Dos años después... (literalmente).

Husmeando entre documentos viejos encontré esto. Releí todo el fic y le tomé cariño. No me acordaba que tuviese tantos capítulos sin subir. Ha pasado mucho tiempo, pero ya que está escrito... aquí lo tienen.

¿Todavía hay gente por acá?


Capítulo 12: Falso Contacto

El sonido del disparo había alborotado a algunos perros de alrededor. Varios de los vecinos también lo habían oído, pero como era usual en esa época del año que los cazadores anduviesen por los campos aledaños persiguiendo alguna que otra liebre a altas horas de la noche, nadie se alteró lo suficiente como para distraerse de sus ocupaciones.

Edward se mantenía inmóvil, no pudiendo dar con solución alguna a la inesperada y desafortunada situación en la que ahora se encontraba. Observó con impotencia cómo Marcoh, sudado y tembloroso a causa del miedo y el nerviosismo, se rendía ante la petición del intruso y colocaba ambas manos sobre una de las paredes del dormitorio, revelando un hasta entonces oculto círculo de transmutación. El círculo brilló y se separó en dos partes, dando forma a una puerta que se abrió lentamente en el muro. Detrás de ella, un cuarto secreto albergaba, de la misma forma que el Laboratorio 5, algunos frascos con agua roja y también dos grandes estanterías cargadas de libros y papeles. Ira apoyó el cañón de la escopeta sobre la espalda de Edward y carraspeó al ver que el doctor no se movía.

—Quiero todo lo relacionado con la Piedra Filosofal—dijo, obligándolos a entrar al cuarto.

—Niño, no tienes idea de...

—¡Cállese y haga lo que le digo!

Calló entonces y se dirigió hacia las estanterías, comenzando a buscar entre los libros y manuscritos y formando una pila en el suelo con algunos de ellos. Mientras tanto, Ira seguía cada movimiento suyo, observando de reojo los frascos acomodados sobre una amplia mesa, algo cubiertos de polvo, y sin descuidar tampoco al muchacho que tenía enfrente.

Cuando hubo terminado, Marcoh levantó la pila de libros seleccionados del suelo con ambos brazos y caminó en dirección al dormitorio a paso lento.

—También me llevaré la sustancia roja. Consiga una caja y meta todo allí—le dijo Ira, tomando a Edward del brazo y siguiendo al hombre.—¿Qué ocurre?—preguntó al ver que éste se detenía antes de cruzar la puerta. Soltó el brazo de Edward, sin dejar de apuntarle, y se acercó al otro para obligarle a moverse, cosa que no hizo. En cambio, dejó caer los libros al suelo, y, apoyando las manos sobre ellos, los hizo pedazos gracias al círculo que les había dibujado con un trozo de tiza. Los pequeños pedazos de papel volaron por los aires, desconcentrando a Ira por un momento, cosa que Marcoh aprovechó para cerrar la puerta y dejarlos a todos encerrados, quedándose él también del lado de adentro. Entonces, se arrojó torpemente sobre el niño, intentando quitarle la escopeta.

—¡Maldito viejo estúpido! ¡¿Qué te crees que haces?!

—¡No permitiré que nada salga de aquí! ¡No seré responsable de eso!—exclamó con desesperación a la vez que luchaba contra la desproporcionada fuerza del pequeño cuerpo.

Edward se adelantó para ayudar, pero antes de que pudiese hacer nada, el arma se disparó por segunda vez.

Ira cayó de espaldas, cubierto de sangre. El espeso líquido carmesí se escurrió por la pared blanca, desparramándose rápidamente alrededor del cuerpo inerte. Edward pasó la mano que le quedaba por su rostro, limpiándose algunas gotas salpicadas, paralizándose ante lo que acababa de suceder, horrorizado.

—Yo...yo no lo maté—tartamudeó Ira.—Él se disparó solo... ¡Lo hizo a propósito!

Ante sus palabras, el alquimista reaccionó violentamente y se abalanzó por detrás, pretendiendo asfixiarlo con el brazo.

—Así que lloriqueas luego de haber matado a una persona. Lo mismo habrás hecho la otra noche, ¡¿Verdad?!

Ira se sujetó suavemente de su brazo con ambas manos, sin oponer resistencia. Aún se encontraba demasiado conmocionado por la imprevista resolución del Doctor Marcoh.

—Anda, inténtalo—le dijo luego con voz calma.—No moriré. No puedo morir como lo hacen los seres humanos.

Edward, aún más furioso, lo empujó como pudo hacia el frente, provocando que éste resbalase con la sangre del suelo y cayese boca arriba. Se trepó rápidamente sobre él y continuó apretándole el fino cuello con su mano izquierda.

—¡Respóndeme! ¡¿Hiciste lo mismo cuando mataste a Hughes?! ¡Dímelo!

Ira sonrió de lado, aparentemente inmune a la falta de aire, cambiando de forma tan repentina de actitud que parecía haberse transformado en alguien totalmente diferente al infante asustado que había sido apenas un instante antes.

—¿Y qué importa si yo lo maté? ¿Buscas venganza? ¿No sabes que no puedes ganar sin dar algo a cambio? Los humanos también están incluidos en ese algo.

—¡No hay nada que pueda darse a cambio de una vida humana!—exclamó Edward, aumentando considerablemente la fuerza con la que lo apretaba.

—Créeme que lo sé—respondió, tornándose serio, antes de zafarse de su atacante e inmovilizarlo, sosteniéndolo del brazo por detrás de su espalda. –Eso lo aprendí hace unos días. Un homúnculo nace tras el fallo de una transmutación humana, pues no existe material alguno en este mundo que pueda intercambiarse por un alma.—recitó mientras se quitaba el cinturón y lo utilizaba para amarrar a Edward a una de las patas de la mesa. –Por esa misma razón, yo carezco de una.—Se aseguró de que no pudiese escapar, y luego se dirigió hacia la pared en donde hacía pocos minutos había estado la puerta para intentar abrirla. Observó detenidamente su superficie, pero en ella no parecía haber nada más allá de la gran mancha de sangre del doctor. Dirigió una mirada de asco al cadáver y lo arrastró con desgano hacia una de las esquinas.

—No podrás abrirla, sólo puede hacerse con alquimia. Si no me hubieses destrozado el brazo, no estaríamos encerrados.

—Si no te hubiese destrozado el brazo, tendría que luchar contigo y podrías llegar a escaparte.

—¿Cuál es la diferencia?—replicó con un dejo de angustia en su voz.—Marcoh destruyó lo que había venido a buscar. O al menos gran parte de ello.

Ira emitió una especie de gruñido y continuó inspeccionando la pared. No tardó en confirmar lo dicho por Edward, así que sintiéndose frustrado por no poder hacer nada al respecto, suspiró con pesadez y se sentó en el suelo.

—¿Por qué lo haces?—preguntó Edward de pronto.

—¿Qué cosa?

—Todo esto. Robar, asesinar. ¿Qué es lo que pretende tu pandilla, y por qué te uniste a ellos?

—¡Oh!—exclamó Ira, frunciendo el entrecejo.—¡No me vengas con un sermón de moralidad, Alquimista de Acero!

—No, no me refería a eso.—Hizo una pausa y se dedicó a estudiar los rasgos del ser que se hallaba a unos metros suyo. El espectáculo era macabro, pues la aparente inocencia de su juvenil aspecto contrastaba terriblemente con los restos de sangre esparcidos sobre su piel, cabello, y sus vestiduras de cuero negro.—¿Al menos... al menos recuerdas algo de tu anterior vida? ¿De cuando eras mi hermano menor?

Ira abrió exageradamente los ojos y lo miró, sorprendido. Luego, descendió el rostro y se mantuvo en silencio.

—Lo supuse... No sé para qué pregunté semejante estupidez.

—Sí, solías preguntar muchas estupideces—comenzó a hablar.—Me preguntabas todos los días si extrañaba a mamá. También te gustaba mucho que nos subiéramos al techo de casa para poder observar las estrellas. Se veían bonitas desde allí. A mí casi siempre me daba mucho frío, pero aún así la pasaba bien a tu lado.

Edward oía atentamente cada palabra que salía de su boca. No se animaba a levantar la vista, pues los sucesos recientemente acontecidos le habían gritado en la cara que aquél no podía tratarse de su hermano. No, no del tierno e inocente de Alphonse. Ese era otro. Sin embargo, temía que si lo miraba en ese momento a los ojos, comenzara a creer en fantasmas. Un escalofrío recorrió su espina dorsal al notar que el pequeño se le acercaba y apoyaba su cabeza suavemente sobre su hombro.

—A—Alphonse...—susurró en contra de su voluntad.—¿Eres tú?

Su captor lo tomó por la barbilla, obligándolo a cruzar la mirada con la suya.

—No—respondió.—Yo no soy Al. No tengo nada que ver con Al. Puede que sea idéntico a él y posea alguno de sus recuerdos, pero mi existencia comenzó en el momento en que tú me transmutaste, intentando revivir a tu hermano. Mi nombre es Ira. No soy Al. Por eso lo mejor será que lo aceptes. Hará las cosas mas fáciles.

—Mis cosas.

—Sí.

—¿Y por qué te preocupas por mí si quieres hacer las cosas fáciles?

—Tienes razón—rió inocentemente.—Supongo que no puedo negar mi procedencia a pesar de todo, ¿verdad?

Edward cerró los ojos y aspiró profundamente. Habían pasado cuatro años desde la última vez, pero aún recordaba el inconfundible aroma de su hermano. En ese momento, quiso olvidar todas las adversidades por las que había pasado y estaba pasando, y concentrarse en imaginar que todo estaba bien y su deseo finalmente se había vuelto realidad. Sin embargo, no pudo evitar que su mente fuera invadida por aquellas imágenes espantosas que solían acosarlo durante sueños: la Puerta, contenedora de toda la Verdad, tanto fascinante como atroz, y la dolorosa pérdida de sus miembros a cambio de aquél monstruo deforme que creía haber creado. Sintió ganas de gritar, pero la desesperación fue lentamente desapareciendo cuando unos labios fríos pero suaves se posaron tiernamente sobre los suyos.

—Eso también lo recuerdo—dijo Ira, una vez separados.

Ambos sonrieron, pero de pronto, la expresión del homúnculo se endureció. Edward no supo definir la causa de su transformación, aunque enseguida entendió al oír ruidos fuera del cuarto en donde se hallaban encerrados. Alguien había entrado a la casa, y, por la expresión del otro, supo que no era algo que éste estuviese esperando.

Continuará...?