La Buena Muerte
Un hoyo negro me creció en el pecho. Lágrimas que no podía derramar por la chica se agruparon en mi garganta, desesperación e impotencia se apoderaron de mí. Escuché un quejido a lo lejos y deseé poder llorar. Yo no era una vampiresa asesina, no era un depredador. Me había esmerado en mantenerme lejos de los humanos para no atentar jamás contra su existencia, pero esta falencia había sido un asesinato como cualquiera. Por omisión.
Más y más bullicio a mi alrededor, sombras que se movían en círculo entre nosotras, entre Bengara y yo, entre nuestros cadáveres, el de ella aún tibio de sangre y el mío congelado de veneno para toda la eternidad.
Murmullos, voces y nuevamente quejidos y desesperación.
Bella.
Lentamente, paso a paso, mis brazos se encadenaron al cuerpo de la bruja. Mi cuerpo se inmovilizó atándome al cemento de Volterra. Sostenía su cabeza levantándole levemente el torso, abrazándola cariñosamente, con mis ojos clavados en su cara dormida. No podía soltarla, no podía dejarla sola. Estaba condenada a observar su muerte para siempre.
Bella.
Así nos quedaríamos para siempre y yo podría pagar por mi falta. Esa eterna posición sería mi infierno, hasta el día en quién fuese que viniera por mí, por fin para llevarme a donde sea que van los vampiros cuando dejan de existir. Mientras tanto la observaría de por vida, en la misma posición en que murió, la vería cada día, a cada segundo, muerta entre mis brazos. Muerta por mí culpa.
Bella despierta, por favor despierta.
Una voz familiar llegaba hasta mis oídos. Mi nombre solo un recuerdo.
El hoyo negro aún en mi pecho me impedía armar ideas. Sentía una presión a la altura de mis antebrazos. Algo que trataba de moverme, alguien que quería quitarme a Bengara de los brazos. Quise explicarles que no, que no me movería, que la escoltaría hasta que el mundo dejase de ser mundo y ella pudiera de verdad entender y comprender cuánto lo sentía por haberla dejado sola a la intemperie. Por haber sido tan lenta en llegar, tan estúpida para darme cuenta del peligro, tan terca en mis preocupaciones, en intentar obtener respuestas de algo que no me correspondía. Pero alguien insistía en apretarme los brazos, en moverme los hombros, en arrebatármela.
¡Bella!
De pronto, un grito de sufrimiento me sacó de mi estado hipnótico. El sonido familiar de la voz de Edward.
Un espasmo de horror logró despertarme de mi letargo. Carlisle acuclillado ante mí, seguía gritando mi nombre y zamarreándome para que despertara. Pero todo lo que yo podía reconocer era la voz de mi marido sufriendo.
Hice un intento.
- Carlisle.
- ¡Bella por fin!
- Carlisle, Bengara…
- Si lo sé cariño, pero necesitamos que te repongas, rápido.
Los gritos de Edward continuaban ofuscando mi comprensión.
- Bella tu escudo.
- ¿Qué?
- Bella, necesitamos que reestablezcas tu escudo. ¡Nos están masacrando!
Comencé a mover mi cabeza buscando entre las sombras para encontrar a Edward y ayudarle, pero solo veía extraños movimientos alrededor de nosotros.
Luego vino el cuerpo de Tia. La vi caer entre el tumulto que se movía incoherente. Su rostro inexpresivo, sus ojos perdidos. Cayó a un metro de mí, aún viva, golpeándose la cabeza contra el cemento tal como se desmaya un humano. Figuras negras se abalanzaron sobre su cuerpo caído, y luego las llamas la desaparecieron ante mis ojos.
- ¿Tia? ¿Tia dónde estás? ¡No te puedo ver! ¡Dime algo!
- ¡Benjamin no! - la voz de Amún sobrepasó momentáneamente los quejidos de Edward que aún seguían retumbando en el aire. Su desesperación aumentó la mía.
Me puse de pie lentamente y observé la catástrofe. Cinco miembros de la guardia de los Vulturi destrozaron y quemaron a Benjamin ante mis ojos. Amún intentó ayudarle, pero al alcanzarlo se adentró en toda la neblina que Alec había desplegado con éxito. Además de la guardia encapuchada de negro, los mestizos del ejército de Giove se batían contra nosotros. Amún cayó ante la guardia. El clan egipcio había desaparecido.
Nuestros amigos se agruparon en círculo para proteger a los humanos. El cuerpo de Bengara se encontraba al medio, junto a mí. Lucas estaba al frente, justo donde Alec había desplegado su humo negro. Intentaba repeler el ataque de los vampiros que se aprovechaban de nuestra desorientación, pero sus esfuerzos no eran suficientes. No tenía escudo, por lo que la habilidad del gemelo de Jane le estaba afectando; su propio poder físico le ayudaba a resistir, pues no perdió los sentidos del todo, pero no era capaz de frenar todos los frentes que nos atacaban al mismo tiempo.
- Bella por favor reacciona. No puedo más.
Amanda estaba a mi lado. Había descendido de la protección de la catedral y se encontraba ahora dentro del círculo protector. Su báculo brillaba con más intensidad que nunca. Lo sostenía con la derecha, y con la mano izquierda hacía el ademán de empujar una pared, el brazo le tiritaba por el esfuerzo. Alec era muy poderoso y ella sola no podía contra él. Lo único que estaba logrando era mantenerlo fuera de la frontera que ella misma delineaba con el báculo. Todo lo que estuviera antes estaba siendo aniquilado por los Vulturi.
- ¿Trajeron humanos?
Los ancianos italianos habían salido de su escondite para presenciar la victoria de su ejército. Se encontraban los tres de pie justo donde antes Jane me había estado provocando. Giove estaba con ellos.
- Me sorprende la petulancia de Carlisle. ¿No decías que era el vampiro más inteligente que conocías, cariño? –Sulspicia se regocijaba al vernos fracasar. Le vi esbozar una sonrisa.
¡Bella!
Ahí estaba otra vez su voz. El dolor de Edward gritando mi nombre. No podía seguir soportando que lo torturaran, pero tampoco podía encontrarlo para salvarle. Lo busqué con desesperación entre la gente que se movía y contorsionaba por el lugar. No fue hasta que tomé una gran bocanada de aire para llamarlo, que mi mente despertó por completo. El sabor dulce de la neblina anestesiante de Alec aprisionó mi olfato, obligando al resto de mi cuerpo a reaccionar de inmediato. El veneno volvió a fluir en mi boca, y en un instante, en la fracción de un pensamiento, el hoyo negro de angustia en mi pecho explotó, escapando con intensidad más allá de mi cuerpo, como una bomba atómica de desesperanza e ira.
Grité. Grité con todas mis fuerzas, gruñí al mismo tiempo, y estalló así mi escudo entre la multitud, y un silencio se apareció en Volterra en el mismo instante en que mis dientes se cerraron con fuerza y mis labios se curvaron para mostrar mis colmillos.
Ahora todo el grupo se encontraba bajo mi protección. La lámina transparente aprisionaba a mis seres queridos, separándolos de las angustias de Alec y dejándolos momentáneamente a salvo de los Vulturi.
Nadie se movió ante mi manifestación. Las llamaradas seguían torturando la ciudad, pero ahora cuatro pequeñas hogueras se quemaban cerca de nuestro círculo, fuera de nuestro control. Supe de inmediato que en ellas ardían las cenizas de algún vampiro aliado, cuatro bajas.
Sabía que todos habían recobrado sus sentidos, que Amanda ya no estaba luchando para contener el avance de Alec, y que Edward ya no estaba sufriendo por las torturas de Jane, pues el silencio era aún sepulcral entre ambos ejércitos. La guardia se replegó junto a los mestizos, que tras la muerte de Bengara habían despertado, mientras que Giove bajó de su pedestal de príncipe para reunirse con su ejército. Nuestras fuerzas hicieron lo mismo para reorganizar nuestras defensas, y para contener el dolor de las recientes pérdidas en nuestro frente.
Aproveché el espacio, el control que tenía sobre el lugar, para buscar a Edward. Un respiro más tarde lo encontré. Lo divisé a lo lejos intentando ponerse de pie, maltrecho, cansado de las torturas que la vampiresa le había conferido a su mente. Estaba temblando a unos tres metros de distancia, alejado del grupo.
Busqué entre los amigos que tenía a mí alrededor. Amanda estaba mirando al cielo antes de que Lucas viniera hasta ella para abrazarla. Se inclinaron juntos sobre el cuerpo de Bengara y luego la cargaron hasta un lugar apartado, escoltados de cerca por Leah en su forma de lobo. El resto de la manada se mantuvo cerca de los tres brujos que se encontraban protegidos al centro del círculo. Elisa lloraba en los brazos de Gabriel, mientras que Olivia miraba fijamente hacia la guardia replegada a unos 20 metros de distancia. Sus ojos se centraban en Alec, que irreverente no se había movido de su posición y se encontraba aún considerablemente cerca de nuestra frontera. Dos lágrimas caían sobre las mejillas de la bruja, pero sus ojos reflejaban rabia pura, odio. Irradiaba un fuerte calor que quemaba mi escudo suavemente.
Intuí lo que sucedería, y aproveché el momento.
- Gabriel –exclamé con calma, segura de que el sanador me seguiría.
- Vamos rápido –contestó él silencioso, sabiendo lo que le quería pedir. Besó a Elisa sobre la frente y le hizo un gesto a Jacob y Seth para que nos acompañasen.
Corrimos hacia mi esposo. En dos zancadas me encontré de frente con Jane. Me puse un paso delante de Edward para protegerle, esperando a que Gabriel viniese a ayudare a reponerse.
Grité un gruñido poderoso frente a la vampiresa.
- ¿Crees que me asustas con eso pequeña Bella?
- Por supuesto que sí Jane.
- No le faltes el respeto a tus mayores.
- Bella, no… -intentó intervenir Edward para evitar nuestro enfrentamiento.
Respondí con otro bramido. Acercándose, los lobos aullaron a mi favor.
- Hazle caso a tu esposo pequeña Bella, no querrás dejar a tus amigos sin una protección otra vez. Ya vimos lo frágiles que pueden ser los humanos, ¿Quieres más sangre sobre tus manos pequeña Bella, a ver si en vez de matarlos te los comes?
- ¡Oh! Eso no me preocupa Jane, nos vas a matar a nadie más, nunca. Verás, tus poderes no son nada contra mí, y dudo que alguna vez te hayas batido con alguien cuerpo a cuerpo. Por lo que las probabilidades están a mi favor.
Gabriel acompañado por los lobos, recogió a Edward y lo llevó de vuelta al círculo. Ambos ejércitos se aprestaban para un nuevo combate.
- No soy la única amenaza aquí, pequeña Bella.
- Lo sé. Pero tampoco serás la primera de tu familia en morir.
¿Qué dices?
Le sonreí con satisfacción a Jane, pues sabía exactamente lo que estaba a segundos de suceder. Ante su incomprensión, di un paso hacia el lado para permitirle observar cómo Olivia aniquilaba a su hermano gemelo.
Tal como lo había calculado, la joven sacerdotisa se había adelantado sobre la línea que protegía Lucas, y lanzándose con la fuerza del dolor y de la rabia, desenvainó sus dagas en el aire y mágicamente apoyándose de cuclillas sobre el pecho de Alec, lo decapitó si mayor esfuerzo en un rápido cruce de sus brazos sobre el cuello del vampiro.
- ¡Alec!
Jane corrió hacia su hermano, justo para verle desaparecer entre las llamas que Xia se apresuró en invocar sobre el cercenado cuerpo del mago Vulturi.
