Capítulo 5: Pequeño insomne
El ser abrió los ojos de pronto, como despertando de una terrible y eterna pesadilla. Se restregó la cara por un buen rato, intentando que la luz del tubo fluorescente que se ubicaba sobre su cabeza dejase de herirlo, y luego se embobó observando sus manos, entre maravillado y sorprendido, como si aquello fuese una total novedad.
—Bienvenida a la vida, Bella Durmiente—dijo una voz cercana, provocando que el ser se estremeciera.
—¿Q-quién eres?—preguntó tembloroso. Sin saber cómo, entendía lo que le decían y sabía hacerse entender, aunque no recordara haber hablado jamás. En realidad, no recordaba nada. Mientras entornaba la vista tratando de curarse del encandilamiento, se sentó sobre la cama y terminó de tapar su pecho con las sábanas que le llegaban hasta la cintura.
—Eso es fácil de responder—rió.—No sé si será tan fácil responder quién eres tú.
El ser guardó silencio. Había logrado divisar la silueta de la persona que se encontraba cerca suyo en el cuarto: era un hombre joven, bastante alto, de anchos hombros y nariz aguileña. Vestía ropa apretada de cuero negro y un par de lentes oscuros y redondos. Luego de una prolongada pausa, contorsionó el rostro y finalmente dijo: —No lo sé.
—Entonces estamos iguales—continuó riendo el hombre.—Al menos estamos seguros de que humano no eres.
—¿Qué quieres decir¿Cómo que no soy humano?
Antes de que pudiese decir nada más, el hombre le arrancó las sábanas con brutalidad, dejándolo completamente desnudo. El ser intentó cubrir su cuerpo con las manos, pero se detuvo al notar que el hombre señalaba algo en particular: un extraño dibujo de color rojo oscuro parecía estar tatuado en su abdomen inferior izquierdo. Parpadeó confuso ante este descubrimiento.
—¿Lo ves? Esto significa que no eres humano. Fuiste creado por medio de alquimia. Eres un homúnculo.
—Alqui...mia—repitió lentamente, como si aquello le representara algo importante que no pudiese recordar.
Quizás algo apiadado por su situación, el hombre le contó rápidamente acerca de cómo uno de los suyos lo había hallado en medio de un descampado luego de avistar una extraña luz a lo lejos. Al principio, todos pensaron que se trataba de una extraña quimera. Pero Codicia—así se llamaba el hombre—era un verdadero alquimista, y había notado desde el principio que era algo más complejo. Probó alimentándolo con piedras rojas, y así finalmente logró que tomara forma humana hasta llegar a despertar.
—Entonces, si no fuiste tú¿quién me creó?—quiso saber el ser tras meditar unos cuantos minutos acerca del relato.
—Pues no lo sé—le contestó Codicia.—Probablemente alguien que creyó haber creado un monstruo, pues de verdad parecías uno cuando te trajeron. Un alquimista no muy responsable, por cierto. ¡Uf! Está lleno de esos por ahí afuera, haciendo idioteces.
El ser se enrolló sobre sí mismo, reprimiendo el llanto, y declaró con un hilo de voz:—Yo no soy un monstruo...
—Lo sé, pequeño, lo sé—lo consoló, acariciándole el cabello.
Y en verdad era pequeño. No aparentaba más que unos doce o trece años, esa edad en la que los niños aún no han dado el estirón y sus rasgos suaves y delicados los hacen parecer más bien jóvenes mujercitas.
Codicia arrojó un bulto a los pies de la cama y mientras salía de la habitación le dijo: —Mejor ponte algo de ropa, no querrás que mis hombres te vean así.
Obedeció enseguida. Se puso de pie pesadamente y desarmó el bulto que le habían dejado: una camiseta blanca sin mangas y un pantalón de color negro gastado; ambos le quedaban enormes, así que tuvo que ajustarse fuertemente el pantalón con un cinto de cuero marrón. Supuso por el aspecto de las prendas que antes habían pertenecido a otra persona.
Dudó si era mejor salir o esperar a que fueran por él, pero tras esperar unos minutos decidió dejar la habitación. Apenas fuera se encontró en un pasillo angosto iluminado por una tenue luz intermitente. No tardó en oír las voces que provenían del final del pasillo, y allí se dirigió, algo temeroso.
La habitación a la que se asomó era bastante amplia, de paredes azules algo despintadas, como el resto del lugar que había logrado ver. Allí dentro, una treintena de personas se hallaba dispersa por toda la sala. Algunos charlaban despreocupadamente, amontonados sobre un sillón o simplemente echados en el suelo mientras bebían vino y cerveza. Otros jugaban a las cartas sobre una mesita ratona, y hacían un gran barullo cada vez que alguien ganaba. Había pocas mujeres, la mayoría con grandes escotes y ajustadas minifaldas, abrazadas a uno o más hombres; el resto eran de apariencia poco femenina. Codicia se encontraba sentado en un sofá delante de toda la multitud, rodeado por dos jovencitas que lo acariciaban y besaban de vez en cuando. Conversaba también con un grupo de hombres que se mantenían de pie alrededor del sillón.
—¡Ah, ya te has vestido!—exclamó al verlo en la entrada.—Iba a ir por ti en un momento. ¡Ven, acércate! No seas tímido.
Se puso de pie y lo tomó del brazo, arrastrándolo al centro de la sala.
—Escuchen todos—dijo, y enseguida se hizo silencio.—Quiero presentarles al nuevo integrante de la pandilla. Su nombre es Ira.
El aludido se sorprendió al oír el nuevo nombre que le habían asignado, e iba a preguntar a qué se debía semejante ocurrencia, aunque el clamor que enseguida se produjo a su alrededor lo hizo mantenerse callado.
—¿Ira¿Cómo que Ira?—cuestionaban todos casi al unísono.—¡Pero si es sólo un niño¡Explícanos eso, Codicia!
—¡Ya, cálmense!—vociferó Codicia, enfadado.—El día que sean jefes de su propia pandilla podrán nombrar como quieran a quien quieran, pero por ahora yo soy su jefe y harán lo que yo les diga¿quedó claro?
El mandato del hombre pareció hacer efecto, pues en un santiamén todos estaban callados. Sólo algunos murmullos lograron oírse aisladamente, pero al rato también cesaron. Codicia invitó a Ira a sentarse a su lado sobre el sofá, diciéndole a las mujeres que fueran a entretener a otro hombre.
—¿En qué estábamos? Ah, sí. Dorochet¿cómo van las negociaciones con este Alquimista Estatal?
—Bueno,—contestó uno de los hombres de pie—no muy bien. Al parecer se ha arrepentido.
—Entiendo...—murmuró Codicia, llevándose una mano a la barbilla.
Continuaron hablando durante un par de horas acerca de cosas que Ira no llegaba a entender en absoluto. Tan sólo logró deducir que, según decían, un hombre que trabajaba para los militares les había propuesto un trato, pero a último momento se había echado atrás.
Ya algo vencidos por el cansancio, Codicia decidió que seguirían considerando el asunto al siguiente día. Por ahora irían a dormir.
—Tú duerme en la habitación de Dorochet y Loa—le indicó a Ira.
Ambos sujetos lo acompañaron al dormitorio en donde echaron una fina colchoneta al suelo para que se acostara en ella. Durante la conversación con Codicia, le habían relatado brevemente cómo terminaron en esa pandilla: Codicia los había liberado de uno de los laboratorios pertenecientes a los militares, en donde habían experimentado con ellos para mezclarlos con animales y convertirlos en quimeras. Habían sido soldados del ejército, pero el revelarse durante la guerra los había condenado a ser finalmente lo que eran. Ahora le eran fieles a Codicia, y estaban dispuestos a dar su vida por quien había salvado la suya.
—Que descanses, niño—le dijo Loa antes de quedarse dormido.
E Ira intentó descansar, pero no lo logró. Simplemente no sentía ni una gota de cansancio a pesar de toda la agitación que había sufrido. Dio algunas vueltas sobre su improvisada cama, intentando dar con una posición cómoda que le permitiese dormir, pero tras unos cuantos minutos se dio por vencido. Se preguntó si a Codicia le molestaría que saliera a tomar un poco de aire fresco, y concluyó que no habría problema si tan solo se asomaba por un rato a la calle.
Se puso de pie con cuidado, intentando no despertar a sus compañeros de dormitorio, y comenzó a caminar por el pasillo en dirección contraria a la habitación en donde lo habían presentado a la pandilla, pensando que probablemente la salida se encontrase al otro lado.
Caminó unos metros en la oscuridad, pero no pudo avanzar más cuando alguien lo tomó bruscamente del brazo y lo empujó contra la pared.
—Así que piensas traicionarnos tan pronto, eh.—Un hombre de mal aspecto lo apresaba con fuerza, rozándolo amenazante con la hoja de un largo cuchillo. Un pañuelo le cubría en vano su notoria calvicie, y le faltaban dos dientes delanteros. Su aliento apestaba a alcohol y tabaco.—¿Qué vas a hacer¿Delatarnos a los militares? Apuesto a que trabajas para ellos. –Acercó su nariz al cuello de Ira e inspiró profundamente.— Ah... pero eres sólo un niño. Este Codicia está cada vez más demente. Designar como segundo jefe a una niñita como tú¡qué locura!
—¿Segundo jefe?—preguntó Ira sintiendo cómo las piernas comenzaban a temblarle.
—No te hagas el desentendido. Todos sabemos que los jefes de la pandilla adoptan nombres de Pecados Capitales para distinguirse. Antes era Soberbia, pero Codicia lo desafió al poco tiempo de unírsenos y lo asesinó en una pelea. ¿Y tú que harás¿También desafiarás al jefe y te convertirás en nuestro líder¡No me hagas reír!
Ira intentó zafarse del hombre que cada vez clavaba con más ímpetu el cuchillo en su carne, pero sus músculos se hallaban demasiado entumecidos por el miedo como para moverse.
—Sí... eres tan suave. De seguro Codicia no se enfadará si me divierto un poco con su nuevo juguete—continuó hablando en su oído mientras le rasgaba la camiseta con el cuchillo, y con su otra mano se desabrochaba el pantalón.
—¡No¡Déjame!—aulló el otro, y cerró los ojos sin saber qué hacer.
Cuando volvió en sí, las luces habían sido encendidas, y varias personas se encontraban a su alrededor, observando confundidas la escena: su atacante yacía en el suelo con los ojos completamente abiertos, y la sangre no dejaba de manar de su pecho.
—¿Qué demonios ocurre aquí?—Codicia cuestionaba furioso, saliendo medio desnudo de una de las habitaciones, seguido por una de las mujeres que antes lo había acompañado en el sofá—¿Se dan cuenta la hora que es para...¡Pero qué...!
—Lo siento...—sollozó Ira al ver lo que había cometido.—No fue mi intención... ¡Él me atacó!
Codicia se mantuvo inmóvil frente al cadáver, y al notar su gran hoyo en el tórax dirigió la mirada a la mano ensangrentada de Ira.
—Tú... ¿se lo hiciste sólo con la mano, sin ninguna otra arma?
Ira sonrojó y bajó la vista, intentando ocultar el rostro avergonzado entre los rubios cabellos que le caían desordenadamente.
—¡Ustedes! Desháganse inmediatamente del cuerpo—ordenó enseguida a sus hombres.—Qué tipo idiota, siempre causando problemas. Ya tenía ganas de matarlo yo mismo. No te preocupes, niño, no has hecho nada malo—le sonrió mostrando los dientes.—Supongo que mañana tendremos que conseguirte otra ropa. Algo más apropiado¿qué dices?
Esa noche, Ira no logró conciliar el sueño. Tampoco la siguiente, ni la siguiente. No tardó en darse cuenta que dormir no era algo que él necesitase, por lo que se pasaba las largas noches recorriendo Ciudad Central, vigilando de lejos a algunos militares de vez en cuando, como su jefe le ordenaba. Codicia, en cambio, descansaba tranquilo sabiendo que había hecho lo correcto con su nueva y muy preciada adquisición.
Continuará...
Aquí vieron el por qué decidí llamar a los "homúnculos" por sus nombres en español. Me sonaba algo extraño que dijeran que los jefes de la pandilla adoptan nombres de Pecados Capitales, y que éstos fueran en inglés.
Y sí, en este fanfic, Codicia es un alquimista y jefe de un ingenuo e inocente homúnculo(por ahora, heh). Conste que les dije que era un gran AU.
Para los que están esperando el yaoi¡no desesperen! Está en camino, está en camino... (Cintia Elric es testigo de ello xD). Pero, como ya le dije a alguien en respuesta a su review, intento que esta historia quede lo más coherente posible, sin que termine convirtiéndose en un pwp(plot, what plot?).
Saludos, y gracias a todos por sus reviews.
