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Capítulo 11: Doctor Marcoh
Preparar la valija no le costó casi nada de trabajo. Tan sólo tomó una muda de ropa por si tenía la necesidad de quedarse varios días, se vistió con un pantalón y camiseta negra, cubriéndose con un largo saco rojo, y partió en dirección a la estación para tomar el tren que lo llevaría al sur. La tormenta había cesado momentáneamente, pero las altas nubes plomizas aún se alzaban amenazantes, y el viento soplaba con la misma intensidad con la que lo había hecho durante toda la mañana. Mientras se oía el sonoro pitido de la locomotora y el tren comenzaba a moverse, Edward se creyó un cobarde. No podía quitarse de la mente la imagen de la inconsolable viuda y su hija, ahora sin padre, cuyos llantos no había tenido el valor de escuchar. Y cuanto más lo pensaba, mayor era la culpa que se gestaba en su interior, lacerándolo.
El viaje fue incómodo, y durante los cortos lapsos que logró conciliar el sueño, sufrió de pesadillas de las cuales poco recordaba, despertando aún más angustiado de lo que ya se sentía. En una de ellas reconoció el rostro de Alphonse, pálido como el de un espectro, cubierto de lágrimas, rogándole que lo recordara. Otra trataba del entierro de Hughes, el cual se llevaba a cabo en el cementerio de Rizembul, su pueblo natal, junto a las tumbas de su madre y de su hermano. Suspiró, aliviado, al llegar a la estación en la que debía bajar. Descendió con torpeza, algo atontado por las largas horas de inactividad.
-Doctor Marcoh, Doctor Marcoh-se repetía para sí, sin saber con exactitud cómo encontraría la casa de dicho doctor.
Según Roy, el Doctor Tim Marco era un desertor que había huido tiempo después de terminar la Rebelión del Este, llevándose consigo la importante investigación que había estado llevando a cabo. Afortunadamente, alguien del Ejército se había enterado por casualidad de su escondite, y si tenían suerte, todo aquello serviría además de carnada para la pandilla que, al menos por lo que habían entendido, también buscaba esa clase de información. Dio unas cuantas vueltas por el pequeño pueblo rural en el que supuestamente habían visto al fugitivo, imaginando que no le sería fácil convencerlo para que lo acompañase a Ciudad Central. Roy había sido bastante claro al mencionarle que estaba autorizado a utilizar la fuerza en caso de encontrar resistencia, cosa que no le agradaba en lo absoluto. Prefería, de alguna u otra forma, hacerlo entrar en razón antes de recurrir a la violencia. Fue luego de caminar durante un largo rato cuando se le ocurrió preguntarle a una anciana acerca de la persona que buscaba. La anciana le sonrió cándidamente, acentuando las numerosas arrugas de su rostro, y le respondió que no conocía a ningún Tim Marcoh.
-Sin embargo-dijo-si necesitas un doctor, puedes ir a visitar al Doctor Mauro.
-¿Doctor Mauro?
-Es el único doctor que tenemos en el pueblo. En verdad es muy bueno, y no te cobrará ni un centavo. No sé qué es lo que hace, pero utiliza esa... mh... luz, y es capaz de curar cualquier dolencia. Desde que él llegó, no me han vuelto a doler los huesos una sola vez. ¡Difícil de creer, pero cierto!
-Por supuesto que le creo-sonrió, y luego le agradeció a la mujer por los datos, sabiendo que había hallado lo que buscaba.
El lugar indicado era una humilde casa de madera ubicada casi a las afueras del pueblo. Un hombre de unos cuarenta años y semblante amable salió de ella apenas Edward llamó a la puerta.
-¿Qué se te ofrece, jovencito?
-¿Es usted el Doctor Mauro? Verá... –continuó luego de que el otro asintiera-Mi nombre es Edward y soy un estudiante de medicina. He oído mucho acerca de usted en los pueblos de alrededor. Me gustaría mucho platicar con usted acerca de la materia, si no le molesta.
El doctor abrió grande los ojos en un gesto de incredulidad, y se sonrojó un poco.
-Vaya... no sabía que fuera famoso en otros pueblos-rió.-Claro que no me molesta, en absoluto. Ven, pasa.
Lo invitó a sentarse en la pequeña mesa del comedor y le ofreció algo de té, cosa que Edward aceptó gustoso, pues no había bebido ni comido nada desde su partida de Central. Mientras el hombre preparaba una especie de cena improvisada, el joven inspeccionó con la mirada su hogar, sin poder identificar nada que confirmara sus sospechas acerca de la verdadera identidad del sujeto.
-Y bien¿de qué te gustaría hablar?-preguntó Mauro una vez que se sentó él también a la mesa.
-Bueno, he oído de algunos pacientes que usted hace maravillas curándolos con una especie de luz. Eso me tiene muy intrigado, por eso no pude evitar venir hasta aquí para preguntarle en persona.
-Entiendo... Pero eso a lo que te refieres no es simple medicina. Además de doctor, también soy un alquimista, por eso puedo combinar ambas cosas y hacer lo que hago. Y créeme, chico, la alquimia es algo difícil de aprender, pero más difícil aún es conformarse con utilizarla para el bien de la humanidad.
El Doctor Mauro se le quedó viendo fijo, como intentando comunicarle con la mirada que aquello era un asunto serio. Edward, en cambio, intentó mostrarse lo más desentendido posible.
-Y dígame, doctor. Ya que tanto sabe de esto¿nunca pensó en viajar a un lugar con mayores recursos? Como Ciudad Central, allí de seguro podría conseguir un trabajo bien pago.
Ante aquellas palabras, las cuales sonaban demasiado inocentes, el rostro del hombre se oscureció.
-Tengo una deuda que pagar-dijo tras un largo silencio.
Luego, se puso de pie y se dirigió a la cocina, diciendo que debía sacar la comida del fuego. Edward le preguntó si tenía un teléfono, y Mauro le respondió que había uno en su dormitorio y que lo usara sin problemas. –Tienes suerte, pues soy uno de los pocos que tiene teléfono en el pueblo. Mucha gente viene a hacer llamadas de vez en cuando.
Levantó el tubo y marcó rápido un número. Enseguida lo atendió aquella voz que le era inconfundible. Dudó un instante antes de hablar.
-Soy Edward, estoy en la casa del Doctor Marcoh. Ha estado viviendo bajo un nombre falso, pero no tengo dudas de que se trata de él.
Iba a continuar hablando para dar más detalles de su hallazgo, pero la voz del doctor lo interrumpió de pronto.
-Cuelga ese teléfono-dijo mientras le apuntaba con una gran escopeta al pecho. Tanto sus manos como su voz temblaban considerablemente, pero Edward no quiso darle una razón para disparar, así que obedeció enseguida y se dio media vuelta.
-Tengo órdenes de llevarlo a Ciudad Central, Doctor Marcoh. Depende de usted cooperar o no conmigo, y en verdad me disgustaría mucho que esto terminara en un enfrentamiento inútil.
-¡Cierra la boca!-exclamó, acercándosele más con su arma.-¡No me obligarán a volver allí¡No me obligarán a continuar cometiendo aquellas atrocidades¡Prefiero morir!
Edward intentó serenarse para dar con alguna idea que le permitiese hacer entrar a Marcoh en razón. Pero en verdad se sentía asustado, pues jamás había tratado con una persona tan alterada como la que tenía enfrente, y lo peor es que no sabía cómo podría llegar a reaccionar. Entonces, como si la cosas no pudieran ir peor, inesperadamente las luces se apagaron, y se escuchó un disparo. El corazón de Edward dio un vuelco, y antes de que pudiese hacer nada, sintió cómo de un tirón brusco le hacían añicos su brazo mecánico. Se sucedieron algunos sonidos en la oscuridad total, y cuando Marcoh regresó al cuarto con una lámpara de aceite, no terminó de comprender lo que ocurría allí dentro: otro muchacho, aún más joven, le había quitado la escopeta, la cual ahora apuntaba directamente a la cabeza de Edward.
-¿Qué... qué significa esto¿Quién eres tú?
-Lo siento, pero no he venido a hacer sociales-le respondió.-¡Pero mira qué buena suerte tengo! Tan solo me proponía seguir a Edward Elric, y ahora me encuentro también con el Doctor Tim Marcoh. Matar dos pájaros de un tiro le dicen¿no?
Edward lo miró, atónito, sin saber qué decir y estando completamente indefenso sin su brazo.
-Bien, ahora, doctor: o me dice adónde esconde sus investigaciones, o le vuelo los sesos. Supongo que no querrá sumar una muerte más a su pesada conciencia.
Marcoh observó la expresión confusa de Edward y se encogió de hombros, encontrándose entre la espada y la pared. –Te lo diré, pero prométeme que no le harás nada.
Ira sonrió.
-Como bien dijo Edward: depende de usted.
Continuará...
