Disclaimer: Los personajes que aparecen en este drabble (Dean, John y Sam Winchester) no me pertenencen, si no que pertenecen a Eric Kripke. Yo sólo uso a estos personajes con intención de pasar el rato. Cualquier ánimo de lucro está fuera de lugar.
Espero que os guste...
El soldado
¿Alguna vez habéis sentido que la gente a la que queréis os importa más de lo que vosotros les importáis a ellos? ¿Sí? ¿No? Seguro que no; bueno… espero que no. Si fuese así, podríais sentiros un poquito Dean Winchester.
¿Qué podría decir de él que no se haya dicho? Es un guerrero, desde los cuatro años aprendió a cuidar de sí mismo y a cuidar de Sam, su Sam. Es un niño que no ha tenido infancia. Es un niño que no ha tenido amor. Es un abrazo que no se ha dado, ese apretón en el hombro que no llegaron a apretar. Es esa sensación de vacío en el estómago cuando te das cuenta de que no le importas a nadie, cuando te das cuenta de que nadie te quiere… de que para bien o para mal, estás sólo.
Esa es la dinámica de Dean Winchester.
Ser el soldado. El testigo silencioso. El guardaespaldas.
Ver como su padre y su hermano se desangran mutuamente, muy despacio, en una guerra de guerrillas creada por el orgullo de John y la cabezonería de Sam. O puede que tal vez sea al revés. Al final, él es el único que sale herido por la metralla que no llega a dar en el blanco. Pequeños trapos sucios que su padre y su hermano se tiran a la cara. Discusiones cada vez más acaloradas que tienen un final claro, marcado como si fuese un día rodeado en rojo sobre un calendario.
Su hermano va a irse, demasiado cabreado para poder asumir que esa es, joder, es la vida que les ha tocado. Su padre va a irse, demasiado herido para poder asumir que esa es, joder, es la actitud errónea para abordar lo de Sam. Y él, el hijo mayor, el hijo obediente, el hijo que jamás ha protestado; él, Dean Winchester, va a quedarse sólo.
Solo y herido.
Si nos paramos a pensar un momento, las consecuencias de nuestras acciones pueden dañar a gente que ni siquiera consideramos que pudiesen ser influidas por éstas. Si nos paramos a pensar un momento, todos hemos llorado en algún momento por algo en lo que no estábamos directamente involucrados pero que, joder, dolía.
Si nos paramos a mirar un momento, podemos ver a un hombre joven, solo, conduciendo en un Chevrolet Impala del '67, con la mirada perdida en el infinito que marcan la carretera, con una chupa de cuero y con AC/DC sonando a todo volumen en una radio medio destartalada que ni siquiera lee CDs.
Si nos paramos a mirar un poco más de cerca, es probable que ese hombre joven nos devuelva el reflejo de lo que nosotros somos. De lo que nuestra alma atesora.
Porque nos guste o no, queramos creerlo o no, Dean está sólo.
Y nosotros, todos nosotros, también.
