Sulspicia y el Ejército de Giove
- ¿Mamá?
- Dime, amor.
- Quería decirte…
- No, no digas nada. No quiero que…
- Mamá.
¿Qué iba a decir, adiós?
- Solo puedo imaginar lo difícil que es esto para ti -Mejor no decir nada. Mejor sólo respirar, llenarme de su olor .-Pase lo que pase, si es que no nos volvemos a ver…
- No pasará nada. No te sucederá nada, vas muy bien protegida.
- Pero sí es que…
- No. No. Sin peros Renesmee.
- Te quiero mucho mamá, muchísimo.
- Yo también te quiero, con toda mi alma.
- Mamá.
- ¿Qué?
- Estoy orgullosa de ti, de ser tu hija.
- Gracias, supongo. Aunque lamento desilusionarte pero, no he hecho nada especial.
- Mamá…
- ¿Qué?
- De no ser por ti, esto no estaría sucediendo.
- Gracias, eso me hace sentir mejor.
- ¡Mamá! No seas testaruda. Me refiero a que el amor que sentiste primero por papá y luego por mí, ese amor es el que ha reunido a toda esta gente. Tu amor va a causar el cambio del mundo entero.
- ¿Renesmee?
- ¿Qué?
- Intenta no morir, por favor.
- Tú tampoco mueras. Nada de tonteras como cortarse el brazo.
- ¿Están listas? -interrumpió Edward.
No.
- ¿Papá?
- Dime Renesmee.
- Dile a Amanda que viajaré con los vampiros.
- ¿Estás segura?
- ¿Puedo viajar contigo, papá?
- Claro que sí, siempre.
-Entonces estoy segura. Viajamos juntos.
Humanos y licántropos subieron a la van que Carlisle había arrendado para el viaje desde el aeropuerto hasta Volterra. El resto de nosotros, los vampiros, viajábamos a pie. Renesmee había preferido recorrer aquella distancia encaramada en la espalda de Edward. Ellos tendrían alguna forma telepática de expresar lo que sentían. Aunque no hay nada, nada en el mundo que te prepare para despedirte así de las personas que amas. Adiós, espero que no te suceda nada. Espero estar viva para tu regreso.
No, las palabras estaban de más.
Todo sobraba, menos ella, menos él.
Los Cullen encabezábamos la caravana. Atrás de nosotros, 23 vampiros corrían veloces hacia la batalla de sus vidas. Llovía. Era 21 de diciembre, en Italia debía comenzar el solsticio de invierno. Si todo salía según lo esperado, estaríamos de regreso justo para Nochebuena.
- ¿Nos están esperando? -pregunté.
- Si.
- ¿A todos?
- No Bella, no saben que Renesmee va por los esclavos -contestó nerviosa Alice.
- ¿Saben sobre los humanos?
- Creen que son los licántropos.
- ¿Pero no tenían una vampira como tú?
- ¿Clarividente? No. Ella, Antonia, es médium, se comunica con los muertos.
- ¿Y los muertos le han mentido a la chica?
- No, no le han mentido, ella sabe que vamos acompañados de brujos.
- ¿Antonia puede ocultarle cosas a Aro entonces?
- Que fastidio Bella, ¿no lo puedes deducir sola?
- No.
- Aro le tiene miedo a los muertos. No la toca porque no soporta verlos, entonces ella le dice lo que quiere, le ha mentido.
- ¿Está de nuestra parte?
- Por supuesto que si. Ella es nuestro caballo de Troya.
- ¿Nos ayudará?
- Está esperando a Renesmee para mostrarle el camino hacia los esclavos.
- ¿Alice?
- No, no lo sé.
- ¿O no me quieres decir?
- No lo sé. Si no me crees, pregúntale a Edward.
- ¿Edward?
- No lo sabe.
Corríamos por los senderos escondidos entre las montañas donde se encontraba Volterra. La comitiva humana avanzaba por la carretera. Nos preocupamos de mantenernos al mismo paso que la van.
- ¿Renesmee?
- Dime, Lucas.
- ¿Amanda te dijo algo sobre otros brujos?
- No. ¿Por qué?
- Porque hay una comitiva esperándonos a siete kilómetros.
Lucas, a la cabeza, se adelantó para advertirles a los humanos sobre aquellos que nos esperaban más allá. A pesar de la posibilidad de una amenaza desconocida, nunca retrocedimos ni aminoramos el paso. Amanda lo decidió así.
A las afueras de Volterra, una comitiva conformada por cincuenta brujos nos esperaba en lo que parecía una formación marcial. El líder, un enorme joven que fácilmente llegaba al metro noventa, sostenía un báculo como el de Amanda, y vestía una túnica blanca que hacía un radiante contraste con la oscuridad de su piel. El resto de los brujos vestían de la misma manera, y al igual que su líder, eran todos de raza negra.
Cuando la van se estacionó a pocos metros del ejército humano, los vampiros nos quedamos detrás del vehículo para evitar las problemáticas que podían surgir si ellos nos confundían con los Vulturi o con cualquier otro tipo de vampiro con aspiraciones carnívoras. Los humanos descendieron de la van y flanquearon a Amanda mientras que se dirigía hacia su homólogo; los licántropos se posicionaron frente a nosotros, armando físicamente el bloque intermedio que estaban acostumbrados a interpretar.
Uno frente al otro, los dos sacerdotes se saludaron con una reverencia; luego se dieron las manos y cerraron los ojos, para proceder a un intercambio de información que, nuevamente, nos fue totalmente desconocido. Al cabo de un par de minutos, el joven negro abrió los ojos, repitió el saludo hacia la sacerdotisa, y luego dando un paso hacia el lado, imitó el gesto hacia el resto de los brujos, licántropos y vampiros que lo observábamos a la distancia. Al girarse hacia sus compañeros, el báculo del sacerdote brillo suavemente con una luz lila, y como si se tratase de una señal, los cincuenta brujos se dispersaron rápidamente hacia el bosque, todos tomando direcciones opuestas. El líder, impertérrito, se giró hacia nosotros con gesto sereno. Entonces Amanda nos explicó lo que sucedía.
- Han venido a ayudarnos –sus palabras fluían rápido, sin perder tiempo en entonaciones –Ellos se preocuparan de dormir a la población humana dentro de las murallas. No tendremos que preocuparnos por eso.
- ¿Entonces puedo pelear? –preguntó Bengara.
- Acompañarás a Reneesme. Ahora. La pelea se verá después.
- Amanda, ¿por dónde nos vamos? –preguntó Nessie preparada para marcharse a cumplir su misión.
- Él les mostrará el camino. Han recorrido el perímetro desde que llegaron hace dos días. Saben cuáles son los caminos que llevan hacia los esclavos, en la mitad se encontrarán con Antonia, la médium. Él es un sacerdote africano, tiene los mismos conocimientos que Olivia y yo. Estará preocupado de vuestra seguridad, pero tú seguirás siendo la jefa, la líder en esta misión. Si necesitas darle alguna indicación, no dudes en hacerlo. El resto: ¿Están listos?
Los brujos adultos amigos de Amanda se reagruparon junto a Reneesme. Zafrina hizo lo mismo.
- Vamos -dijo Reneesme.
- ¿Nessie?
- Dime Amanda.
- Para hablarle, creo que es mejor que lo hagas con las manos. No hablan la misma lengua, pero tienen el mismo corazón.
Reneesme sonrió tímidamente al sacerdote y luego se volvió para mirarnos, tal vez por última vez.
- Te amo Jacob.
- Yo también te amo a ti.
- Hazme feliz, y no mueras.
- Tú también.
- Nos vemos en un rato.
Y luego a paso de trote, los cuatro brujos, Zafrina, el sacerdote y Reneesme, fueron a liberar a los esclavos. No se despidió de nostros, ni nos miró. El corazón se me apretó.
"Los amo mucho, muchísimo. Prefiero hacerlo de esta manera… es la única forma de decir lo que de verdad quiero decir –comenzó a susurrar Edward en mi oído, tan bajo que sólo yo podía escucharlo –.Tengo miedo mamá, pero no de morir, no de sufrir. La idea de que a mi regreso, ni tú ni papá ni Jacob estén bien, me aterra. Pero no se preocupen por mí, por ninguno de nosotros. Estaremos bien, confío en que lo lograremos. Y si no, Zafrina nos dará suficiente material para escapar con vida".
Quise contestarle, y de hecho me giré hacia Edward con la intención de hacerlo, casi al mismo tiempo en que me mordía la lengua, recordando que la habilidad de mi marido no era de ida y vuelta. Él me abrazó rápidamente, y se apresuró en acercar su boca a mi oído.
"Desde que nací, he sido la niña más feliz del mundo. Y si logramos lo que queremos, entonces habrá muchas otras personas que podrán tener una vida tan plena como la mía. Por favor, tengan fe. Este era nuestro destino, tal vez desde que ustedes se conocieron, o papá se convirtió, o Carlisle se convirtió, o el padre de Carlisle nació y se dedicó a repudiar nuestra estirpe, poniendo la primera pieza del puzzle que terminaría en este momento. Esto es lo que se nos dio, este es el momento en el que podemos hacer valer el sufrimiento de tantos otros. Estoy orgullosa, estoy feliz de ser parte de esto junto a ustedes. Pero también tengo miedo. Así que desde este momento no pensaré más en ustedes hasta volver a verlos dentro de la ciudad; y ustedes hagan lo mismo, para que cumplamos nuestros roles de la mejor manera, y así todos podamos volver a la calma, sin miedo, para ser felices por los años que siguen después de esta noche."
Edward me apretó entre sus brazos, y yo dejé caer todo el peso de mi cabeza sobre sus hombros. De pronto otro par de brazos se unió a los nuestros, adhiriendo una ráfaga de calor instantáneo. No tuve que abrir los ojos para reconocer a Jacob. Los tres sin decir nada, nos sumergimos en ese instante por una eternidad. Luego otro cuerpo, helado, que por el aroma reconocí como el de Rosalie, dio la pauta para que el resto de nuestra familia se uniera en el gesto de desesperación y cariño que nos estaba poseyendo.
- Te amo –susurré despacio.
- Te amo –contestó Edward, y luego uno a uno, los vampiros y el licántropo repitieron la frase como si fuera un mantra.
- ¿Estamos listos? Tenemos que entrar -Amanda, de la mano de Lucas, dispuso el orden en que nos enfrentaríamos a lo que fuera nos estaba esperando al otro lado.
Primero estaban los vampiros, organizados con Edward, Carlisle y Lucas a la cabeza. Entre todos, armaban una línea de 10, que se cortó a la mitad en una segunda línea de defensa. Se dispuso así para mantener a los guerreros humanos escondidos el mayor tiempo posible. Con la misma intención, los licántropos se dividieron a los lados, flanqueando a los cinco jóvenes brujos que se alineaban al medio del grupo. Así quedaron escondidos, listos para salir a la luz cuando fuera necesario. Eran, claramente, nuestra arma secreta.
Atrás, como intuí desde un principio, nos quedamos Amanda, Benjamin y yo, también a modo de estrategia. La sacerdotisa debía quedarse más atrás que el resto de los brujos, pues ella los protegía, potenciando y nivelando sus energías, desde una posición que le permitiera observar el campo de batalla para dar instrucciones y advertencias de peligro.
Yo, por supuesto, la acompañaría por dos razones: la primera era la más obvia, tenía que ser el escudo que protegiera a todo el grupo de los poderes que los vampiros tenían preparados. Por lo mismo, yo era el blanco principal para la guardia y debía mantenerme lejos del peligro; esa era la segunda razón de mi distancia del resto de los vampiros.
Benjamin por su parte, estaba atrás junto a nosotras para poder desplegar su manejo de la naturaleza desde lejos, ayudando a distraer al enemigo y protegiendo los flancos débiles. También debía de ser el primero en pelear cuerpo a cuerpo, si es que alguno de ellos llegaba hasta nosotras.
De esa manera entramos a Volterra al atardecer del día del solsticio.
- El hijo de Aro nos está esperando –advirtió Alice antes de que pasáramos la frontera amurallada –Los Vulturi pretenden lanzar al ejército mestizo primero: saben que no estaremos dispuestos a asesinarlos porque sí. Los van a lanzar de modo que puedan así distraernos antes de que la guardia se lance sobre nosotros.
- ¿Entonces a esos no los matamos? –preguntó Garret sin quitar los ojos del escenario que teníamos enfrente. Habíamos entrado. Mientras Amanda daba la instrucción final, el grupo caminaba en formación hacia la plaza principal, aquella donde se encontraba la torre del reloj.
La ciudad estaba dormida.
- No, a esos no los mataremos. Cuando los mestizos ataquen, no se muevan ni un solo centímetro. Nosotros los desarmaremos. En cuanto los saquemos de enfrente, tendrán que estar atentos pues la guardia atacará de inmediato.
- ¿Cómo pretendes sacarlos de en medio? –preguntó Esme con un tono agresivo. Nunca antes la escuché hablar como una vampiresa. Sorprendentemente infundía más miedo que cualquiera de nosotros. Algunos notaron la diferencia, y la miraron contrariados.
- Primero Olivia, luego Bengara.
Las chicas dieron una rápida mirada a la sacerdotisa y asintieron con la cabeza. Ellas también habían tomado una nueva actitud de guerra.
- ¡Pero así revelarás la presencia de los humanos! –exclamó Emmet con un fuerte murmullo.
- No. Ellos pensarán que es obra de Benjamin.
- Cállense, ya los veo. Tal vez nos puedan escuchar –advirtió rápidamente Lucas.
No tuvimos que avanzar siete kilómetros para ver lo que Lucas veía: alineados con capas café, un grupo de unos 30 mestizos nos recibía con las cabezas bajas. Al costado derecho, un muchacho bellísimo, de largos cabellos rubios y capa negra, nos observaba avanzar entre la penumbra.
Al verlos ahí, me detuve del impacto. Pero Benjamin me arrastró rápido del brazo. El grupo siguió caminando, posicionándose a aproximadamente unos cincuenta metros del ejército mestizo. Amanda, Benjamin y yo, nos replegamos en la escalera más alta del portal del Duomo de Volterra. Desde ahí lo veíamos todo. Detrás de los chicos de capa café, la guardia se escondía convenientemente, mientras que en el balcón de un antiguo edificio que se erguía justo sobre sus cabezas, los tres ancianos observaban con irreverencia cómo los ejércitos enemigos se preparaban para pelear.
Ambos bandos nos observamos por lo que me parecieron largos e interminables minutos... pero fueron pocos segundos. Entonces, la voz del líder interrumpió:
- ¿Sabías Carlisle, que hoy es la noche más larga del año? – dijo Aro poniéndose de pie al borde del balcón. Carlisle no respondió es porque comienza el invierno en nuestro hemisferio. Esta noche los humanos dormirán por más tiempo.
El joven rubio de capa negra, que sabíamos se llamaba Giove, curvó los labios y profirió un gruñido.
- La ciudad está dormida Carlisle –continuó Aro con la mirada perdida –Nuestra ciudad está dormida…
- Las cosas no tienen por qué suceder de esta forma Aro.
- No hay otra forma, mi querido y viejo amigo. Han venido a nuestra ciudad, han secuestrado a nuestros humanos en qué sabe qué sortilegio y ahora quieren matarnos. Pero vamos a dar la pelea, si. No hay otra forma.
- Se han pasado de la ralla esta vez –exclamó Esme en voz alta y compungida –Tendrán que liberar a los esclavos.
Los tres ancianos reaccionaron lentamente a las palabras de Esme. Entornaron los ojos hacia ella, como queriendo castigarla por hablar sin su consentimiento, pero decidieron ignorarla. Pero Cayo impulsivamente se puso de pie y se lanzó desde el balcón, en un acto que hizo agazaparse a la primera línea de combate de nuestro ejército. A todos, menos a Edward.
- ¿Qué sucede Cayo, qué estás esperando para atacar? –le provocó con una sonrisa al anciano.
Cayo hizo sonar los dientes de un golpe.
- ¿Te crees muy superior por poder leer mis pensamientos, no es así?
- Sé que soy mejor que ustedes, pero no por mis habilidades. Aunque por cierto, debe ser pesado ser el único de la familia sin poderes.
Félix y Demitri flanquearon a Cayo, demostrándose dispuestos a defenderle. Marco abandonó el balcón y reingresó al edificio. Aro quedó solo.
- Terminemos esto ya –gruñó Félix.
- Si –siseó Emmet desde la primera fila.
- ¿Qué dices Aro, vas a proseguir con tus delitos, o vas a evitar esta desgracia? –le preguntó Carlisle finiquitando el extraño diálogo.
Un grito agudo interrumpió la escena. Esme, con un escalofriante chillido de desesperación, cayó de pronto al suelo retorciéndose de dolor.
Atrás Jane sonreía sádica, contenta de que mi escudo no estuviera protegiendo al grupo. Ensimismada por la situación, había olvidado mi obligación defensiva. La tortura sobre Esme era mi responsabilidad. Expandí rápidamente mi poder sobre nosotros, y ella dejó de y Carlisle se apresuraron en ayudarla.
- ¿De qué delitos me hablas, Carlisle? -continuó Aro -nosotros simplemente hacemos lo mejor para preservar nuestra especie en soberanía.
- Estos chicos -respondió él señalando a los mestizos uniformados -son creación tuya. Tus hijos... a quienes estás mandando a morir. ¿Dónde están sus madres?
- Oh, Carlisle, no me vengas con obligaciones morales que no me competen. Ellas, siemplemente, eran el escalón más débil.
- Nosotros queremos vivir -interrumpió Giove -y para crecer, debimos devorarlas al nacer. Es el derecho a la vida, ¿no?
- No permitiremos que sigan con esta barbarie. Terminará esta noche.
- Actúa como si fuera obra tuya –susurró Amanda de pronto. Benjamin entornó los ojos y levantó los brazos hacia adelante.
- Veámos cómo lo intentan -gruñó Giove. Entonces dio una silenciosa orden a su ejército de esclavos, y estos se abalanzaron sobre la primera línea de vampiros.
A pocos metros de que alcanzaran a nuestros amigos, los primeros cinco chicos fueron levantados por una fuerza invisible. Como colgando desde un hilo, los mestizos se balanceaban de cabeza a cinco metros del suelo. Detrás de los vampiros y entre los licántropos, Olivia miraba concentrada hacia delante, con los dedos de las manos abiertos en toda su extensión, concentrada en enviar la fuerza al lugar indicado. Los mestizos que seguían detrás, observaron a sus compañeros con expresión de terror, antes de perder la mirada en el aire.
Bengara tenía los ojos cerrados. Una fuerza brillante y transparente al mismo tiempo, que tal vez sólo yo podía divisar gracias a mi escudo, se esparció rápidamente entre la segunda línea de ataque de los mestizos. Eran diez, pero solo cinco de ellos quedaron paralizados, con la mirada perdida hacia el cielo.
- Un poco más –oí susurrar a Amanda a mi lado, antes de que golpeara el báculo dos veces contra el suelo.
Entonces los otros cinco chicos, de no más de 14 años –dos o tres de vida –entraron en el trance al que Bengara los inducía desde su posición.
Aro abrió los ojos aterrorizado por lo que veía, mientras que la guardia, completamente al descubierto ahora que los mestizos se habían lanzado hacia el territorio que nosotros cubríamos, entornaban los labios en feroces rugidos de ataque.
- ¡No pelearemos con tus esclavos! –gritó Edward hacia el balcón. Carlisle se había retirado hacia atrás para cubrir a Esme, que estaba siendo rápidamente atendida por Gabriel.
Aproveché los pocos segundos de distracción que las brujas nos habían proporcionado para seleccionar mis objetivos. Por descontado, Jane fue la primera en ser bloqueada, seguida por Alec y Demitri. Los uní a todos, encerrándolos en burbujas individuales que se juntaban a través de largos lazos invisibles en uno solo, que a su vez llegaba hacia mis manos. Por su parte, Olivia y Constanza, probablemente con la ayuda de Amanda, habían apartado del campo de batalla a los hipnotizados cuerpos de los 30 mestizos. Ahora éramos sólo nosotros, y ellos.
Cayo, de pie junto a la guardia, frente a frente con nuestra línea defensiva, se quitó la capa en un movimiento seco, que hizo reaccionar a todos los vampiros enemigos.
- Estoy cansado de sus porquerías –dijo el antiguo entre dientes, en un tono de voz que parecía no buscar respuesta –De su moral extenuante, de sus imposiciones absurdas, de la negación y la culpa que han asignado a nuestra especie.
- Nosotros no hemos asignado nada a ninguno de ustedes.
- Pero están aquí para asesinarnos. Me parece más que suficiente.
- Estamos aquí para defender la vida, Cayo –gritó Carlisle desde el centro del grupo, abriéndose paso para acompañar a Edward –Ustedes Vulturi insisten en matar humanos por poder. Ya no podemos seguir haciendo como si no escucháramos. Venimos preparados para detenerlos, cueste lo que cueste.
- ¿Tienes miedo, hermano Cayo? -Una dulce y armoniosa voz apareció desde la oscuridad, interrumpiendo la conversación entre ambos líderes. En un pequeño pasaje, creado por dos paredes de antiguos edificios italianos, una sombra comenzó a tomar forma. Crecía paso a paso, a medida que se acercaba hacia la luz para exponer su figura. Al aparecer ante nosotros, la guardia retiró la posición de ataque en un gesto que parecía un saludo de pleitesía ante la vampiresa que se presentaba en el campo de batalla.
Era alta, de un rubio platinado uniforme, que le llegaba liso casi hasta las caderas. Sus facciones, hermosas por su puesto, eran duras. En el balcón, Aro levantó las cejas con gesto molesto, desconcertado por la presencia de la mujer, tal vez enojado.
- ¿Quién es ella? – preguntó Amanda.
- No tengo idea -contesté.
- Es Sulspicia, esposa de Aro -nos informó Benjamin.
La mujer caminó hacia el joven mestizo, a sabiendas de que su presencia estaba impactando no sólo a quiénes la veíamos por primera vez, sino que también a su familia, a su guardia y a su ejército.
- Estos vampiros, aunados con esa extraña raza de licántropos –dijo señalando a nuestro grupo, como si estuviera frente a un tribunal –están aquí para aniquilarnos. Y tú, hermano, ¿te sientas a dialogar con ellos?
- Sulspicia… –reclamó Cayo anonadado.
- No, no digas nada. Estoy cansada de escucharte. Estoy cansada de escucharte a ti y a ellos –la vampiresa giró los ojos hacia Carlisle- ¿Vienen aquí a defender una raza? ¿Vienen aquí a una matanza para poder defender "la vida"? ¡Por favor! –su rostro impertérrito se movió lentamente hacia una expresión que no se completó del todo –me dan asco.
Sulspicia flotó hacia nosotros con aire irreverente. Con sus movimientos se demostraba irreverente hacia el conflicto. Se creía una diosa, y actuaba como tal.
- Estos vampiros están motivados por la fe. Los mueve el amor. La esperanza de que serán "perdonados" por los supuestos pecados a los que fueron impulsados por su propia naturaleza. Vienen aquí para eximirse de culpa, para encontrar en nuestra aniquilación, el resultado inequívoco del fin de los males. Nos adjudican a nosotros todo lo malo y absurdo que vive en esta tierra. ¿Los vamos a dejar seguir con esta falacia?
La arenga de la vampira levantó los ánimos de la guardia, que silenciosa contestó preparándose para atacarnos.
Los capas rojas se inclinaron hacia el suelo.
Aro había desaparecido, el balcón se encontraba vacío.
- Estos pobres y deleznables vampiros norteamericanos se han auto convencido de que los sufrimientos que viven diariamente al privarse del alimento que los mantiene vivos, serán recompensados en otra vida, más allá, después de que mueran. ¡Que absurdo! –la vampiresa soltó una larga y forzada carcajada, que fue inmediatamente acompañada por el sonido de una decena de gruñidos proveniente de las bocas ponzoñosas de la guardia –Nosotros no morimos, ¡Somos Inmortales! Y hemos encontrado en estos niños, la forma de perpetuar nuestra perfección.
- ¿De verdad crees que eres madre? –interrumpió de pronto una voz que no reconocí en un principio, pero que después, cuando María caminó hacia la primera fila, me pareció la obvia descripción sonora de la sádica vampiresa sureña.
- María.
- Madre.
- ¿Vas a pelear junto a los inferiores?
- ¿Vas a continuar mintiéndonos?
- No estoy diciendo mentiras, simplemente estoy señalando una verdad. Esta esperanza con la que arman su discurso, no es más que un consuelo de pobres. Del idiota que fue el padre humano de Carlisle, pretendiendo perseguir inmortales, ¡Ja!, y que traspasó por generaciones de vampiros, desde su propio hijo, hasta los humanos que este convirtió y llegando hasta la mestiza que Edward engendró con una humana. El consuelo de ser incapaces de actuar correctamente, según su propia naturaleza, ocupando con autoridad las habilidades que les pertenecen.
- Ese no es el problema Sulspicia.
- ¿Me vas a decir que comulgas con ellos?
- No me interesa lo que ellos quieran o piensen. A mí solo me importa desaparecerte de mi vista.
Sulspicia no pudo esconder del todo la impresión que le causaron las palabras de María. Su propia creación quería destruirla. Y la amenaza directa que le había lanzado, era en si más potente que cualquier gruñido, pues había explicitado sus intenciones ante la guardia, a conciencia de que se transformaría en un blanco inmediato. La valentía del acto de María era una estupidez ante cualquiera.
Las vampiresas se miraron con desdén, y la guardia entera comenzó a rugir, como si fueran un grupo de leones al asecho.
Edward se volteó para mirarme a lo lejos. Sus ojos indicaban peligro, estaba escuchando algo, probablemente reacciones del ejército enemigo que podían significar que la batalla estaba por comenzar.
- Benjamin –llamó Amanda de pronto –Necesitamos neblina. Hay que sembrar miedo antes de que comiencen.
- En treinta segundos –el vampiro cerró los ojos para concentrarse.
Lentamente una bruma comenzó a emerger desde el suelo a nuestro alrededor. Una espesa capa blanquecina que se esparció hacia delante y entre nuestros amigos, para luego cubrir toda la plaza, incluyendo el terreno donde los Vulturi tenían instaladas sus defensas.
- Entonces tu tumba estará en Volterra –respondió Sulspicia, ignorando la aparición de la neblina bajo sus pies, y los murmullos temerosos de su ejército ante el inusual fenómeno.
- Xia –susurró Amanda a mi lado –que sea como la muralla china por favor.
La distancia entre la posición del grupo de humanos y la nuestra, desde donde la sacerdotisa daba indicaciones en suaves susurros prácticamente imperceptibles, era de al menos treinta metros. Por lo que cuando Xia no se movió después de la orden que le impartió Amanda, supuse que no la había escuchado.
Pero de pronto comenzaron a encenderse pequeñas fogatas alrededor de nuestro ejército. Partiendo casi a nuestros pies, los focos de fuego se fueron encendiendo uno a uno, a un metro de distancia entre ellos, dibujando una frontera que encerraba a los dos grupos como en una suerte de cuadrilátero.
La llamarada que lanzaba cada fogata al encenderse era terrorífica. Sulspicia intentó no demostrarse sorprendida, pero dio un paso hacia atrás cuando las dos primeras se prendieron a lo lejos. Y a medida que se iban acercando hacia ellos, la guardia se iba replegando, juntándose cobardemente para escapar del fuego que los buscaba. Algunos escudriñaron entre los vampiros que tenían enfrente para encontrar en ellos alguna brujería o habilidad nueva que estuviera causando el extraño fenómeno. Pero incluso nuestros combatientes no podían disimular el desconcierto que les causaba el poder de Xia. Sus rostros estaban tan asustados como el de los Vulturi.
Cuando los focos de fuego dejaron de aparecer, y el círculo había ya encerrado a ambos grupos, hubo un momento de silencio sepulcral en la plaza de Volterra. El combate estaba por desatarse. Las últimas palabras, intentos diplomáticos, serían prontamente pronunciadas.
- Aro, Sulspicia. Cayo. –intentó Carlisle una vez más –Liberen a los esclavos y terminen con esta barbaridad ahora. No nos obliguen a utilizar todas nuestras fuerzas contra ustedes.
- Brujería querrás decir amigo mío –saltó Aro desde la puerta del edificio –argucias sobrenaturales que no son nada contra nuestra unión.
La guardia lanzó gritos de guerra, vítores de soberanía.
- Aro, sabes que quisiera no hacer esto. Solucionemos este problema de otra forma.
- No hay solución para esto Carlisle. Esta noche, uno de nosotros dejará de existir.
Cayo caminó hacia su hermano y le dio la mano. El gesto fue recibido como una orden por parte de la guardia, que se preparó para luchar.
Edward al frente, dio una orden con el brazo hacia nuestros amigos, y todos nos prestamos para la lucha.
Reafirmé mi bloqueo sobre los objetivos principales. El veneno me lleno de amargura la boca.
- Fuego en los dos luchadores –susurró Amanda una vez más.
Entonces las capas de Felix y Demitri se incendiaron completamente en un abrir y cerrar de ojos. Los dos vampiros gritaron, no sé si de dolor o de miedo, y se revolcaron en el piso intentado sofocar el fuego.
Pero esta vez la guardia no se dejó impresionar. Nadie les prestó auxilio a los dos caídos, pocos se dignaron a mirarlos mientras se retorcían en el piso tratando de amainar las llamas que no parecían cesar.
Sulspicia nos dio la espalda y caminó con calma hacia el edificio. Al pasar junto a Félix y Demitri los miró con indiferencia, y luego sin siquiera girar la cabeza hacia su marido, dio por concluido el diálogo.
- Mátenlos a todos –dijo sin entusiasmo.
