Disclamer: Hetalia Axis Power/World Series no me pertenece, sino al gran Hidekaz Himayura. Enrique Pérez González/México tampoco es de mi propiedad, sino de KagomeKrizz, quien me dejó "secuestrarlo" para mis descabellados proyectos. Maria Isabel López de la Cruz (Tabasco), Gabriel Castañeda Diaz (Edo. de México) y Damián Rivas Castañeda (DF), también son propiedad de ella.

Advertencia: Mal lenguaje.

Pareja: No hay como tal. Es una relación de amistad entre México y Japón/Kiku Honda

Dedicado a: KagomeKrizz, autora intelectual de Enrique.


Ciudad de México, 1985

Amanecía en la bella Ciudad de México. Enrique apenas se levantaba para cumplir las obligaciones que tiene como nación. Con cierta desgana de abandonar su lecho, el joven país se retiró de su cama, yendo arreglarse para presentarse a primera hora con su ahora jefe Miguel de la Madrid.

Terminando esta actividad, Enrique tomó sus cosas, dispuesto a irse a Palacio Nacional. Pasó antes, como siempre lo hacía, a ver al más pequeño de sus hermanos, el Distrito Federal, quien solía vivir con él y con el Estado de México. El niño, dormía tranquilamente, quizás soñando, en que algún día se convertiría en una Entidad como el resto de sus hermanos.

México transitaba por las calles a eso de las siete de la mañana. Todo estaba como siempre, capitalinos corriendo de aquí para allá buscando transporte para poder llegar a tiempo a sus trabajos. También vislumbró estudiantes de su Máxima casa de estudios (1), a la vez, algunos chicos del Politécnico y otros más de la Metropolitana (2).

De repente, el piso empezó a moverse con una intensidad terrible. Preocupado, corrió de vuelta a su hogar en búsqueda de sus dos hermanos, cuando un dolor inmenso en el vientre lo doblegó. Comenzaba a sangrar de aquella zona, la cual se extendía hasta Michoacán y Guerrero, de donde había surgido aquel padecimiento.

Trató de levantarse, aunque sin mucho éxito. Podía oír en la lejanía toda le gente gritar ante lo que estaba sucediendo, el caos se estaba apoderando de la situación, al ver que muchos de ellos no tendrían a donde ir. Sintió entonces los escombros de los edificios que antes estaban en las cercanía, ceñirse sobre él, dejándolo inconciente en aquella zona.

+.-Hetalia-.+

Apenas amanecía en Japón. Era ya veinte de septiembre. Sin embargo. El país del sol naciente no había podido dormir bien. Había algo que le preocupaba, pero no sabía que era. Se levantó de su cama, a la vez que sintió un terrible escalofríos. Decidió arreglarse y dirigirse al Palacio Imperial, cuando escuchaba mucho movimiento por parte de su gente, hacia el lugar a donde iba él.

Intrigado, siguió a las personas, a las cuales notaba que llevaban en mano bolsas que emitían ruidos metálicos. Estaban preocupados, quizá era la razón por la cual no había podido dormir bien, pero ¿qué era lo que estaba sucediendo para tener a su población así?

Observó que la gente se detenía a las afueras del Palacio, en donde se hallaba nada más que la embajada de México (3). Todas esas personas se aglomeraban en la entrada, tratando de llegar con el representante de Enrique que vivía ahí.

— ¡Señor embajador! ¡Señor embajador! —gritó una mujer, que se hallaba a su lado. Notó entonces que ella traía latas de comida en su bolsa—. ¡Traemos ayuda para México!

¿Ayuda para México? —se preguntó mentalmente Kiku. Se dirigió a la mujer—. Disculpe, señora ¿qué ha sucedido?

— ¡Oh, joven! ¿No se ha enterado? —le cuestionó, mientras él negaba con la cabeza—. En México ha ocurrido una tragedia, un terremoto que ha dejado a su paso, muerte y destrucción.

— ¿Cuándo ocurrió?

—En la noche; en la mañana en aquel país. Toda su capital despertó con tal atrocidad. Por eso estamos aquí.

—Venimos a ayudar a aquella nación que nos tendió la mano cuando pasamos por lo mismo —terció un anciano, que estaba a un lado de la fémina—. Recuerdo su apoyo que nos dio en el 1923. ¡Espera jovencito, a dónde vas!

Corrió devuelta a su hogar. De sus ahorros, tomó dinero; de su despensa, alimentos que pudieran servir; como también, de la botica, algunos medicamentos. Regresó a la Embajada, en donde el residente de la misma lo reconoció y lo ingresó al edificio:

— ¡Honda-san! ¿Se ha informado? —le interrogó, mientras le ofrecía una silla

—No lo suficiente, González-san (4). ¿qué pasó en la casa de México-san?

—Un sismo de 8.1 grados Richter. Nos han comentado que la Ciudad de México ha sufrido grandes estragos. No han tenido datos sobre la localización del señor Enrique —la nación se levantó de su asiento—. ¿Piensa ir a México?

—Tengo que. Él ahora me necesita. Mi honor no me permite darle la espalda a esta tragedia.

— ¿Podría pedirle un favor? —el japonés asintió—. Lleve todo lo que su gente ha traído. Han sido muy generosos.

—Es lo menos que mi pueblo y yo podemos hacer. Su país nos ha apoyado en varias ocasiones.

+.-Hetalia-.+

Fue difícil ingresar al hogar de México. Cuando bajó del avión pudo vislumbrar con sus propios ojos toda aquella devastación. Podría comparar esta tragedia con la suya ocurrida en el año 1945, cuando cayeron las bombas atómicas. Caminó con dificultad por los escombros, cuando halló de repente al Estado de México, quien traía en sus brazos a un pequeño muy herido.

— ¡Japón-san! ¿Qué hace aquí?

— ¡He venido a ayudar, México-kun! (5) —miró al infante—. ¿Ese niño…?

— ¡Es Distrito Federal! ¡Apenas lo he encontrado entre los escombros!

— ¿Ha tenido noticias de México-san?

—Lo hallaron Estados Unidos y Brasil hace unos minutos. ¡Sígame!

La nación persiguió al estado. Observó que varias personas, civiles en su mayoría, quitaban como pudiesen los escombros. Era una verdadera pena escuchar a la gente de su amigo llorar por la pérdida de sus seres queridos, cuando lo único que sacaban eran cadáveres. Pasaba cerca de lo que era antes el centro médico de mayor importancia de Enrique, cuando notó un grito de júbilo, pues habían podido rescatar a un pequeño bebé de los restos del edificio.

—Llegamos —sentenció Gabriel—. ¡Provincianos, vengan a ayudarme!

— ¡Ya deja de llamarnos así, chilango! —expresó muy enojada la tabasqueña, sin embargo se tranquilizó al ver al pequeño defeño—. ¡Pobre Damián! ¿Qué haces ahí paradote, Gabriel? ¡Llévalo adentro! —señaló hacia las tiendas de campaña.

— ¡Lleva a Japón-san con Enrique! —gritó, mientras ingresaba a donde la joven le indicó.

— ¿México-san se encuentra bien? —preguntó el nipón.

—Mejor que el DF, sí. Aunque esto nos ha afectado a todos. Venga conmigo, me parece que el esta conciente.

Al entrar a la tienda pudo observar a médicos (entre ellos, demasiado jóvenes, quizás estudiantes e internos), curando a los heridos, aunque no eran suficientes para abarcar a todos los pacientes. Ahora veía porqué el pequeño Damián andaba tan lastimado.

Caminaron hasta el fondo, en donde vislumbró a algunos de los hermanos de México, dañados también, aunque en menor densidad que el chiquillo y el propio Enrique. Al terminar su recorrido, pudo finalmente encontrar a su amigo, quien estaba recostado en el camastro.

— ¡Sabes que soy tu héroe en esta ocasión, México! —expresó con alegría el angloamericano—. ¡Aunque no quieras admitirlo!

— ¡Ya deja en paz al pobre, Estados Unidos! —lo regañó Venezuela—. ¡Ves como lo encontraron y sigues fregando!

— ¡Oh, mi pequeño, pero que mal quedaste! —dijo Antonio—. ¡Y mi dulce Vene preocupándose por su hermano!

—Ya deja de llamarme así, España —le reclamó México, con dificultad—. Ya no soy un niño…

—Sería mejor que dejáramos descansar a Enrique —intervino el canadiense. Nadie lo escuchó, salvo México.

— ¡Japón, Olá! —mencionó Brasil, al notar la presencia del nipón. El chico de la samba le sonrió levemente. Ambos habían empezado una amistad un poco después que la que tenía Kiku con el mexicano.

— ¿Ja-Japón? —cuestionó el norteamericano hispanohablante.

— ¿Esperaba aquí a China-san? —le mencionó, al sonreírle levemente.

—Tenemos que seguir excavando, no podemos dejar a los demás haciendo el trabajo —comentó de repente la chica sudamericana—. España, Brasil, ¡Vamos! Y tu gringo, deja de comer hamburguesas, también tienes que auxiliarnos.

— ¡Qué mala eres, Venezuela! —reclamó el rubio, haciendo pucheros, mientras todos salían de ahí.

—Yo también me voy, México —se levantó de su asiento el canadiense—. Debo seguir ayudando a Francia y a Inglaterra.

—Mientras el pervertido del vino no se meta con mis zonas vitales, está bien que ande por estos lares —los americanos sonrieron, pues conocían muy bien al galo.

—Ten por seguro que no se lo permitiré. Recupérate pronto —se dirigió al asiático—. Japón, se lo encargo. ¡Nos vemos!

—Gracias, Matt, hasta luego.

—Veo que la ha pasado mal, Enrique-san —habló el japonés, después de ocupar el lugar de Canadá.

—Demasiado mal. De por si mi economía ha estado de la chingada, para que ahora me venga esta catástrofe. Para el colmo de males, mi estúpido Jefe no quería aceptar la ayuda extranjera (6), cuando ve que no tenemos ni en que caernos muertos (7) para solventar los gastos. Lo bueno fue que su esposa le abrió los ojos —suspiró—. Creí que no vendrías, puesto hemos tenido ciertos problemas. (8)

—Los asuntos relacionados con el dinero déjelos a parte. Hoy vengo a ayudarlo. Somos amigos, después de todo.

—Lo sé.

—He visto como quedó la Ciudad de México.

—Todo un desmadre. Ahora si estamos jodidos.

— ¿Sabe cuantos muertos hay?

—No. De la Madrid no ha querido decirme nada. Probablemente no me expresará la cifra real cuando todo esto termine.

—Es curioso que ayer haya pensado en usted.

— ¿En mí? De seguro fue una pesadilla —rió ante su comentario, aunque después sintiera un espasmo en su vientre.

—No, México-san —sonrió ante lo expresado—. Recordé lo que pasó hace sesenta años —su mirada se entristeció.

— ¿Lo de Kanto? —el japonés asintió—. Bueno, ahora tenemos otro punto en común —torció el gesto—. Aunque no sea muy grato.

—Lo sé. Aun no me he recuperado del todo desde aquella vez.

—A propósito, Kiku, ¿por qué pensaste en mí?

—Enrique-san, usted fue el que más me apoyó en aquel entonces. Es un gesto que mi gente y yo jamás olvidaremos. Si hubiera visto todas las personas dispuestas a ayudarlo, enfrente de su embajada, sentiría el mismo orgullo que yo, al poder apoyar a un país que siempre nos ha abierto las puertas.

—Y lo seguiré haciendo, pues ¿amigos hasta en los malos ratos? —extendió su mano hacia el japonés, dejando en el aire al meñique.

—Téngalo por seguro, Enrique. Es una promesa —recibió el dedo con su propio meñique.


(1) Es la UNAM

(2) Las otras dos instituciones de educación de mayor relevancia del DF; el IPN y la UAM (últimamente ha tenido muy buenos lugares entre las mejores Universidades de México, alcanzando al Poli)

(3) La Embajada de nuestro país es la más cercana al Palacio Imperial de Japón, a la vez que es la de mayor tamaño en aquella nación. Se le concedió este honor a México debido a las buenas relaciones que han tenido desde 1888, debido a que fue el primero en proponer al Nipón un tratado equitativo de comercio.

(4) Sergio González Gálvez fue embajador de Japón en esta época. Es él quien relata lo sucedido en la embajada mexicana.

(5) Japón diferencia así a México de el Estado de México (por lo que entiendo, Gabriel es menor que Enrique).

(6) De la Madrid en primera instancia rechazó toda ayuda exterior para afrontar el problema. Eso hasta que se dio cuenta de los verdaderos daños sufridos.

(7) Este refrán significa "sin dinero".

(8) Las inversiones dadas por Japón en nuestro país fueron decreciendo por la crisis económica que azotó a México, a causa de que las empresas niponas sufrieron descalabros económicos.


Lechucería Hiwatari

Disculpen por no contestar, pero ando apurada. De hecho tengo compu prestada. Nos vemos en el último cáp.