Salimos del coche y caminamos justos hasta la entrada. Una vez dentro, encontramos a Thris y a Frank esperándonos en una de las mesas del fondo. El comedor del restaurante estaba totalmente empapelado con dibujos de flores blancas con un fondo rojo oscuro. Las ventanas estaban tapadas por cortinas blancas, con detalles en rojo.

Pero, sin duda, lo que más me llamó la atención fuero las sillas y las mesas. Estaba tan acostumbrada a ver la típica mesa baja que me sorprendió encontrarme allí con mesas normales de roble y sillas de la misma madera, con el asiento tapizado en el mismo tono que la pared.

Cuando nos sentamos, nos dieron la carta para que pudiéramos elegir y, por primera vez, estuve decidida a pedir arroz tres delicias. Al final, acabamos todos eligiendo el mismo plato, acompañado por el pan chino tradicional.

T: Cuéntanos, Mac. ¿Dónde os conocisteis? –Me quedé helada. "¿Y ahora que, Mackenzie?". Por suerte, Harm habló en mi nombre-.
H: La verdad… es un poco complicado. –Agachó la cabeza-.
T: Puedes contarnos lo que sea, Harmon. No te vamos a juzgar a ti o a Mac. –Decidí intervenir, viendo que él no parecía muy confiado-.
M: Mi novio tuvo problemas con un prestamista y como no le pagó, me llevó a mí para saldar la cuenta. Acabé en una… casa de señoritas de compañía. Harm me encontró allí y le pedí que me sacara de aquel lugar. Y así lo hizo.
F: ¿Cómo consiguió sacarte? –Me preguntó-.
M: Bueno… digamos que al tipo ese le gustaba negociar con nosotras como si fuéramos mercancía y Harm me compró. Si no llega a ser por él, no sé qué sería de mí ahora. –Le miré, con una sonrisa agradecida-. Le debo mí vida.
T: Hay una cosa que no entiendo, Harmon. ¿Cómo acabaste tú en… un sitio así? –Preguntó, un poco molesta-.
H: Estaba bastante dolido por culpa de Megan. No sabía a dónde ir y en el camino me encontré a Jack Keeter, y me invitó a ir allí. –Noté como el enfado subió hasta los ojos de su madre y antes de que pudiera decir nada, volví a intervenir-.
M: ¿Sabes, Thris? Técnicamente también te debo la vida a ti. Educaste bien a Harm y él, cuando me vio en aquella habitación,… no se atrevió a tocarme. Aún no podré entender los motivos que le llevaron a no aprovecharse de mí, como habría hecho cualquier otro hombre en su lugar, aunque creo que se debe a la educación que tú le diste.
T: ¿De verdad mi hijo no…? –Se quedó sorprendida, y yo diría que gratamente-.
M: Totalmente en serio. Aún así, le rogué que hiciera lo que pudiera y pagó para sacarme de allí.
F: La verdad… -Comenzó a decir Frank-. No hay mucha gente que se conozca así. Pero, me alegro de que, independientemente de los motivos que le llevaron a ir hacía allí, te hubiera rescatado. Estaba claro que no estabas allí por propia voluntad.
T: ¿Lo denunciaste?
H: Es lo primero que me pidió al salir de allí. –Habló por primera vez, desde que le preguntó su madre-. Sabemos que las demás chicas ya están con sus familias.
M: Si. Yo avisé a mi tío de que estaba viva y a salvo, y me hizo prometerle que le llevaría a Harm para que él pueda darle las gracias personalmente. –Sonreí-. Me gustaría ver a un marine dándole las gracias a un marinero.
T: Me alegra que estés a salvo, Mac. –Me sonrió, comprensiva-. Ahora se te ve feliz.
M: Y lo soy. Su hijo me trata como si fuera una reina.

Después de la explicación de cómo Harm y yo nos conocimos, continuamos con la comida de una forma muy relajada. Hablamos de cosas sin importancia, y al final nos hicieron prometerles que iríamos a visitarles a La Jolla.

El camino al apartamento transcurrió en un silencio totalmente agradable. Me gustó haber conocido, por fin, a las personas que habían educado a Harm y habían hecho de él el hombre que era ahora.

El tiempo pasó volando y enseguida estuvimos en el apartamento. Subimos las escaleras y cuando entramos, encontré que no había hecho la cama. Sin decirle nada a Harm, caminé hacia la habitación y cuando iba comenzar a estirar las sábanas, él me atrajo hacia su cuerpo sujetándome por la cintura.

Iba a darme la vuelta y al notar lo que pretendía, me apretó más contra él y me besó en el cuello. Al sentir sus labios en mi piel olvidé por completo lo que pretendía hacer allí en la habitación y mi cerebro se desconectó. Justo Harm decidió ese momento para parar de besarme y darme la vuelta, quedando cara a cara.

H: Me alegro de que te haya caído tan bien mi familia, y en especial mi madre. –Suspiró-. Tuve un poco de miedo a contarle la verdad. Mi madre… bueno, es mi madre. Frank es mucho más comprensivo.
M: Sé que a pesar de nuestra forma de conocernos, le he gustado. –Le miré a los ojos-. Yo sentí más miedo al pensar que por ello podría pensar que no era buena compañía para ti.
H: Ya has visto que ha sido justo lo contrario. –Me sonrió-.
M: Si, aunque hubo un momento en el que pensé que te iba a comer vivo.
H: Por eso le dijiste que no te toqué ni un pelo en aquel lugar, ¿no?
M: Si. Debo de admitir que yo también me quedé bastante sorprendida cuando entraste allí y susurraste que no podías hacerlo. Aún espero un porqué.
H: Lo sé. –Me miró y supe que me lo iba a explicar ahora-. Mi madre me educó haciéndome ver que las mujeres no estaban para las necesidades físicas de los hombres. Sabía que quería entrar en la marina y… bueno… ya sabes lo que se dice de los marineros.
M: Que tienen una novia en cada puerto, ¿no?
H: Exacto. Por eso insistía tanto en cómo debía de tratar a una mujer. Cuando entré en aquella habitación y vi el miedo en tus ojos… no pude continuar. No me parecía justo que yo disfrutara de ti y tú no tuvieras oportunidad de opinar al respecto.
M: Oh… -Pude decir-.
H: Para mí no eres un objeto o un trozo de carne, Mac. Eres la mujer más importante de mi vida.
M: ¿Y tu madre? –Bromeé-. Se enfadaría mucho si escuchase eso.
H: Bueno, mi madre es… mi madre. No la cuento como mujer. –Me sonrió-.
M: Eso cambia las cosas. –Le sonreí-. Si me hubieras dicho que era la segunda mujer más importante de tu vida, te habría pateado el trasero sin dejar que te explicaras.
H: ¿Al estilo marine?
M: Vengo de una familia de marines. ¿Qué otro estilo podría usar?
H: Por ti me dejaría patear mi trasero todas las veces que quisieras. –Me besó-. ¿Tienes algo pensado para esta tarde?
M: ¿Qué te parece algo tranquilo, en el sofá, con la televisión y un bol de palomitas?
H: Buena idea.
M: Pero antes… tendremos que bajar la comida, ¿no? –Me insinué-.
H: Sabes que tus deseos son órdenes para mí. –Me sonrió y me tumbó lentamente en la cama-. ¿Sabes? Me alegro de que no hayas hecho la cama.