Disclaimer: Saint Seiya no me pertenece.

Capítulo X

SEMEN Y SANGRE

Star Hill

Cuando por fin se vino ambos gimieron con fuerza. Uno de dolor. Otro de culpa y placer infinitos.

Estaban exhaustos, apenas si podían moverse. El semen desbordándose de sus entrañas, quemando su interior. Quedando ambos marcados como salvajes y pasionales.

Eso destrozaba toda esperanza de perdón, quitaba de sus hombros todo honor y dejaba sólo la tibia sensación de la sangre resbalar fuera de sus cuerpos.

Dohko dejó de hacer fuerza. Dejó de obligarlo a estar quieto y sólo cerró los ojos, esperando. Había cumplido su palabra, lo había hecho indigno, a él y a sí mismo. Ya que más daba qué pasaría ahora, si estaba hecho. Se quedó a la espera de la venganza de Shion, y de su redención.

Mas Shion no se movió. Durante esas horas de agonía no había suplicado o llorado. No había dicho basta. Ni siquiera se había lamentado, mas que en el momento justo en que su interior fue destrozado por su forzado amante.

Sus ojos estaban abiertos. Pero no miró a Dohko. Miraba el techo de piedra sobre ellos. Temblaba, comenzaba a sentir frío. Estaba lleno de sangre y un olor penetrante le impedía pensar. Olor a sangre, a muerte... casi lo había olvidado.

Al ver que su espera era en vano, Dohko abrió los ojos y obligó a su mirada a encararlo, a la fuerza. Como todo en esa noche.

Y sólo entonces ambos lo supieron.

Comprendieron que sus mentes les habían jugado sucio. La mente de Shion, por primera vez se había dejado vencer por sus bajos instintos, la de Dohko había ganado terreno sobre sobre su sentido de justicia y sobre su corazón. Ambos eran fuertes y tenían una cierta voluntad de hacer lo que querían. Y a la vez no. Tanto odio. Tantos años, que a pesar del amor intrínseco en ellos, ganaban las ganas de destruirse. De encontrar el éxtasis en las heridas recibidas.

Ambos sentían lástima de sí mismos y del otro. Ambos habían querido llegar hasta ese punto. Lo habían permitido y aún más, lo habían buscado.

A pesar de lo que pudiera parecer, ambos deseaban ese final. Deseaban herirse, deseaban que el otro los hiriera.

Deseaban y conseguían, igual que siempre.

Ahora habían llegado al final de todas las cosas. Para ellos ya no había tierra posible, ni perdón aceptable. Justo ahí en ese peñón, se dejarían ir ambos al valle de las sombras.

No podían tener ya una vida normal, no podían regresar a la vida de caballeros, nunca más en su vida podrían ser amigos, ni nada.

Y es que no podía ser de otra forma. El castigo era su única opción, y no por que no fueran capaces de perdonar, sino porque se sentían indignos del perdón del otro.

Había tanto que perdonar que el perdón ya no era elegible, habría ido en contra de su propia personalidad, eso que el otro adoraba de ellos. Había constituido sólo una traición más.

Dohko había sentido como una puñalada cada vez que Shion lo remplazaba con alguno de sus amantes, doscientos años de sentirlo ceder a una persona tras otra. Tantas mujeres y hombres de todos tipos y edades, todos parecían tener acceso a Shion, menos él. Sentía esa distancia como la más grande desolación.

Y Shion... él sentía a Dohko como un infame, su mente lo reconocía como un peligro indigno de confianza. Había estado lejos del Santuario tanto tiempo, desobedeciendo su autoridad. La primera vez que había muerto Dohko no había hecho nada en absoluto. Le había dejado yacer en ese misma colina durante años. Y cuando había vuelto a la vida había retado su autoridad nuevamente.

Todo por los deberes individuales de cada uno. Todo por esa distancia infranqueable que se había interpuesto entre ellos hacía más de dos siglos.

Y por dos siglos lo habían soportado. Y el tiempo sólo había acrecentado su dolor. Sus pecados eran pobres, pero estaban clavados a profundidad de ellos. Nunca sanaron de cada herida hecha por el otro. Y hay ciertas cosas, ciertas culpas que sólo pueden curarse con sangre y semen.

Eso los había llevado hasta ese punto. Nunca lo dijeron, pero ambos lo sabían a la perfección... Se conocían demasiado.

Dohko lo miró desesperanzado, rogando, pidiendo. No podía resistir mucho más. Había albergado fuerzas sobrehumanas para llegar hasta ese punto...

Y Shion le dio lo que el otro suplicaba. Acarició las mejillas, aquel rostro casi irreconocible. Y sólo entonces permitió que las lágrimas resbalaran de sus ojos. Ese rostro... le parecía que no lo había visto en dos siglos. Ere rostro que era su primera y última memoria. Sus ojos se cruzaron, sólo un instante antes de que Dohko sonriera amargamente para luego cerrarlos.

Con las pocas fuerzas que le quedaban se afianzó de ese rostro, y lo giró, despacio. Con un último ligero empujón, tan débil que era indigno de un caballero, acabó con su vida. Un crujido hosco llenó el lugar. Sus sangres entremezcladas.

De inmediato se le escurrió de las manos, cayendo por completo sobre su cuerpo. Shion sentía que se asfixiaba con ese peso muerto encima. Ese peso que ahora no era nada de lo que había sido.

Aún estaba dentro de él. Podía sentirlo. Respiraba agitadamente, mirando sus manos, esas manos que habían destruido lo único que siempre había amado. Prefirió enredarlas en el castaño y húmedo cabello mientras los últimos sollozos salían de su cuerpo.

Se abrazó a él, esperando. Sentía su propia sangre resbalar fuera de su cuerpo, acompañada por la sangre de Dohko. Y su semen.

Era indigno, por fin! Era vil! Infame! Ruin! Era indigno de ser un patriarca, un caballero o si quiera un hombre. Pero sentía que era exactamente igual que ese hombre que inerte, estaba sobre él. No tenía nada. Ni orgullo, ni honor, sólo el semen de su amante resbalando de su cuerpo, dejándolo también. Y las lágrimas, que no dejaban de caer.

Y aún en medio de sus lágrimas, en medio de su dolor, comprendió que había logrado unirse a él, por un momento demasiado corto. Justo al final de sus vidas.

El cuerpo sobre él iba tornándose frío, al mismo tiempo que su propio cuerpo. El dolor lo llenó un momento. Dolor y miedo. Dolor por ahora y dolor por todo lo que había sucedido antes. Por un momento, pensó que no quería morir, no quería vivir... sólo quería dejar de existir, aunque la idea le aterraba también.

Se entregó a esa sensación de humedad y a ese olor penetrante que agobiaba sus sentidos.

Habían sobrevivido juntos, y ahora morirían juntos.

Un temblor invadió su cuerpo y luego el letargo que le causaba la pérdida de sangre. Un espasmo sacudió su cuerpo, similar al del orgasmo. Qué más podía dejar ahora? Sus sueños, esperanzas, sus motivos para vivir se habían ido, desde hacía ya mucho tiempo, tanto que él no se había dado cuenta. Había perdido todo desde ese día que le había dejado irse. Porque debió saber que mentía, debió retenerlo y no hizo nada. Por que debió creer que seguía vivo, le había fallado. Y quería morir por eso. Merecía morir por eso.

Y lo haría, de nuevo, una vez más al borde de esa colina que le había visto morir antes, esta vez a conformidad. Esta vez moriría al lado de la persona a la que más amaba.

Unos segundos más y el frío le arrancó la vida, mientras el semen aún seguía resbalando fuera de su cuerpo.

Se amaban tanto que el odio entre ellos no podía lavarse de otra manera, pero ahora ya no había culpa, sólo redención.