Disclaimer: Saint Seiya no me pertenece.
EPÍLOGO
Aún estaban tibios cuando los encontraron.
Los doce habían llegado en tropel, desviando la cara al momento. No querían ver. Sólo quedaron nauseas, furia, confusión.
Para ellos no había explicación alguna, y nunca podrían saber la inmensidad que se ocultaba tras esa visión. La verdad que esos dos se habían llevado a la tumba.
Sólo uno se atrevió a acercarse.
Fue Mu. No permitiría que los dejaran ahí. Ya una vez su maestro había yacido en ese monte, olvidado sin ceremonia alguna. Al menos esta vez no sería así.
Él trató de comprender, ninguno de los dos querían vivir en esa desesperación silenciosa, no habían podido soportarla ni un sólo día. Se alejaron de ese destino por propia voluntad, arrebatándose una vida que sólo era un castigo.
El resto permaneció algo alejado, prendados del terror que les provocaba la idea de terminar así. Miedo de no resistir la debilidad de sus instintitos y terminar matándose a sí mismos o unos a otros, Cuando sólo al atardecer del día anterior había recuperado la vida.
Ellos dos habían visto el precipicio al que se acercaban y aún cuando era tiempo, no tuvieron la voluntad de prensarse del borde. Habían preferido dejarse caer.
Mu sabía que tal vez el resto no tardaría en seguirlos.
Todos esperaban a que llegara su hora. Qué diferencia haría para ellos el morir ahora o dentro de unos cuantos años? Sus vidas estaban huecas. No cambiaba nada si vivían o no.
Había habido un tiempo, no demasiado lejano cuando cada una de sus acciones afectaba la vida de todos los seres del planeta. Habían tenido la vida de todos en sus manos y el poder que conllevaba y la gloria que venía detrás y que a veces no se dejaba ver. Pero ahora, su vida era... insignificante. No cualquiera puede disfrutar de una vida simple. Ellos definitivamente, no podrían. Ya no quedaba nada que ser o hacer. Su parte en la historia había terminado.
Cuanto podrían soportar despertar cada día sólo para vivir una rutina que no los llevaría a ningún lado?. Si sólo un día había sido una completa desesperación que había llevado a su líder a una tragedia. Cómo soportarían eso año tras año hasta que su vida tocase fondo?
Por eso no querían mirar. Para no aceptar la idea de terminar así. Sólo Mu aceptaba la inevitabilidad de su destino.
Él mismo embalsamó los cuerpos, él mismo cavó las tumbas y los puso dentro.
Los enterraron en lugares separados. Habían partido al inframundo en momentos distintos.
Pero ambas almas habían corrido a buscar el río Leteo, a sumergirse en sus aguas hasta no recordar nada.
Esperaban pagar lo que hiciera falta. Y quizá entonces volverían a su camino, a seguir la senda de los muertos. A buscarse y a encontrarse. Ya no como caballeros, sino como hombres libres, sin deberes, sin honores, sin culpas, ni nada más que pudiera interferir entre ellos.
Tenían esa creencia en común.
"Volveremos a encontrarnos... Y lo haremos mejor"
