Personalmente me encanta como ha quedado este capítulo~ Espero que a vosotros también.

Cuarto prompt: Manos.


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~Primeros instantes~

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4. Te lo prometo

El ruido del vaso al estrellarse contra el suelo resonó en toda la casa como si de una bomba se tratase. En el silencio envolvente de la noche se pudo oír en todos los rincones del hogar y el rubio abrió los ojos de golpe, alarmado. Se incorporó en la cama y la manta resbaló por el pecho desnudo salvo por el colgante de la cruz de hierro. Escuchó callado. ¿Habrían sido imaginaciones mías? Se había despertado sobresaltado, juraría que por un ruido. Bien pensado podía ser a causa de lo que hubiera estado soñando, tenía la sensación de que no había sido un gran sueño.

Fue a volver a tumbarse cuando oyó algo más. ¿Sollozos? Eso parecía. El alemán se levantó de la cama, definitivamente ocurría algo raro aquella noche. Dudó si coger el rifle pero decidió dejarlo donde estaba: un ladrón no sería tan estrepitoso ni se pondría a llorar en mitad de un robo. No era muy lógico.

Salió del cuarto y recorrió el pasillo, viendo al fondo el brillo de la luz encendida de la cocina. Precavido se acercó con lentitud y sigilo y cuando se asomó por la puerta pudo ver en el suelo, de espaldas a la puerta, a Feliciano. Estaba de rodillas, amarrándose una mano, a su alrededor había fragmentos de cristal. El italiano lloriqueaba, aferrándose la palma herida y Ludwig vio las gotas de sangre manchar el suelo inmaculado de la cocina. Y la piel de Italia.

-¿Qué ha pasado? –preguntó de inmediato al ver tal escena, alarmado.

Abandonando la pose de sigilo, entró y se agachó junto a Italia. Le cogió la mano herida. Él trató de evitárselo pero Alemania tiró de su mano para obligarle a extenderla y ver la herida. Se le habían clavado algunos trozos del difunto vaso.

-Lo siento… -se disculpó Feliciano, aún dando un último tironcito de muñeca. Se resignó a que viera su palma herida cuando no logró soltarse y bajó la mirada al suelo, sintiéndose culpable-. Rompí un vaso.

Sí, de eso ya se daba cuenta… Alemania no respondió ni una palabra, había hecho al italiano extender los dedos para dejar libre la herida y había empezado a quitar los trozos de cristal de su piel. Algunos iban acompañados de perladas gotitas de sangre roja y sollozos de Feliciano que intentaba hacer el menos ruido posible. Pero escocía.

Cuando terminó Ludwig le hizo ponerse en pie y lo llevó hasta la pila del fregadero. Abrió el grifo y le limpió la herida para luego secársela con uno de los paños hasta decidir que no era grave, que la cura ya estaba terminada. Italia seguía mirando al suelo, con las heridas ligeramente sonrojadas.

Si él supiera…

-No vuelvas a hacerlo. Ten más cuidado –pidió el alemán.

A menudo pasa que las palabras significan algo, pero detrás de ellas hay mucho más, significados atados a cómo van unidas, a cómo se pronuncian y a la mirada que pones al hacerlo. En aquella ocasión las palabras eran una orden, el significado era la preocupación, la pronunciación casi una voz cortada y la mirada una de desvelo. Feliciano levantó la cara y asintió. Podía darse perfecta cuenta de lo que aquello significaba: Alemania se preocupaba de él. Aunque tan solo fuera como aliado o como amigo, se preocupaba. Y para preocuparte de alguien tiene que importarte, aunque tan solo sea un poco.

Conforme aquella idea fue calando en su pensamiento el italiano asintió.

-Lo intentaré –prometió.