EL RITMO DE LA VIDA
Capitulo 16
"El ExNovio"
Joe Kido se apeó de un reluciente deportivo del año en color negro frente al edificio universitario. El resplandeciente sol de medio día brillaba bañando la cabellera azul de aquel hombre, que relucía al igual que las lujosas superficies de su auto. Miró la hora y asintió ligeramente. A tiempo, como siempre. Sabía que tendría que esperar un poco, así que se recargó contra el auto y se dispuso a pasar un momento de ocio con los brazos cruzados a la sombra de un árbol cercano.
Su elegante traje y su porte distinguido atraían las curiosas miradas de los extravagantes y desaliñados estudiantes de la Academia Yazawa de moda, cuyas clases recién acababan de concluir aquel día. Era viernes. El día más esperado por todo estudiante que se respete, y eso significaba multitud segura. Así pues, numerosos grupos de estudiantes salían por las puertas de aquel llamativo edificio, unos charlando animosamente, otros intercambiando comentarios apáticos respecto a los deberes, y otros tantos caminando tranquilamente ocupándose de sus propios asuntos. Joe los examinaba a todos con la brevedad que atrae la indiferencia.
Era un solo rostro el que buscaba, una mirada rojiza muy particular, una expresión especifica entre el mar de rostros que pasaban frente a él.
Se sentía bien. Aquello le recordaba un poco a los antiguos días de instituto. Qué nostalgia... No olvidaba esos buenos tiempos, cuando él, ya en la universidad, esperaba a Sora a la salida de sus clases. Recordaba con una sonrisa como sus colegas se burlaban de él por salir con una chica menor pudiendo hacer caso a cualquiera de las atractivas compañeras de estudio con las que se codeaba, entre las cuales, había más de una interesada en él. Pero Joe jamás los escuchó, pues sabía que nunca comprenderían lo que tenía con Sora. Para ellos, no era necesario tomarse en serio a una chica para salir con ella, en cambio para Joe, era diferente. Sonrió al imaginarla con el uniforme escolar, corriendo sonriente para saludarle. En aquel entonces eran felices… a pesar de todo.
Había pasado algún tiempo desde la última vez que la había visto y la extrañaba como si hubieran sido décadas enteras. Su voz a través del teléfono era nada en comparación con lo que recordaba, y tenía muchas ganas de ver su sonrisa, de estrecharla fraternalmente, de contarle todo lo había hecho desde su partida así como de escuchar todo cuando tuviera que contarle.
No tardó mucho tiempo en divisarla entre aquella horda de extravagantes estudiantes de diseño, pues entre todas aquellas cabelleras singulares, destacaba una cabecita pelirroja, aquella de la que casi conocía el número de cabellos. Podría haberla reconocido en cualquier lugar, sin importar el tiempo que hubiese pasado... Imposible no hacerlo, después de todo, ella había sido su inspiración, su más grande amiga… o como le gustaba llamarle, su único amor verdadero.
Al verla no le hizo señas. Ni siquiera se movió. Sólo se metió las manos en los bolsillos y esperó a que ella se diera cuenta de su presencia, como solía hacerlo antes. Aún con aquel gentío que abarrotaba las amplias aceras del edificio, podría pensarse que no sería difícil de visualizar a Kido con aquel porte y aún más, con aquel auto, al que todo el mundo volteaba ver. Más era ella tan despistada que le tomó más tiempo del que se esperaba notarle, en especial porque se puso a rebuscar algo en su bolso, sin siquiera darse cuenta que obstruía el paso de los peatones... Joe no pudo evitar volver a sonreír. Era aún más encantadora de lo que imaginaba que sería, con aquel desaliño natural que acostumbraba. La ropa ligeramente holgada, las zapatillas de moda y mechones de cabello fuera de su lugar. Siempre imaginó que se volvería una mujer hermosa, y no se había equivocado. Era bueno volver a verla, como en los viejos tiempos.
Sacó su i phone del bolsillo del pantalón de diseñador y, luego de tomarle una foto -Sora siempre había sido muy fotogénica-, marcó su número. Y esperó a que empezara a sonar…
El clásico sonido intermitente de espera comenzó.
Pprr… Pprr… Pprrr…
Aún a distancia, pudo observar cómo se sobresaltaba al notar que algo sonaba y vibraba dentro de su bolso, el cual seguía revolviendo. Esperó a ver cuando encontraba el pequeño aparato, y también cómo, al ver que era él quien llamaba, esbozaba una expresión indecisa y luego de sonreír melancólicamente por unos segundos, presionaba el botón de colgar.
Cuando Joe vio terminada aquella llamada sin siquiera haberla empezado tuvo que ahogar una sincera carcajada. Solo Sora era capaz de colgarle con una sonrisa. Y peor aún, sin una pizca de remordimiento. Justo entonces, una docena de metros a lo lejos, ella levantó el rostro. Precisamente frente a él.
Sora se detuvo en seco, y fue en ese momento que Joe supo que le había identificado entre la gente.
Lo había reconocido al instante, igual que él a ella. Y no le hubiera extrañado, que después de colgarle con tal desenfado, se fuera caminando como si no le hubiera visto, pero para su sorpresa, caminó en recto, justo hacia él, sin asomo de la más mínima impresión. Aparentando una serenidad que, Joe estaba seguro, no sentía. La conocía demasiado bien. Así que esperó paciente a que se saldaran todos los pasos que los separaban.
Es sorprendente en esta vida, como es que un día común e insignificante para unos, es relevante e inolvidable para otros ¿Cómo podrían saber aquellos peatones que pasaban por los costados de Sora preocupados por sus propias existencias, lo que aquel día significaba para ella? ¿Cómo podría saber ella lo contrario? Cada uno camina mirando solo por sus propios asuntos, indiferentes a los de los demás… Entonces, ¿Cómo podría saber el mundo entero que en aquel momento temblaba interiormente y que temía… que estaba aterrorizada por lo que pasaría al instante siguiente?
Sora solo se detuvo cuando estuvo a medio metro de él. Y estando así, frente a frente, se quedó muda. Así que fue él quien habló primero.
-Me colgaste –dijo Joe a modo saludo, sin poder deshacerse de la sonrisa que le surcaba el rostro inevitablemente al verla.
-Si –afirmó ella a secas, acomodándose las correas del bolso al hombro, como si aferrarse a ellas le diera el valor que necesitaba- Cuanto tiempo…
Joe imaginaba acertadamente que en aquel momento se estaría librando una batalla en el interior de Sora, así como también sabía que lo trataría de ocultar con su bien estudiado aunque fingido estoicismo y él, por su parte, solo tendría que esperar pacientemente a que -luego de dejarla hacerse bolas por un rato-, la balanza se inclinara a su favor. Como siempre ocurría.
Y efectivamente, Sora, de pie frente a Joe, rehuía sus ojos negros, por temor de que, con un solo gesto suyo, se quebrantara la muralla que se había propuesto construir todos esos meses que se habían mantenido alejados. Aquella que, esperaba, le impidiera abrasarle con todas sus fuerzas, como en el fondo deseaba hacerlo.
-¿Y bien? –empezó Joe mirándola amablemente, aún recargado en su deslumbrante auto- ¿No me has extrañado?
Sora tragó saliva, mirándole casi asustada, sin parpadear.
¿Qué clase de absurda pregunta era esa? ¿Cómo se atrevía a preguntar semejante cosa con tal sencillez? El corazón de Sora se aceleró sin que pudiera evitarlo… ¿Qué si lo había extrañado? ¿Qué si lo había extrañado? Le daban ganas de abofetearlo ¡Claro que lo había extrañado! ¡Lo había extrañado horrores! Pero no iba a decírselo ¡Oh, no! Antes muerta. No se permitiría ceder ante él esta vez. Ya se había resuelto a olvidarle, y le olvidaría. Se lo había prometido a sí misma y no daría marcha atrás. Era él quien le había roto el corazón. No debía olvidarlo. No debía olvidarlo ni un segundo, de lo contrario las consecuencias serían terribles para su dignidad... Debía mantenerse alerta, y no darle tregua. Así que se irguió y mirándole a los ojos, se dispuso a ponerse aquella mascara invisible de seguridad que no poseía.
-Si te refieres a que si he extrañado nuestras partidas de ajedrez –respondió Sora resuelta-, te diré que sí, un poco. No es tan entretenido ganarle a un computador impersonal, como verte hacer gestos cada vez que tienes que sacrificar a tu reina en el último movimiento.
-Nunca me lo dejarás olvidar ¿cierto? –rió Kido divertido y a la vez algo sorprendido de ver como Sora esquivaba su pregunta. Un par de años atrás le hubiese besado sin decir una palabra. Aunque quien sabe… Quizás confiaba demasiado en la antigua Sora.
-Siempre fuiste malo en los juegos de lógica…-recordó Sora, ya más tranquila. Y sin querer, se le ocurrió pensar en Yamato. Él era todo ciencia, lógica y cinismo... Le gustaría jugar ajedrez contra él… Pero aquel pensamiento se esfumó con un solo movimiento de Joe.
-Quizás haya tiempo para que me derrotes nuevamente ¿Qué te parece? ¿Te llevo? – le preguntó atentamente señalando la portezuela del auto.
-No, gracias –negó Sora viéndose reflejada en la ventanilla del deportivo negro ¿Cuándo habría remplazado el viejo audi azul marino? Tal vez cuando la cambió a ella… Era una posibilidad. Este mundo es misterioso.
-¿No quieres que te lleve?–Preguntó él algo contrariado- ¿Traes tu coche?
-Ya no uso el coche –explicó. Más viendo el rostro interrogante de Joe aclaró-, contamina demasiado, ya sabes, estoy en pro de la ecología. Además, el departamento no está tan lejos… Y no creo que ya hayas olvidado lo mucho que me gusta caminar –y apenas terminó de decir aquello, sintió que de alguna manera estaba mintiendo. Y ella detestaba mentir. Sabía muy bien que la razón real para caminar, por mucho que le gustara, era el ahorro de gasolina. Pero claro, nunca se abría perdonado el dejarle saber que había estado teniendo problemas económicos.
-Entonces déjame llevarte –resolvió Kido, más ya no como una petición sino como un hecho, le abrió la portezuela de copiloto y la miró resuelto.
Sora echó un vistazo a los lujosos interiores de cuero de aquel auto que no le era nada familiar, y dudó.
-Me gustaba más el viejo audi –comentó. Y aún así, aceptó el asiento que le ofrecía.
Joe sonrió al cerrarle la puerta. A él también solía gustarle más.
El recorrido fue corto. Kido conocía muy bien el camino al edificio departamental Komatsu. Charlaron poco, y la mayor parte del camino la pasaron escuchando música. A Joe le gustaba la clásica contemporánea. Sora recordaba cada uno de sus temas favoritos que, al igual que todos sus gustos, eran delicados y elegantes. Particularmente le gustaba el piano. Específicamente André Gagnon, mezclado con algo de Nyman y Crain. "Après la Pluie", era su favorita cuando se conocieron. Era la canción que le tarareaba cuando llovía, esperando a que el cielo se despejara…
No entraron de inmediato al edificio luego de haber llegado. Permanecieron de pie frente a él mirándolo hacía arriba, exactamente como la primera vez.
-Se siente raro –dijo Sora sin mirar a Joe
-Cómo si no hubiera pasado el tiempo ¿cierto? –Coincidió él tomando su mano igual que aquella vez- Como si fuera un deja vu…
Había sucedido hacía varios meses. Seis y tres semanas, para ser exactos. Habían estado en esa misma acera, tomados de la mano, en circunstancias enteramente diferentes. Iban con intenciones de ver otro departamento más de la lista que habían hecho con tanta ilusión. El número cuatro. En el que ambos habían planeado vivir.
Efectivamente, podría haber parecido un deja vu… A excepción de que, en esta ocasión, el corazón de Sora estaba estable… Y ya no lloraría en los brazos de Joe. Nunca más…
O eso creía ella.
Subieron aún tomados de la mano sin decir mucho, no tenía sentido quebrar el silencio con palabras inútiles. Se conocían demasiado bien y era fácil percibir los sentimientos del otro. Era como retroceder en el tiempo, como volver a quererse igual, como si los sueños que habían construido siguieran en pie. Quién sabe, con un poco de té y otra partida de ajedrez quizás volverían a ser los mismos. Sora había temido dejarse llevar, y sin darse cuenta, ya lo estaba haciendo… Estar juntos les era natural. Se encontraban frente a la puerta de Sora cuando algo inesperado ocurrió. Taichi Yagami dio un portazo al salir de su departamento, aquel con el numero 743 al frente, que osciló precariamente en su sitio.
Ver a su querido amigo fue como una descarga eléctrica para Sora, cómo volver súbitamente a la realidad después de un sueño muy profundo, que en realidad solo duró un instante. Casi lo había olvidado. Ya no era la antigua Sora. Sus sueños ya no eran los mismos, y su corazón ya no sentía igual. Que tonta. En algún punto había bajado la guardia sin querer, quizás en el auto, cuando escuchaba la música de sus recuerdos, ó quizás cuando Joe la tomó de la mano… Pero no podía seguir así. Para Joe era fácil. Él tenía una vida construida por su cuenta y ella representaba para él, solo un recuerdo grato. No debía mezclar el presente con el pasado. El pasado estaba muerto.
-¡Tai! –Exclamó Sora sinceramente agradecida de ver a su amigo-, que bueno verte –y acercándose a saludarlo soltó la mano de Joe, quien no dijo nada, pero permaneció inmóvil, a distancia. A veces olvidaba que su querida Sora vivía una vida distinta a la de él.
-Hola, Sora. Justo iba pasar a saludarte. Te iba a invitar a ver películas de acción. De esas que tanto te chocan… Pero veo que estás ocupada -dijo Tai alegremente aunque con un ligero tinte de dureza en su voz.
Sora notó que mentía. Era evidente que iba de salida, probablemente a su entrenamiento, pues llevaba ropa deportiva. Así que intuyó, por la mirada desconfiada que le echaba a Joe a través del pasillo, que los había visto desde las escaleras. Y lo más seguro era que el portazo hubiera sido intencional.
-No es que esté ocupada precisamente –le aclaró, muy aliviada de tener un ancla a la realidad-, estoy recibiendo a un viejo amigo que ha venido a visitarme… Joe Kido.
-Genial –dijo acercándose para extenderle el brazo a Joe quien le estrechó la mano con cortesía-, soy Taichi Yagami, mucho gusto. Vecino e íntimo amigo de Sora -y aunque Tai aparentaba tener el buen humor de costumbre, había algo de agitación en sus maneras que no pasó desapercibido a los ojos expertos de Kido.
-El gusto es mío, Yagami –respondió Joe con sus acostumbrados buenos modales, pero a Tai casi se le revuelve el estomago de tanta formalidad ¿Quién se creía ese para hablarle de un modo tan solemne? Y desde ese momento encabezó su lista negra.
-¿Y de donde nos visitas? si puede saberse, claro – empezó Tai quien cada vez tenía más pinta de detective desconfiado que de vecino amistoso.
-Pues acabo de regresar de Norteamérica –explicó mirando a Sora, quien no sabía nada al respecto. Eso explicaba el nuevo auto, seguramente la compañía lo había adquirido para él-, me han traído los negocios, pero quise aprovechar para… -iba a continuar sin sentirse incomodado por la inquisitiva mirada de Taichi, hasta que fue interrumpido.
-¿Alguien ha dicho Norteamérica? –prorrumpió inesperadamente Mimi, quien acababa de asomar la cabeza desde el departamento, como si llevara unos segundos escuchando detrás.
-Ah, hola Mimi… –Saludó Sora sorprendida. Había olvidado por completo que su compañera estaría en casa-. No te lo había dicho ¿Cierto Joe? Comparto el departamento con una amiga…
-Si, creo que habías olvidado mencionarlo… -dijo algo sobresaltado. Lo cierto era que no había imaginado así su reencuentro
-¿Por qué no pasamos? –Sugirió Sora ya mucho más tranquila viéndose rodeada de sus amigos-, oh, pero tú estás ocupado ¿no, Tai?-le preguntó recordando que tenía que llegar a su entrenamiento.
-¡No, que va! –negó el moreno quitándole importancia con una ademan desenfadado- Si te acabo de decir que iba a ver películas… Claro que paso, es más, invítame una soda –dijo entrando en el departamento como Pedro por su casa ¿Qué más daba que el entrenador Komamura lo reventara después con ejercicios extras por faltar al entrenamiento? Lo prefería mil veces a dejar a Sora y a Mimi con ese sujeto, que no le daba para nada buena espina.
Así que pasaron.
Mimi se presentó con su acostumbrada originalidad, subiendo la voz más de lo necesario y presumiendo sus largas pestañas postizas a cada parpadeo. Sora sonrió al notar al sensato y juicioso Joe más turbado por la extravagante apariencia de Mimi, que por todos los intentos de Tai de acobardarle.
-A decir verdad, había querido visitar a Sora desde hace algunos meses... –respondió Joe a otra de las impertinentes preguntas de Tai, cuidándose muy bien de no prestar atención a ninguno de los múltiples escotes de Mimi-. Siempre la he considerado algo así como mi hermana menor. Hacía tiempo que no nos veíamos así que…
Tai tuvo que contener un bufido. No le parecía para nada que un hermano mayor tomara a su hermanita de la mano como él había tomado a Sora cuando los miró en el pasillo de las escaleras, ni que le mirara con ojos de embeleso a la mínima distracción suya. Ese cuento no se lo tragaba.
Por otra parte Mimi, más que preguntas, hacía comentarios de lo mucho que extrañaba su adorada Nueva York, sus semanas de la moda y su 5ta avenida. Lo cual parecía algo fuera de lugar, pues Joe acaba de regresar de Washington, donde estaba haciendo una maestría en medicina financiada por la compañía farmacéutica para la que trabajaba. Así que toda esa cháchara de desfiles de moda y eventos de élite eran como hablar en otro idioma para él.
Sora estaba la mar de divertida con ese par. Mejor escudo no se pudo haber encontrado contra las grises nubes del pasado. Así que charlaron toda la tarde -la mayor parte del tiempo de cosas insignificantes-, hasta que Mimi tuvo que salir y a Joe le llamaron del trabajo. Tai no pudo evitar sugerir maliciosamente, que ya que ambos iban de salida, Joe podía llevar, de paso, a la modelo. Mimi pareció encantada con la idea en cuando supo que iría al trabajo en un deportivo, más Kido no parecía sentirse tan afortunado, lo cual hizo muy feliz a Tai.
-Entonces creo que te veo mañana –se despidió el peliazul besando a Sora en la mejilla
-Si, si, nos vemos mañana, compañero –respondió Tai por ella, palmeándole el hombro, aunque en realidad parecía que lo que quería hacer era tumbarle los dientes de un puñetazo- te estaremos esperando con gusto -dijo a la vez que le empujaba ligeramente al rodear los hombros de Sora, como en un abrazo casual.
Joe lo miró con extrañeza, pero no le dio tiempo de decir nada, para cuando Mimi lo jalaba del brazo a la salida.
-Ay, ya. Qué tanta despedida –se quejó Tachikawa dirigiéndolo hacía la puerta-, ya luego siguen hablando, no quiero llegar tarde a mi primer día de trabajo ¿Te dije que soy modelo? Ya sé que no hace falta que lo diga para que se note, pero bueno, estoy muy feliz porque por fin me hablaron de la agencia que quería ¿Sabes lo que es una agencia, verdad?… -y siguió hablando así hasta que se su voz se perdió en el pasillo. Joe no pudo hacer nada contra aquella chica, y solo pudo ver como Sora le despedía agitando levemente la mano, y como Tai le sonreía siniestramente.
Apenas se hubo cerrado la puerta detrás de ese par, Tai se tiró en el sofá satisfecho.
-Me cae bien ese Joe –dijo como si hablara de un buen amigo en aquella pequeña frase desbordante de secreta ironía-, aunque es algo estirado para mi gusto ¿Viste como me miró cuando abrí la soda con los dientes?
-Si, lo miré –respondió Sora aguantándose la risa-, pero que no te extrañe, así es él. Muy correcto.
-Pues no sé para qué hay tal necesidad de "corrección" –comentó encogiéndose de hombros, como si la educación fuera innecesaria (Punto de vista poco práctico para quien pretende incursionar en el mundo de la diplomacia), y mientras lo decía, veía como Sora se recargaba en el ventanal de la salita- ¿Qué vez?
En realidad, Sora no veía nada en concreto. Más bien, se dejaba llevar por el vacío mental de sus reflexiones. Permaneció así unos minutos, hasta que Tai, quizás curioso al no obtener respuesta, se levantó y se instaló a su lado.
Siete pisos abajo, se podían apreciar a Joe y Mimi saliendo del edificio. Pero a diferencia de Tai, Sora no prestaba atención a lo que había bajo el horizonte, más bien, tenía fija la vista en esa línea precisa, donde los edificios abren paso al inmenso cielo. El sol estaba por terminar de descender, y una paleta de naranjas, rosas y purpuras coloreaban el panorama.
Así que, mientras Taichi se divertía viendo como Joe lidiaba con Mimi al subirse al auto, Sora pensaba en alguien más.
¿Qué estaría haciendo Yamato? ¿Por qué no había ido a visitarle en todo el día? Se sentía un poco tonta por esperarle en vano. Había creído que al decirle que su único ex novio la visitaría aquel día, estaría al pie del cañón como lo había estado Tai… Incluso hasta había temido un poco por Joe, ya que Matt no era tan bueno conteniéndose en favor de la cortesía. Aquello hubiera sido divertido de ver. Pero de nada servía imaginarlo, pues no se había presentado. Entonces, muy dentro de su corazón, vaciló… Y sintió que le hacía falta. No le gustaba sentirse así, era como descender emocionalmente. Como sentir, de alguna forma, el frío de una inexplicable soledad. Cómo… Si de alguna forma le abandonara. Se le ocurrió pensar que quizás sólo flirteaba con ella como con otras tantas. Era absurdo, completamente tonto, pero así lo sentía en aquel momento. Sin embargo, no quería pensar así. Tampoco quería necesitarle demasiado. Y temió el haberle llegado a querer más allá de lo que estaba dispuesta. No quería que se volviera indispensable en su vida. Porque eso significaba dolor, ya lo había comprobado antes.
Se retiró del ventanal, hastiada de sus propios sentimientos. Tai le siguió.
-Hoy no ha venido TK –dijo Sora tratando de ocupar su mente en otras cosas, y sin saber por qué, se sintió algo cansada de repente- ¿No está en casa?
-¡Ah, ese granuja! Lo había olvidado –exclamó Taichi golpeándose ligeramente la frente- el muy sinvergüenza debe seguir en su cita… ¿Te imaginas? Si para las ocho no ha regresado le voy a marcar. Uno debe cuidar a estas nuevas generaciones, no se me vallan a descarriar…
-Qué raro –sonrió Sora sin nada de ganas ya de reír-. Creí que tú eras el primero en motivar a Tk en ser menos reservado, Tai.
-Y así es generalmente –confirmó el moreno-, pero eso cambia cuando la chica con la que sale es mi hermana…
Sora se sorprendió mucho. Casi no sabía nada de la hermana de Tai, pero había escuchado un par de cosas por parte de Takeru, más que de parte de Taichi. Y pensó que si le gustaba a Tk, debía ser una buena persona. Y le dieron ganas de conocerla. Quizás pudiera hallar en ella una amiga. Se entretuvo pensando en cómo sería, a fin de centrarse en otra cosa que no fuera Yamato, aunque fuera solo por un rato. Se preguntó si sería por lo menos la mitad de escandalosa que lo que era su hermano, y si en el semblante reflejaría su calidez.
Pero muy poco le duró aquella distracción, pues pronto tuvo que alistarse para ir al trabajo, y Tai a su entrenamiento, por lo que se quedó sola, y por más que lo intentó, no pudo evitar pensar en qué es lo que le diría a Matt cuando lo encontrara esperándola afuera de la librería después de salir de trabajar. Aquello se les había hecho costumbre. Así pues, mientras se vestía, se puso a imaginar que lo reprendía por no visitarla; también se divirtió suponiendo qué cara pondría cuando mintiera diciéndole que Tai y su exnovio, en el cual se había mostrado tan interesado el día anterior, eran grandes amigos. Pensó en diversas posibilidades. Algunas en las que lo hacía enojar y otras en las que lo ponía celoso. Aunque en realidad sabía que lo más probable es que terminara actuando como si nada fuera de lo común hubiese ocurrido.
Suspiró al verse por última vez frente al espejo. Y descubrió, para su vergüenza, que se había arreglado, sin darse cuenta, más de lo que acostumbraba. Cualquiera que la hubiera visto habría pensado que iba a una cita. Pensó que a Mimi le hubiera encantado si la hubiera visto, y no pudo evitar sentirse algo tonta por ello. Así que pensó, en por lo menos, despintarse los labios. Pero antes de que su mano llegara a una toallita húmeda, miró el reloj, y tuvo que salir corriendo para que no se le hiciera tarde.
En cuanto llegó a la pequeña librería en la que trabajaba, empezó a desesperar por salir. Aquello nunca le había pasado antes. Generalmente disfrutaba todo el tiempo que pasaba allí, entre libros y el suave olor a madera de las estanterías. Pero en esta ocasión, cada hora le resultó interminable, y el reloj de pared que descansaba justo frente al mostrador parecía latir audiblemente a cada segundo que marcaba. Así pues, Sora se ocupó en cuanto pudo esperando que, mientras más ocupada estuviera, menos pensaría en lo lento que el tiempo se empeñaba en transcurrir. Limpió las estanterías del fondo, reacomodó todo el escaparate, reabasteció los libros de mayor demanda y clasificó la mercancía que acababa de llegar… Más todo esto no basto para sosegar sus ánimos, y faltando cinco minutos para las nueve –su hora de salida-, estaba preparándose para cerrar. Sacudió el mostrador, vació la caja y a las nueve en punto ya estaba abrigándose, lista para salir.
Se sentía ansiosa, pero no de forma negativa, antes bien, contenta. Era un alivio saber que, después de aquel largo día, por fin lo vería. No habría querido admitirlo, pero la verdad actuaba y sentía, como quien esta apunto ver a la persona que se ama.
El corazón le latía fuertemente. Y muy rápido. Como un pajarillo asustado.
Sin embargo, al salir en aquella ocasión, no había nadie esperándola en la banca fuera de la librería… Y por un segundo, su corazón se detuvo.
Las resplandeces luminarias de la ciudad atravesaban la trasparencia del enorme ventanal que ocupaba toda una pared en aquella enorme sala de juntas en los últimos pisos del gran edificio de GaiaMusic. Llevaban allí horas y parecían no ir ni a la mitad. Eran muchas las cosas que tenían por hacer, por verificar, por informar, por firmar, por planear. Todo ese papeleo era su parte menos favorita de aquel torrente que le arrastraba infalible hacía un contrato en regla. La compañía esperaba que empezaran a grabar lo más rápido posible. Le sorprendía lo rápido que se daban las cosas. Era increíble haber estado acostumbrado al rechazo y al anonimato y de repente ser solicitado por una de las empresas discográficas de más renombre en el país, con promesas de publicidad nacional y éxito aún mayor. Aquel día había conocido a un centenar corbatudos con placas de oro en los escritorios, y pinturas de autores impronunciables decorando sus oficinas. Mientras tanto, Hiroaki Ishida, debido a su conocimiento del medio televisivo se había autoproclamado manager de la banda sin preguntarle a nadie, y pronto estaba ocupado en negociar una propuesta de contrato ventajosa para los chicos, mientras estos se ocupaban de charlar con los especialistas de Gaia sobre la imagen de la banda y su propuesta musical.
Estaban emocionados, y a la expectativa. Solo podían pensar en lo que les acontecería en el futuro, cegados por la ilusión de la realización de un sueño largamente deseado. Entonces cuando dieron las nueve, Matt se encontraba entretenido en una charla interesantísima referente a la táctica de publicidad general planeada en las giras, y lo que estas representaban. Estaba tan concentrado en las posibilidades de una verdadera carrera musical, y tan absorto en las infinitas posibilidades que le brindaba su imaginación al respecto, que no pensó siquiera en ver su reloj.
Sin embargo, el tiempo pasaba inmutable.
E imperdonable.
Las nueve en punto pronto se convirtieron en las nueve y cuarto, y esta hora a su vez, en nueve y media. Así pues, el presente seguía transcurriendo, y el futuro, escurridizo, continuaba alejándose. Pronto faltó un cuarto para las diez, y el recuerdo de Sora aún no aparecía en su mente. Sí. Por aquel momento -un momento egoísta-, solo pensó en sí mismo. En su triunfo. No pensaba en sus amigos, no pensaba en su familia, no pensaba en ella. Aquella oportunidad de éxito le cobraba cara aquellas consideraciones: desvaneciéndolas de su mente.
Pero claro, aquello no podía durar demasiado. A las diez con cinco minutos, hablando de afiliaciones de de admiradores y las cifras de asistentes en los estadios, pensó en su modesto pero fiel grupo de admiradores que, lo admitía, eran en su mayoría chicas gritando como poseídas en el Viejo Almacén. Así que, por inercia, pensó en Sora. La única chica por quien deseaba ser admirado…
-¡No puede ser! –exclamó levantándose de su asiento para sorpresa de todos-, ¿qué hora es?
-Apenas pasan de las diez –dijo Akira, el guitarrista de la banda, mirándolo con ojos interrogativos, ¿quién pensaba en la hora cuando les acababan de asegurar un debut en televisión abierta?
-Disculpen, tengo que hacer una llamada –y sin decir más se retiró, alejándose de la lujosa sala de juntas.
Tan pronto estuvo en el pasillo, la recepcionista lo invitó amablemente a hacer su llamada en la terraza dispuesta en el balcón principal del piso. Pero Yamato no estaba para amabilidades, se sentía fatal, ¿cuándo habían dado las diez?, ¿cuándo, maldita sea, había transcurrido el tiempo tan aprisa? Caminó hacía la amplia terraza y se recargó en baranda de cristal templado del moderno lugar. Sacó su celular del bolsillo dispuesto a pedir disculpas por ser un patán sin cerebro, pero apenas la pantalla reflejó el número de la pelirroja, se lo pensó mejor. ¿Qué sentido tenía, después de todo? Lo había estropeado, no había forma de remediarlo. Pedirle disculpas a través de aquel frío aparato era cobarde. Tenía que verla. Por un momento deseó contar con los absurdos complejos de superhéroe de Taichi y volar hasta el balcón de Sora. Se sintió estúpido. En todo el día solo había tratado de creer que todas aquellas cosas grandiosas le estaban pasando de verdad, que no era un sueño, y olvidó por completo lo que realmente importaba. No había dejado tiempo para nadie, solo para sí mismo. Y ahora lo lamentaba. Si lo pensaba bien, lo que más deseaba es que ella estuviera orgullosa, como él mismo lo estaba. Pero ahora… Deseaba verla. Lo deseaba tanto…
No obstante, cuando Akira fue a buscarlo para informales que el mismo director de Gaia, Ken Ichijouji los había invitado a cenar, no pudo decir que no. Y se detestó por ello.
Sora llegó a su departamento frotándose de los labios la pintura que estúpidamente se había retocado antes de salir de trabajar. Aunque eso no era realmente necesario, en especial luego de esperar en vano por una hora y media que Matt apareciera. Se había sentado a esperarle en la banca que él mismo solía ocupar, presa de una ansiedad tan viva que solo podía ser producto de la esperanza de verle llegar corriendo con una muy buena excusa. Pero eso no había sucedido, y ahora se sentía como una imbécil por permitirse creer que realmente le importaba. Estaba… Estaba como irritada por sentir tan profunda decepción. Porque, efectivamente, estaba decepcionada. Aunque no tanto de Matt, sino que estaba decepcionada de sí misma, por haberse enamorado sin percatarse de cuándo aquel sentimiento que al principio le resultaba agradable y natural se volvía contra ella y amenazaba con crecer a magnitudes insospechables... Oh, sí… Le amaba más de lo que era razonable.
Pero eso ya lo sabía desde antes. Lo supo cuando Matt la besó por primera vez. Cuando sintió tan grande amor, que no pudo resistirlo, y fue tanto así, que cedió a las lágrimas en el Viejo Almacén.
Entonces ¿Por qué ahora se sentía… atemorizada?
Suspiró cansada. Debía de dejar de darle tantas vuelta al asunto. Incluso ella estaba mareada.
Y justo entonces, tocaron a la puerta.
Se sacudió las reflexiones irritada de ser tan absurdamente complicada, y fue a abrir segura de que sería Mimi, quien solía llegar a esas horas. Pero al abrir no vio los risos de la modelo, sino la cara serena de Joe, quien tuvo que esperar a que Sora saliera de la impresión para que le invitara a pasar.
-Se que no me esperabas –dijo en él pasando al departamento por fin-, pero como no tenía ni idea de donde trabajabas decidí venir a una hora más o menos conveniente para invitarte a salir. Estuve estacionado frente al edificio durante casi una hora –rió como si aquello fuera una nadería-, incluso llegué a pensar que a lo mejor ni siquiera habías trabajado hoy. Pero llegaste casi corriendo justo antes de que me rindiera.
-¿Corriendo? –no lo recordaba. Solo sabía que estaba exaltada de camino a casa y que se había esforzado en llegar lo antes posible, pero nunca se fijó en sí misma.
-Sí, parecías muy apurada… -recordó sin darle importancia-. No sabes el gusto que me dio verte. Estaba a punto de cancelar la reservación…
-¿Reservación? –Repitió Sora levantando las cejas para hacer énfasis a la interrogación, y con nada de ganas de salir- ¿Reservación de qué?
-Te iba invitar al teatro y luego a cenar –explicó Joe como si aquello fuera cosa de todos los días. Y para ellos, lo había sido-, pero como la función ya pasó, queda en pie lo de la cena. Reservé en un restaurante de cocina fusión que sé te encantará.
Entonces Sora se dio cuenta.
Era Joe quien tenía la culpa de que se sintiera tan confusa respecto a sus sentimientos. Al volverlo a ver, al verse cubierta de todas sus atenciones nuevamente, y ser acariciada por cada una de sus sinceras sonrisas le hacía recordar todo lo que sufrió al perderle. Y peor aún, el verle tan impasible, comportándose como si nada le afectase… Ella en cambio, sufría al verle, debilitaba su determinación de olvidarle. Y no podía luchar contra eso.
No temía amar a Yamato. Simplemente temía amar.
Porque sabía lo mucho que dolía el ser desilusionada. Eso es lo que Joe le recordaba. Y para confirmarlo bastaba pensar en cómo se había sentido sentada en soledad fuera de la librería a la espera Matt, quien no se apareció. El anhelo, la expectación, la esperanza…, todo aquello desembocaba siempre en la desdicha. Cuan sola se sintió camino a su casa esa noche, y cuan tristes resonaron sus solitarias pisadas sobre el frío asfalto. Le molestaba extrañarlo, no lo negaba; y sin embargo, era más el desconcierto que le ocasionaba su ausencia.
Pensó que quizás, si Kido no hubiera llegado, podría haber soportado la ausencia de Matt sin problemas. Y es que ¡Dios! ¡Solo había sido un día! Un día de no verle que le parecía una eternidad.
-¿Y bien? –la despertó Joe- ¿Estas lista? –preguntó señalando la puerta ansioso de pasar un buen rato con ella. Cómo en los viejos tiempos.
Sora le miró e inmediatamente lo supo… Supo que no estaba lista. Ni para salir con él esa noche, ni la siguiente, ni la siguiente. Simplemente aún no podía soportar las heridas del pasado, pues seguían escociéndole en el interior. No. No estaba lista en absoluto. Y deseaba que los viejos tiempos se quedaran en el pasado. Donde debían estar.
-¿Sabes Joe? No me lo tomes a mal, pero no puedo salir contigo esta noche –dijo viéndole directo al rostro.
Él meditó antes de contestar.
-Perdóname, Sora. Sé que he sido inoportuno –y aquella disculpa fue tan cortés, como sincera-. En ocasiones olvido cómo es la vida de estudiante. Tienes que tener mucho que hacer. Deberes ¿cierto? Ya tendremos tiempo de salir en otra ocasión. Si quieres…
-Joe… -lo detuvo Sora con suavidad-; no es eso. No son los deberes los que me impiden salir contigo. Soy yo, Joe... Vamos, no me veas así. Tú mejor que nadie sabe que no he superado lo nuestro.
-Pero creí que… Creí que habíamos quedado como amigos, Sora –dijo por primera vez desconcertado-. Sin resentimientos. Tu misma lo dijiste.
-Y no era mentira –le aclaró-. Es sólo que es muy pronto. Sé que a ti te ha parecido un siglo, pero ya no soy la hermanita que has de cuidar y proteger. Antes quise serlo, de veras. Pero yo, a diferencia de ti, siempre supe que lo que quería no era un hermano. Discúlpame. Debo ser sincera contigo. Te lo debo.
Joe se acomodó las transparentisimas gafas, como siempre que debía tomar una decisión difícil.
-De acuerdo, Sora –dijo acomodándose también las solapas del saco-. Me marcho, pero no creas que me rindo. He de recuperarte tarde o temprano.
Sora asintió y le despidió con una sonrisa.
Lo acompañó a la puerta y ni siquiera lamentó el no haberlo abrazado al verlo marchar.
Era tarde. Apenas se hubo quedado sola miró el reloj, atragantándose con la nostalgia, pero mucho muy aliviada. Joe significaba mucho para ella, pero era bueno el volver a la realidad y darse cuenta que ya no le necesitaba como antes.
Se desvistió casi inmediatamente y se lavó la cara para despejarse. Se lavó con agua jabonosa hasta que se cansó de frotar, como si con ello pudiera deshacerse de la sensación de inesperada libertad que se le arremolinaba en el estomago. Cuando salió del baño miró un mensaje por leer en su móvil.
Era de Mimi. Avisaba que no iba a llegar.
Sora suspiró.
Se puso el pijama más calientito que encontró en su cajón y se metió entre las mantas de su cama, segura de que no podría dormir. El silencio la envolvía y la soledad lamia la punta de sus pies.
Matt salió del restaurant faltando un cuarto para las dos de la madrugada. No tenía muchas fuerzas y tampoco mucho entusiasmo a pesar del exitoso final de aquel día de trabajo. Toda lo que duró la cena estuvo pensativo y con la moral baja, pues sabía que le había fallado a Sora. Afortunadamente, sus compañeros se mostraron suficientemente entusiastas como para cubrir la porción de alegre algarabía que le tocaba. Y es que no podía, por más que quisiera, dejar de pensar que la había dejado de lado, aún sin proponérselo. No tenía justificación.
Lo único que tenía era su guitarra.
Su guitarra recostada en el asiento trasero de su auto.
Así que, abatido como estaba, sólo se le ocurrió en una forma aliviarse. Condujo sin pensarlo hasta el edificio departamental Komatsu, y sentándose recargado en la puerta con el #707 al frente, comenzó a tocar "Green Eyes" de Coldplay
Honey you are a rock
Upon which I stand
And I come here to talk
I hope you understand
That green eyes, yeah the spotlight, shines upon you
And how could, anybody, deny you
I came here with a load
And it feels so much lighter, now I've met you
And honey you should know, that I could never go on without you
Green eyes
No tenía esperanzas de que lo escuchara. Para cuando llegó allá eran las dos y media, pero no le importó. Quería creer, muy en su interior que su música lograría llegar de alguna forma hasta Sora… y que, mientras ella soñaba al compás de sus notas, tal vez, y solo tal vez, su música llegaría hasta el fondo de su corazón.
Honey you are the sea
Upon which I float
And I came here to talk
I think you should know
That green eyes, you're the one that I wanted to find
And anyone who, tried to deny you must be out of their mind
Cause I came here with a load
And it feels so much lighter, since I met you
Honey you should know, that I could never go on without you
Green eyes
Green eyes
Faltaban ocho minutos para las tres. Los vecinos no tardarían en salir a reclamar el silencio que les había sido arrebatado, lo harían, lo sabía porque ya lo habían hecho en el pasado cuando pensaba que tocar por los pasillos en la madrugada era divertido… En aquel entonces jamás habría pensado que dirigiría sus canciones a una mujer en específico. Nunca le gustó cantar canciones de amor, y cuando lo hacía, siempre pensaba en el amor como algo lejano y etéreo. Las chicas y su atracción eran una cosa… Pero el amor… El amor de verdad era cosa seria. Y nunca se había sentido tentado a probarlo. Sus relaciones solían ser fatuas y nunca le pareció que aquello fuera algo malo… Hasta ahora, en que toda aquella música escrita en alabanza a aquel sentimiento en el no creía del todo, comenzó a cobrar vida en sus labios y parecían tener sentido. Sentido verdadero.
Y Sora, dormida, era indiferente a sus reflexiones.
Oho ho ho hooooo
Oho ho ho hooooo
Oho ho ho hooooo
Oho ho ho hooooo
Aún así, deseaba pensar que aún cuando no podía escucharle, la arrullaba con su guitarra, y que guiaba sus sueños hacía él por medio de la música. Quería conservar aquellos pensamientos y ese intenso sentimiento despiertos en su mente y corazón para decírselos después en voz alta. Quería… Quería tantas cosas. Pero más aún, la quería a ella.
Que duro fue entonces escuchar llegar el momento temido.
Los pasos que se acercaban a él le indicaron que era momento de fingir que se preocupaba por el descanso ajeno, y partir. Pero antes quería llegar a la última nota de su canción. Casi terminaba, y los pasos se aproximaban igual que la indeseable hora de partir. Mas no apresuró las notas, tocó cada acorde a su tiempo. Quería terminar bien aquella canción para Sora.
Los pasos se detuvieron a distancia. Matt levantó la cabeza y dejó de tocar, justo antes de poder terminar.
Los ojos azafranados de Sora congelaron aquella última nota que le era dirigida, pero que se extinguió sin concluirse.
Continuará…
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N/A
A nadie le gusta ver los puntos frágiles dentro de sí, y mucho menos los de los demás. Y eso es porque el dolor y la confusión agotan. Todos quisiéramos reír y disfrutar todo el tiempo. Sin embargo, esos sentimientos menos gratos y tan pesados están permanentemente instalados en nuestros corazones, y siempre encuentra la manera, aunque sea de forma ocasional, de emerger a nuestra realidad. Creo que todos tenemos inseguridades, incluso las personas de las que no lo esperamos, y eso he reflejado últimamente con los personajes.
Porque en el amor, muchas veces, el verdadero obstáculo es uno mismo.
En fin, son libres decir si les aburro, en serio, puesto que, aunque siempre me he considerado una escritora muy egoísta (Por lo general escribo esforzándome por satisfacerme sólo a mí misma), tomo muy en cuenta opiniones ajenas, en particular porque me hacen reflexionar más allá de mi muy particular visión del mundo, y resulta tan refrescante como mirar a través de una ventana, en cuyo exterior se aprecia la mente ajena.
Así que Gracias a todos por sus excelentes sugerencias y opiniones. Al final decidí hacer una mezcla de las dos ideas que rondaban en mi cabeza. Y ahora sí puedo confesar que lo que me llamaba la atención escribir no era otra cosa si no el transportar la trama un par de años en el futuro y luego retroceder en la historia a fin de hacer la narración más interesante. Pero al final me ha gustado más como ha quedado. Y aunque estoy ocupada planeando mi tesis –esa palabra suena absurdamente profesional y complicada-, espero no tardar un siglo en publicar de nuevo. Quería responder cada review personalmente, pero al final no he tenido tiempo, lo haré a la próxima sin falta.
Así que gracias a los lectores bondadosos que regalan sus palabras…Que buenos son! Gracias a: Cari Cazal, Karminaa, Kazeminami, Paola Mendoza, Sora Takenouchii, NikkissLove53, nOck-nOck, Kapitonto y Cirelo
Saludos,
KRc
P.D.: Lo sé. Sora no tiene los ojos verdes, si no rojizos; pero qué quieren, me encanta esa canción… Además "Green Eyes" suena más poético que "Red eyes" ¿no? Está bien, los dejo mientras sigo escuchando a Coldplay… Yo y mis manías.
