Capítulo 6: Laboratorio 5

—¿Quién anda ahí?

El guardia no llegó a divisar claramente las siluetas que lo rodearon antes de que le golpearan la cabeza con un enorme mazo. Su compañero no tardó en sufrir la misma suerte.

Los intrusos treparon las rejas, amparados por la oscuridad de la noche, llevando los cuerpos inconscientes de quienes acababan de derribar para evitar sospechas, y avanzaron con sigilo hacia su nuevo objetivo.

—Tu turno, Ira—indicó Loa cuando se toparon con la entrada blindada.

Ira sonrió de lado, entendiendo a lo que se refería, y utilizando las habilidades sobrehumanas que poseía por ser lo que era, hizo que un enorme caño de acero oxidado que se hallaba a pocos metros suyo se elevara por los aires y se estrellase reiteradamente contra el portón hasta provocarle un agujero por el cual pudieran caber.

—Bien hecho—lo felicitaron mientras se introducían en la edificación de tétrico aspecto.

Los recibió un enorme salón de techos altísimos y grandes columnas con círculos de transmutación y simbolismos alquímicos tallados en ellas. Cualquiera que se acercara notaría incluso desde la calle que aquel lugar anteriormente utilizado para investigaciones del Ejército se encontraba deshabitado, pero ellos bien sabían de antemano que aquel aspecto no era más que una fachada para encubrir los aberrantes experimentos que allí se llevaban a cabo.

—¿De verdad es tan necesario venir aquí?—preguntó Bido, escondiendo la cola dentro de su túnica.—¿No podrían haber enviado a otros en nuestro lugar?

Martel le respondió tras un suspiro:—Así lo ordenó el Señor Codicia, y supongo que entiendes por qué.

—No. ¡Explícamelo!

—Pues porque somos los que mejor conocemos el sitio al haber estado aquí antes—justificó Loa.

—Ya lo sé, no hacía falta que me lo recordaras—se quejó Bido nuevamente, fastidiado.

En verdad, ninguno de ellos se sentía cómodo estando allí. El Laboratorio 5 era donde los habían mantenido cautivos varios meses y luego transmutado en quimeras. Cada uno poseía innumerables recuerdos desagradables acerca de su larga estadía.

—Sólo necesitamos algunas piedras rojas. Luego nos largamos de aquí—les dijo Ira, intentando tranquilizarlos.

Codicia era un verdadero alquimista, eso nadie lo dudaba. Sabía bastante de la materia, y desde su victoria sobre Soberbia la pandilla se había dedicado principalmente a realizar robos que tuvieran que ver con ella. En realidad, a la gran mayoría poco le importaba cómo obtuvieran el dinero, mientras lo obtuvieran. Así que Codicia se ocupaba de vender clandestinamente la información que no le era útil para recompensarlos y mantenerlos satisfechos, y así asegurarse su fidelidad. Pocos seguían a su lado que no persiguiesen las riquezas prometidas, y él estaba bien enterado de ello. Era un sujeto extremadamente astuto, pero también algo vago. Quizás por eso aún no había dado con el secreto que le permitiera crear piedras rojas a su antojo, lo cual de seguro contenía la clave para lograr su principal objetivo. Mientras tanto, prefería seguir enviando a sus hombres de vez en cuando para que las robaran.

Ira y el resto apuraron el paso, adentrándose por oscuros pasillos confusos y zigzagueantes que finalmente los condujeron a donde querían llegar. Hacía ya tiempo que no transitaban por esos lugares, pero las quimeras no olvidarían el mapa que habían confeccionado mentalmente ni en cien años. Se trataba de una pequeña habitación rectangular que servía como depósito de los grandes frascos que contenían piedra roja en estado líquido. Mientras Ira vigilaba la entrada, llenaron los recipientes que habían llevado con aquella brillante sustancia y salieron de allí a toda prisa, tratando de emitir el menor ruido posible. A pesar del profundo silencio, sabían que no se hallaban solos y que en cualquier momento alguien podría salir a su encuentro. No estaban equivocados.

—Así que han vuelto las ratas de Codicia por aquí... y eso que fumigamos hace poco.

Una alta y delgada mujer de negro vestido y notorio escote interceptó su escape saliendo de detrás de una de las columnas, seguida por un extraño sujeto de baja estatura y enorme estómago redondo.

—¿Qué dices, Gula¿Quieres encargarte de las ratas?

El sujeto asintió, sacando su larga lengua babeante y mostrando sus enormes dientes, acercándose lentamente a los de la pandilla.

—Tengan cuidado—les advirtió Martel, tomando su navaja del bolsillo.—Temía que nos topáramos con ellos. Sus cuerpos están alterados por medio de la alquimia, así que no sé qué puedan llegar a hacer.

No llegaron a prepararse completamente para el combate, cuando Gula se les abalanzó con una velocidad demasiado increíble para el cuerpo deforme que poseía. Ira intentó divisar algún objeto que pudiese llegar a manipular para atacarlo, pero el sujeto se le echó encima y lo inmovilizó sobre el suelo.

—Lujuria¿puedo comerlo¿puedo comerlo?—preguntaba mientras su presa se debatía inútilmente bajo su peso.

—¡Ni se te ocurra!—exclamó Loa, embistiéndolo por detrás con sus poderosos cuernos de toro, penetrando sus órganos vitales.

—¡Lujuria, Lujuria!—gimió el sujeto antes de desplomarse, desangrándose poco a poco.

Loa se incorporó de inmediato, con aire triunfante. Después de todo, no había sido difícil deshacerse de uno de ellos, así que supuso que matar a la mujer sería también sencillo. Un pensamiento demasiado ingenuo de su parte.

Martel profirió un grito. Se había distraído un instante ayudando a Ira a ponerse de pie, y al levantar la vista vio a su compañero siendo atravesado por las largas uñas de su oponente.

—¡Loa!

—Ustedes matan a mi compañero, yo mato al suyo—declaró Lujuria, acortando sus uñas hasta hacerlas tomar su medida original.—Equivalencia de intercambio.

Furioso, Dorochet les hizo una seña para que huyeran con las piedras, asegurándoles que se reuniría con ellos más tarde en su escondite. Ira asintió, tomando a Martel en sus brazos, quien se debatía con bríos diciendo que su deber era vengar la muerte de Loa.

—¡Demonios!—exclamó la mujer una vez en la calle.—¿Por qué hacen esto¿Piensan abandonar a Dorochet también?

—Cállate, Martel. No eres tú quien manda aquí—la reprendió Ira.—Debemos llevarle esto a Codicia.

Martel lo miró con ojos refulgentes de odio, y le levantó la mano.—¡Maldito niño!

—¡Ya!—dijo Bido, deteniéndola antes de que lograse golpearlo.—Es suficiente, Martel. Ira tiene razón, debemos ir al Devil's Nest como nos indicó Dorochet.

La mujer se encogió de hombros, y todos guardaron silencio unos instantes.

—Creo que ya deberíamos irnos. No es seguro estar...

—Shhh.—Ira interrumpió a Bido tapándole boca con la palma de su mano.—¿Oyeron eso? Creo que un vehículo se estacionó a la vuelta de la esquina, delante de la entrada del Laboratorio.

—¿Estás seguro? Yo no oí nada.

—¡Shh!

Se separó unos metros de sus compañeros, acercándose con cuidado hacia donde había creído oír el sonido de un motor deteniéndose. Estaba por llegar a la esquina, cuando varias estacas filosas salieron del suelo, haciéndole soltar los frascos que contenían la sustancia roja, la cual se desparramó entre los adoquines. Cuando volvió a dirigir la vista hacia el frente, confuso, logró ver que se trataba del mismo alquimista de la otra noche.

—¡Tú de nuevo!

—¡Alphonse!—exclamó Edward al verlo.

—¡Maldición¿Cómo hicieron para enterarse de esto?—refunfuñó.—Las piedras... ¡Y ya deja de llamarme así, estás confundido!

Pero Edward no respondió. Se le quedó mirando, embobado, y no se movió ni un milímetro para detenerlo.

—¡Edward!—le gritó el Teniente Segundo Havoc desde la esquina—¿Estás bien¿Son ellos?

Ira se estremeció de pies a cabeza al escuchar aquel nombre.

—¿Edward?

—Al... ¡Soy yo, Ed¿Me recuerdas?—preguntó el joven. Aparentaba estar a punto de echarse a llorar, sin importarle encontrarse frente a un posible enemigo, completamente expuesto e indefenso. Oír su nombre pronunciado por los labios de aquél niño pareció potenciar su estado de abstracción.

—No...—le contestó.—Estás confundido—repitió, y corrió lo más rápido que pudo hasta donde sus compañeros lo esperaban. Apenas le entendieron cuando les dijo con prisa que fueran ellos solos al Devil's Nest, pues él debía ocuparse antes de un asunto.

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La vigilancia de la Biblioteca de Central había sido duplicada, si no triplicada. No fue un gran problema para él cuando se escabulló silenciosamente por una de las ventanas que había abierto gracias a sus habilidades. La extraña sensación de ansiedad y angustia que lo invadía parecía favorecer enormemente su agilidad para evitar ser detectado por los guardias, pues experimentaba una irrefrenable necesidad de enterarse de la verdad que creía le habían estado ocultando durante mucho tiempo. Sabía que si llegaba a cometer algún error que lo delatase, la furia de Codicia también sería irrefrenable.

Deslizándose sin emitir un solo sonido por los pasillos del primer piso, no tardó en dar con una cantidad de libros que hablaban acerca de la prohibida transmutación humana. Mientras pasaba sus páginas, impaciente, recordaba una vieja conversación que había mantenido con Codicia años atrás.

¿Cómo que te vas?

Sí, me voy—le había dicho con tanta seguridad que él mismo se sorprendió.—Estoy harto de ti y de estar robando para tus malditos intereses. Ya no quiero estar en este lugar con esta gente, ni mucho menos contigo.

Bien—respondió Codicia en tono sereno mientras contaba las monedas de oro que había ganado tras una jugosa venta.—¿Y adónde se supone que irás?

No lo sé.

¿No lo sabes?—rió.

Iré a buscar a mi creador.

Codicia rió entonces con más fuerza, y le dijo:—De acuerdo. Sabes que puedes ir adonde te plazca, pero una vez que cruces esa puerta no podrás volver. Además, si de casualidad llegases a encontrarlo¿piensas que tu creador te estará esperando con los brazos abiertos y los ojos llenos de lágrimas luego de haberte abandonado incompleto en medio de un descampado? Discúlpame si no es gracioso, pero de verdad me causa mucha risa. Dudo que seas menos monstruoso para él de lo que fuiste apenas te creó. Yo puedo hacerte humano si me ayudas, pero veo que eso no te satisface.

Ni siquiera sabes si podrás hacerlo...

No. ¿Acaso tienes una oferta mejor? Allí está la puerta.

Obviamente, no se había atrevido a cruzarla. Después de todo, la oferta de Codicia era la mejor y única que tenía, sin contar la opción de vagar eternamente por el mundo siendo un monstruo. Porque después de todo, no era otra cosa más que el experimento de un maldito e irresponsable alquimista que lo había abandonado. Sólo eso.

—Sólo eso...—se dijo a sí mismo mientras dejaba caer el libro que sostenía en sus manos.

Continuará...


Los fanáticos del yaoi, no dejen de leer el próximo capítulo:3

Saludos.