio podía resistir tanta presión por tanto tiempo. Cerró los ojos y trató de prolongar aquella caricia, pero Draco bajó las manos hacia sus hombros nuevamente, y todavía contra los rojos labios musitó con voz ronca y enérgica:

– No tengo tiempo ahora, Granger. Aléjate.

Dentro de Draco, cualquier rastro de felicidad anterior era simplemente un sueño, un pasado lejano que empezaba a disolverse como la bruma. No podía sentir nada más que miedo y sufrimiento; ni siquiera el nuevo sentimiento hacia Hermione lograba sacarlo de la encrucijada en que se encontraba su alma. A pesar de estar tan cerca de lograrlo, no se sentía capaz de poder cumplir con su misión, jamás podría matar a Dumbledore, esa era la pura realidad. Pero debía ejecutarlo o lo harían con su padre. Era el viejo o la persona que admiraba y que amaba.

Hermione se tambaleó ante el súbito empujón. Draco se limitó a retroceder sin mirarla a la cara. Ella intentó nuevamente acercarse pero él negó con la cabeza.

– Necesitaba verte… yo dije muchas cosas en ese pergamino… pero… ya no sé que es correcto y que no… Mi razón dice algo pero mi… pero mi corazón obra diferente. Jamás pensé que podía encontrarme en un tormento semejante – Hermione habló a duras penas, con la voz apenas audible.

– Tormento… ¿Tormento? – Draco esbozó una mueca sardónica. Necesitaba mantener su autocontrol, su sangre fría para realizar su tarea y ella suponía que lo que le ocurría podía compararse siquiera en algo a lo de él–. ¿Crees que tu vida fácil y cómoda puede tener sufrimientos y pesadumbres? – Dio la vuelta dándole la espalda.

Hermione se mordió el labio inferior. Bajó el rostro demudada. Draco en ese momento estaría destrozado por dentro ante la desquiciada obra que estaba a punto de cometer y ella le hablaba de tormentos. ¡Tonta!

– Márchate y no regreses más – Draco se movió incómodo sobre su lugar.

– Espera por favor – sólo quiero asegurarme de que estés bien… o por lo menos que reconsideres o que pienses bien que… que siempre habrá otros caminos

¡Demonios! No debo convencerlo de lo contrario… pero no puedo dejar que pase por todo. Quizás Dumbledore se equivoca y justamente las cosas deban cambiar. El no debe morir y Draco no tendría que tirarse eso a la espalda. Dumbledore debería ayudarlo, protegerlo, como le ofreció, pero antes de llegar a estar frente a frente con él apuntándole. Quizás deba detenerlo y convencerlo de desistir y acudir donde Harry o Dumbledore… ellos pueden ayudarlo… él nos puede ayudar…

– No hay otros caminos, Granger. Y ahora márchate. Necesito hacer algunas cosas – le dedicó una mirada de lado y metió las manos con impaciencia en los bolsillos. Se estaba haciendo tarde y no pudo terminar de arreglar el armario en la mañana por que Snape lo había llamado, metiendo las narices. Ahora tenía que emplear el tiempo y lo estaba perdiendo discutiendo con ella. – ¡Vamos muévete!

– Cálmate, Draco, sólo quiero ayudarte… creo que puedo hacerlo… podemos hablar con alguien de tus problemas, tal vez el director… o quizás hasta Harry… todo se puede solucionar en esta vida, menos la muerte…

Aquellos nombres y la consabida frase dicha sin intención, fue el detonante para que Draco perdiera la ecuanimidad. Ella no tenía ni idea de lo que hablaba y estaba poniendo en peligro la seguridad de su padre. Un pensamiento nefasto de pronto llegó a su mente… quizás todo aquello no era más que una argucia… una trampa de Potter o una orden del viejo para averiguar que se traía entre manos. No lo permitiría… su mente se nublaba nuevamente con el terror de perder a su padre y la decepción que empezaba a apretarle la garganta como un estrujón.

– ¡Tú estás aquí para espiarme! – caminó unos pasos hasta llegar a ella. El rostro se le había puesto rojo de la indignación. Le lanzó una mirada asesina. – Lárgate antes que te haga daño…

La amenaza logró atemorizar a Hermione. El estado de conmoción de Draco podía hacer que actuara impetuosamente sin ningún control. Pero no quería dejarlo, su corazón no lo deseaba.

– Por favor… sólo escúchame un poco más…

Pero cometió el mayor error al intentar evitar que Draco entrara en la sala de los Menesteres. Había caminado pasando el tapiz de los trols bailarines y llegado a la pared de piedra lisa e impenetrable donde se ubicaba la sala. Se apoyó frente a la pulida pared, en un intento infantil de evitar que Draco ingresara.

Esto le bastó a Draco para confirmar su delirante idea. Ella sólo se había entregado a él para espiarlo. Quizás en otro momento y lugar Draco se hubiese dado cuenta de lo absurdo que sonaba aquel concepto, pero con su corazón a punto de estallar, su cerebro aplastado por la presión y el lacerante dolor que aumentaba hora tras hora era lo único que le parecía real. La tomó de los hombros, oprimiendo con sus fuertes manos el delicado cuerpo mientras la sacudía, negándose a mirarla de frente. Avanzaron hacia el final del corredor, él empujándola y ella retrocediendo incontroladamente por la fuerza de Draco. Lágrimas corrían por las rojas mejillas encendidas, pero aún así Draco continuaba alejándola del lugar. Cuando llegaron al final del corredor, Draco la soltó de improviso haciendo que Hermione casi cayera sobre el áspero piso. Con una última mirada glacial, el atormentado Slytherin espetó fríamente sus últimas palabras.

– No hay nada más que hacer o decir. Desaparece de aquí… y de mi vida.


¡Rayos! Difícil situación la de Draco, sólo hay que ponerse en su pellejo para vislumbrar en algo, lo que se siente estar bajo tanta presión. Cualquiera actuaría de esa manera… en fín, ya verán como va desarrollándose la trama. Y el sgte cap, se basa en el capítulo 27 de HP6 "La torre alcanzada por el rayo"; por lo que tienen tarea para la casa, a desempolvar el libro y a leer nuevamente!!

Tema aparte, quiero agradecer a los reviews que me han enviado, está demás decir que les agradezco mucho sus palabras, sus frases, sus consejos y sus elogios. Realmente es la dosis de confianza para saber que lo que hago vale la pena, que las horas robadas y el esfuerzo es bien recompensado. Muchas gracias chicas!!

Gise.