Capítulo 4: El Nido del Diablo

Siempre puntual, el reloj de la torre dio doce campanadas. Las calles, en sus intensos juegos de luces y sombras, imitaban casi a la perfección la boca de un monstruo hambriento por devorar a cualquier distraído que se atreviera a transitarlas. Todo se veía bastante desierto, aunque de lejos podía oírse un grupo de borrachos gritando obscenidades a algunas prostitutas, y a un perro que aullaba.

El letrero de neón rojo "Devil's Nest" parpadeaba encima del portón por el cual entraron seis personas encapuchadas. Su aspecto era sumamente sospechoso, aunque a esas horas nadie se atrevería a cuestionarles nada, y la policía ya no transitaba por esa callejuela tan tarde.

—¿Y bien¿Cómo salió todo?—inquirió un hombre que aparentaba unos veintitantos, mientras degustaba una lata de cerveza sentado en un desgastado sillón de cuero azul.

—Supongo que no podemos quejarnos... aquí tienes lo que me pediste, Codicia—comentó uno de los que acababa de entrar, estirándole un grueso manojo de papeles.

—Ah... Muy bien, muy bien. Tan eficiente como siempre.

El hombre tomó los papeles y los examinó con desgano, frunciendo el entrecejo de vez en cuando, intentando fingir interés. Luego los dejó a un lado y continuó preguntando: —¿Y qué tal con los militares¿Les dejaron saludos de mi parte?

—Esos estúpidos perros—se quejó la única mujer del grupo mientras jugueteaba con una pequeña navaja entre sus dedos.—Nos la hicieron un poco más difícil esta vez con su ridículo grupito Fénix de Plata. Es una suerte que tengamos a Ira con nosotros, sino hubiesen capturado a Bido y a Loa.

—No seas quejumbrosa, Martel—se defendió Bido, el de la cola larga, entre risas.—¡Teníamos todo calculado¿Verdad, Loa?

—Ya, dejen de molestar. Lo importante es que trajeron la información y no perdimos a nadie, con eso basta.

Codicia hizo un gesto de fastidio moviendo su mano, señalándole a todos que podían retirarse. Le dio otro trago rápido a su cerveza y se dirigió con pereza hacia la habitación donde se hallaban todos los datos que en esos últimos meses habían logrado recolectar. Guardó su nueva adquisición en un abollado archivador y suspiró mientras encendía un cigarrillo.

—¿Y ahora qué quieres?—preguntó al notar que no estaba solo.

—Ocurrió algo extraño en la Biblioteca... hace un rato.

—¿Algo extraño como qué?

Giró sobre sus talones y escrutó al jovencito con la mirada, arqueando una ceja. Éste bajó la cabeza, sin saber exactamente qué responder.

—Me encontré con una persona. Uno de los militares, alquimista para ser más exacto. Me llamó "Al".

—¿Al¿Eso es todo?—Codicia, luego de apagar el cigarro contra la pared, se dirigió al pasillo.—Mejor ve a descansar un rato, tengo cosas más importantes qué hacer, como dormir.

—¡Espera! Es que no entiendes... La forma en que lo dijo, y cómo se puso cuando me vio. Y también cómo me sentí yo en cuanto pronunció ese nombre, creí haberlo oído antes.

—Y quizás lo hayas hecho. ¿Adónde quieres llegar, Ira? Hay mucha gente que de seguro se llama Al. Mira, yo me voy a acostar.

Ira se quedó inmóvil en el pasillo, observando cómo el otro se metía en su habitación.

—Quizás... quizás sea él—dijo en un murmullo.

—¿Y qué importa si es él?—le gritó Codicia desde su habitación.—Ya hablamos de esto mil veces... Bah, haz lo que quieras.—Y cerró la puerta mientras chasqueaba la lengua.

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—¡Señor¡Señor!

Edward abrió los ojos con dificultad, y cuando logró enfocar su vista, divisó el rostro preocupado de la Teniente Hawkeye, quien hacía rato estaba intentando reanimarlo. Aún le ardía la cabeza por el golpe, e incluso notó que le sangraba un poco.

—Teniente... ¿Qué ocurrió?

—Huyeron...—contestó, apesadumbrada.— No pudimos evitar que se llevaran la información, lo lamento. ¿Usted se encuentra bien?

—Eso creo...

Havoc, quien también se hallaba a su lado, lo ayudó a ponerse de pie y le hizo pasar su brazo humano alrededor de sus hombros para llegar hasta la salida sin problemas. Mientras se dirigían hacia allí le relataron que los delincuentes habían huido por un túnel cavado en el suelo del sótano que salía a una calle paralela, pero más allá de las malas noticias, afortunadamente no había nuevas bajas.

En la entrada principal los esperaban los demás integrantes del grupo, además del Coronel Mustang, quien no dejaba de hacer preguntas.

—¡Acero!—exclamó al verlo bajar.—¿Qué te han hecho esta vez? Parece que se te ha vuelto una costumbre que te hieran en tus misiones.

—Idiota... sólo he llevado dos a cabo.

—Cuéntamelo todo—le ordenó, tornándose serio.—¿Quiénes eran los sujetos? Al menos esta vez lograron verlos y sobrevivir para contarlo.

—No sé quiénes eran... Se veían raros, no parecían ser del todo humanos. Tal vez quimeras.

—¿Quimeras¿Parlantes y con inteligencia?

—Sí. Y según vi, querían información acerca de la Piedra Filosofal—continuó hablando vagamente.

—Maldición. No me digas eso tan a la ligera y baja la voz. ¡Cuéntame todo en detalle!

Sin hacerle caso alguno, Edward se sentó sobre uno de los escalones y apoyó una mano sobre su frente.

—Lo siento... estoy cansado y no me siento bien. Te contaré mañana¿quieres?

—Acero, ya sé que te golpearon la cabeza y que eso te pondrá más quisquilloso que de costumbre, pero quiero ser el primero en enterarme de esto.

—No es eso.—dijo mientras su vista se perdía en algún punto fijo.—No entenderías. Sucede que... lo vi.

—¿A quién?—preguntó el Coronel, sorprendiéndose por el extraño comportamiento del joven.—¿A quién dices que viste?

—A él... a Alphonse.

—¿Alphonse¿Tu hermano muerto? Acero...

—¡Coronel!—interrumpió la Teniente Hawkeye—Con todo respeto, sugiero que deje a Edward Elric descansar por hoy.

Roy observó un instante a Edward, y luego asintió con un gesto. –Llévenlo con el médico... Por hoy terminamos, pero mañana quiero que todos hagan su reporte con lo sucedido.

—¡Señor!—respondieron todos al unísolo.

A Edward lo acompañaron hasta un vehículo que lo alcanzaría al hospital para asegurarse que su herida no fuese nada grave. Se dejó caer pesadamente sobre el asiento trasero, tratando de no apoyar la nuca sobre el respaldo, e intentó focalizar sus pensamientos en lo que acababa de suceder. Otra vez se habían burlado de él y de sus compañeros, escapando con la información confidencial frente a sus narices. Pero no era la agraciada facilidad con la que los ladrones habían huido sin que él pudiera hacer mucho lo que más lo consternaba, sino su extraño encuentro con aquella persona. Cerró los ojos para luchar contra la migraña que en ese momento le resultaba una tortura, y comenzó a recordar lo que había visto. Lo primero que había logrado ver luego que el joven diera a conocer su rostro fueron sus ojos, grandes y de un color avellana; jamás había visto otros iguales. Luego, su cabello, castaño y liso, extremadamente sedoso al tacto, según recordaba. Su hermano solía usarlo corto, contrario al joven de la biblioteca, a quien le llegaba por debajo de los hombros. Y finalmente, lo vio como un todo. Su rostro aniñado, el color de su piel, su estatura, su nariz pequeña y respingada. Alphonse, idéntico a las memorias que lo asaltaban en sueños, a las fotografías que solía quedarse mirando por horas cuando la nostalgia lo atacaba. Aquél por el que había sido capaz de darlo todo, y aún así no había podido recuperarlo de su terrible destino. Levantó su brazo derecho y observó detenidamente el metal con el que estaba construido, preguntándose si era aquello posible.

—¿Pero es eso posible?

Roy lo escrutaba con la mirada, impaciente. Había pasado la noche en el hospital por si acaso, y ahora estaba en su oficina, relatándole todo lo que recordaba del día anterior con el mayor detalle posible. Pero Roy no parecía satisfecho; nunca lo estaba. Y ahora que veía a su subordinado algo distante, perdido en sus pensamientos, decidió interrogarlo también acerca de aquello.

—¿Qué cosa?—preguntó tras un respingo, regresando a la realidad.

—Lo de tu hermano...

Edward se mantuvo en silencio durante unos instantes, y luego resopló, descontento: —No sé si es posible o no, pero no estoy loco y estoy seguro de lo que vi.

—A Alphonse, tu hermano muerto hace cuatro años—aclaró el Coronel en un tono de incredulidad, clavando sus negros ojos en las perdidas orbes doradas.

—Sí.

Luego de la clara afirmación del joven, Roy tomó un sobre de papel madera y lo arrojó sobre el escritorio despectivamente.

—Esto es...

—Tu expediente. Aquí dice que te uniste a nosotros gracias a tus notorias habilidades de alquimista, y que perdiste tu brazo derecho y tu pierna izquierda en un desafortunado accidente que involucraba un carruaje.—Hizo una pausa para guardar el expediente, y continuó:—Ambos sabemos que la mitad de esa información es falsa. ¿Cuánto más podré seguir encubriéndote si continúas con estas estupideces?

—¡No digas que son estupideces!—exclamó el otro golpeando con fuerza su puño contra la madera del escritorio.—Tú jamás entenderías. Alguien como tú no lo entendería.

—Dímelo entonces, tal vez lo haga.

Edward lo observó fijo y con algo de rabia, pero luego desvió la mirada, encogiéndose de hombros, y comenzó a hablar:—Aún recuerdo ese día con claridad. Lo ensayo a menudo mentalmente, como si se tratase de un libro que releo una y otra vez. Mamá había muerto hacía más de tres años y la familia había quedado devastada. Papá trabajaba meses enteros en Ciudad Central, y ya casi no nos visitaba. Supongo que le había afectado tanto la muerte de mamá, que pisar los lugares que ella había pisado en vida le provocaba un daño terrible. Así que tuvimos que arreglárnosla solos, con la ayuda de una vecina. Eso nos unió mucho, y también por ello nos dedicamos casi de lleno a la alquimia, supongo que de cierta forma para olvidar que papá también nos había abandonado. Apenas habíamos terminado de recuperarnos de la pérdida, cuando esa mañana oí los gritos de los vecinos a lo lejos. Corrían y voceaban como locos, y entre el barullo llegué a entender algo sobre el río desbordado y unos niños que se ahogaban. Salí de la cama de un salto y me dirigí hacia el río a toda prisa con la intención de prestar mi ayuda. Cuando llegué, ya habían sacado a los niños del agua, y sus cuerpos reposaban tiesos sobre la tierra enlodada—dio un profundo suspiro y bajó aún más la vista, quizás para ocultar la gran tristeza que hacía rato se asomaba en sus ojos.—Claro que lo último que hubiese imaginado era que uno de los dos niños se trataba de Al. En su camino al mercado, adonde yo me había negado a acompañarlo por pura pereza, se había topado con el otro niño ahogándose, y no dudó ni un segundo en arrojarse para salvarlo. Ninguno de los dos sobrevivió.

—Y no tuviste otra mejor idea que realizar una transmutación humana para revivirlo—lo interrumpió Roy duramente.

Tras aquellas palabras, que más bien sonaron a reprimenda, el rostro de Edward se endureció, como recordando a quién le estaba relatando todo aquello. Carraspeó, incómodo.

—No. Ni siquiera llegó a ser una idea. Más bien fue como una orden que me zumbaba día y noche dentro de la mente, torturándome sin descanso. A los pocos días de su muerte, revolví la biblioteca de papá en busca de los viejos libros que había acerca de la transmutación humana... y bueno, ya sabes lo que ocurrió después.

—Recuérdamelo tú, ya que estamos.

—Eres un...—murmuró Edward entre dientes.—Bien, la transmutación humana falló, como debía pasar, sólo que yo estaba demasiado cegado por el dolor como para haberlo previsto. A partir de entonces, mi vida se transformó en un infierno. Pasaba los días postrado en una cama, retorciéndome de dolor al principio, muriendo de aburrimiento luego. Cada jornada era idéntica a la anterior. Y lo peor, Al no estaba conmigo. Pensé reiteradas veces en quitarme la vida, y estoy seguro que de seguir así lo hubiese hecho. Pero entonces, llegó esa carta del Ejército diciendo que buscaban a papá. Había desaparecido hacía varios meses, y nadie sabía absolutamente nada de él. Entonces tomé mi decisión. Retomé mis estudios de alquimia e hice que me colocaran miembros mecánicos. Preparé todo y vine hasta aquí con el objetivo de hacer algo bueno de mi vida, y de paso también rastrearía a mi padre. No estaba seguro que me aceptaran como Alquimista Estatal siendo tan joven... pero bueno, ahora sé que no tenía por qué menospreciarme, je.

—Aún no hemos recibido ninguna información acerca del paradero de tu padre. Todas las investigaciones han terminado en la nada.

—Lo sé...

El menor iba a decir algo más, pero la voz de la Teniente Hawkeye del otro lado de la puerta recordándole al Coronel que debía asistir a una reunión se lo impidió.

—Entonces—continuó Roy—dices que la persona que viste en la Biblioteca la noche anterior era tu hermano pequeño, quien ha aparecido luego de que tú lo hayas transmutado cuatro años atrás.

—No, no estoy diciendo eso—Edward se sentía cada vez más molesto, notando cómo habían llevado la conversación hasta llegar a manipularla de esa forma.—Sólo digo que ese era Alphonse, no sé cómo, no sé por qué, pero era él, y en eso no estoy equivocado. Y además...

—¿Y además qué?—preguntó Roy al ver que el otro callaba.—Dime.

—Nada... es sólo que había algo raro en él.

—¿Qué cosa? Vamos, dime—insistió.

—Que... a pesar de haber pasado ya cuatro años, se veía idéntico al último día que lo vi con vida.

Roy se quedó helado ante la declaración del joven.

—Quieres decir... ¿con trece años?

—Sí.

Ambos desviaron la mirada, y Roy apoyó su mentón sobre las manos, entornando los ojos de vez en cuando, pensativo.

—Bien. Supongo que eso es todo—dijo finalmente, sonriendo con excesivo sosiego.—Ahora tendré que dejarte, debo asistir a esta reunión.

Edward se levantó enseguida y lo siguió hasta el pasillo. Poco a poco, sentía cómo una extraña tristeza le punzaba suave pero seguramente el pecho. Hasta hacía unos minutos, no dudaba de que lo experimentado no había sido obra de su imaginación. Ahora, tras las palabras y reacciones de su Coronel, no estaba tan seguro.


Remake del capítulo 4:

—Esto es...

—Tu expediente. Aquí dice que te uniste a nosotros gracias a tus notorias habilidades de alquimista, y que perdiste tu brazo derecho y tu pierna izquierda en un desafortunado accidente que incluye prostitutas y al mercado negro de miembros humanos.—Hizo una pausa para guardar el expediente, y continuó:—Ambos sabemos que la mitad de esa información es falsa. ¿Cuánto más podré seguir encubriendo tu falta de habilidad en la alquimia?


El remake va de yapa para que rían y sean felices y me dejen reviews(?).

En verdad detesto cómo se oyen los nombres de los homúnculos traducidos, pero en el próximo capítulo verán por qué decidí escribirlos de esa manera.

Saludos, y gracias por los reviews!