Disclaimer: Los personajes pertenecen a sus respectivos autores y no obtengo con ello beneficio económico alguno.

Capítulo VIII

EN LA ETERNA ESPERA.

El Santuario, hace doscientos años.

El viento soplaba con fuerza, porque el otoño estaba volviendo. Y el movimiento de sus cabellos lo ayudaba a mantener su mente concentrada. Shion escudriñaba el Santuario; sus ojos recorrieron cada centímetro de sus propios dominios, unos cuantos caballeros ya ocupaban los templos a sus pies y más allá, otros muchachos, en el Coliseo peleando y entrenando.

Toda la escena le recordaba sus propios tiempos como caballero. Un recuerdo que le daba sosiego a medias y una pequeña ansiedad que lo obligaba a ver el horizonte. Tenía unos pocos momentos libres cada día y siempre los invertía de la misma manera. En buscar y esperar.

No tenía idea de a dónde había ido. Ni él ni Sasha se lo habían dicho. Habían pasado ya un par de años. No quería contar cuántos exactamente. Pero aún no perdía la esperanza de que estuviera con vida, de que volviera. Durante esos pocos momentos de calma solía imaginárselo, como un hombre cada vez mayor, pero igual de fuerte, siempre alegre, siempre él mismo.

Su mente era acallada por sus deseos de volver a verlo, pero aún así, durante las noches, antes de dormir, solía torturarse a sí mismo tratando de entender si es que había huido o si algo le habría pasado... Se negaba a aceptar que lo dejara así, sin un adiós, sin un final.

Y a pesar de lo que Shion o Dohko hubieran deseado, el tiempo no se detuvo. Los años siguieron pasando, y el horizonte nunca le mostró al lemuriano aquello que anhelaba ver.

Luego de muchos años, después de la espera, la esperanza terminó por acabarse. Su mente venció esa nostalgia constante, su mente le gritó que Dohko había muerto. Una parte de él, la más profunda, guardaba la esperanza de volver a verlo. Pero su mente, siempre más poderosa, lo obligó a dejarlo ir y siguió adelante.

Lo dio por muerto y murió una parte también de él. Dejando sólo un vacío tremendo que dolía y parecía adueñarse de él cada vez que se descubría expandiendo su cosmos con la vaga e inconsciente intención de encontrarlo.

Quizá sólo por costumbre, aún seguía dedicando diariamente un par de minutos a contemplar y esperar, aunque ya no había esperanza. Ya no había cierto reclamo hacia el nombre de Dohko, sólo una completa contemplación, aceptación, y aunque le había costado más de medio siglo lograrla, resignación.

Y en lugar de buscar entender, por las noches buscaba un consuelo. Compartía su cama con todo lo que encontraba en su camino, sin distinciones. El momento intenso del orgasmo le hacía sentir una unión perecedera; no es que sirviera para remplazar esa unión que había tenido con Dohko, pero le disminuía la sensación de dolor por haberla perdido.

Pero los resultados no eran buenos, siempre terminaba sintiéndose aún más lejos de quien había compartido la noche con él. Generalmente no volvía a ver a la misma persona, sólo seguía buscando. Saltando de cama en cama y de cuerpo en cuerpo, en una búsqueda nueva, sin espera y completamente inútil. Girando inconcluso, en una desesperación silenciosa que no sabía cómo terminar.

Esa fue su vida.

Y mientras tanto -no demasiado lejos en realidad- rodeado de montañas y atrapado en un cuerpo que no era el suyo, Dohko sentía a la perfección el cosmos de Shion.

Su propia energía estaba completamente apagada, pero la de Shion se dejaba sentir, quizá por esa unión que habían tenido siempre, tal vez sólo por la mala suerte. Sentir a Shion caer así, hasta la degradación, a Dohko le dolió demasiado.

Y no podía volver, también sobre él pesaba una carga, un deber, algo de lo que no podía sólo escabullirse para ir con él. A final de cuentas su único pecado había sido negarle una despedida. Darle un hasta luego en lugar de un adiós.

Había jurado esperarlo y ahora lo traicionaba. Con tantos que ya había perdido la cuenta.

¿Quién era culpable? ¿Quién debía perdonar con más fuerza o con más sensatez? ¿De qué serviría de cualquier manera? Si ya nunca ese lazo que los había unido volvería a ellos, sino sólo para hacerles sufrir.

Para él, los días y las noches no tenían sentido. Era un eterno círculo que pasaba por sobre su cabeza sin que se diera cuenta siquiera.

Vivía y no. Llevaba sentado al borde de ese precipicio por muchos más años de los que debía haber durado su vida y sin embargo en todos esos años ¿qué había hecho realmente? Sólo esperar. Esperaba el fin de su misión, y de su vida.

Lo extrañaba sobremanera; Shion se mantenía ocupado en su trabajo, pero él... sólo podía pensar en el lemuriano día y noche, el recuerdo de su vida juntos era lo único que acudía en su mente. La inercia de su vida lo estaba volviendo loco.

Solía entretenerse pescando un poco o mirando la cascada, sólo para no ceder a la tentación que le mandaba el agua clara bajo él, de dejarse caer en ella.

Se sentía tan desdichado, tan miserable... Y sobre todo, furioso de que el cosmos de Shion llegara hasta él cada vez que explotaba en éxtasis gracias al cuerpo de alguien más. Le dolía pensar que era su poder, su posición de patriarca lo que le permitía meter a tantos a su cama. Siempre uno distinto. Siempre en una entrega vacía, pero envidiable. Esa que nunca le había ofrecido a él.

Dohko ni siquiera tenía la oportunidad de consolarse en el placer físico como Shion lo hacía. Estaba atrapado en un cuerpo que reconocía como odioso.

Eran situaciones tan diferentes. Ahora estaban demasiado lejos. Shion seguía perdido en emociones intensas y Dohko siguió encerrado en su castidad forzada, hasta el día que una chiquilla huérfana llegó a su servicio. Y más que por la experiencia en sí, sólo buscaba sentir un poco de lo que Shion había sentido por tantos años.

Quería, sólo una vez más, sentir lo mismo que él.