N/A: Hola de nuevo! Sé que no actualizo desde febrero, pero lo más absurdo es que llevo con esta viñeta hecha desde principios de marzo. En realidad no estaba completa, pues pretendía añadirle algo más, pero finalmente creo que no necesito más palabras para expresar lo que pretendo.

En un principio el texto no iba con este refrán, pero al releerlo me di cuenta de que concordaba mejor con el que ahora veis. Me ha quedado distinta a como la imaginé, pero no me arrepiento porque si ha salido así es por algo. Siempre es por algo, y yo a mis musas prefiero tenerles un respeto mudo )

¡Disfruten!



2
. Quien mal anda, mal acaba

El mundo es hoy más gris. Los tonos de su propio cuerpo se funden unos con otros y lo único que alcanza a distinguir son sus botas llenas de barro al final de la cama y las huellas que ha dejado en la habitación. Durante horas ha estado golpeando todo lo que encontraba a su paso y ha intentado romper varias decenas de tímpanos, intentando reducir la embriaguez como los borrachos hacen rebajando el whisky con agua. Un mal remedio para una enfermedad peor. Y cuando ha decidido parar, sudoroso y al borde del colapso, ha caído en la cuenta de que ya está todo hecho. Ha sentido el corazón desbocado recorriendo su cuerpo y la derrota ascender hasta su cabeza. Ya está todo hecho.

Lleva casi dos días en la misma postura y los músculos parecen emitir un quejido lastimero, pero se ha quedado sin fuerzas para moverse y aguantar el dolor es mejor que nada. Mejor que ese vacío de inutilidad que mantiene su mente ebria. Mejor que ese nudo en el estómago que a ratos le impide respirar.

Crabbe y Goyle se han pasado varias veces a lo largo de la mañana preguntando por su estado de parte de tal y cual profesor, pero Draco solo alcanza a apretar la mandíbula y dar un quebrado "¡fuera!" como toda respuesta. Lleva 48 horas de suplicio y alucinaciones, perfecto para ir a clase. Simplemente perfecto. Ha pasado de ver como un gran león de Gryffindor lo engullía hasta cada una de las torturas que podría usar con Potter.

Levanta una mano y la mira. Lo hace con veneración, como si acabara de caer en la cuenta de que aún tiene manos. Se apoya con ambas a los lados de la cama y haciendo un esfuerzo sobrehumano intenta incorporar el torso aún vestido con el uniforme de quidditch, pero se ve sacudido por un intenso temblor y vuelve a desplomarse sobre las sábanas. Hunde la cabeza en la maltrecha almohada, sintiendo como el algodón rodea su cara, y sabe que tiene que volver a levantarse. Pero no puede. Necesita la ayuda de alguien y eso lo hace sentir inmensamente furioso, resignado a las únicas caras largas y agrias a las que puede acudir.

Nadie puede decir que sabe lo que es la sed sin haberla sentido. Igual pasa con la soledad. Nadie puede temer la soledad si no la ha experimentado nunca, y el que la ha experimentado jamás la teme porque ha sabido encontrar su propio espacio en ella. Algo así siente Draco ahora. Sabe perfectamente que está solo, pero es una situación con la que convive desde que nació. Y aunque a diario no parece tan mala, es en situaciones como esta en las que las cicatrices que el tiempo ha dejado en él salen a la luz y parece cargar el doble de años sobre su espalda.

Advierte un murmullo de pasos acercándose a la puerta y comienza a reunir las fuerzas suficientes para escupir otro grito airado que le devuelva la soledad sobre la que está cavilando, pero la forma en que el pomo gira hace que agudice el oído como un perro con las orejas erguidas y alerta. Es un giro mesurado, sin prisa, con un objetivo claro. Aún no ha mirado hacia la puerta y sin embargo sabe perfectamente que lo que se perfila en ese momento bajo el umbral es la figura oscura de Severus Snape.

- Draco – lenta y con un inusual tinte de emoción, la voz de Snape inunda la habitación y la mente del muchacho. – Draco.

- Lo sé.

- No, no lo sabes – toma aire con intención solemne, cierra la puerta y arrastra una silla hasta el borde de la cama. – ¿No piensas levantarte?

- Estaba intentándolo – dice con la boca aún ocupada por la almohada.

- No vale de nada intentarlo. Hazlo. Venga. No puedes perder más clase.

Snape comienza a sonar impaciente, pero en sus palabras sigue ese extraño matiz de emoción (¿cansancio? ¿compasión? ¿perdón? ¿debilidad?) que Draco interpreta como una tregua. Snape quiere que se levante, tal vez para devolverlo a un estado medianamente decente o tal vez para echarle un sermón sobre la importancia de llevar a buen término todo lo empezado, dejar en buen lugar a Slytherin, no conformarse con ser mediocre… blablabla. Las dos opciones le parecen igual de apetecibles, igual de necias en una situación tan voluntariamente pasiva como la suya.

Situación pasiva. Recuerda a Nott. Recuerda sus reacciones, sus silencios, su indiferencia. Esa forma de cumplir con el deber sin hacer ni más ni menos, siempre tambaleándose en la línea que separa lo socialmente aceptable y lo Slytherin aceptable. Siempre buscando el refugio en el silencio y la mediocridad. Siempre en su eterna situación pasiva.

Snape se agita en la silla, resopla y sigue mirándole mientras los minutos pasan lentos y acuosos en la mente de Draco. Recuerdos más y menos lejanos, de hace años y hace horas, se entremezclan en un torbellino que retumba contra su sien. Su padre, su madre, Snape, Voldemort, Dumbledore, Pansy, Nott, Potter… Todos juntos y por separado en una experiencia vital resumida en dos días de retiro voluntario. O involuntario. Qué más da. Lo importante es que ahora Snape quiere que se levante. Es hora de salir, de parar de pensar, de dejarse ayudar.

- Así que mi padre está muy decepcionado.

- No creo que esperaras menos, ¿no, Malfoy? – termina la frase levantando una ceja con sorna, relajando al instante el gesto y volviendo a su oscuro y habitual semblante. – No te voy a mentir, hace dos días que perdisteis el partido y sé que ese nunca sería motivo suficiente para mantenerte aquí recluido. Hay en juego algo mucho más importante que un partido de quidditch. Y lo sabes. Todos deseamos que esto acabe de una vez, yo más que nadie. Hice una promesa a tu madre, me hice una promesa a mí mismo. No me apetece enfrentarme con tu padre, mucho menos con el Lord.

Su mirada es oscura, misteriosa y seria como siempre, pero no distante. No sabe decir mucho más, nunca ha sabido dar ánimos, todo lo que necesita expresar lo deja a cargo de la mirada que en este momento comparte con Draco. Y él comprende. Comprende que su profesor de pociones y reciente protector no va a abrazarle, no va a darle una palmadita en la espalda acompañada de palabras de apoyo. Simplemente le mira y le responde, le mira y le consuela. Un acto simple que casi roza la nada. Pero siempre mejor que esa nada.

Snape rompe la momentánea conexión soltando un hondo suspiro y levantándose de la silla con celeridad. Se aleja hacia la puerta y agarra el pomo mientras se gira por última vez:

- Quiero verte esta noche en la cena.

Cierra la puerta con firmeza, dejando a Draco sentado sobre la cama, sorprendido y asustado al mismo tiempo. El rostro de su madre se perfila nítido y continuo en su mente, haciéndole sentir con mayor intensidad su ausencia. Se pasa una mano por el pelo con rabia, sintiendo como las lágrimas acuden a sus ojos y abandonándose por fin a la sensación amarga que cada noche recorre su pecho.



N/A: Bueno pues ahí queda eso. Sí, un poco melancólica, pero una cosa lleva a la otra y ya se sabe, 'quien mal, anda mal acaba' (nunca mejor dicho :p). Quería seguir la línea del primer chap, porque realmente creo que Draco, tras sentirse tan derrotado por el quidditch, se habría retirado del mundo para rabiar a solas por su desdicha. Además, si lo aderezamos con esa puta misión que sufre durante su 6º año nos surge el cóctel explosivo que he pretendido retrataros aquí. Creo en un Draco radical y extremista, que no entiende de puntos medios, y espero haberlo mostrado.

Lo de Narcissa es el apunte que necesitaba añadir por mí y por el refrán. No puedo creer que Draco sea un insensible, ¿qué le voy a hacer?

Espero sus REVIEWS!