Y aquí, lo que muchos estaban esperando...
Capítulo 7: Gustos y disgustos
—¡Maldito!
Ira irrumpió en el Devil's Nest emitiendo un fuerte sonido con la puerta al abrirla de un golpe. Los individuos que siempre andaban holgazaneando por el lugar se le quedaron mirando, sorprendidos, entre ellos Martel y Bido, quienes se encontraban curando las heridas de Dorochet, salvado de milagro. Codicia ni siquiera lo miró. Continuó fingiendo estar muy ocupado, jugando un solitario con las cartas, y ni siquiera levantó la vista aunque era bastante claro a quién se dirigía el que acababa de entrar.
Frente a su indiferente actitud, Ira abandonó la escasa paciencia que aún le quedaba, comenzando a lanzar sillas y botellas por los aires. Las pocas mesas que allí había temblaron, y los cristales de las ventanas se hicieron añicos. Un hombre que intentó detenerlo terminó siendo arrojado varios metros hasta estrellarse contra la pared.
—¡Eres un bastardo mentiroso!—continuó vociferando mientras tomaba a Codicia por su chaleco y lo empujaba sobre la mesa en la que éste aún se encontraba jugando.—¡Me mentiste!—Y continuó golpeándole el rostro a puño cerrado.
—Veo que no has traído las piedras contigo—le dijo, aprovechando el instante de calma. Un grueso hilo de sangre manaba ya de su labio inferior—¿Y ahora vas a matarme¿Piensas crear la Piedra Filosofal tú solo? Ni siquiera podrías utilizar la alquimia aunque quisieras, porque es de lo que estás hecho.
—¡¿De qué más estoy hecho¡Dímelo!
Codicia adoptó un gesto pensativo, y luego elevó los hombros.
—No lo sé...—respondió antes que una sonrisa burlona se le formara espontáneamente.—¿De ira?
La broma pesada sólo logró aumentar su cólera, así que le asestó un último y fuerte golpe, y se puso de pie, dándole la espalda.
—¿Por qué nunca me dijiste que fui transmutado a partir de un ser humano?
Codicia se echó a reír lo más fuerte que su dolor le permitió.
—Veo que has hecho la tarea, niño—dijo mientras Martel lo ayudaba a ponerse de pie.—Bueno, supongo que decírtelo no hubiese hecho gran diferencia.
—¡Cállate¿Qué puedes llegar a saber tú?
—¡Vamos¡No hagas semejante escena dramática! Ahora no me digas que irás tras este Alquimista Estatal quien supuestamente es tu creador, porque me harás reír mucho y me duelen las costillas.
Ira permaneció inmóvil, con la vista clavada en el suelo de cemento.
—Puede que hayas sido creado a partir de un ser humano a quien intentaron devolverle la vida, pero como habrás leído, no hay ningún material en este mundo que pueda darse a cambio de un alma. No eres humano. Tu lugar es aquí, con estos seres que son tan fenómenos como tú, y saben que tienen una oportunidad si me siguen.
—Vete a la mierda—le dijo, y se dirigió a su dormitorio y cerró la puerta con furia.
Se dejó caer sobre una de las camas, haciéndola crujir. Observó el techo de la misma forma que lo hacía cada vez que se quedaba conversando hasta tarde con Loa y Dorochet, hasta que ellos se durmieran. Ya no podría conversar más con Loa, y Dorochet había estado a punto de correr la misma suerte. Suspiró. No se había dado tiempo para aliviarse por la supervivencia de su amigo. Continuó recorriendo vagamente con la vista las numerosas manchas de humedad que habían terminado arruinando la antigua pintura, esta vez preguntándose como tantas otras veces por qué alguien se habría molestado en crear algo como él para luego abandonarlo de esa forma tan desalmada. Tenía varias teorías: la primera y más probable era que a su creador no le habían gustado los resultados de su experimento, y no le importó mucho desecharlo cual rico que arroja una comida de mal sabor a la basura. También pensaba que podrían haberlo usado como una simple prueba de destreza, en un intento de demostrar que eran capaces de hacer lo que se proponían, sabiendo de antemano que luego se desharían del resultado. No lograba ponerse de acuerdo acerca de cuál de las dos hipótesis era la peor. Pero tenía una tercera teoría, poco factible, pero que mantenía vivas sus escasas esperanzas. Se imaginaba que su creador había intentado hacer algo de buena fe, con el pequeño problema que desconocía que aquello había resultado bien, ignorando por completo que había dejado abandonado a un ser vivo y consciente. Es por ello que fantaseaba una y otra vez reencontrarse con esa persona, y pedirle el favor de que terminara su deber volviéndolo humano. Era Codicia quien le demostraba continuamente con quizá no tan malos argumentos lo absurda que sonaba aquella idea. Tal vez estuviera en lo cierto.
El sonido de alguien golpeando la puerta lo arrancó de su abstracción. Era Codicia, quien al no oír respuesta entró de improviso al cuarto.
—Vete—le dijo sin siquiera mirarlo.
Ignorando su petición, se sentó a su lado sobre la cama y se quedó observándolo. Sostenía una bolsa con hielos pegada a su mejilla, la cual había comenzado a hincharse.
—¿Qué quieres?
—No seas tan necio. He recapacitado un poco y pensado en venir a enseñarte algo que según veo aún no has aprendido.
—¿Qué cosa? Espera¿qué demonios haces?
Frunció el entrecejo, confuso, al ver que Codicia se inclinaba sobre él y apoyaba con poco cuidado los labios sobre los suyos. Quedó perplejo ante lo que el hombre hacía, así que aprovechando la inmovilidad del niño, Codicia abrió su boca y lo besó, introduciéndole bruscamente la lengua. No tardó en saborear la sangre de la herida que él mismo le había abierto minutos antes, tras su reciente ataque de furia.
—¡Basta¡No quiero que me enseñes esto¡No quiero saberlo!
—¿Y cómo sabes lo que es si aún no te he hecho nada? Tú sólo quédate quieto.
Sin saber exactamente cómo reaccionar, obedeció, sintiendo cómo el otro comenzaba a lamer el lóbulo de su oreja, descendiendo lentamente por su cuello hasta llegar a su clavícula. Cerró los ojos y apretó los dientes con fuerza. Enseguida Codicia lo tomó por las muñecas, haciendo que se incorporase sobre la cama para quitarle la camiseta negra que llevaba puesta. Volvió a recostarlo y continuó deslizando la lengua por su pecho, concentrándose en endurecer los pequeños pezones rosados que resaltaban en su pálida piel, cosa que no le costó mucho trabajo. Levantó un segundo la vista y notó cómo la respiración del pequeño se había acelerado notablemente.
Ira, aún inmóvil y algo tembloroso, volvió a sentir el sabor metálico de los labios de Codicia cuando éste se acomodó a su altura para besarlo nuevamente, esta vez siendo tímidamente correspondido. Éste descendió paulatinamente su mano, presionándole los músculos abdominales, hasta llegar a meterla dentro de sus pantalones, palpando su sexo apenas cubierto por el fino vello de la pubertad. Ira sintió entonces cómo un calor se expandía desde su entrepierna hasta cada extremidad de su cuerpo, y la cara le hervía. Imaginó ingenuamente que así debían sentirse los humanos que padecían fiebre, aunque dudó que fuera tan placentero.
Pero luego, inesperadamente, vino el dolor. Abrió los ojos y se incorporó repentinamente al sentir que Codicia introducía uno de sus dedos dentro de su cuerpo.
—¡Espera¡Eso duele!—exclamó, tomándole la mano y alejándola de aquella sensible zona.
Codicia le sonrió macabramente, y sujetándolo de ambas muñecas con fuerza, lo empujó sobre la cama.
—Es la idea. Sino, no aprenderás nada.
Echó la cabeza hacia atrás, padeciendo nuevamente la intrusión, aunque en esta ocasión Codicia había decidido utilizar dos dedos. Los introdujo y extraño reiteradas veces, hasta que se detuvo para quitarle las botas y los pantalones, dejándolo completamente desnudo. Él se trepó a la cama y se acomodó sobre su cuerpo mientras se bajaba la cremallera.
—Separa las piernas—le dijo.
Hubo una especie de forcejeo, hasta que logró que lo obedeciera.
—¡Detente!—vociferó Ira, asustado, aunque fue en vano pues Codicia ya había comenzado a hundirse en él. Le tapó la boca para ahogar el resto de sus gritos y pasó uno de sus brazos por debajo de su pierna izquierda para levantarla y facilitar así la penetración, mientras luchaba contra su inútil resistencia. El dolor lacerante que Ira sentía en sus entrañas se intensificaba a medida que Codicia aumentaba la velocidad de sus embestidas. Pero entonces, cuando creía que ya no podría seguir ni un segundo más, el sufrimiento comenzó a ser reemplazado nuevamente por ese extraño calor placentero, y su miembro terminó por endurecerse cuando Codicia continuó con sus caricias.
—Codicia...ah—gimió una vez que su boca fue descubierta.
Volvió a cerrar los ojos, a punto de llegar a la cúspide del placer, hasta que de pronto todo se detuvo. Esperaba que Codicia siguiera de alguna otra forma, pero al mirar a su alrededor vio que éste ya se había subido la cremallera y se dirigía hacia la puerta.
—¿Eso es todo?—preguntó, desconcertado.
—Claro. Ya he hecho lo que tenía que hacer. ¿Qué te sucede¿Quieres más?—preguntó, observando cómo el niño se mordía el labio inferior y ocultaba la mirada, ruborizándose.—Ah... ¡qué fastidio!—exclamó, y regresó a la cama, esta vez diciéndole a Ira que se diera vuelta, dándole la espalda. Lo penetró rápidamente, arrancándole un delicioso gemido que le produjo una carcajada.
—¿Te gusta?
—S—sí—respondió entre jadeos.
—¿Aún te duele?
—No... continúa, por favor.
Continuó entonces hasta que ambos acabaron, satisfechos. Codicia se arrojó sobre la cama vecina y se encendió un cigarrillo.
—¿Lo ves?—le preguntó en tono sereno mientras concentraba su mirada en el humo que ya se había amontonado sobre sus cabezas.
—¿Qué cosa?
—Que a veces algo puede resultarte excesivamente desagradable, pero luego volverse muy provechoso. Los alquimistas le llamamos Equivalencia de Intercambio, je.
—¡¿Eso es lo que querías enseñarme?!—exclamó, consternado.
—¡Por supuesto!—rió.— ¿No te parecen didácticas mis lecciones?
Codicia arrojó al suelo la colilla aún encendida de su cigarrillo y se puso de pie, caminando hacia la salida. –No eres humano, pero al menos tienes sensaciones parecidas—le dijo, y luego se le ensombreció el rostro.—Tendrán que tener más cuidado la próxima vez que se acerquen al Laboratorio 5. Lamento lo de Loa.
—Sí...—respondió Ira desde la cama, y luego volvió a recostarse, desanimado. Había experimentado demasiadas sensaciones esos últimos días, y se sentía extraño.
No supo explicar por qué en ese momento, mientras aún reposaba desnudo entre las sábanas sucias de sudor, un nombre comenzó a zumbarle dentro de la mente.
...Edward...
Continuará...
Para los que lo extrañaban, en el próximo capítulo volveremos con nuestro desdichado Edward, no desesperen n.n
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