Tercer prompt: Roce.

De este capítulo decir que me ha costado escribirlo, esta es la ¿segunda? ¿tercera? versión que he hecho. Tanto que al final pasé al siguiente, pero hoy lo he retomado. La idea la tenía pero no estaba segura de si estaba quedando bien. Sea como sea, aquí está.


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~Primeros instantes~

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3. Sin saberlo [Roce]

Sus dedos se encontraron al ir a abrir la puerta. Alemania, más alto, apartó la mano con rapidez, volviendo la cara y dejando que fuera el más bajito, el italiano, el que abriera la puerta haciéndose a un lado para dejarle salir. Era casi una rutina los días que debía trabajar fuera de su despacho o del campo de entrenamiento con Italia y Japón: mientras se duchaba, Feliciano preparaba el desayuno y después de tomarlo le abría la puerta para salir, le acomodaba la corbata, le sonreía y le decía que no se esforzase demasiado, que lo quería de vuelta sano y salvo. Le dolía ver como trabajaba tanto, como se esforzaba tanto por sacar a su pueblo adelante, cómo a veces llegaba a casa completamente agotado. ¿Cómo podía tener tanta fuerza de voluntad y disciplina? Le era un misterio.

Y cuando salía por la puerta Ludwig no se volvía a ver como Italia se quedaba en el marco observándole marcharse, seguro de que regresaría a la tarde, cansado sin haber hecho caso a sus palabras al despedirse. Si se volviera vería como sonreía pese a todo al pensarlo.

Esa era su rutina aquellos días.

Ese día fue diferente. Apartó la mano como siempre que sus dedos entraban en contacto sin pretenderlo e Italia tampoco le miró, sonrojado, sabiendo que las mejillas del alemán estaban tan rojas como las suyas propias o más.

-Perdona… -se excusó el alemán en voz baja. Miró de reojo a Italia. Sus mejillas también estaban sonrojadas, se dio cuenta de ello.

-Nada –negó Feliciano, volviendo la cara de nuevo, sonriendo como si nada hubiera pasado-. Ya sabes, no te esfuerces demasiado –le dijo y Ludwig asintió, saliendo. Italia agitó la mano en el aire a modo de despedida.

Esta vez si se giró, pero Feliciano ya había cerrado la puerta. Estaba detrás, apoyado contra la madera, pensando en aquel pequeño contacto.

No podía dejar de pensar en sus mejillas avergonzadas, en su voz al restar importancia al hecho… en el roce de sus manos.

Y así se abrió una pequeña grieta. Sin que ninguno de los dos lo supiera. Pequeña, en el lugar preciso, aún invisible.