Capítulo 3: Reincidencias
La gran biblioteca de Ciudad Central era la fuente de información más grande que existía en el país. Cualquiera que se perdiera entre sus infinitos y fríos pasillos se vería abrumado por los libros y artículos más insólitos e inútiles jamás imaginados, y también por los más completos ejemplares de la materia que buscase. El paraíso para cualquiera que fuera digno de llamarse alquimista, pues todo y mucho más acerca de su profesión residía allí dentro. Y como la información es sinónimo de poder, y a los poderosos no les convenía compartirla con cualquiera, el acceso a la biblioteca estaba restringido a la milicia, e incluso se necesitaba del permiso de altos jefes para ciertas secciones. La entrada se encontraba continuamente vigilada, y el robo de dicha información estaba fuertemente penado, dependiendo de su confidencialidad.
El gran edificio se ubicaba a poco más de veinte cuadras de la casa del Teniente Coronel Hughes. Su apariencia colosal y deteriorada por los años a pesar de las desganadas refacciones superficiales, combinada con los altos murallones y rejas modernos levantados para aumentar la seguridad, inspiraban cierto temor a esas horas de la noche. Edward había llegado corriendo por las calles adoquinadas, demasiado ansioso para habérsele ocurrido que alguien podría haberlo alcanzado en automóvil hasta allí. Dejando a un lado su extenuación, se acercó a la entrada principal, donde varios oficiales aguardaban con caras preocupadas. Algunos heridos reposaban dolientes sobre la acera.
Al ver a Edward, la Teniente Hawkeye, quien parecía haber llegado pocos minutos antes, se le acercó rápidamente.
—Señor.
—Teniente Hawkeye—dijo.—¿Qué ocurrió¿Tenemos muchos heridos¿Aún están ahí dentro?
—Tenemos pruebas suficientes para concluir que son los de siempre. Según dos de los oficiales heridos, son cinco o seis sujetos armados y muy fuertes. Dudo que hayan salido aún, el edificio está rodeado.
—Bien... encarguémonos de ellos. Esta vez han llegado demasiado lejos.
Dicho esto, el alquimista reunió a los demás integrantes del Fénix de Plata además de algunos otros oficiales, y les ordenó que lo siguieran. Riza Hawkeye, Jean Havoc, Heymans Breda, Vato Falman, Kain Fuery, Maria Ross y Denny Brosh eran los nombres de aquellos soldados subordinados del Coronel Roy Mustang, estando ahora bajo las órdenes del joven Mayor, quien nervioso se adentraba en la gran biblioteca llevando a cabo su segunda misión.
—¿Cree que sea otra emboscada?
Las palabras de Kain Fuery sobresaltaron a Edward, arrancándolo repentinamente de la gran tensión en la que se hallaba debido al inquietante silencio.
—No lo creo—le respondió, observando sus lentes atravesadas por la luz mortecina de las altas arañas.—Dudo que alguno de nosotros sea tan valioso como para emboscarnos en la Biblioteca de Central. Sería bastante insensato de su parte.
Callaron por unos instantes, intentando percibir algún sonido que les indicara adónde podrían hallarse los bandidos.
—Mejor separémonos, ya hemos perdido mucho tiempo. Hawkeye, tú acompáñame al sector de archivos confidenciales alquímicos. Creo que ese es su platillo favorito. El resto, divídase por las otras secciones.
Obedeciendo a su superior, cada uno tomó un camino diferente. Avanzaron con cuidado entre las antiguas estanterías, topándose de vez en cuando con el cuerpo inmóvil de algún oficial caído. Supieron que aquellos delincuentes no andaban de broma, y estaban dispuestos a eliminar cualquier obstáculo como el que ellos representaban.
El sector al que se dirigieron Edward y la Teniente se hallaba al fondo del segundo piso. Allí se archivaban las investigaciones que año a año los Alquimistas Nacionales presentaban al Ejército consideradas demasiado arriesgadas como para estar al alcance de cualquiera. Ambos se apresuraron sin descuidar el frente ni la retaguardia por la estrecha escalera de madera, intentando hacer crujir lo menos posible los escalones tras cada paso.
Una vez arriba, el desorden con el que se encontraron les indicó que no estaban tan equivocados en su teoría. Los estantes se hallaban desordenados y los papeles, nuevos o amarillentos, colmaban el suelo. No había duda que no era información al azar lo que buscaban, sino que por el aspecto de aquello, iban tras algo en particular.
—El jefe estará muy complacido con todo esto...—dijo una voz no muy lejana, seguida de risas y murmullos que no llegaron a oír.
La Teniente se asomó cautelosamente por el extremo de la estantería y le hizo señas a Edward comunicándole que eran dos hombres y que se lanzaría a sorprenderlos.
—¡Las manos arriba!—exclamó la mujer, apuntándoles con su pistola.
Ambos sujetos, de una apariencia más que especial, se quedaron observándola por unos instantes, y sin darle la necesidad de volver a repetir la orden arrojaron sus armas al suelo y cumplieron dócilmente con lo que se les decía. Edward no tardó en aparecer, y con un movimiento de manos transmutó en el suelo una jaula para impedirles cualquier intento de escape.
—¿Así que ustedes son dos de los "muy fuertes sujetos" que se dedican a robar información militar, eh? Puras patrañas... veamos qué tenemos aquí—se mofó el alquimista mientras tomaba la pila de hojas que éstos habían dejado caer tras ser descubiertos.—Pero, qué... ¿La Piedra Filosofal¿Esto es lo que se están robando?
Comenzó a pasar las hojas en pos de enterarse más sobre el asunto, pero antes de que pudiese concentrarse en ello, las risas de los delincuentes terminaron por sacarlo de quicio.
—¿Y de qué demonios se ríen?
—Eres Edward Elric, el Alquimista de Acero¿verdad?—preguntó uno de ellos. Tenía una nariz enorme que sobresalía por la capucha de su túnica gris, y mientras reía se acariciaba una extraña cola que le asomaba por detrás. El otro, un poco menos risueño, poseía dos enormes cuernos en su ancha frente.
—Por supuesto... soy el gran Alquimista de Acero. ¿Quién lo pregunta?
—Lo suponía. Eres tan pequeño como te describieron—continuó el sujeto de la cola.
—¡A quién le dices...!
El joven, quien se debatía entre los brazos de Hawkeye para que ésta lo soltara y así pudiese golpear a quien acababa de agredirlo, tuvo que terminar con su barullo al comenzar los disparos. Se vieron obligados a separarse en busca de un refugio seguro, y cuando el fuego cesó, advirtieron que se habían perdido del otro.
—Maldición...—refunfuñó Edward, mientras caminaba con la espalda apoyada en la pared procurando hallar al nuevo atacante.—No otra vez...
De pronto, creyó ver una figura amparada bajo las sombras de un rincón. Se acercó a ella y pronunció con cierto aire de superioridad mientras transmutaba su brazo mecánico en un cuchillo: —No te muevas ni un centímetro.
Entonces la figura, desobedeciendo, dio media vuelta y se alejó lentamente de las sombras. Edward sintió cómo algo le golpeaba la cabeza desde adentro, y aunque se encontrara demasiado aturdido como para notarlo, comenzó a temblar y un sudor frío le cubrió la piel en un santiamén.
—Tú no te muevas.—La voz de uno de los hombres que anteriormente había capturado le llegó confusa a sus oídos, al igual que el sonido de una pistola apoyándose en su nuca.
—¿Al?—preguntó con un hilo de voz dirigiéndose al joven, más bien al niño que se hallaba frente a sus ojos, ignorando todo lo que se sucedía a su alrededor.—¿Al, eres tú?
El niño se le quedó mirando, confundido, sin decir nada.
—¿Y bien¿Termino con él?
A Edward se le heló la sangre mientras oía esas terribles palabras, finalmente cayendo en la situación.
—No, déjalo.
—Pero...
—Que lo dejes, Loa.
Se hizo un profundo silencio en el que Edward creyó desfallecer. Quizás podría haber aprovechado la discusión entre ambos para intentar atacarlos, pero la tremenda confusión en la que estaba sumido no lo dejó mover un solo músculo.
—¡Ira¡Ya tenemos lo que queríamos, mejor vayámonos antes de que todo se complique aún más!—se escuchó que alguien gritaba al otro lado de la estantería.
—¡Bien!—contestó el niño de rubios cabellos que se encontraba frente a Edward.
En ese momento, Edward reparó en que debía hacer algo para detenerlos, pero el arma que sostenía quien se hallaba detrás suyo le golpeó la nuca, y terminó por caer al suelo, luchando en vano contra el dolor y el mareo que el impacto le produjo. Lo último que vio fueron las piernas de los delincuentes alejándose rápidamente de él.
Continuará...
Gracias a Cintia Elric, Sunny Inc. y Alia.Asakura.
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