La primera victoria de Jane

La ciudad estaba dormida. En silencio, ellos y nosotros esperábamos a que la situación estallara.

El fuego que prendió las capuchas de Felix y Demitri se extinguió rápidamente. Por el contrario, a nuestro alrededor las llamas comenzaron a expandirse violentamente. No sabía si es que estaban siendo controladas para moverse de esa forma –tan naturalmente desastrosas –o si es que la pequeña bruja había dejado que el fuego recorriera su propio curso. La neblina cubría uniformemente el terreno a nuestros pies.

Frente a nosotros, el ejército de los inmortales se preparaba para la batalla. Los antiguos reingresaron en el edificio detrás de Sulspicia, ignorando nuestro último intento por evitar el desastre. Tampoco les preocupó que sus mejores guerreros se estuvieran quemando por combustión espontánea. Simplemente se apartaron del campo de batalla, permitiendo que se desatara la masacre.

Las antiguas murallas de la ciudad italiana eran en su mayoría grises. Lo noté porque la crecida del fuego había alcanzado el lado este de la plaza, casi al borde de tocar los primeros edificios residenciales.

Ni un alma se movía en Volterra. Los únicos humanos que estaban a la vista eran los brujos. Podía escuchar sus latidos potentes, asustados, aún cuando se encontraban todos debidamente camuflados entre los vampiros de nuestro frente. Y si yo los podía identificar, probablemente los otros también podían hacerlo, pero estaban tan desconcertados por el fuego consumiendo todo a paso lento, y por la extraña neblina que se había materializado de la nada, que no prestaron atención a los sonidos que se escondían detrás de los graznidos de los licántropos.

Desde mi lugar en las escaleras de la catedral, obtenía una vista completa de la situación. Veintitrés nuestros, contra cincuenta de ellos. Alineados en columnas de ocho, el ejército enemigo cubría casi todo el perímetro del extremo norte. Estaban concentrados en nuestros movimientos, pero chequeaban el espacio a su alrededor cada cierto tiempo por no más de una fracción de segundo. Nosotros en cambio no nos sentíamos sorprendidos por la fuerza de los vampiros que los italianos habían acumulado para la lucha. Cuatro licántropos y cuatro poderosos brujos de nuestra parte, nos brindaban la confianza necesaria para enfrentar al ejército más poderoso del mundo, la guardia de los Vulturi.

Mi mano derecha temblaba, estaba hambrienta. El veneno comenzó a mezclarse con mi saliva, en el mismo instante en que Félix y Demitri se pusieron de pie, reponiéndose inmediatamente de las quemaduras. La matanza estaba a un respiro de distancia. Lo sabíamos, lo deseaban. La sed poseyó mis pensamientos al ver a los dos guerreros alistándose para embestirnos, la necesidad de sangre me quemó la garganta.

Mi esposo se giró para mirarme con un movimiento infinitesimal. Seguía de pie liderando nuestro grupo. Estábamos a casi cincuenta metros de distancia, con un ejército de vampiros, licántropos y brujos entre nosotros, pero aún así sus ojos encontraron los míos sin problemas, para en silencio comunicarme su advertencia: está por comenzar.

Había llegado el momento…

- Terminemos esto de una vez –indicó la pequeña voz del príncipe.

Y luego la piedra del báculo de Amanda brilló intensamente, iluminando todo con una luz blanca.

Con un fuerte gruñido al unísono, la guardia italiana colisionó con nuestras fuerzas, y antes de que pudiera reaccionar, la batalla comenzó ante mis ojos.

- ¡Armas y atrás! ¡Defiendan, solo preocúpense de defender! –gritó Amanda hacia los brujos que en medio de la masa de vampiros, se escabullían confusos sin saber con exactitud como proceder.

- ¿Qué hago yo ahora? – preguntó Benjamín ansioso.

En la plaza, Maggie se batía contra un vampiro minúsculo cuyo nombre desconocía.

- Necesitamos que distraigas a los vampiros que noten la presencia de los brujos -le ordenó Amanda.

- Entonces bajaré a pelear.

- ¡No!

Dos de los lobos ayudaron a despedazar al vampiro que luchaba contra Maggie. Las extremidades, el torso y la cabeza, se incendiaron inmediatamente por lo que parecía combustión espontánea. Los tres combatientes se giraron de inmediato para buscar al próximo contrincante.

- Lo que tienes que hacer es usar tus poderes desde acá Benjamin.

- ¿Cómo? ¿Quieres que les tire viento para que les entre ceniza en los ojos? Eso no va a funcionar Amanda.

- ¿Cuál es tu poder? -le gritó la sacerdotisa sin dejar de mirar el campo de batalla.

Félix y Emmet caminaban en círculos, la danza amenazante que antecedía el duelo.

- Controlo los elementos.

- Entonces puedes controlar la naturaleza.

- Amanda, ve directo al grano por favor, no es el momento para acertijos –reclamé mientras hacía un esfuerzo extra por mantener firme la burbuja contra Jane. La vampiresa, aún quieta en su posición inicial, se esmeraba por romper el escudo que la bloqueaba. Sus ojos estaban atentos contra mí.

- Elisa, un vampiro atacará a Leah por la espalda -susurró Amanda sin contestarme.

Como si estuvieran hablando por un intercomunicador invisible, Elisa corrió de inmediato hacia la dirección que le indicó la sacerdotisa sin siquiera voltearse a mirarla. Leah se encontraba herida en el costado derecho, pero ignoraba su herida pues en frente tenía a una fornida vampiresa. Ambas se miraban con los colmillos expuestos, prontas a lanzarse la una sobre la otra. A espaldas de la loba, un segundo vampiro se aprestaba para lanzarse sobre ella. Justo un segundo antes de que Leah fuera atacada por la retaguardia, Elisa saltó sobre el vampiro y con las navajas circulares que tenía enrolladas en las manos, le cercenó las dos extremidades superiores con dos perfectos cortes a la altura de los hombros.

- Si puedes controlar los elementos, entonces haz aparecer nubes. Y de las nubes, prepara rayos que alcancen rápidamente a cada vampiro que note a mis hermanos –gritó Amanda tras la victoria parcial de Elisa.

- Bien –dijo Benjamin mientras unas oscuras nubes se comenzaban a materializar sobre el cielo de Volterra.

- Edward –susurró la sacerdotisa –cuando veas que un rayo cae sobre un vampiro, tienes que correr a atacarlo, para evitar que de la señal a los otros sobre la presencia de humanos en nuestro bando.

Edward se giró hacia nosotros y asintió con la cabeza, para luego lanzarse sobre Chelsea, la poderosa vampiresa de la guardia que con su poder mantenía los lazos emocionales que ataban a los Vulturi. Al otro lado de la plaza, Elisa y Leah se enfrentaban a la vampiresa que había sobrevivido al ataque de la bruja humana. Sus ojos abiertos de par en par, estaban fijos sobre Elisa. Se debatió por un par de segundos, decidiendo entre lanzarse sobre alguna de las dos, o correr a dar aviso al resto de sus compañeros combatientes. Leah en su figura lobuna, dio dos zancadas hacia ella. Pero la vampiresa giró sobre sus talones y corrió rápidamente hacia Jane. Ninguna de las dos la persiguió, pues no dieron importancia a su deserción. A mi lado, Benjamin profirió un callado gruñido entre dientes, y entonces un rayo se materializó desde el cielo, dando justo sobre la cabeza de la vampiresa que se encontraba ahora a unos diez metros de Jane. Edward por su parte, captó inmediatamente la señal y corrió hacia la mujer caída y parcialmente carbonizada que se encontraba a pocos pasos de su posición. La tomó por los hombros y la lanzó sobre Chelsea, que lo había perseguido para continuar peleando.

Alice y Jasper se apresuraron en flanquear a mi marido.

- ¡No soporto estar tan lejos! –reclamé en voz alta.

Ni Amanda ni Benjamin contestaron.

Aunque estaba combatiendo silenciosamente contra la insistencia de Jane al otro lado de la plaza, giré levemente la cabeza para observarlos. La sacerdotisa estaba ensimismada en la batalla; su báculo cambiaba rápidamente de color dependiendo de qué indicación diera ella hacia los brujos. Benjamín vigilaba cada uno de los combates que tenían lugar a lo largo de la plaza mayor de Volterra, volviendo sobre Maggie y Amún que se batían contra Alec y una vampiresa muy cerca del límite de fuego en el sector oeste. Estaba tan concentrado que no notaba la sangre que le salía de las narices.

- Hey, tienes…

- Es por el esfuerzo –me interrumpió Amanda antes de que le avisara a Benjamin.

Los gruñidos y graznidos de los combatientes se escuchaban por todas partes. El fuego parecía descontrolado, pero no subía por las paredes de los edificios que rodeaba.

Faltaban diez minutos para las doce de la noche.

Esme, Carlisle y Rosalie, luchaban contra cinco vampiros de la guardia. Cada vez que uno de ellos estaba a punto de morderlos, se quedaba inmovilizado en el acto, como paralizado por una fuerza externa a la propia. Bengara, Elisa y Gabriel, se mantenían de bajo perfil, desenfundando sus armas sólo cuando era necesario para salvar sus vidas. El resto del tiempo ayudaban con sus hechizos silenciosos a interceptar los ataques enemigos más peligrosos.

El resto de nuestros amigos se esparcían a lo largo de la plaza en distintas batallas cuerpo a cuerpo. Los vampiros enemigos eran eliminados uno a uno, e incinerados en el acto por Xia, que se exponía sin miedo ante todos para proceder con su acto pirotécnico. Por suerte nadie la había notado aún, pero sí había una suerte de miedo entre los vampiros, pues no entendían de donde provenían las llamas.

Jane me seguía observando. Su mirada parecía perdida en mi figura. Sus dientes ya no estaban al descubierto; su boca, lisa y sin expresión, acompañaban la inmovilidad de su cuerpo como un ente en si mismo. Mi atención variaba desde las múltiples luchas hasta la vampiresa. Edward peleando contra Chelsea, luego Jane. Emmet golpeando a Félix contra una pared, luego Jane. Xia incendiando un vampiro inmovilizado ante Bengara, luego Jane. Demetri lanzando a Amún sobre María, luego Jane.

- ¿Cuánto más crees que tardará Reneesmé en llegar hasta aquí? –le pregunté a Amanda mientras Edward le sacaba a Chelsea un pedazo de cuello.

- No mucho más, deben de estar cerca –contestó al sacerdotisa después de consultar hacia el cielo.

- ¿Están muy lejos de aquí… los esclavos?

- Bella, concéntrate en tu tarea. No hay nada que puedas hacer por Reneesmé ni por los esclavos. Lo único de lo que te tienes que preocupar es de proteger.

- Eso es lo que estoy haciendo.

De pronto, el báculo de Amanda brilló con remarcada intensidad: un rojo potente que desvió mi atención hacia la bruja, y que siguió su alerta con destellos amarillos que asaltaban a la luz blanca de fondo.

- No, no lo estás haciendo bien. Algo está fallando….

Las manos volvieron a temblarme. Moví los ojos rápidamente entre la multitud. Al final de la plaza, Edward sostenía un objeto en llamas sobre una pila de cenizas de vampiro. La tensión se disipó momentáneamente.

- ¡Bella! -gritó de pronto Amanda.

- ¿Qué?

- ¡¿Dónde está Jane?

Al fondo, el lugar donde la sádica vampiresa se había establecido para observar la batalla yacía vacío.

La busqué entre mis amigos, entre los enemigos, entre las capuchas oscuras que se movían rápidas en su danza asesina. Mientras escaneaba el escenario ante mí, y el báculo aumentaba su alerta, el veneno tomó total posesión de mis papilas gustativas. Edward, Jasper y Alice estaban detenidos frente a una hoguera, Carlisle y Esme bloqueaban el paso de dos vampiros enemigos, Emmet se batía a golpes contra Félix, los licántropos agrupados en su manada, destrozaban a una vampiresa que no portaba capucha pero que se había alineado junto a los Vulturi. Tras ellos, Xia se encargaba de los restos.

Elisa se encontraba cerca de Edward, pero la divisé corriendo desesperada en mi dirección. Aún así no sentí pánico hasta que escuché el doloroso grito de Alice entre la multitud.

- ¡Bella! –exclamó con desesperación.

No supe qué hacer. No entendía el peligro. No comprendía desde donde Jane podría sorprenderme, por qué Edward se lanzaba en una carrera frenética al compartir telepáticamente la visión de su hermana.

Seguí la mirada de mi marido, y entonces la vi. Salía de las sombras con paso tranquilo. Sus ojos se posaban sobre los míos con soberbia, pues se regocijaba de haber jugado conmigo durante diez fatales segundos. La comisura de sus labios comenzaron a curvarse en lo que pensé sería un gruñido o una amenaza, pero terminó siendo una tétrica sonrisa. La muestra de una victoria que yo no veía, pero que ella sabía completamente realizada.

Y luego cuando soltó mis ojos y posó sus miradas sobre su víctima, supe que ya no había nada que hacer.

En una fracción de segundo calculé que Edward no alcanzaría a llegar. Sin pensarlo levanté mi posición y salté desde el alto de los escalones hasta quedar a un metro de Jane, con toda la esperanza de evitar el desastre.

Apoyé mis pies fuertemente sobre el piso, pero para cuando levanté la vista sólo alcancé a observar el momento exacto en que Jane tomaba a Bengara desde la quijada con ambas manos, y le quebraba el cuello en un sólo movimiento.

- ¡No! –grité aterrorizada, antes de que el cuerpo sin vida de la joven bruja cayera desplomado sobre mis brazos.

Apoyé el cuerpo de Bengara sobre el piso con calma y delicadeza, sin ninguna preocupación con respecto a Jane. Sabía que estaba a mi lado, de pie ante mí, y que si quisiera aniquilarme lo haría.

Pero la ilusionista estaba muerta. La joven bruja, la hermosa mujer que Bengara era… y por mi culpa. Por mi descuido, por mi insistente preocupación en otras cosas.

Nada más importaba.

- Pobre Bella, nunca vivirá en paz.