Capítulo 2: Tiempos pasados II.
Unas horas más tarde, Seto y Mokuba estaban sentados en el comedor del orfanato, esperando a que les sirvieran la cena. El pequeño no había vuelto a ver a Kate en todo el día y por eso en ese momento no hacía más que girar la cabeza en todas direcciones para ver si localizaba a la chica. Al fin y al cabo, era la hora de la cena, así que tendría que estar allí por fuerza.
Seto también echó un corto vistazo a su alrededor. Mokuba le había descrito a la chica que le había ayudado, y si bien el no estaba interesado en iniciar ningún tipo de contacto entre ellos, debía reconocer que estaba en deuda con ella por haber encontrado a su hermano y habérselo devuelto sano y salvo, así que al menos debía darle las gracias.
-¡Es ella! - dijo Mokuba.
Seto giró la cabeza para ver el lugar que señalaba su hermano, y vio a una chica rubia de aproximadamente su misma edad sentándose sola en una de las mesas centrales.
-Vamos a saludarla Seto.
Antes de que pudiera detener a su hermano, este ya se había levantado y acercado a la mesa. Seto lanzó un profundo suspiro y le siguió.
-Hola Kate - saludó el pequeño al llegar al a mesa.
-Hola Mokuba - respondió ella con una sonrisa -, ¿cómo te encuentras?
-Muy bien - contestó, devolviéndole la sonrisa -. ¿Por qué te fuiste antes? Quería presentarte a mi hermano.
-Lo siento, pero no quería interrumpir. Además, tenía que seguir buscando a mi hermana.
-Oh, es cierto - recordó el niño -. ¿La encontraste?
Ella negó con la cabeza.
-No, pero seguro que estará aquí pronto, es casi la hora de la cena, ¡y ella nunca se la pierde! - bromeó.
Mokuba se rió y se dio la vuelta para buscar a su hermano, que se había quedado un poco apartado.
-Seto, ven aquí anda.
El chico, que no había querido interferir en la conversación, se acercó a la mesa con paso lento, como si aquella situación lo aburriese sobremanera.
-Seto esta es Kate, la chica que me ayudó a encontrarte. Kate, él es Seto, mi hermano.
-Encantada - dijo ella.
Seto por su parte no dijo nada. Se había quedado mirando el rostro de Kate y por alguna razón no podía apartar la vista de él, sobre todo de sus ojos, había algo en ellos que parecía hipnotizarle. Cuando apartó la vista de aquellas esferas azules se dio cuenta de que sus labios se movían, ¡ella le hablaba y él ni siquiera se había dado cuenta!
-¿Qué? - preguntó aturdido.
-Que si estás bien, llevo un par diminutos hablándote y no me has contestado.
-Ah, bueno… es que yo… - se atoró el chico.
-Pero eso no es porque se encuentre mal Kate - se escuchó una voz tras ellos -, es simplemente porque es un maleducado.
Seto y Mokuba se dieron la vuelta y vieron la misma chica con la que Seto había discutido aquella tarde.
Ella pasó por detrás de ellos sin mirarles y se sentó al lado derecho de Kate.
-Mi hermano no es un maleducado - defendió Mokuba.
-Claro que sí, esta tarde he intentado ayudarle y me ha contestado de mala manera.
-¿Es eso cierto? - preguntó Kate al chico.
-Bueno… sí - dijo él con cierto apuro. ¿Por qué aquella chica lo ponía tan nervioso? -. Pero es que mi hermano había desaparecido y no estaba de humor para que nadie me molestase.
-Yo no te molesté - replicó la chica -, simplemente te ofrecí mi ayuda. Y si tu hermano estaba perdido con más razón deberías haberla aceptado.
Seto iba a replicar, y Kate, viendo la tormenta que se avecinaba decidió desviar el tema.
-¿Y tú se puede saber donde has estado toda la tarde? Me he vuelto loca buscándote.
La chica sonrió con picardía.
-Oh vamos Kate, sabes que no me va a pasar nada.
-No eres tú quien me preocupa - confesó -, sino la gente a la que puedes meter en tus líos. No sé como lo haces para que tus travesuras parezcan cosa de otros.
-Es un don - dijo la chica riendo.
-Esto… - se escuchó la voz de Mokuba -, ¿quién es ella? - preguntó dirigiéndose a Kate.
-Vaya, lo siento, que maleducada, me he olvidado de presentaros. Ella es Danielle, mi hermana más pequeña. Danielle, ellos son Seto y Mokuba, acaban de llegar aquí.
-No puedo decir que esté encantada.
-Danielle… - dijo su hermana en tono de advertencia.
-Está bien, está bien. Encantada de conoceros.
Kate rodó los ojos y negó con la cabeza, a veces no sabía que hacer con ella. Todos se quedaron un momento sumidos en sus pensamientos, pero la calma fue rota cuando los sitios que estaban en frente a las chicas fueron ocupados por los dos últimos integrantes de la familia.
Derek era una perfecta versión masculina de Kate, los mismos ojos, el mismo color de pelo, la misma estatura… Si no fuera porque ella era un año mayor que él, podrían haberlos tomado por mellizos.
Stella por su parte no se parecía en nada al resto de la familia, pues mientras sus hermanos tenían el pelo rubio y los ojos azules, igual que su padre, ella había heredado el cabello rojo fuego de su madre y sus ojos tenían un matiz violáceo, igual que los de su abuela paterna.
-Eh, ¿por qué tanto silencio? - preguntó el chico.
Saliendo de su ensimismamiento, Kate sonrió.
-Hola chicos, voy a presentaros. Ellos son Seto y Mokuba, chicos, ellos son mis otros dos hermanos, Derek y Stella.
Mokuba intercambió un saludo con ambos mientras que Seto se limitó a asentir de forma seca con la cabeza.
-¡Niños! - escucharon de pronto - ¡Todos a las mesas! ¡Vamos a servir la cena!
-Será mejor que os sentéis - les advirtió Stella -, si no os caerá una buena bronca.
Mokuba se sentó en el lado libre que quedaba al lado de Kate, y Seto al lado de Derek, justo enfrente de su hermano.
La cena fue servida y los chicos empezaron a comer. De vez en cuando, Seto no podía evitar mirar el lugar a la izquierda de su hermano, donde ella se sentaba, era como si su vista se desviase hacia allí automáticamente.
Intentando evitar esto, Seto se limitó a mirar a su alrededor, hacia las otras mesas, cuando de pronto se dio cuenta de algo extraño. No quería iniciar una conversación, pues no quería tener ninguna excusa para mirarla, pero su curiosidad pudo más que él.
-¿Por qué todas las mesas están tan abarrotadas y en esta sólo estamos sentados nosotros?
Kate suspiró y sus hermanos soltaron un par de risas por lo bajo.
-Es porque tienen miedo de molestar a Kate mientras come - respondió Derek -, no quieren hacerla enfadar.
-Ni que me los fuera a comer a ellos - dijo la aludida.
-¿Por qué tienen miedo de molestarla? - preguntó Mokuba.
Derek se rió.
-Es que hace un par de años Robert, un chico de 14 años que antes vivía aquí, tuvo una discusión con Stella porque ella había cogido un libro en la biblioteca que él quería coger. El caso es que en medio de la pelea, Robert empujó a Stella contra una estantería, y ella se dislocó el brazo. Kate, que estaba allí y lo vio todo fue hacia el chico y le pegó un puñetazo. ¡Imagínate! ¡Una niña de 9 años pegándole un puñetazo a un chico de 14, que le sacaba al menos 20 centímetros de estatura! Él por supuesto no se quedó quieto e intento devolverle el golpe a mi hermana, pero ella se las apañó para tirarle la estantería encima. El chico estuvo dos semanas en la enfermería.
-Las mismas que estuve yo castigada - comentó Kate como si nada.
-La historia corrió como la pólvora por aquí - siguió Danielle -, y ahora nadie se atreve a molestar a Kate, y a nosotros menos.
Los chicos se quedaron mirando a la rubia, que seguía cenando tranquilamente. Cuando ella se dio cuenta de sus miradas levantó la cabeza y dijo sólo seis palabras.
-Nadie se mete con mi familia.
Tras ese comentario, siguieron cenando. Al finalizar la cena, los chicos se levantaron y empezaron a dirigirse hacia sus respectivos dormitorios, pero antes de separarse, Seto pasó cerca de Kate y le susurró.
-Te entiendo.
Ninguno dijo nada, siguieron su camino, cada uno hacia su dormitorio.
…...
A partir de ese día fue una rutina para todos sentarse juntos en la mesa. Desayuno, comida, cena… daba igual, los seis se sentaban y se divertían juntos.
Derek, Stella, Danielle y Mokuba planeaban lo que iban a hacer durante el día, mientras que Kate y Seto solían mantener charlas tranquilas y pequeñas discusiones sobre distintos temas.
Seto había encontrado en Kate no sólo una chica guapa y simpática, sino también una rival con la que competir a nivel intelectual. Por las tardes acostumbraban a jugar al ajedrez y lo más normal era que la partida acabase en tablas, ya fuera por el aburrimiento de horas de juego, o porque los profesores les llamaban para ir a cenar.
Con el tiempo Kate y Seto crearon un fuerte vínculo de amistad entre ellos. Él se veía a si mismo reflejado en ella, de alguna manera, ambos habían tenido la mala suerte de perder a sus padres y adquirido la responsabilidad de cuidar de sus hermanos pequeños.
Para ella, Seto era un muchacho que había sido obligado a madurar de forma muy rápida. Ella había crecido siempre cuidando de sus hermanos, en cambio Seto se había encontrado con esa responsabilidad de un día para otro y ella sentía que debía darle todo el apoyo que necesitaba en esos momentos.
…...
Todo parecía perfecto para ellos ahora, hasta el día en que Gozaburo Kaiba llegó al orfanato.
Esa misma semana, el orfanato había decidido organizar una excursión de tres días para los alumnos de 12 años o menos. Seto había decidido no ir, pero Kate sí había ido, pues debía vigilar a hermana pequeña. Por lo visto siempre provocaba algún problema y ella debía estar atenta para que no se le fuera de las manos. Mokuba también se había quedado con su hermano.
La primera tarde, Seto se quedó viendo la televisión, pues no tenía a su habitual competidora de ajedrez. Fue entonces cuando emitieron la visita de Gozaburo Kaiba al orfanato, y Seto vio en ella una salida de allí para su hermano y para él.
Lo planeó todo para poder llevar a cabo su plan sin un solo fallo, y tal y como había previsto, tuvo éxito. Gozaburo había accedido a adoptarles a Mokuba y a él.
Lo único que Seto no previó es que a Gozaburo Kaiba no le gustaba perder el tiempo, por lo que se los había llevado del orfanato esa misma tarde, sin poder despedirse de sus amigos, que se encontraban fuera y que ni se imaginaban que a su vuelta ellos no estarían para recibirles.
A Seto le dolía un poco el corazón, pues no quería separarse de Kate, sin embargo, debía asegurar el futuro de su hermano. Estaba seguro de que ella lo entendería.
Bueno - pensaba -, puedo decirle a Gozaburo que nos traiga alguna vez de visita.
Pero las lecciones de su padrastro pronto borraron esa idea de su mente, y la imagen de aquella chica que le sonreía con dulzura se fue haciendo más difusa con los años, hasta que quedó relegada en un rincón de su memoria, a la espera de ser devuelta a la superficie.
