Las verdades que faltaban
Los tres días que nos separaban del ritual no se me hicieron tan largos como esperaba. Amanda nos dio a cada uno de nosotros tareas específicas para adelantar los preparativos.
"Necesitaré de vuestra ayuda", alcanzó a murmurar la sacerdotisa antes de que Alice saltara de alegría al verse frente a un reto de tales proporciones, pero ahogó su propio grito de emoción al tener una visión donde se le prohibía involucrarse en el asunto, pues debía mantenerse concentrada en el tema de la clarividencia junto a Elisa.
"No es justo, ¿saben? .Es como si quisieran castigarme por ser tan útil", intentó reclamar antes de que se le prohibiera cualquier cosa, pero la decisión estaba tomada por parte de Amanda, por lo que no pudo insistir más. La pobre no asomó ni un pelo durante los preparativos.
Esme quedó como la encargada de la cena, que tendría lugar, aparentemente, después de que se realizará el ritual. Amanda nos explicó que como cualquier bautizo, después de la ceremonia se hacía una fiesta para celebrar el acontecimiento. A pesar de la peculiar dieta que teníamos la mayoría de los invitados, la sacerdotisa insistió en hacer un gran banquete donde no faltara nada, ni siquiera el vino.
Tratándose de alimento humano, los instintos maternales de Esme quedaban un poco obsoletos, por lo que le pidió ayuda a Sue Clearwather. Las dos estuvieron haciendo compras en el supermercado, arreglando muebles y manteles, encerrándose en la cocina por horas discutiendo el menú perfecto, las cantidades y finalmente cocinando, durante los tres días previos al gran evento.
Carlisle, fue el encargado de las invitaciones. Para la ocasión no era necesario, nos explicaron los brujos, hacer tarjetas ni ningún tipo de formalidad; la invitación debía hacerse en persona, de tú a tú, por miembros de la familia que estuvieran orgullosos de mostrarles a sus familiares, amigos y conocidos varios, los logros alcanzados por su ser querido. Carlisle, como el abuelo pseudo oficial de Reneesmé, fue inmediatamente asignado con esta tarea. Era además útil, puesto que podía pasearse por La Push sin despertar las defensas de Sam, que seguía cuidando el perímetro de la reserva de todo vampiro, vegetariano o no.
Los invitados a la ceremonia eran de un variopinto espectro racial: por supuesto, todos los vampiros que nos acompañarían a Volterra estaban más que considerados. También los licántropos, ambas manadas (con sus respectivas imprimaciones), pues también estaban involucrados en los eventos futuros: la de Jacob en la batalla y la de Sam preservando la seguridad de Forks en nuestra ausencia. Esta vez se agregó a algunos adultos de La Push, como Billy Black y Sue Clearwather.
Con respecto a Charlie, él era por supuesto uno de los invitados principales a la ceremonia, pero había algo que me incomodó desde el minuto en que lo agregamos a la lista: desde que se enteró de la transformación de Jacob, mi padre había estado al tanto del mundo sobrenatural del que éramos parte; lo había aceptado casi con naturalidad, pero nos había pedido que prefería mantenerse ignorante sobre la realidad de nuestra existencia y la de tantas otras cosas "mágicas". Si venía a la iniciación de Reneesmé, tendría una fuerte degustación de la realidad alterna que tanto evitaba, puesto que vería como su nieta se convertía en bruja. Sin contar con la sustancial cantidad de vampiros que estarían presentes. Sin duda, había llegado el momento de contarle la verdad tal como era, ahora más que nunca, puesto que tal vez ninguno de los tres miembros de mi pequeña familia volvería a verlo.
Y si le contaba a él la verdad tal como era, bien podía contársela a Reené también. Más que mal, esto del "secreto" era una ley de los Vulturi, y ninguno de nosotros quería seguir viviendo bajo esas reglas, ya no tenía por qué limitarme por ellas.
Llevaba más de tres años sin ver a mi madre; desde el día de mi matrimonio, ella no tenía idea que Reneesmé era mi hija. Pensaba –como Charlie –que era una sobrinita huérfana de Edward. Bueno, también pensaba que era una pequeña niña de tres años. Tampoco sabía de mis cambios, de mi nueva apariencia, de la inmortalidad, no sabía que su hija ahora era un vampiro.
Hablé con Edward y él estuvo de acuerdo en que le contara a Reené la verdad; dudó un poco con respecto a Charlie, pues, según lo que él había leído en la mente de mi padre, este se encontraba perfectamente al tanto de nuestra naturaleza, pero no tenía intenciones de que se lo confirmáramos. Le expliqué que me preocupaba no verlos nunca más, de que tal vez nos buscarían hasta el día de su muerte, y que me parecía justo que supieran la verdad con respecto a mí, a mi marido y a mi hija. Pero sobre todo, le dije que echaba demasiado de menos a Reené y que ya no quería estar lejos de ella. Accedió, y concertamos una reunión con mis padres el día antes de la iniciación.
"Me parece una buena idea", nos apoyó Amanda cuando le contamos sobre nuestras intenciones con respecto a mis padres, "La sinceridad siempre es lo mejor, sobre todo en consideración con aquellos que nos dieron la vida". La bella cara de Amanda se iluminó con una sonrisa burlona, pues referirse a que Reené y Charlie me habían dado esta vida, era un poco inexacto; ella lo sabía, así que no intenté corregirla.
"Aunque me gustaría que esa preocupación la dejaran para el final. Les tengo una tarea mucho más importante: ustedes son los padres de Reneesmé, son los segundos más importantes en la ceremonia, puesto que gracias a ustedes ella vive, gracias a lo que ustedes fueron como humanos, y a lo que son ahora como inmortales, vuestra hija ha obtenido los preciosos dones que la acompañan".
"Hermosas palabras amiga" –me burlé un poco nerviosa –"¿pero que diablos significan?" –Edward sonrió y me tomó por la cintura, últimamente se le veía mucho más tranquilo y disfrutando de nuestros invitados. Mis comentarios sarcásticos le hacían mucha gracia, tal como cuando nos habíamos recién conocido.
-Bueno –explicó Amanda –ustedes participarán en la ceremonia, y necesito enseñarles cómo.
Así que llegado el día en que Charlie recogió a Reené del aeropuerto y la llevó a la casa de Carlisle, no habíamos preparado el discurso para explicarles las últimas novedades. Todo el tiempo estábamos con Amanda o con Olivia, que nos enseñaban nuestra parte en el ritual.
Tal como cuando Reneesmé se presentaba por primera vez a alguien, nos quedamos las dos en la sala, mientras que Edward –la cara conocida –recibía a mis padres en el jardín.
"Hola Edward" –le saludó entusiasta Reené –"Ya era hora de que me invitaran a pasar unos días con ustedes".
"Lamento hacernos de rogar tanto, pero las cosas han estado un poco movidas estos últimos años" –no podía verlo, pero por el tono de su voz intuí que estaba encantando a mi madre con esa sonrisa irresistible. Por supuesto, mi madre se olvidó de los años transcurridos desde nuestro último encuentro, y pasó directo al grano.
"¿Dónde está Bella?" –preguntó como si nos hubiéramos visto ayer.
"¿Estás seguro de que esto es una buena idea?" –Charlie sabía lo que estaba por suceder, pero no hacía nada para detenernos.
"Si, Charlie, lo hemos conversado con Bella y creemos que es lo mejor para todos. Las cosas están por cambiar radicalmente en nuestros mundos, ustedes deben estar preparados para lo que sea. Y para eso, necesitan saber la verdad" –las palabras de Edward sonaron a sentencia, Charlie no insistió.
"¿Qué sucede? –preguntó ansiosa Reené – ¿Charlie, algo malo pasa con Bella?"
"No lo sé" –contestó mi padre, absolutamente resignado –"ahora veremos."
Edward los escoltó hasta la sala donde los estábamos esperando. La primera en entrar fue mi madre. Cuando nos vio, abrió los ojos y dejó caer la mandíbula en un solo respiro. "¿Bella?", preguntó mientras movía los ojos rápidamente examinándome a mí y a mi hija. Se había quedado inmóvil en la entrada. "Mamá", susurré antes de lanzarme hacia ella para abrazarla.
"Eres tú", se intentó convencer a si misma, "¿Qué te hiciste? Estás hermosa, pareces una modelo". Reené intentaba sonar casual, como lo hubiera hecho si es que de verdad mi cabello hubiera estado bien cuidado, mi piel perfectamente lisa y mi figura esbelta; pero en este caso, era evidente que algo andaba diametralmente mal: ninguna dieta hubiera cambiado mi figura, mis movimientos y el color de mis ojos.
"¿La habías visto?", le preguntó a Charlie, que se había invitado a si mismo a sentarse en el sillón blanco junto a Nessie.
"Vivo aquí, ¿recuerdas?", ella lo ignoró, pues se concentraba en el hermoso rostro de Reneesmé, muy parecido al de su padre y marcado por el color de ojos que alguna vez tuve yo cuando aún era humana.
El asombro, probablemente tras llegar a sus propias conclusiones, le impidió continuar interrogándonos sobre los evidentes cambios en mi cuerpo. Caminó hasta el sofá, para sentarse al otro lado de Charlie. Su mirada estaba perdida.
Edward y yo nos sentamos en los sitiales dorados al frente del sofá donde mis padres esperaban nuestras palabras. Reneesmé se puso de pie detrás de nosotros. Charlie le daba pequeñas palmadas en la espalada a mi madre, como si eso la pudiese ayudar a salir del shock. Yo no sabía cómo empezar, miré a Edward esperando que él tuviera alguna idea de cómo manejar lo que ahora pasaba por la cabeza de Reené.
"Sabemos, Charlie, que conoces nuestros orígenes. Y también estamos al tanto de lo reticente que estás a enfrentarte con la verdad tal cuál es. Pero, como ya les dije, es nuestro deber informarles.
"Mi familia, Reené, no es humana" –mi madre levantó su mirada para enterrarla en los ojos de Edward. Pero no dijo ni pío.
"Supongo que de las veces en que nos hemos encontrado, has podido ver ciertas características físicas en nosotros, que te pueden dar una idea de lo que realmente somos.
"Carlisle y Esme, mis padres, el resto de mis hermanos y yo, somos vampiros" –Reené no se movió, ni respiró, ni gritó. Nada. Silencio absoluto. Hice el ademán de mover los brazos para ponerme de pie, pero Edward me retuvo. "Está bien amor, déjala procesar la información".
Diez segundos después, Edward continuó explicando: "Cuando me enamoré de Bella, cuando le propuse matrimonio, no tenía intenciones de convertirla a mi estilo de vida. Pero las circunstancias nos llevaron a esto".
"Estás sonando culpable de nuevo, papá" –le interrumpió Reneesmé, sin preocuparse de que había dejado escapar el vocablo "papá", para referirse a Edward. El corazón de Reené se aceleró tanto que pensé que le iba a dar una taquicardia.
Edward enroló los ojos, y luego hizo un gesto con las manos, para permitirle a Nessie que explicara mejor su existencia… y la mía.
"Los vampiros han existido desde que el mundo es mundo, Reené, pero nunca había habido uno que se enamorara de un humano, ni menos que fuera capaz de contener sus instintos para mantenerlo con vida. Mi padre se enamoró de mi madre, sin pensar en que la unión de los dos, podía resultar en un hijo.
Charlie volvió su mirada con interés sobre Nessie, pues esta parte de la historia sí le apetecía conocer. Amaba a Reneesmé con cariño paternal, pues sabía que era mi hija, aún cuando no entendía su procedencia.
"Mi madre quedó embarazada de mí a los pocos días de que se casaran. Soy hija de un vampiro y de una humana. Soy hija de Bella, soy tu nieta."
Entonces vi como dos lágrimas se le escaparon a mi madre de los ojos. Se puso de pie rápidamente, yo pensé que se largaría indignada, pensando quién sabe qué cosas de nosotros, pero en vez de escapar, se arrodilló frente a mí.
"¿Esto es lo que me has estado ocultando hija mía?", dijo entre sollozos, "No me importa si eres humana, o vampiro, o Frankenstein, siempre serás mi Bella". Nos dimos un fuerte abrazo y ella hundió sus lágrimas entre mis cabellos. Pude sentir su aroma, su sangre correr por su yugular, pero no me importó ni un poco, la emoción que sentía era enorme, quería gritar, llorar, saltar, besarla, y luego seguir llorando.
En vez de eso, me permití abrazarla en silencio.
"Pero esta no es la razón por la que han decidido soltarnos la verdad", inquirió Charlie. Su corazón policíaco latía ante nuestro misterio, marcándole las pautas que le indicaban, esta no era la verdad completa.
"Tienes razón Charlie", retomó Edward, "Momentos difíciles nos quedan por delante". Reené puso atención a las palabras de mi marido.
"Hay una amenaza latente que nos persigue desde hace varios años, proviene del mundo de los vampiros. A Forks ha llegado un grupo de humanos con poderes sobrenaturales, que han venido a pedir nuestra ayuda para afrontar este problema mutuo. Juntos, hemos decidido dar la pelea".
Charlie se quedó en silencio reflexionando sobre las palabras de Edward.
"¿Están en peligro de muerte?", preguntó con calma.
"Si, todos nosotros".
"¿Hay algo que podamos hacer? Digo, nosotros como policías".
Reneesmé se sentó junto a su abuelo y le tomó las manos.
"Lamentablemente", continuó Edward, "no hay nada que la gente convencional pueda hacer para esta clase de conflictos. Este es un conflicto que solucionaremos por nuestra cuenta. ".
"¿Qué hacemos aquí entonces?", dijo Reené, "Por supuesto que estoy encantada de por fin saber por qué me estaban evitando, pero quisiera ser útil de alguna manera".
"Y lo serás, Reené", sentenció Nessie. "Verás, mañana habrá una fiesta aquí, y ustedes son invitados de honor en la celebración".
"¿Una fiesta?", preguntó Charlie, "No me parece una buena idea teniendo en cuenta lo que está por ocurrir".
"Abuelito", Nessie sonaba como explicándole a un niño cómo sumar, "Así como existen los vampiros y los hombres lobo, también existen las brujas. Mañana, será el ritual según el cuál yo me convertiré en una".
"Sé que suena extraño", me apresuré en explicar para evitar que Charlie muriera de un infarto, "Pero es la verdadera vocación de Nessie. Ella se irá con nosotros a… bueno, a solucionar los problemas. Es una chica poderosa, ya la verás mañana", comencé a tartamudear sin saber cómo convencerle, "a nosotros también nos tomó un tiempo acostumbrarnos a la idea, pero es lo mejor para todos".
"Ya lo creo", dijo Reené, "Con tanto peligro rondando este pueblo, está bien que se sepa defender la niña", sentenció con una sonrisa. Luego caminó hacia Reneesmé y poniéndole uno de sus rulos detrás de la oreja, le preguntó:
-¿Cómo te llamas?
- Reenesmé.
- ¿Ah? –Dijo con una mueca – ¿ese nombre de donde viene?
- Es una mezcla que se le ocurrió a mamá cuando me estaba esperando. Es Reené y Esme, puestos en un mismo nombre.
Reené se volteó para dedicarme una sonrisa, y luego volvió rápidamente los ojos sobre su nieta.
Tu nombre proviene del mío, ¡Que hermoso!
Eres la primera que opina eso de buenas a primeras.
Y dime, ¿Eres tan grande por lo de la brujería, o por ser mitad y mitad?
Al parecer es la mezcla entre vampiro y humano lo que me hace crecer tan deprisa. Lo de la brujería es algo nuevo, casi.
La alegría se escapó en un pispás del semblante de Reené. Dejó caer los hombros, completamente abatida por las palabras de Nessie. Había llegado rápidamente a la conclusión que nos atormentó a Edward y a mí, durante los primeros meses de vida de nuestra hija.
Continuará creciendo hasta los siete años –contestó Edward a las dudas que carcomían los pensamientos de Reené –Luego, al llegar a la edad adulta, se mantendrá tal cuál al menos por los próximos 150 años. Es todo lo que sabemos.
Oh, está bien –pegó un suspiro de alivio –eso quiere decir que aún tenemos tiempo para conocernos –luego se volteó para mirar a Charlie –Que suerte la tuya eh, de haber visto a esta pequeña hermosura crecer durante estos años.
No tienes ni idea –contestó Charlie haciéndose el amargado.
Durante aproximadamente una hora, estuvimos en la sala de la casa de Carlisle, recordando los primeros años desde mi llegada a Forks. Fuimos completamente honestos con mis padres, les contamos la verdad sobre James y Victoria, sobre mis escapadas, primero para sobrevivir la caza del rastreador y luego para salvar a Edward en Italia. Les explicamos sobre los licántropos y la relación de Jacob con Reneesmé; integramos a las brujas, a los vampiros amigos que merodeaban al otro lado del río y finalmente explicamos detalladamente el conflicto con los Vulturi.
Estaban evidentemente consternados por la seguidilla de confesiones sobre la realidad del mundo en el que vivían, pero no cuestionaron ninguna de nuestras decisiones. Charlie, a pesar de estar en total descuerdo con que fuéramos a una guerra sin defendernos con balas ni bombas, completamente desprotegidos de autoridad alguna, se mostró comprensivo con nosotros, y apoyó a Reneesmé con el asunto de la brujería en cuanto ella se lo explicó con más detalle.
"¿Puedes verme el futuro entonces?" –preguntó infantilmente Reené.
"Sé de alguien que lo hace mejor, pero no está disponible hoy. Tal vez mañana si quieres, le podría pedir que le diera una leída a tus manos".
Elisa, por supuesto, sabía de quiromancia, tarot, runas y i-ching. Ahora no tenía tiempo para lecturas, pues se encontraba 24 horas trabajando junto a Alice. Pero al día siguiente, durante la celebración, tal vez se aventurara a predecir el futuro para Reené.
"De hecho, eso me recuerda que tengo que seguir trabajando en mis espadas", dijo Reneesmé, "¿Les importa si los dejo hasta mañana?".
"Por supuesto que no", contestó mi madre, "Ve sin problemas. Después tendremos más tiempo. Además, no hay ninguna forma de que vuelva a Forks para interrumpir el romance de Charlie con Sue, yo me quedo aquí."
"De todas formas te iba a invitar, mamá", le dije contenta, "Tenemos muchas cosas que conversar aún".
Acto seguido, Charlie dio un apretón de manos a Edward y un sentido abrazo a Reneesmé. Se despidió de mi madre de mí, que no nos soltábamos por nada en el mundo, y volvió a casa, prometiendo volver al día siguiente.
Al llegar a la cabaña, donde Reené alojaría junto al resto de los humanos, mi madre se vio encantada con la juventud que se preparaba para el evento del día siguiente. Hacían malabares y saltos, practicaban bailes y canciones. Era un ambiente feliz, festivo, sin ningún atisbo de preocupación por los días que estaban por venir.
Asimismo, mi madre no sintió ningún apuro por charlar conmigo en privado, por lo que nos quedamos en el porche observando los preparativos. De vez en cuando entablábamos un pequeño diálogo, basado más que nada en una serie de preguntas y respuestas que nunca la dejaban completamente satisfecha.
Amanda la recibió con hospitalidad y cariño, invitándola a dormir en la habitación donde Olivia dormía junto a Reneesmé. Un par de horas después, el sueño la tumbó sin piedad, sin dejarle espacio para continuar interrogándome, ni para conocer mejor a su nieta.
Todavía queda tiempo para eso, intenté convencerme mientras la arropaba pensando en el futuro.
Durante la noche, Edward y yo nos quedamos en el porche practicando nuestra parte en el ritual que se llevaría a cabo al día siguiente. No era una tarea fácil, puesto que era necesario que ambos explotáramos nuestros dones –escudo y telepatía –de un modo que nunca lo habíamos intentado antes.
Las horas que separaban el crepúsculo del alba se nos pasaron más rápido de lo acostumbrado, tan ensimismados en nuestra tarea estábamos. Pero apenas despuntó el sol en el horizonte, nuestra atención se desvió abruptamente al divisar cuatro figuras humanas que se acercaban desde el bosque hacia la cabaña.
Cuatro hombres caminaban despacio y calmados, uno al lado de otro, seguidos de cerca por la manada de Jacob, que tenía instrucciones de custodiar el perímetro. Por razones que nos eran aún desconocidas, los lobos permitieron el paso de los extraños sin poner mayores problemas.
Les tomó un buen pedazo de tiempo llegar hasta el jardín de nuestra casa, su paso no era apresurado, ni lo aceleraron al divisarnos. Se tomaron todo el tiempo que quisieron en llegar hasta nosotros, tanto que el sol salió completamente marcando el nuevo día.
Son brujos –me contó Edward apenas los divisamos.
¿Cómo lo sabes?
No puedo escuchar sus pensamientos –su tono hastiado dejaba claro cuánto le molestaba la sordera en los desconocidos.
Deben de ser los amigos de Amanda –le recordé –Debían llegar hoy.
Los cuatro hombres se detuvieron frente a nosotros. Fingiéndonos impávidos, Edward y yo nos mantuvimos sentados, sin decir palabra, a la espera de que los extraños se presentaran a si mismos.
Como de costumbre, tampoco podíamos sentir la humanidad de estos brujos. En silencio, ellos cuatro y nosotros dos, nos observábamos mutuamente con discreción, sin dejar ver ningún atisbo de desorientación. Los hombres, todos más grandes que nosotros –teóricamente –debían de ser de la misma edad de Amanda, si no mayores, puesto que sus rostros estaban más cercanos a la treintena que a la veintena.
No es que yo fuera discriminatoria con respecto a la gente más grande que yo, ni que ellos se vieran específicamente más viejos, es solo que en su mirada, en sus movimientos, se notaba la madurez de la experiencia, los años que aún le faltaba por recorrer a la "cordada" de Olivia, aquellos jóvenes brujos que serían los compañeros de vida de mi hija, que en ningún caso demostraban tanta calma en sus comportamientos.
"Buenos días" –dijo el primero, cuya característica principal era una enorme barba negra que le tapaba la mitad del rostro –"Ustedes deben de ser Bella y Edward Cullen, ¿no es así?".
"Acertaste. Mi nombre es Edward y esta es mi esposa, Bella", contestó mi marido sin dejar escapar ningún gesto de desconfianza, "¿Ustedes son los amigos de Amanda?".
"Correcto", contestó nuevamente el hombre de la barba, "Somos los amigos de Amanda", un bufido se dejó escapar por las narices del tipo que estaba inmediatamente al lado del que hablaba, "Somos los que le cubrimos las espalda, mejor dicho", replicó con sarcasmo.
"A veces hay que ignorarlo", se disculpó el primero, "Permitan que nos presentemos: Mi nombre es Rod y este es Sebastián", dijo señalando al hombre que había hablado recién. "Ellos son Diego y Matías", los otros dos movieron la cabeza a modo de saludo.
"Bienvenido a nuestra casa", les saludé cordialmente, "Amanda está aún durmiendo, igual que el resto de los brujos. Pero deben estar por despertar. Si quieren pueden pasar".
"No te preocupes", dijo Sebastián, "Desde aquí la despertaremos con el mejor remedio". El hombre cerró los ojos y sonrió levemente. El resto no se molestó en mirarlo, sino que escrutaron las ventanas buscando alguna señal que delatara la vigilia de la sacerdotisa.
No tuvimos que esperar mucho a que se despertara o a que se manifestara algún cambio silencioso en los sonidos de la casa, pues Amanda profirió un grito escandaloso, audible quizás incluso hasta la casa de Carlisle; luego se sintieron los pasos de la mujer mientras bajaba rápidamente las escaleras.
"Se te pasó un poco la mano", acusó Diego a su compañero.
"Nah, estará contenta de vernos", contestó Sebastián, seguro de sus actos.
Pero entonces la puerta se abrió con una ráfaga de aire y Sebastián salió volando, despedido unos 10 metros más atrás. Los lobos, que se mantenían a distancia, solo levantaron las orejas desconcertados.
Edward y yo nos movimos de las escaleras con toda la velocidad que podíamos lograr, temerosos de la reacción de la sacerdotisa, que ya había despedido a uno de sus amigos.
Entonces Amanda salió de la casa, empuñando su báculo que ahora brillaba amarillo a la luz de la mañana, vestida con una especie de bata muy parecida a un kimono japonés.
"Idiota", dijo entre dientes a la figura destartalada en el suelo, y luego miró a sus compañeros con cariño, dejándose abrazar por los tres al mismo tiempo.
No se dijeron nada, no conversaron ni se dieron mayores gestos de saludo, al menos ninguno a parte del abrazo amistoso y fraternal que los unía. Pero de alguna otra manera, tal vez telepáticamente, intercambiaron información, pues cuando se soltaron, uno de ellos, Matías, le tomó las manos y le habló.
"Tomaste la decisión correcta, hermana. ¿Dónde está?".
Recién entonces divisé la figura de Lucas, escondida entre los árboles del bosque, expectante y alerta a la señal que indicara su entrada, su nueva presentación en esta pequeña sociedad a la que alguna vez había pertenecido. Lo vi torcer el gesto, morderse el labio, empuñar fuertemente las manos y luego en una velocidad sobrehumana, mucho más rápido que un vampiro común, tele transportarse al lado de Amanda.
Los cuatro hombres lo miraron atontados. Lo examinaron con detención por una decena de segundos que incluso a mí me parecieron tortuosos.
El primero en romper el hielo fue Diego.
"Por fin apareciste, ya se me estaban agotando las fuerzas para mantener el secreto", se abrazaron palmoteándose la espalda.
"¡Cómo no lo pensé antes! Por supuesto que sabías que yo estaba vivo", exclamó Lucas.
"Si, siempre lo supe. Pero no podía ir contra lo que Amanda quería. Ya sabes cómo es, se le pone una cosa en la cabeza y no hay quién la haga cambiar de opinión", Diego hablaba con toda tranquilidad.
"¿Y no nos dijiste?", acusó Rod a su amigo, "Gracias", sentenció con sarcasmo.
"Oh, bueno, esas pequeñeces dan lo mismo ahora", interrumpió Sebastián, "lo importante es que estás vivo…para siempre" y luego imitó una risa diabólica de película de terror de los años setenta.
Los seis amigos se reunieron felices, ignorando nuestra presencia. Se abrazaron muchas veces más, conversaron sobre lo que había pasado, lo que estaba sucediendo y lo que vendría en el futuro.
Mientras hablaban, Edward me señaló las ventanas de nuestra casa, desde las cuales todos los brujos –y mi madre –espiaban entre las cortinas a los brujos adultos que conversaban en el patio.
Decidimos dejarlos solos mientras se ponían al día, y entramos a la casa para tomar desayuno con nuestra hija y Reené, con los brujos y los licántropos, para obtener los chismes que necesitábamos para entender mejor quiénes eran los recién llegados. Después nos prepararíamos para el acontecimiento del día.
