CAPÍTULO III
-Inmensidad-
La travesía hasta Corel fue realmente fugaz. Supuso a que era debido a estar dormido la mayoría del tiempo; quería estar despejado y fresco para su primera misión. Mientras sus acompañantes se preparaban para descender de la avioneta, observó su katana que superaba por varios centímetros la medida establecida. A diferencia de otros Soldiers que preferían aquellas enormes espadas tan terriblemente pesadas, él se había decantado por la agilidad y la precisión de ésta: se resolvía con gran soltura y elegancia ante cualquier combate, y al ser más alargada, prometía una violenta ofensiva. Y, con tan sólo recién cumplidos los doce, estaba lo suficientemente seguro de preferir aquella singular arma.
Con gran ánimo y espíritu aventurero, sus acompañantes bajaron llenos de gran vitalidad tocando por fin la esperada tierra firme. Corel, sin duda, era un lugar verdaderamente excepcional: la tierra aparecía cubierta por un espeso y brillante manto de hierba fresca. Los árboles, dispersos y escasos, alcanzaban grandes alturas que confortaban a los viajeros por proporcionar una apacible sombra en los días más calurosos. Las inmensas praderas contrastaban con la aparición de preponderantes cadenas montañosas, más grandes incluso que las del propio Nibelheim, aunque eso sí, no tan peligrosas. Corel poseía vastos y ricos terrenos, ocupando las mayores extensiones del planeta. Esta concepción difería notablemente con la situación de sus pobladores: más de la mitad vivía en el duro trabajo de las minas, inmersos en la desesperante miseria por culpa de las ambiciones de Shin-Ra.
Tras una larga caminata por una colina, llegaron a su destino. Nada más llegar, los científicos se apresuraron en realizar sus labores de trabajo para terminar cuanto antes. Los observaba con detenimiento, prestando atención en todo lo que comentaban; sin saber con certeza qué era lo que estaban haciendo aquellos hombres ataviados con batas blancas. Uno de ellos, ordenó a un corpulento guardia a que excavara en un punto determinado del suelo. Ayudado por otros dos más, realizaron una profunda oquedad de unos tres metros y de menos de un metro y medio de largo. Para salir de aquel húmedo agujero, tuvieron que emplear una escalerilla de madera que habían traído consigo. Seguidamente, un científico bajó por ésta con precaución hasta llegar al fondo. De cuclillas, había comenzado a clavar en el suelo unas extrañas y estrafalarias máquinas de pequeño tamaño, conectando los cables que poseía cada una con un portátil. Con desgana, se sentó en el suelo, a sabiendas de que acabaría lleno de tierra y barro.
- ¿Es el sitio correcto, cierto? –le preguntó una joven científica desde lo alto.
- Sí. Aquí hay un nivel bastante alto de Mako –y revisando los datos que le procuraba la máquina, dedujo: Aunque por los datos que estoy obteniendo del terreno… creo que este nivel se mantiene prácticamente igual por toda esta zona. Y así hasta un radio de más de dos kilómetros.
- ¡Vaya! Entonces no es una fuente… ¡es un manantial por lo menos! –dijo un guardia sorprendido.
En cuanto volvió a subir el científico portando en sus manos con cierta dificultad el portátil y los otros artilugios electrónicos, se acercó al mismo guardia de antes mientras otro le quitaba aquel peso que sostenía en las manos.
- Coloque el explosivo.
Sin decir una palabra, el guardia asintió con la cabeza. Observó detenidamente cómo el guardia del que apenas podía vérsele la cara,actuaba con rapidez a la orden impuesta por aquel hombre rechoncho de bata blanca. De su misma mochila que colgaba a sus espaldas durante todo el trayecto, sacó un artefacto metálico. Sin más dilación, bajó nuevamente las escalerillas y situó dicho objeto en el punto central mientras lo activaba. Saliendo de nuevo, dijo en voz alta a todos los que lo observaban.
- ¡Estallará en dos minutos! ¡Aléjense!
Todos se colocaron en una distancia prudente. Junto a ellos, esperaba con asombro la terrible explosión que se originaría de un momento a otro. Para su sorpresa, la onda del artefacto fue bastante corta. Al igual que su estallido. Era como si se diera un golpe a una almohada: un golpe ahuecado, seco. ¿Dónde estaban las llamaradas, el eco del estruendo y el humo inundar el despejado cielo?
- Mmmphf... Impresionante. - acertó decir; observando con terrible desilusión.
Varios de los guardias no evitaron soltar unas leves risotadas ante la certera afirmación de aquel niño de cabellos color de plata. Sin embargo los científicos, algo más molestos, se acercaron al lugar de la detonación. Para sorpresa de todos, el profundo agujero estaba ahora repleto de aquella traslúcida y brillante sustancia de color verde.
- ¡Bingo! –exclamó satisfecho uno de los científicos– Ahora tomaremos las muestras que sean necesarias.
Cuando la noche anunciaba su presencia, atisbando en ella sus matices rosáceos y purpúreos, los científicos dieron por finalizado el trabajo de aquel día. Uno de ellos, con cierta prudencia, se le acercó.
- Joven Sephiroth, hoy hemos progresado mucho en nuestra revisión – hizo una pausa mientras esbozaba una escueta sonrisa en su rostro.
- Ahora dime lo malo –se aventuró a contestarle tras presentir que no se lo había comentado todo.
- Esto… tampoco es algo como para llamarlo de esa manera. Simplemente hemos de esperar un poco para cerciorarnos de que los resultados sean veraces.
- En fin… me lo suponía – suspiró cínicamente-. ¿Y qué es lo que me quiere proponer?
- Creemos que es conveniente resguardarnos en Corel. Y volver mañana temprano.
- Sí, seguros que seréis bien acogidos… – le espetó al hombre.
- En realidad, no hemos hecho nada que sobresalga de las normas preestablecidas.
- No me hagas sentir hipócrita. Porque ellos tampoco lo son – hizo una pausa mientras lanzaba una severa mirada a su interlocutor-. Yo os llevo. No hay problema. Pero si nos echan a balazos del lugar no vengan a quejarse luego.
La marcha hacia el pequeño pueblo de Corel permanecía tranquila como aquella noche que los envolvía por completo. El firmamento se encontraba en su máximo esplendor: los cuerpos celestes emitían halos de luz que parpadeaban constantemente, alumbrando el sendero que los haría llegar hasta su destino. Embriagado por ver por vez primera una noche tan exuberante y bella, permaneció callado y distante durante el trayecto; sin dejar de alzar su mirada hacia lo más alto.
- El Universo… –se dijo a sí mismo- Incluso ahora se me hace tan inmenso. Cualquiera se puede sentir insignificante al compararse con él… Eternamente poderoso y sublime.
"Sephiroth…"
"Sephiroth…"
"Eres poderoso."
"Eres sublime."
Se paró en seco sin bajar la mirada. ¿Acaso no había escuchado su nombre? ¿Alguien lo estaba llamando? Observó a sus acompañantes: iban tranquilos envueltos en sus conversaciones sin perder la marcha. No, ellos no debieron de escuchar aquella voz. Turbado por tal acontecimiento, su respiración se acrecentó con el transcurso de los minutos, prestando atención a cualquier leve sonido. Su sangre hervía mientras que su vista se nublaba ante un torbellino de pensamientos, de recuerdos y deseos que transcurrían velozmente por su cabeza. Aquella cavernosa voz que parecía no menguar hacía repetirse una y otra vez… una y otra vez.
- Eres poderoso… -susurró mientras sentía que sus piernas flaqueaban, cayendo de bruces contra el suelo -. Tú… eres… sublime…
Los guardias, al ver el extraño comportamiento de aquel singular niño, lo observaron con preocupación. Lo veían absorto, como si estuviera fuera de sí. Dubitativos, se aproximaron tímidamente: sabían el inmenso poder que aquel pequeño ser guardaba en sus adentros. Aquellos ojos verdes que no apartaban la vista del firmamento se fijaron repentinamente en ellos. Sus labios… comenzaron a arquearse levemente, originando una maquiavélica sonrisa en su rostro. Temblaron. Sabía que temblaban. Le agradó sentirlo.
- ¿Sephiroth…? –se atrevió a preguntar uno de ellos- ¿Te ocurre algo?
No hubo respuesta alguna. Mientras tanto, algunos de los científicos se acercaron sin poder reservar un pavoroso temor ante aquella extraña actuación. Pasado unos instantes, se levantó enérgicamente aferrando su katana, y sin decir ni una palabra, permaneció estático.
"Marchaos de aquí ahora."
Al decir aquella escueta y amenazante frase, el suelo había comenzado a vibrar pausadamente bajo sus pies, incrementando la intensidad con el transcurso del tiempo. Sin duda, eran gigantescos pasos que se acercaban hacia donde se encontraban. Irrumpieron terroríficos rugidos en el lugar, extendiéndose a lo largo de aquel paisaje montañoso. Asustados ante las circunstancias y sin saber muy bien qué hacer, lo miraron; éste permanecía tranquilo, sin desaparecer aquella demoniaca sonrisa. ¿Estaría disfrutando con todo aquello? Eso mismo se preguntaban.
- ¿Acaso estáis sordos o qué? - les preguntó enfurecido – ¡Largaos ya, maldita sea!
Ante la segunda advertencia del infante, muchos huyeron despavoridos en dirección a Corel. De en momento a otro, una inmensa figura surgió de entre las sombras; reflejada por el intenso fulgor de las estrellas. Sus alas extendidas abarcaban un enorme perímetro y cuyo aleteo provocaba intensas ráfagas de aire. Si sus miembros eran de importantes dimensiones, su cuerpo era descomunal.
- Un dragón –Se dijo mientras no apartaba su mirada de semejante bestia-; Lástima que no hayas venido, profesor Hojo…
