Tobías
El regreso a Hogwarts había sido menos complicado de lo que esperaba. Gracias a su mayoría de edad, le había sido posible evitar viajar en el tren ese año, incluso llegar con bastante antelación, para aprovechar la oportunidad de pasearse un poco por los terrenos del castillo (ya casi restaurado por completo) y meditar mientras aún estaba casi vacío.
Parecía que hubiera transcurrido una eternidad desde la batalla de Hogwarts, pero ahora que había regresado a lo que, a pesar de todo y para siempre, seguía considerando su verdadero hogar, tenía la esperanza de que quizá esta vez podría concluir el año (su último año, que debería cursar por segunda vez debido a una interrupción brusca y violenta) sin incidentes fuera de lo normal.
Por supuesto, tratándose de la vida de Harry Potter, era una esperanza vana, cosa que empezó a comprender cuando sus pasos lo llevaron hasta una serie de bancos convenientemente situados a la sombra de los grandes robles en una pequeña colina que dominaba el cementerio. Casi llegó hasta el final del sendero antes de advertir que había alguien en uno de los bancos, al parecer disfrutando de la puesta de sol. Aunque la persona en cuestión estaba de espaldas a él, y el sol poniente le daba a Harry en los ojos, la silueta era demasiado familiar y no pudo evitar hablarle.
-¿Sn…? ¿Profesor… Snape?
El hombre ladeó la cabeza en dirección a Harry.
-¿Quién está ahí?
Hasta la voz era similar, pero no era la misma. Y, ahora que se recuperaba un poco de la sorpresa, Harry se dio cuenta de que no podía ser Snape. Era mucho mayor, veinte años como mínimo, y su cabello ya no era negro, sino mayormente gris; pero la principal diferencia eran sus ojos: mientras que los de Snape siempre parecían atravesar a Harry como dardos, lo de ese anciano miraban mucho más lejos, el muchacho tardó un segundo en darse cuenta de que el hombre estaba ciego, y fue hasta ese momento que notó las manchas y cicatrices que parecían formar un antifaz descolorido en su rostro.
-Yo… lo siento, lo confundí con alguien.
El anciano sonrió, diferenciándose todavía más de Snape.
-Soy el profesor Snape, en eso no se ha equivocado.
Harry sintió que el corazón le daba un vuelco. Acababa de reconocer la voz como la del hombre que gritaba furioso en el pensadero.
-Usted… ¿usted es el padre de Snape?
El hombre sonrió de nuevo, como si la pregunta fuera muy graciosa.
-También soy el hijo de Snape, ¿sabe? –replicó con tono burlón-, hemos usado ese apellido durante unas cuantas generaciones. Pero supongo que está intentando preguntarme si soy el padre de Severus Snape. Sí, lo soy. Mi nombre es…
-Tobías Snape –interrumpió Harry, para arrepentirse inmediatamente de haberlo hecho.
Tobías enarcó una ceja y dejó de sonreír.
-Muy bien, sabe mi nombre… Eso me deja en desventaja.
-Soy… Harry Potter, señor. Yo…
-El hijo de Lily Evans, ¿eh?
Harry quiso decir algo, preguntar si el profesor Snape le había hablado de él alguna vez, si había conocido a Lily, qué estaba haciendo ahí… pero todas las preguntas se atropellaron entre sí y únicamente logró tartamudear algo ininteligible.
Tobías sonrió de nuevo, una sonrisa un tanto malévola que aumentó todavía más la semejanza con su hijo.
-Oh, sí, en su momento me hablaron mucho de usted, señor Potter. En términos poco halagüeños, debo añadir. Eso sí, muy creativos.
-Yo…
-Siéntese, señor Potter, todavía es bastante temprano, según creo… el banquete no empezará hasta que termine de ponerse el sol, y eso nos deja unos… veinte minutos, creo. Conversemos un poco. Hábleme de Hogwarts. Es mi primer día aquí y me vendría bien saber un poco sobre la distribución del lugar.
Por lo visto, Tobías Snape era una persona acostumbrada a ser obedecida sin réplica alguna. Ni siquiera se había molestado en averiguar si Harry tenía o no alguna otra cosa que hacer, simplemente había asumido que el joven se sentaría y describiría Hogwarts en forma adecuada para un invidente.
Así pues, Harry pasó los siguientes diez minutos contemplando la puesta de sol sobre el cementerio y describiendo lo mejor que podía el terreno y distribución del castillo. Las preguntas de Tobías (cantidad de escalones, anchura y altura de las puertas y ventanas…) parecían calculadas para provocar el mayor nivel de congoja posible, sobre todo por el toque burlón en su voz, como si su pasatiempo preferido fuera avergonzar a las personas que intentaban compadecerse de su problema. Entretanto, las preguntas de Harry, todavía sin poder haber sido formuladas en voz alta, seguían aumentando y acumulándose en un desorden cada vez más pavoroso.
-Bueno, bueno, supongo que tendré que perderme unas cuantas veces hasta que memorice el lugar –interrumpió Tobías-. No es ningún problema, simplemente es más grande que el asilo y tardaré algún tiempo.
Parecía satisfecho consigo mismo.
-¿Va a quedarse aquí? –logró formular Harry. Preguntas como "¿por qué?", "¿por cuánto tiempo?", "¿va a quedarse en los calabozos?" aparecieron instantáneamente para unirse al cúmulo de otras interrogantes.
-Oh, sí. Muy bien, señor Potter, ¿cómo es que supo mi nombre?
La pregunta, lanzada totalmente a quemarropa, estaba hecha con toda la intención de sacar a Harry de balance.
Tras escuchar un tartamudeo incoherente, Tobías resopló con aspecto disgustado.
-Sé perfectamente que Severus es demasiado prudente como para haber mencionado a su padre muggle frente a sus estudiantes, especialmente frente al, hum, "Niño que Vivió". Creo estar en mi derecho si deseo saber cómo supo mi nombre, señor Potter –al decir "señor Potter", su voz chorreaba sarcasmo-. ¿Fue parte de su visita al pensadero? ¿O sucedió durante las clases de oclumencia? ¿O acaso lo averiguó por otros medios?
El tono de Tobías se estaba volviendo amenazante en forma progresiva, y Harry empezó a hablar atropelladamente. Si Tobías podía manejar los términos "pensadero" y "oclumencia", entonces seguramente estaba lo suficientemente enterado como para poder comprender su relato. En cierto modo, era un alivio poder hablar al respecto. Aunque en su momento había tenido la intención de pedir perdón a Snape por su intrusión en el pensadero, la intransigencia del profesor había echado a perder ese intento, y ahora era ya demasiado tarde. Justificarse delante de su padre y hacer patente cuánto sentía todos los malentendidos y disgustos de aquellos siete años era un pobre consuelo, pero el alivio estaba en la confesión misma, no en la persona que la escuchaba. Además, siendo el padre y el hijo tan parecidos (como indicaba todo), perdón era algo que no podía esperarse de Tobías. Quizá fue eso último lo que impulsó a Harry a no dejar de lado lo que había visto sobre la familia Snape durante las clases de oclumencia, pese a lo alarmante que resultaba el ver cómo iba frunciéndose cada vez más el ceño de Tobías.
-Entiendo –gruñó el anciano, cuando Harry, finalmente agotadas las palabras, guardó silencio.
El silencio se alargó durante lo que pareció una eternidad.
-Lo único más peligroso que la ignorancia completa es saber solo un poco –dijo Tobías, finalmente, como si estuviera citando a alguien.
Harry lo miró desconcertado. El anciano parecía sombrío, pero no enfadado, al menos no tan enfadado como lo habría estado su hijo.
-Ignoro hasta qué punto sea confiable su discreción, señor Potter –continuó Tobías, con el tono de quien ha tomado una resolución-, pero ya que conoce una parte de la historia creo que será mejor que la sepa completa, con el único propósito de ahorrarle el trabajo de saltar a las conclusiones equivocadas, lo cual, según tengo entendido, es una de sus especialidades.
Aunque sintió que la cara le ardía, Harry encontró la manera de mantener el silencio mientras Tobías seguía hablando.
-La situación que menciona, en la que yo gritaba y Eileen parecía asustada, fue probablemente una de las muchas que sucedieron el año de mi accidente –Tobías señaló con un ademán cortante las marcas en su cara-. Como le dije, soy profesor. Enseñé Química en un colegio muggle durante algunos años, hasta que esto sucedió. Y esto, señor Potter, es lo que resultó cuando entré al laboratorio del colegio fuera del horario acostumbrado y encontré a uno de mis estudiantes junto con otros dos adolescentes que ni siquiera eran estudiantes, intentando fabricar drogas, sin por lo menos intentar adoptar las normas básicas de seguridad propias de un laboratorio –una sonrisa amarga y feroz distorsionó su cara por un momento-. Aquella… basura… explotó justo en mi cara. Gracias a la completa ineficiencia, por no mencionar la estupidez e imprudencia, de esos tres jóvenes, no solo perdí la vista, también perdí mi empleo y la posibilidad de proteger a mi familia. No soy un hombre paciente ni tengo costumbre de sufrir con mansedumbre, señor Potter. Puedo asegurarle que no soy la mejor compañía del mundo cuando me siento frustrado, y esos primeros años en las tinieblas fueron de mucha frustración.
-E… Entiendo… señor.
-Lo dudo mucho –replicó Tobías rápidamente, al parecer por la fuerza de la costumbre de responder así a todo el que tratara de insinuar siquiera que lo comprendía-. En cuanto a las otras discusiones que mencionó, ninguna puede haber sido entre Eileen y yo. Ella murió antes de que Severus tuviera esa edad. Leucemia. Algo muy interesante tratándose de magos. Ninguno de los amigos de mi hijo en esta escuela ha podido explicarme decentemente como funciona la magia, pero la forma en que ese tipo de cáncer deteriora la capacidad mágica, como si se la comiera, me hace pensar que la magia tiene relación con la médula ósea, igual que la producción de glóbulos rojos… pero me estoy apartando del tema. Con quien discutí muchas veces durante la infancia y adolescencia de Severus fue con su abuela materna. Mi querida y, gracias a Dios, difunta suegra estaba obsesionada con la idea de que un muggle ciego y desempleado era incapaz de criar apropiadamente a su nieto. Y quizá yo habría estado de acuerdo con ella, si no fuera porque su idea de cuidar de Severus consistía en encerrarlo en algún rincón de su casa para que ningún mago supiera que la familia Prince tenía un hijo mestizo. Creo que para mi hijo fue mejor pasarla mal con un muggle ciego, desempleado y amargado que con la familia de su madre. Al menos yo nunca me tomé el trabajo de negar su existencia.
Parecía ser que Tobías iba a continuar con el tema, pero se interrumpió, unos segundos después, Harry escuchó unos pasos que se acercaban.
-¿Potter? –Severus Snape estaba ahí.
Harry se puso en pie de un salto y giró hacia el profesor. No lo había visto desde su única visita al hospital San Mungo, luego de la batalla de Hogwarts. En aquella visita, Snape había estado inconsciente todavía y Harry tenía fija en la memoria la imagen que presentaba, casi tan blanco como las sábanas y los vendajes que cubrían la espantosa mordida de Nagini. Ahora, meses después y en la ya escasa luz del día, Snape lucía casi como la primera vez que lo había visto, en su primera llegada a Hogwarts, las cicatrices en su cuello y hombros sin duda seguían ahí, pero estaban ocultas y, salvo alguna dificultad a la hora de mover la cabeza y el brazo, lucía tan saludable como le era posible.
Y además, lo miraba con sospecha, cosa que resultaba extrañamente reconfortante.
-Te estabas tardando, Severus, así que me tomé la libertad de reclutar a un estudiante para que me guiara de regreso al castillo –dijo Tobías de repente.
Snape apartó la vista de Harry para fijarla en su padre, con aire interrogante, antes de hablar.
-¿Te dijo su nombre?
-Sí. ¿La señorita McGonagall y tú ya llegaron a un acuerdo sobre cuál de los dos es el director?
Aquello parecía estar a punto de convertirse en una batalla de voluntades y Harry se sintió tentado a apartarse lo más que pudiera, pero cuando intentó hacerlo descubrió que una mano de Tobías se encontraba firme sobre su brazo, como si la intención hubiera sido en todo momento que Harry le sirviera de lazarillo.
-El Ministro está tratando de interferir, como de costumbre. Asegura que mi nombramiento en el cargo es legal y que la misma información que me dejó libre de todos los cargos en mi contra sirve para demostrar que no hay motivo alguno para retirarme del puesto. Por otro lado, la asociación de padres no está muy contenta con mi presencia en la escuela, no hablemos ya de la idea de que la dirija.
-Ah. Y supongo que, como ciudadano decente y respetuoso de la ley, darás preferencia a la opinión del Ministro.
-No. Estás hablando con el nuevo subdirector. Y si el Ministro tiene algún problema con eso, puede discutirlo con la directora. En realidad, creo que su apoyo a mi "justa causa" se debe a su arraigado deseo de ver a Hogwarts cerrado.
-Pues mal hecho, Severus. Te he dicho un millón de veces que el subdirector siempre termina haciendo el trabajo que debería hacer el director, además del que no puedan hacer las secretarias.
-No será nada nuevo: en lo que a la escuela se refiere, ya hace unos diez años que Minerva hacía la mayor parte del trabajo de Albus; y yo la mayor parte del trabajo de ella.
-Como siempre he dicho, haces cualquier cosa menos lo que te convenga, igual que tu madre.
-Lo cual incluye el haberse casado contigo, ¿no?
-Por supuesto.
Aquello parecía simplemente la repetición de algo que solían decir a menudo, palabra por palabra. Snape miró a Harry una vez más, con el ceño fruncido, como de costumbre.
-Bien, señor Potter, ya que se ha ofrecido tan caballerosamente a guiar a mi padre de regreso, supongo en que puedo confiar que sea capaz de cumplir con una tarea tan sencilla sin poner en peligro la vida de ninguno de los dos.
Los tres empezaron a caminar hacia el castillo, con Snape indicándole de vez en cuando a Harry la mejor forma de guiar a Tobías, ignorando en cada ocasión las protestas de su padre, que aseguraba ser perfectamente capaz de explicarle él mismo lo que había que hacer.
-De acuerdo –dijo Snape finalmente, cuando ya estaban cerca del castillo-. Debo hablar con Minerva antes de que empiece el banquete, así que voy a adelantarme, te veré en la mesa del personal, padre.
-Bien –replicó Tobías- Atiende tus obligaciones, Potter y yo nos las arreglaremos.
-Ah, por cierto, Potter. Espero que sepa en lo que se está metiendo.
-¿Uh…?
-…Supongo que esa es una de las respuestas más inteligentes que me ha dado en los últimos años. En caso de que mi padre haya olvidado mencionárselo, él está aquí porque acaba de aceptar el puesto de profesor de Estudios Muggles y, aunque es totalmente autosuficiente una vez que sabe encontrar su camino, de todos modos necesitará ayudantes para su clase. Temo que usted acaba de ofrecerse como voluntario.
-Pero…
-Se turnará con otros cinco estudiantes para acompañarlo un día a la semana –sentenció Snape-. Los otros todavía no han sido seleccionados, pero ya le diré quiénes son mañana por la mañana, para que puedan ponerse de acuerdo según sus horarios.
-Pero…
-Un consejo: si mi padre empieza a hablar de sus teorías acerca de que la magia se genera en la médula ósea, procure ponerse fuera de su alcance lo más rápido que le sea posible. Tiene la extraña pretensión de que puede demostrar eso con la ayuda de unos cuantos voluntarios.
Harry asintió solemnemente. Unos años antes, habría encontrado la situación absolutamente aterradora, pero estaba empezando a darse cuenta de que padre e hijo se llevaban bien, en una manera sarcástica, totalmente Snape, por así decirlo, y que esa extraña situación era lo más cerca que llegaría jamás de una amistad con su profesor. Estaba confiándole la seguridad del anciano, después de todo.
-Haré lo mejor que pueda.
-El cielo nos ampare –gruñó Snape, que dio media vuelta y avanzó unos pocos pasos apresurados por el sendero antes de detenerse y mirarlos por encima del hombro una última vez-. Procure no salvar el mundo mientras esté acompañando a mi padre.
-¡De acuerdo! –respondió Harry, sonriendo sin poder evitarlo.
Un año entero sobreviviendo a dos Snape iba a ser realmente complicado. Pero la cara que pondrían Ron y Hermione cuando los propusiera como ayudantes seguramente valdría la pena.
Fin
