Solo podía articular la misma frase una y otra vez. Viendo que él no pensaba tocarme, solté el aire que no sabía que estaba conteniendo en un largo y sonoro suspiro. Entonces, levantó la cabeza y me miró. Intenté leer en su rostro que es lo que le había llamado la atención pero tenía una expresión neutral. Tragué saliva y me dirigí a él, haciendo que mí voz sonara lo más segura posible.

M: ¿Qué?
-: Es… Tú no quieres que yo… -No continuó, pero supuse a lo que se refería-.
M: Qué más da lo que yo quiera. Sé que no podré salir de aquí, por mucho que lo desee. –Él pareció pensar en mi respuesta y entonces, volvió a hablar-.
-: Hay un modo. –Susurró. Nada más oírlo sentí que mi corazón se me salía del pecho-.
M: ¿Cuál? –Se quedaba en silencio y no contestaba. Esperé un poco más y cuando creí que no iba a contestarme, le rogué-. Por favor… Haré lo que me pidas, solo quiero salir de aquí.
-: Sería… -Me miró a los ojos-. Comprarte.
M: ¿Qué? –Pregunté, incrédula-.
-: Si. Ellos… ellos te tratan como si fueras mercancía. Puedo intentar comprarte.
M: ¿De verdad? –Asintió con la cabeza-.
-: Por lo que me contó mi amigo… las mujeres de aquí siempre suele tener heridas y moratones. En cambio, tú…
M: Tú eres mi primer cliente. Yo no... Aún no me habían traído aquí.

Me miró sorprendido y creía que también había algo de enfado en sus ojos. Sin mediar ninguna palabra, se levantó de la cama y dio un par de golpes en la puerta. Segundos después, Brutus estaba abriendo el candado y asomando su cara por una rendija de la puerta. Entendió que mi cliente quería salir y abrió la puerta.

Los dos salieron y me quedé allí otra vez, sola, esperando el resultado de lo que ese hombre quería hacer. Deseaba con toda mi alma poder marcharme de aquel lugar y contarle todo a la policía. Se lo debía a Grace, a Erika y a Rachel. No sabía cuánto tiempo podrían aguantar ellas todo esto.

De repente, escuché unos pasos que caminaban hacia aquí y el sonido del candado abriéndose me alarmó. ¿Lo habría conseguido? ¿Sería que me mintió y no hizo nada? ¿Lo intentó pero no lo logró? Toda clase de preguntas se formaban en mi mente hasta que Brutus volvió a aparecer y me agarró fuertemente del brazo, tirando hacia el exterior.

-: Vamos muñeca. El jefe quiere verte. Parece ser que hay un interesado en ti.

Me guió por el pasillo hasta una sala enorme, donde se podía ver una mesa de mármol blanco, con un ventanal detrás y a los lados, unas gruesas cortinas en un tono rojo oscuro, casi marrón.

El que se suponía era el jefe estaba sentado detrás de la mesa, en un gran sillón del mismo tono que las cortinas. Al verme, sonrió y el hombre con el que estuve en la habitación se giró para verme.

Je: Gracias Marco, puedes irte. –Brutus le obedeció y se marchó. Justo después empezó a hablar-. Debes de ser muy buena para que en tu primera "ocasión" venga el cliente a verme para intentar comprarte. –Miró al susodicho-. ¿Sigue en pie tu oferta?
-: Si. –Contestó seguro, cosa que me alivió bastante-.
Je: Bien. Entonces, acepto. –Los dos se estrecharon la mano y después vi como mi salvador sacaba un cheque y lo rellenaba. Cuando terminó, se lo entregó-. Perfecto. –Me miró-. Adiós, Sarah.

Cuando mi príncipe azul se levantó, me indicó con la mano que abriera la puerta y ambos nos marchamos del lugar. Bajamos rápidamente las escaleras y al poco tiempo, estábamos en la calle.

Emocionada, miré a todos los lados y respiré el aire que, a pesar de estar contaminado por la gran cantidad de coches que pasaban, me pareció limpio. Él me mira sonriendo y entonces me doy cuenta de que no estaba sola. Me giré a él y vi un brillo en sus ojos que antes no tenía.

M: Gracias. –Le sonreí-. Pensé que nunca podría salir de allí. Por cierto… ¿Cómo debo llamarte?
H: Soy Harmon Rabb. –Me devuelve la sonrisa y sentí como mis piernas comenzaban a fallarme-. Pero puedes llamarme Harm.
M: Ok, Harm. ¿Puedo hacerte otro favor?
H: Claro.
M: ¿Podrías llevarme a comisaría? Quiero denunciar esto. –Dije en un susurro mientras señalo al edificio-. Hay tres chicas, al menos, que continúan dentro.
H: Está bien. –Me señaló su coche y ambos caminamos hacía allí-. Te llevaré encantado.
M: Gracias.

Nos subimos a un precioso corvette rojo y en cuanto las dos puertas se cerraron y las llaves encendieron el coche, Harm arrancó. Durante el trayecto ninguno de los dos quiso romper el silencio que, comodamente, nos envolvía.

Con la denuncia ya puesta, salimos de la comisaria y el corazón me dio un vuelco. Ahora tomaríamos cada uno nuestro camino y seguramente, con mi suerte, no nos volveríamos a ver en la vida. Él debió sentir la bajada de mi ánimo y se paró delante de mí.

H: ¿Y cómo debo de llamarte a ti? –Preguntó, sonriéndome-.
M: Mis padres me pusieron Sarah, pero puedes llamarme Mac. –Intenté avanzar pero el me lo impidió-.
H: ¿A dónde irás ahora que estás libre?
M: No lo sé… vivía en una caravana con mi… da igual. Seguramente se la quedó el estado. –Sonreí amargamente. Recordar a Cris me entristecía-.
H: Entonces… no tienes a donde ir. –Negué con la cabeza-. Bueno… -Se acarició el pelo e intentó calmarse-… teóricamente, te he comprado, por lo tanto, tendrías que venir conmigo.
M: No quiero ser una molestia para ti. Además, seguro que tienes novia y a ella no le gustaría que viviese contigo.
H: No eres molestia. –Me sonrió, pero antes de continuar se puso serio-. Ya no tengo novia, por lo que tampoco tienes porqué pensar en nadie más. –Me quedé sorprendida y, obviamente, no pasé desapercibida mi reacción para él-. ¿Qué?
M: Me sorprende que alguien como tú no tenga novia en este momento.
H: ¿Alguién como yo? –Me preguntó, alzando una ceja-.
M: Si… bueno… eres atractivo, bastante, diría yo. Si a eso le sumamos que eres una buena persona… no entiendo porqué no tienes novia.
H: Me engañó con otro.
M: ¿De verdad?
H: Si.
M: Debía de ser una mujer estúpida. Si yo… -Dejé la frase. La verdad es que si yo tuviese a un hombre con su físico y su buen corazón, no le dejaría ni salir de casa. Seguro que allá por donde iba rompía corazones-.
H: ¿Si tú…? –Intentó que acabara la frase, y vi en sus ojos curiosidad-.
M: Algún día puede que te lo diga.
H: Ok. Por hoy lo dejaré, pero que sepas –me señaló- que recordaré que me debes el terminar esa frase. –Le sonreí sinceramente-. Entonces, ¿te vienes conmigo?
M: ¿De verdad quieres que vaya contigo?
H: No sé porque… pero la idea de separarme de ti y perderte me aterra. No quiero que te vayas. Quiero… deseo que vengas conmigo.