Disclaimer: Los personajes pertenecen a sus respectivos autores y no obtengo con ello beneficio económico alguno.

Capítulo V

EL CIELO DE NOCHE.

Recostados en lo más alto de la montaña miraban juntos las estrellas. Desde siempre Shion había podido leer el destino en ellas; el del mundo entero, el suyo propio. Pero esa noche una ansiedad preocupante invadía todo su cuerpo. No podía reconocerse a sí mismo allá arriba. Tomó la mano de Mu, buscando algo de sosiego que no logró encontrar.

Mu le miró con calma, sonriendo complacido por el pequeño gesto de cariño, ése que rara vez le era permitido disfrutar. Shion se revolvió un poco más en su lugar, mirándolo y regresando rápidamente la vista hacia arriba. Esa sonrisa le resultaba aún más inquietante; demasiado pesada para él. Tenía a Mu en sus manos, para modelarlo a su manera, podía convertirlo en lo que él quisiera, pero no deseaba hacerlo, sabía que si seguía sus instintos terminaría convirtiéndolo en algo demasiado despreciable.

-¿Podrías bajar al pueblo? Quiero un poco de fruta.

Ahora fue la mirada del muchacho la que se mostró intranquila. Algo muy malo debía estar pasando para que su maestro, el Patriarca, le solicitara algo. ¡Él! ¡Jamás pedía nada! Se lo procuraba él mismo, lo ordenaba en todo caso; pero pedir... era una cosa virtualmente imposible para él.

-No quisiera dejarte solo.

Sion notó la familiaridad de las palabras, el tono amable y preocupado...

-Haz lo que te ordeno.

Ahora sí sonaba como él mismo. Mu aún estaba preocupado, pero trató de convencerse de que sólo era un juego de su imaginación ese presentimiento que no lo dejaba en paz. Se puso de pie, hizo una pequeña reverencia. Y salió de ahí. Le dejó solo. Su instinto le decía que debía quedarse, pero una orden no era algo con lo que pudiera discutir. Y menos si venía de él. Su maestro nunca hacía cosas imprudentes, no necesitaba que se quedara a vigilarlo.

Shion lo sintió partir. Lo sintió perderse lejos del Santuario. Incrementó su cosmos suavemente hasta que tuvo el poder para adormilarlo y que tardara más, necesitaba estar solo, su energía se extendió por todo el Santuario hasta alcanzarlo, afectando a sus otros caballeros.

Sin la preocupación de una interrupción, vistió su ropa y salió de su templo, más no rumbo al pueblo, si no hacia arriba. A la cima de Star Hill. Necesitaba respuestas, y sabía que sólo podría encontrarlas en un lugar, que esa era su última esperanza de encontrarse con algo que le diera sentido y dirección a su vida. No tardo mucho en llegar a la cumbre, y en la cúpula estrellada que se alzaba sobre su cabeza... no encontró nada.

El cielo estaba limpio, sin nubes, y las estrellas podían distinguirse perfectamente, aún con la leve luz que venía del pueblo. Escudriñó todo el cielo, buscando un indicio de sí mismo. Pero el cielo estaba vacío. Le había sucedido antes, y trató de calmarse, quizá si esperaba un poco más, a que la noche cayera del todo, alguna de las estrellas que aún se mantenía oculta pudiera darle una respuesta.

Esperó.

El sol a lo lejos no tardó en ponerse del todo, sus últimos rayos se expandían rojizos por toda la bóveda celeste, como si se aferrara a no morir ese día.

Y entonces... lo entendió.

No podría leer nada en las estrellas. Ni ahora, ni nunca más. Porque no hay destino para los hombres muertos.

Su mente sufrió un vuelco, su estomago estaba revuelto, sus ojos escudriñaron todo el cielo con prisa, desesperado. Una parte de él, una muy profunda, se negaba a aceptar eso. Debía ser un cadáver, pero no lo era, ya no.

El movimiento de sus largos cabellos verdes lo hizo desprenderse del terror que había sentido. No miró, pero esos pasos que se oían a su espalda eran inconfundibles, de nuevo esos pasos. Inconfundible también, era el ligero goteo de sangre que esparcía su eco sobre el Santuario de mármol. Y su aroma.

Él estaba ahí, justo tras él. Dohko lo había seguido, debía estar herido por la subida, bastante agresiva, aún para un caballero dorado.

Supo que era tiempo de pagar sus deudas, cada uno cumpliría con su castigo. Y sin importar qué hubiera pasado entre ellos, sintió que era la primera vez que lo veía desde hacía dos siglos, la primera en que hablarían de verdad. Sin pensar... sin esperar ya nada.

-Volviste.

Fue lo que dijo el lemuriano en un murmullo.

-Dije que volvería.

Apretó los puños, aún negándose a enfrentarlo. Muy lentamente se giró para mirarlo, y sintió que en verdad, hacía demasiado tiempo que no estaba frente a él.

-Sí, pero estabas mintiendo