Disclaimer: Los personajes pertenecen a sus respectivos autores y no obtengo con ello beneficio económico alguno.

Capítulo VII

AHORA QUE HAS VUELTO.

Star Hill

-Volviste.

Fue lo que dijo el lemuriano en un murmullo.

-Dije que volvería.

Apretó los puños, aún negándose a enfrentarlo. Muy lentamente se giró para mirarlo.

-Sí, pero estabas mintiendo.

Como toda respuesta el puño de Dohko se estrelló en su rostro antes aún de que lograra dar vuelta a su cabeza para fijar sus ojos en él.

La fuerza y sorpresa del impacto le hizo girar de nuevo el rostro, provocando una rápida ráfaga de cabello verde.

Shion se levantó del pequeño lugar de piedra en el que descansaba al borde de la única construcción en la montaña. Su caballero se hizo rápidamente para atrás, pero él no le respondió el ataque de la misma forma.

-Si atacas a alguien por la espalda. ¿Qué clase de caballero, de hombre eres?

Los puños apretados le hicieron saber al Patriarca que el golpe que había dado era efectivo, podía percibir las encontradas intenciones del hombre frente a él. Y lo vio así, sencillamente; como un hombre, porque a estas alturas ya no podía llamarlo amigo, ni compañero, ni nada. Ya no era nada de eso para él, y ni siquiera tenía idea de cómo habían llegado a ese punto.

Lo mereces!

-Por supuesto que sí. Pero tú no eres nadie para pretender infligirme castigos a mí.

De nuevo esa mirada, de superioridad y ego, que Dohko no podía soportar. Lo estaba retando y ambos lo sabían. Una parte de Shion le decía que se mesurara, pero su mente, siempre dominante, le recordaba que él era el Patriarca y que no debía tolerar esa clase de comportamientos.

-¿Te parece que no tengo ese derecho?

Se acercó más a él, hasta que casi podía aspirar ese roma que siempre había tenido su cuerpo, y sin saberlo, llevándole a Shion el aroma a sangre fresca. Para Dohko la necesidad de una redención era casi incontrolable. Lo guiaba su instinto, sus ansias y las fuertes emociones encontradas que le provocaban el sólo hecho de mirar a Shion.

-Me parece que eres indigno hasta de portar esa armadura.

Dohko soltó los puños y relajó todo su cuerpo. Miró de una forma extraña y brillante a Shion. Ya no tenía dudas; tenía plena certeza de lo que haría, ya había perdido el deseo de controlarse. No más dualidad, había tomado una decisión.

Ambos habían perdido sus respectivas armaduras por un tiempo. Más Shion jamás había buscado un sustituto para la armadura de libra. Siempre la había reservado sólo para Dohko, sólo que nunca se lo dijo.

-Tú también lo eres.

-Nunca como tú.

-Pues entonces yo haré que lo seas, Shion. No mereces ser patriarca. Yo hubiera hecho mucho mejor trabajo.

La risa hueca de Shion llenó de eco la cúpula de la montaña.

-No te engañes; tú nunca quisiste ser patriarca, sólo querías que yo no lo fuera.

Con una mirada centelleante Shion se acercó hacia él. Sus movimientos reflejaban una sensualidad inusitada que nunca le había visto y que había aprendido tras años de práctica, seduciendo a otros. Su voz era algo siseante, en un tono bajo y conminatorio.

-Pero lo soy. Yo soy el patriarca ahora, y lo seguiré siendo hasta que muera; muchos siglos después de que la carne caiga de tus huesos.

Porque después de todo Shion era un lemuriano, y un lemuriano jamás podría estar al nivel de un hombre, por mucho que lo intentara. Los puños de Dohko no se hicieron esperar, clavándose uno en su vientre y otro en su rostro.

Alimentados por la furia, sus movimientos fueron demasiado rápidos. Shion, ofuscado por el aroma de la sangre, no lo vio a tiempo para detenerlo. Su espalda se estrelló contra un pilar, derribándolo y cayendo junto con él. Sintió el crujir en su columna, estaba rota. No podía levantarse. Su pecho agitado se movía con rapidez, aún más cuando lo sintió acercarse de nuevo.

Dohko se acercó a él, completamente calmado, midiendo el daño hecho. Lo tomó de los largos cabellos, arrastrándolo hasta un lugar más adentrado en la pequeña construcción de Star Hill; a un lugar donde no pudiera mirar el cielo.

Shion sintió las piedras del piso cortar su espalda. Sentía su cuerpo, pero no podía moverse. Cuando por fin dejó de arrastrarlo, Dohko le estrelló el cráneo contra el piso, complaciéndose de la expresión de dolor que tomaba el rostro de Shion, cada vez más pálido.

-A diferencia tuya, Su Alteza, yo si cumplo mi palabra.

Sus manos tomaron la túnica desde el cuello, y con uñas afiladas -dignas de un tigre- despedazó el santo manto que tanto odiaba, desgarrándole, llevándose con él la piel que cubría. Y el blanco cuerpo de Shion se cubrió de sangre.

Sintió de nuevo su cuerpo húmedo, y ese aroma inconfundible lo inundó por completo.