Capítulo IV

El Desequilibrio de la Despedida

Antigua Guerra Santa

Estaba acostado en la cama de Dhoko, sus heridas estaban vendadas y su cuerpo estaba limpio. Pero para Shion aún persistía esa sensación de humedad que le había traído la sangre y el sudor. Esa sensación la llevaba pegada encima, igual que ese olor. Cada cosa que respiraba le traía de vuelta el aroma de la muerte y la pelea. Sentía su estómago revolverse al recordarlo.

Ahora todo parecía ir mejor. Sasha estaba a salvo, y ellos estaban bien. Eso parecía, en realidad no lo estaban. El Santuario se sentía desolado, demasiado callado, demasiado quieto.

Hacían ruido sin parar, movían cosas, hablaban de cualquier cosa. No querían dejar las cosas en silencio para que los recuerdos no asaltaran sus mentes. Pero no podían sostener esa muralla por mucho tiempo.

-Sólo quedamos nosotros.

Murmuró por fin, girándose en la cama de su amigo, para poder mirar a Dohko limpiando su armadura.

-Los extrañaremos.

Respondió sin detener su trabajo. No sabía que podía decir. Todos habían muerto en tan poco tiempo...

-No debió ser así. Estuvimos tan cerca de...

Dohko dejó su armadura de lado, para mirarlo seriamente.

-Mantén la calma contigo, Shion. Tú y yo que hemos sobrevivido, no nos separaremos. Todo irá mejor ahora.

Shion no se sentía muy seguro. Habían logrado encerrar a Hades bajo el sello, pero aún existía la posibilidad de que volviera a despertar, dentro de muchos años, quizá cuando él aún estuviera vivo. Creyó que no podía tolerarlo, en ese entonces aún era muy joven, inexperto.

-Cuál será nuestro deber ahora?

Preguntó cambiando el rumbo de su conversación. Habían caído en una paz relativa que se presumía como duradera. Y ahora sólo tenían que esperar. Qué harían con todo ese tiempo? Que harían con una vida que nunca había sido suya? Esas decisiones le concernían sólo a su diosa. Ella sería quien desvaneciera sus dudas y les diera un nuevo propósito a su existencia.

-Restaurar el santuario y la orden de caballeros.

Dijo el moreno levantando los hombros. Regresó al trabajo con su armadura. Shion no dijo nada más. Ambos se concentraban en el ruido del metal al pulirse, para no pensar.

Ninguno sabía qué esperar. No querían atormentarse aún. Era un alivio tener al otro y ya encontrarían a qué dedicarle el resto de sus vidas. Tenían confianza en que Athena resolviera esos asuntos.

Y lo hizo. Aunque... las cosas no fueron exactamente como ellos habían previsto.

Sasha los llamó esa tarde. Por fin su diosa aparecería ante ellos, después de estar meditando un par de días y ambos estaban emocionados de saber qué seguía ahora; se olvidarían de ese mutismo incómodo que habían mantenido.

Se alistaron cuidadosamente, colocando a la perfección las armaduras sobre sus cuerpos. Subieron desde la casa de libra en silencio. No tardaron mucho en llegar a la cámara de la diosa, estaba vacía y obscura, ella seguía tras el altar, orando.

-Arrodíllense

Sonó la dulce y casualmente autoritaria voz de la suprema diosa. Ambos caballeros obedecieron de inmediato, reposando una rodilla en el piso y bajando la cabeza respetuosamente, a la expectativa.

Sólo entonces ella se dejó ver, su vestido largo recorría el piso causando un murmullo apenas mayor que la respiración de ambos, que parecía detenerse e iniciarse al mismo tiempo.

-Shion. Levántate y despójate de la armadura.

El llamado obedeció. Quitándose con algo de pesar el metal dorado, se sintió algo desprotegido; y por demás intranquilo ante la sorpresiva orden de su diosa. Dejó su armadura a un lado, en perfecto orden, y él cubierto únicamente por un pantalón de entrenamiento.

-Da un paso adelante.

Dohko miraba su espalda de soslayo, tratando de entender la pretensión de todo lo que estaba sucediendo. No le cuadró ese trato hacía Shion, aunque sabía que tenía un motivo; uno que posiblemente no le gustaría.

Fueron las mismas manos de Ateha las que colocaron el manto sobre sus hombros y el casco de brillante metal sobre su cabeza. Esas manos en sutiles movimientos le habían revelado sin palabras la verdad de su destino.

Shion sintió el traje como demasiado pesado, su corazón latía apresurado, golpeando contra su pecho y aún más, contra su vida. Pesaba mucho sobre su cuerpo, la responsabilidad del cargo que ahora caía sobre él. Fue sorpresa y furor, una fuerte adrenalina corriendo por su cuerpo al comprender que nunca más volvería a vestir la armadura de Aries y que ahora en lugar de custodiar el primer templo, su lugar sería al último, al lado de Athena.

De inmediato se giró a mirar a Dohko, asombrado. Miró su baja posición sin inclinar la cabeza, temiendo que el casco se resbalara de sus hombros; lo miró hacia abajo, por primera vez.

Los ojos de Dohko brillaron al contacto. No podía creer que en verdad miraba esos ropajes encima de Shion. Esa ropa solía portarla el viejo patriarca, representaban una autoridad extrema, una que él respetaba a pesar de haberla desafiado un par de veces. Sabía cuál era el papel de un caballero cualquiera frente a su líder. Tardo en comprender que ahora Shion estaba sobre él, tenía un papel decisivo en su vida, uno no que hubiera deseado darle. Un dominio y una autoridad que no eran propias de un amigo.

Lo sintió tan lejano, tan desigual... Nunca antes una línea como esa los había separado. Y ahora sí, se sintió solo.

Athena tomó el brazo de Shion y él regresó la mirada a ella. Fueron solamente unos segundos en que la mirada de los dos caballeros se había cruzado. Sólo eso y habían sentido demasiadas cosas, aunque muy distintas. Esta vez no podían comprender la posición del otro.

-Sígame, Patriarca.

Sin saber qué decir, Shion siguió a su diosa en silencio. Aún sin la mente clara con la gran cantidad de ideas que pasaban por su cerebro. No volvió a girarse a ver al otro.

Dohko se quedó donde estaba, arrodillado. Los miró desvanecerse tras la cortina que a él siempre le había estado vedada, hacia los aposentos de la diosa.

Su mente, al contrario de la del ariano, trabajaba rápido, procesando su ira, sus celos, mientras seguía sobre el frío mármol de piso, completamente solo.

El silencio fue su único consejero y las ideas que le trajo avasallaron su mente. Se levantó con rudeza y a paso rápido se encaminó a su templo. No quería saber ya nada de Shion. No quería verlo, no para tener que hacer una reverencia forzada. No quería una orden, no la aceptaría!

No le rendiría pleitesías, no a él.