Capítulo 9: Amistad

—No.

—Vamos, es sólo una pequeña cooperación lo que te estoy pidiendo. Nadie tiene por qué enterarse.

—¿Pequeña cooperación¿Te das cuenta de lo que dices? Opino que deberías dejar de lado tu obsesión y pensar un poco más en tu familia.

—Mi familia está bien, no la metas en esto. Sabes que no sirvo para hacer oídos sordos como tú.

—Entonces ocúpate solo de tus locuras.

—Tendré que hacerlo si no me ayudas.

—No. Definitivamente no puedo hacer lo que me pides.

°°¤ø,¸ ¸,ø¤°°

En el Cuartel General, todo permanecía en silencio. Era la hora del cambio de personal, y los que ya llevaban buen tiempo trabajando allí sabían perfectamente que, en ese momento, los pocos que no volvían a sus casas y quedaban de guardia se encontraban o demasiado ocupados en sus tareas, o demasiado aburridos como para mantenerse en sus puestos asignados y no tentarse de recorrer los pasillos en busca de algún que otro compañero que los entretuviese. Hughes había notificado que se quedaría horas extras para terminar con el papelerío de poca relevancia que le había quedado pendiente. Nadie tuvo objeción alguna.

El Teniente Coronel saludó con un movimiento de cabeza a un par de oficiales que montaban guardia en el corredor principal, y se metió en el tocador. Encerrado en uno de los cubículos, tomó la pequeña llave que había conseguido y suspiró, decidido. Sus corazonadas raras veces habían sido equivocadas, por ello había aprendido a confiar y seguir su instinto. Sólo haría una minuciosa investigación, y luego podría dormir tranquilo sabiendo que de cierta forma habría hecho algo bueno por el país en donde vivían su esposa e hija. Se asomó por la puerta que daba al corredor y, asegurándose que los guardias estuviesen lo suficientemente alejados y distraídos, se precipitó hacia una de las oficinas. Colocó la llave en la cerradura lo más rápido que sus manos le permitieron e ingresó en la oscuridad del cuarto, cerrando velozmente la puerta tras de sí. Permaneció inmóvil durante algunos instantes, seguro de que nadie lo hubiese visto entrar. De pronto, el temor de estar cometiendo una seria locura lo asaltó, recordando las palabras que le habían dicho esa misma mañana. Pero había llegado demasiado lejos como para arrepentirse. Encendió la pequeña linterna que llevaba consigo y se dispuso a buscar entre los papeles la pista que necesitaba. Tan sólo debía hallar el lugar de donde provenía la misteriosa llamada a la oficina del Fürer y así confirmar o refutar sus sospechas. No sonaba tan complicado ahora que había llegado hasta allí.

—¿Encontraste algo interesante?

Hughes se dio media vuelta de un salto, profiriendo por poco un grito a causa del susto. Se agachó para tomar la linterna que había dejado caer y alumbró al frente, iluminando el rostro sereno del Coronel.

—¡Roy!—suspiró.—¡Casi me matas de un infarto!

—Perdóname—le respondió, acercándose al montón de papeles que Hughes había estado husmeando.

—En verdad no te oí entrar, menos mal que eras tú. Creí que no querías involucrarte en esto.

Roy lo miró, adoptando una expresión indescifrable, la cual desapareció enseguida, siendo reemplazada por una cálida sonrisa. —Eres mi amigo¿verdad? He venido a ayudarte con tu investigación.

Continuó revisando los archivos de llamadas, y luego tomó una de las hojas, la dobló en cuatro partes y se la guardó en el bolsillo del pantalón. Hughes, por su parte, acercó aún más la linterna al Coronel, provocando que sus facciones, empalidecidas por la luz clara, le dieran un aspecto fantasmagórico.

—Bien, ya es hora de irnos—dijo Roy.

—¿Qué quieres decir¿Qué encontraste?

—Quiero decir que tengo lo necesario para evitar que continúes entrometiéndote en mi carrera.

Desenfundó el arma y le apuntó al pecho. Hughes pensaba en su hija en el momento en que el sonido de un disparo resonó por todo el Cuartel General.

°°¤ø,¸ ¸,ø¤°°

Codicia paseaba nervioso por la sala. Se movía a gran velocidad, su brazo derecho flexionado sobre el abdomen y cuatro dedos de su mano izquierda apoyados en los labios, formando con su andar la perfecta figura de un ocho. Gritaba a la gente desparramada a su alrededor que callara cada vez que creía que alguien iba a abrir la boca.

Por su paciente personalidad, era bastante difícil llegar a irritar a Codicia. Pero su humor cambiaba radicalmente y se le ponían los pelos de punta cuando enviaba a Kimblee en una empresa, o esperaba que éste regresara. Zolf Kimblee era el único contacto que poseía dentro del Ejército. No era de un rango muy elevado, pero le era suficiente para enterarse de algún que otro dato importante, e incluso para sembrar falsas pistas que ayudaran a mantener a su pandilla a salvo en el Devil's Nest. También les resultaba más fácil hacer cooperar a algunos civiles teniendo a un militar de su lado que les inspirara confianza. Se habían conocido muchos años atrás, cuando ambos estudiaban para ser aprobados como Alquimistas Estatales. No se sorprendieron demasiado la noche que, pasados de copas, se confesaron mutuamente que las intenciones de ambos distaban mucho del deber de un Alquimista Estatal de servir a su país. Kimblee era un asesino por naturaleza, y no veía la hora de que estallara la guerra. Estaba enamorado del dinero y del lujo casi tanto como Codicia, y juntos idearon la manera de enriquecerse a costas del Ejército cuando se les diera la mínima oportunidad. Pero Codicia no logró pasar el examen, y la rebelión del Este los separó durante largo tiempo. Kimblee había regresado de allí con fuertes acusaciones de crímenes de guerra, y hubiese sido condenado a muerte si no fuera por la absolución que le otorgó el nuevo gobierno a último momento. Una vez en libertad, no tardó en volver a contactar a Codicia, quien ya se encontraba al mando de la pandilla, y decidió unírseles para retomar sus antiguos planes.

Alguien llamó a la puerta, dando la sucesión de golpes que formaban el santo y seña de la pandilla, indicando que no se trataba de ningún extraño. El jefe se abalanzó hacia la entrada y ordenó que abrieran.

—¡Kimblee!—exclamó, dando un suspiro de alivio.—De nuevo se te ha hecho tarde.

—Lo sé, lo sé—dijo el hombre mientras entraba a la guarida. Vestía un elegante traje bordó, cosa que contrastaba con el aspecto informal que le daba la larga coleta castaña y su andar despreocupado. Se sentó en la barra y se sirvió una medida de ron. –Tuve algunos problemas con el tipo del que te conté, pero finalmente accedió a darme la información. Además de que el enfrentamiento con los campesinos en ese insignificante pueblo al que me enviaron para poner orden fue más complicado de lo que imaginé. En verdad estaban furiosos. Por suerte tuve la oportunidad de poner en práctica cosas que ya extrañaba. Tú sabes, explosiones, hacer volar gente y eso.

Codicia bufó.

—Por el retraso con el que vienes, creí que ya tendrías todo listo.

—Tú quédate tranquilo. Coincidimos telefónicamente que pasado mañana me diría el paradero del Doctor Marcoh. El resto puedes encomendárselo a Ira, de seguro no tendrá problemas.

Zolf se sirvió otra copa, bebió con rapidez y se puso de pie, diciendo que tenía cosas qué hacer.

—¿Tan rápido te vas?—refunfuñó el otro.—Hace ya varios meses que no salimos a divertirnos durante la noche. ¿Qué demonios tienes que hacer?

—Je, yo tengo un horario que cumplir, no como cierta persona que se la pasa todo el día haciendo nada mientras sus siervos se ensucian las manos.

—Oh, perdón—rió.—Había olvidado que a ti sí te admitieron como perro de los militares. Parece que llevas la correa bien tirante, Alquimista Carmesí.

Kimblee le dedicó una expresión divertida con sus brillantes ojos felinos y luego se fue, sabiendo que probablemente extrañaría las largas noches de juerga con su viejo compañero.

Continuará...


Quise subir rápido este capítulo porque coincido en que el anterior capítulo fue bastante corto y no pasaron muchas cosas. Espero que éste les haya gustado :3

Saludos!