El unicornio en el sendero

Para Ucchan, en su cumpleaños

Una de las peores cosas que podían ocurrirle a un estudiante que formara parte de la Casa de Slytherin era caer en las garras de la profesora McGonagall para un castigo, o al menos así se murmuraba en los pasillos de los calabozos en Hogwarts.

Severus no se había formado una opinión todavía sobre la profesora que ejercía las funciones de Cabeza de Gryffindor, ya que apenas tenía mes y medio de haber entrado al colegio de magia y hechicería, todavía era demasiado pronto para opinar... pero las circunstancias estaban empezando a hacerle pensar que la leyenda era cierta.

La culpa, por supuesto, era de Potter. Pero no servía de nada tener la certeza de que habría podido llegar a tiempo a la clase de Transfiguraciones si no se hubiera encontrado con Potter y Black en el camino, o si hubiera podido correr un poco más rápido y escapar de ellos a tiempo, o si hubiera podido bajar más fácilmente de donde lo habían dejado, en lo más alto de una escalera que cambió de posición en el peor momento para luego ya no conducir a ninguna parte. Y todavía las cosas habrían podido salir más o menos bien si, cuando por fin logró llegar al salón de clase, no se los hubiera encontrado justo en la puerta.

No, no estaba dispuesto a pedir perdón por atacarlos nada más verlos. Y ciertamente no iba a justificarse frente a la profesora. Todavía estaba demasiado furioso consigo mismo por haber perdido el control.

Quizá no era tan malo el haber recibido ese castigo y que sus atormentadores escaparan tan fácilmente. De nada valdría decirle a McGonagall que sus adorados Gryffindors habían empezado el conflicto ese día y que él estaba respondiendo a la provocación, ella confiaba en sus sentidos y solamente lo había visto a él atacando a un par de buenos estudiantes que simplemente estaban riendo en la puerta del salón. Y, la verdad, Severus merecía el castigo, no por lanzar unos cuantos encantamientos, sino por haber perdido el control.
Su madre se lo había advertido muchas veces: perder el control era lo peor que podía sucederle. Y, por supuesto, tenía toda la razón.

Todas las humillaciones y provocaciones posibles no debían ser suficientes para doblegar a una persona que es dueña de sí misma. Por eso resultaba doblemente duro para su amor propio el que Potter y Black fueran capaces de hacerle perder el control tan fácilmente; eso lo hacía sentirse despreciable, como cualquier montón de hojas arrastradas por la corriente de un río.

"Nunca pierdas el control" decía Eileen "no importa que se derrumbe todo el universo mientras tú sigas siendo dueño de ti mismo". Cuando decía eso, lo miraba directamente a los ojos, para que estuviera seguro de que le hablaba seriamente. Su madre y él tenían los ojos muy similares y en esas ocasiones Severus se sentía como si se mirase en un espejo, porque ella sabía muy bien de qué estaba hablando. Por haber perdido el control un solo instante era que se encontraba en una situación de la que nunca podría escapar, y a él no debía sucederle lo mismo.

Por eso aceptó el castigo sin perder tiempo ni esfuerzo en protestar ante la injusticia, y acompañó a Hagrid al Bosque Prohibido para recolectar algunas hierbas medicinales para Madame Pomfrey.

Todavía no conocía muy bien a Hagrid, pero a partir de ese día estuvo seguro de que no era una persona adecuada para cuidar niños, ni siquiera uno acostumbrado a no causar (demasiados) problemas, porque no tardó ni una hora en darse cuenta de que el guardabosques había desaparecido de la vista.

Estaba solo en mitad del bosque, sin supervisión y a merced de cualquier alimaña hambrienta de las muchas que indudablemente debían pulular en cada rincón.

Cualquier otro habría gritado hasta cansarse pidiendo ayuda, pero él no. No iba a entrar en pánico, no iba a permitirse entrar en pánico y eso era todo.

Marcó los troncos de los árboles con su varita a medida que avanzaba, para asegurarse de que no estaba moviéndose en círculos, y trató de orientarse por la posición del sol para encontrar Hogwarts. Afortunadamente, no estaba demasiado lejos porque pronto alcanzó a ver las torres del castillo asomándose por encima de los árboles.

Un sendero serpenteaba entre los árboles y todo indicaba que era el mismo que Hagrid y él habían tomado para entrar al bosque. Con un suspiro de alivio, Severus salió de entre los árboles y empezó a caminar hacia el castillo, pero se detuvo de pronto al escuchar a sus espaldas algo que sonaba como los cascos de un caballo.

Volteó cuidadosamente, esforzándose por no alarmar a lo que se había detenido a unos cuantos metros. No era, como había temido en un principio, un centauro.

Era un unicornio.

Blanco, espléndido, como luz de luna concentrada en una forma viva. No era un unicornio común, aquella blancura sólo era posible en los más viejos de la manada que recorría el bosque, tenía que ser más antiguo que los árboles, la tierra y el viento, y más sabio también.

Una emoción extraña vibró en su corazón al darse cuenta de que los ojos del unicornio estaba fijos en él.

Aquella criatura magnífica lo miraba a los ojos y aquella mirada llegó directamente a su alma. Era una oferta y una promesa, algo que no se ofrecía a cualquier otro ser viviente, y que jamás se brindaba a la ligera.

Aquellos ojos negros lo veían todo, lo sabían todo y ellos se reflejaba el universo entero. Supo de alguna manera que si tocaba al unicornio en ese momento podría ver en la misma forma en que veía el unicornio y, aunque eso durara solo un segundo, bastaría para que ya nunca nada fuera igual, porque llevaría en su corazón, hasta el último segundo de su existencia, una parte de la sabiduría del unicornio y de su capacidad para amar sin reservas todo lo viviente. Si él lo quisiera, sería uno de los pocos elegidos de los unicornios para brillar como una estrella en medio de la humanidad.

El unicornio esperó inmóvil, sin señal de impaciencia, como si supiera desde siempre lo que sucedería, y quizá así era.

Severus dio media vuelta y emprendió el camino de regreso. El unicornio no se movió de su lugar en el sendero; tal vez quería darle a entender que la oferta seguía en pie, o tal vez en realidad estaba esperando a alguien más y solamente lo había mirado por casualidad.

En los años que siguieron, pensó alguna que otra vez en el unicornio, a veces con nostalgia, a veces con rencor, a veces con amargura... a veces, con un eco lejano de esa emoción extraña que no lograba identificar.

Habría podido tocarlo, sí.

Y, si quisiera entrar de nuevo al bosque, seguramente podría volver a encontrarlo, pero sabía, con la misma certeza que había tenido al darle la espalda en el sendero, que jamás iba a intentarlo.

La oferta del unicornio implicaba dejarse guiar por éste, ceder a alguien más el control total de su vida, su alma, su voluntad, únicamente por un segundo. La recompensa sería inmensa...

Pero un solo segundo bajo el poder de alguien más era un precio demasiado alto.

Fin