CAPÍTULO IV
- Predestinación -
"Sephiroth… creo que ya estás capacitado para eso; has dejado de ser un niño. De aquí en adelante aprenderás a sacarle utilidad a todo aquello por lo que has sido instruido hasta día de hoy."
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"Veamos ahora mismo si ha valido la pena todo lo que me han hecho pasar Shin-Ra y tú."
Teniendo en frente aquella feroz criatura, recordó los duros entrenamientos rutinarios que había sido sometido desde que tenía razón de ser, como también de las constantes pruebas de laboratorio que le realizaban tanto Hojo como los demás científicos, de las inyecciones cuyo contenido le provocaban terribles achaques, la soledad, su malograda infancia… Todo aquello que había soportado día tras día… Sin embargo, aquella voz… le había hecho sentir cálido, como si finalmente… alguien estuviese velando por él.
Amenazante, la bestia no apartaba su vista de él sin dejar de emitir de su cavernosa garganta un seco y profundo gruñido. Se acercaba a él lentamente, como si disfrutara de tenerlo acorralado. En aquellos ojos rojizos observaba el ímpetu de su sed de sangre. Sin pensarlo dos veces, comenzó su feroz ataque lanzando contra él un demoledor latigazo con su escamosa cola provocando asimismo un terrible temblor de tierra. Aprovechó dicho momento para coronarse encima de ésta, dirigiéndose a paso veloz hacia su lomo mientras que se injertaba dos materias en su brazo derecho. El animal al sentir su presencia tan cercana, comenzó a agitarse violentamente para quitárselo de encima, emitiendo un terrible rugido. Para aturdirlo empleó la materia Rayo dirigido hacia su cabeza. Por otra parte… quería que se enfureciera. El impetuoso dragón decidió alzar el vuelo llegando a una altura considerable de más de ochenta metros de altura. Durante el trepidante vuelo, observó que se aproximaban velozmente a la zona montañosa, donde había estado durante toda aquella tarde. Lugar que ocultaba bajo su manto rocoso el vivo color verde de la energía Mako, el tesoro tan anhelado por Shin-Ra.
Mientras esquivaba rapidez las garras de la bestia, pensó en su destino. En su vida. En lo que estaba haciendo. ¿Acaso… habían escogido su futuro sin contar con él? ¿En realidad quería seguir con todo esto? ¿Estaba predestinado vivir de aquella forma?
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"Tú eres diferente. Has sido educado para luchar, para servir a Shin-Ra. Por el momento, dependes de Shin-Ra como ésta depende de ti. Sin embargo… eso no perdurará toda la vida. Soy consciente de ello, pero tampoco me arrepentiré de la decisión que tomes. Porque sabré que en ese momento, te vincularás a algo más superior y más poderoso que una simple empresa."
"Entonces… ¿A qué vínculo se refiere profesor Hojo?"
"Tiempo al tiempo, pequeño. Tiempo al tiempo…"
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Se dirigió a su abdomen corriendo velozmente hacia él, sin perder el equilibrio y prestando una prudente atención a las garras que intentaban atraparlo. De manera decidida clavó con dureza la katana en su gaznate, aferrándose a esta como único punto de agarre para sus manos, mientras que con sus piernas se apoyaba en el cuerpo del animal, situándose verticalmente. De la boca del dragón emergió una impresionante llamarada que alcanzó dimensiones descomunales. ¡Perfecto! Había clavado su arma en el punto exacto donde alojaba su aliento de fuego. Disfrutaba al oír los desesperantes lamentos de dolor, de la sangre fría brotar de la herida, del olor a azufre que emergía de las fauces, de sus manos que forzaban a la katana introducirse y descender progresivamente hacia el abdomen, produciendo así una profunda oquedad en las carnes del animal. En cierto modo, desquebrajar la piel de aquel ser era algo tremendamente difícil pues su piel repleta de escamas era tan dura y resistente como el mismísimo acero. Sin embargo, él sabía que podía hacer eso y mucho más.
Las alas derrotadas y su abdomen herido, provocaron que perdiese altura a pasos agigantados mientras que su sangre fría y gelatinosa iba desparramándose por el suelo como si de una lluvia intensa se tratase. Él seguía descendiendo con su arma, cubierto completamente por aquella rojiza sustancia. En ese mismo instante, una de sus patas alcanzó tocarle. El zarpazo hizo que perdiera el agarre con la katana provocando así su violento descenso hasta tierra firme. Cerró los ojos con fuerza mientras prevenía un terrible golpe. Sintió cómo la tierra tembló brutalmente: el animal había caído… la hemorragia haría el resto.
El golpe contra el suelo fue seco y doloroso. Sintió como su cuerpo se oprimía y no le permitía respirar. Su espalda percibió la superficie de las rocas que se clavaban con furia en su piel, procurándole profundas heridas. Entre convulsiones que le hacían ejecutar movimientos bruscos y espasmódicos, abrió sus ojos mirando hacia el firmamento sin parpadear ni una sóla vez. Deseó escuchar aquella voz… Sus pulmones deseosos de oxígeno terminaban con sus últimas reservas del mismo. Se moría. Sabía que moría. Mas no tembló.
De las profundidades de la propia tierra emergieron dulces y ligeros haces de luz de tonalidad verdosa que se contorneaban con delicadeza rodeándolo por completo. Sin embargo, aquellos influjos de luz chocaban contra él. Como si un escudo actuara de intermediario. No dejaba que éstas lo rozasen. La lucha entre ambas fuerzas le hacían producir achaques terribles. Iba morir… sin embargo… algo no lo permitía. Sin poder aguantarlo más, cerró los ojos y dejó que el destino se encargase de él. De repente a sus oídos llegó terribles gritos humanos: desesperantes y con un pánico atroz proclamaban su nombre entre lamentos…
"Sephiroth… El Fin…" "¡Jenovah!" "Fuera… Fuera de aquí… márchate."
"¡Sephiroth! ¡Sephiroth!"
"Debes morir." "Qué haré con el miedo…" "Aquí. Jenovah." "Sephiroth… ¡fuera!…"
"Jenovah… Jenovah." "…Entre nosotros." "Dolor." "Jenovah."
"¡Aléjate!" "Por favor…"
"Sephiroth." "Sí, es ÉL." "Miedo… Jenovah." "Planeta." "Peligro."
Poco a poco, los gritos se alejaban... Su corazón volvió a latir acompasadamente dentro de su pecho, mientras que sus pulmones tomaban con desespero el ansiado oxígeno.
