La verdad sobre las esposas

Nunquam draco sit mihi dux

Vade retro Satana!

Nunquam suade mihi vana!

Sunt mala quae libas.

Ipse venena bibas!

Oración de la Buena Muerte.

- Edward, ¿estás bien?

Acaricié sus mejillas para cerciorarme de que estaba todo en su lugar. Gabriel ya había terminado su trabajo con él; una nueva vibración se palpaba sobre la piel de mi marido.

- Magia humana supongo. ¿Tú como estás?

- Estaré bien.

- No vuelvas a hacer eso.

Me besó sobre los labios y luego caminó hacia la vanguardia sin soltarme la mano.

Al frente se encontraban Lucas y Carlisle liderando nuestro grupo que aún se mantenía en círculo. Los lobos y los humanos nuevamente estaban al centro, ahora siendo atendidos por Gabriel y Elisa. Las heridas en los lobos ya estaban sanando, y sobre la piel de los humanos no había más que tristeza. Aún así el sanador se dio el trabajo de tocarles las sienes a todos, licántropos y brujos.

Nos dispusimos a la derecha de Carlisle. A los pocos segundos fuimos alcanzados por Olivia, que tras decapitar a Alec escapó raudamente de vuelta al círculo mientras Jane se arrodillaba frente a la pila donde ardían las cenizas de su hermano gemelo.

Además de Amún, Tia y Benjamin, había caído Kebi. Sus hogueras ardían alrededor de nuestro grupo. El resto de los vampiros se concentraba sobre la guardia, que a pesar de las innumerables bajas que habían sufrido en la primera parte de la batalla, nos superaban en número debido al despertar de los mestizos.

Giove estaba al lado de Jane, unos pasos más delante de su ejército. Cayo le había alcanzado tras la ejecución de Alec, y ahora miraba con odio –tal vez asco –a Lucas y a Carlisle.

Menos de un minuto había transcurrido desde que desenvolviera nuevamente mi protección sobre nuestra gente.

- ¿Vas a continuar Carlisle?

- ¿Vas a continuar, Cayo?

- Eres un idiota. Los superamos en número, perdieron al brujo egipcio y a una de las humanas que trajeron. ¿Qué más necesitas?

- Que liberen a los esclavos y desistan de sus macabras prácticas.

Cayo soltó una carcajada.

Entonces Jane se puso lentamente de pie, y el anciano Vulturi quedó relegado en segundo plano. Olivia, a mi lado, desenvainó sus dagas y tensó sus brazos preparándose para arremeter contra la vampiresa.

- No, humana, ni siquiera lo intentes.

Olivia no contestó.

Giove hizo un leve gesto con el mentón, y de inmediato diez mestizos de capas cafés se alinearon entorno a Jane para protegerla. Pero ella no necesitaba protección, y lo sabía. Es más, tenía la certeza de que no atentaríamos contra la vida de ningún esclavo, aún cuando fueran soldados de Giove, por lo que desplegó una tétrica sonrisa hacia nuestra dubitación, segura de que sostenía una carta decidora con la mera presencia de los mestizos a su alrededor.

- No importa Jane, encontraré una forma de decapitarte a ti sin matar a tus esclavos – dijo Olivia con desprecio.

- ¡¿Qué insolencia es esta? ¡Una Humana! ¡Una Humana amenazando a un vampiro! ¿Quién te crees que eres niña? –exclamó Cayo desconcertado por la "blasfemia" de Olivia.

- Soy la carne de la que te alimentas, soy la razón de tu existir, soy tu deseo, la constructora de este mundo, soy la causa de tus delirios. Y este es mi derecho –contestó ella en un monólogo sin vida, sin energía.

- ¿Ahora vienen con reparto a domicilio? –se burló Giove.

- Si, y si no está caliente cuando llegue a su puerta, su entrega será gratis –replicó Xia adelantándose junto a Olivia, creando dos enormes llamaradas en las palmas de sus manos, que sostenía hacia el cielo a la altura de las costillas.

Los mestizos retrocedieron instintivamente ante la amenaza de la bruja colorina. Cayo abrió los ojos de par en par, mientras que Giove se replegó hasta la guardia, de la cuál cada miembro observaba atónito la brujería que tenía lugar bajo sus narices. Jane se mantuvo inmóvil.

De pronto sentí una puntada en mi frente, justo a la altura de mis ojos. Un fuerte dolor que me nubló la vista y debilitó levemente mi escudo. Intenté con todas mis fuerzas reponerme al dolor, pues no quería que mi protección fallara otra vez. Pero era demasiado fuerte. Me flaquearon las rodillas, me tembló todo el cuerpo y me vi forzada a apoyarme sobre los hombros de Edward.

- Es Jane –me explicó él sin alertarse por mi debilidad –está intentando derribar tu bloqueo.

Comencé a gruñir por lo bajo inconcientemente por el esfuerzo. Luego mi voz salió de mi garganta como un bramido de dolor, al mismo tiempo que Carlisle gritó al ser alcanzado por Jane. Mi visión era una gran nebulosa, como si una bala me hubiera atravesado la cabeza.

Caí arrodillada junto a Edward, aún intentando repeler el poderoso embate de Jane. Escuché la voz de Esme acercándose, seguido por el tibio contacto de las manos de Amanda posándose sobre mi cuello y mi nuca.

- Vamos Bella, recíbeme.

El calor subió por la parte de atrás de mi cuello hasta mis sienes, y llegando al punto donde Jane me infería dolor, eliminando toda la neblina de mi vista.

Abrí los ojos en el momento exacto para ver a Jane ser lanzada hacia atrás por una fuerza invisible, que la embistió con tanta potencia que cayó en los brazos de Félix, en el frente de la guardia, y le hizo perder el equilibrio. Los dos se azotaron contra el cemento.

- Bien hecho cariño –susurró Garret a Kate, que aún tenía el brazo con el que dirigió su choque eléctrico contra Jane, alzado contra las fuerzas enemigas.

Los soldados esclavos se lanzaron de inmediato sobre nosotros, antes de que lograra levantarme del suelo. Edward me tomó ágilmente en sus brazos y me trasladó a la retaguardia. Pero yo ya no me sentía mal, Amanda me había dado las energías que necesitaba para reponerme, y ahora que nuevamente los vampiros y lo híbridos que luchaban por los Vulturi estaban sobre nosotros, sólo quería pelear y matar a alguien.

- Bella tienes que quedarte atrás, no podemos arriesgarte de nuevo.

- Edward, ya estoy bien. En serio, quiero luchar.

Ladridos, gruñidos y gritos de guerra se alzaron una vez más sobre Volterra.

- Esta es tu lucha amor. Mantennos protegidos.

A mi lado, el cadáver de Bengara yacía inmóvil. Volteé mi rostro al verlo, y decidí quedarme atrás.

- Pero intervendré si lo creo necesario.

- Te amo –murmuró sobre mis labios, y antes de que pudiera contestarle se había lanzado sobre Demitri en la línea de fuego.

Después de que Jane hubo penetrado mi escudo, y por primera vez alguien pudiera superar las barreras de mi mente, hiriendo a alguien por sobre mi voluntad, mis aprensiones habían crecido. Decidí no concentrarme sólo en Edward, sino en todos los flancos que estaba conteniendo. Y debido a que Alec ya no era una amenaza para nosotros, deseché la táctica que había usado al principio, centrandome en proteger en vez de bloquear.

Nuestras bajas habían sido cuatro; las enemigas debían estar alrededor de la decena: ahora me era mucho más sencillo tener bajo control los movimientos de las distintas batallas que se sucedían en medio de la plaza. El fuego había comenzado a decantar, la neblina había desaparecido con Benjamin.

Los humanos ya no se preocupaban de mantenerse lejos de las peleas. Su presencia en la batalla había sido descubierta completamente, por lo que serían flanco seguro, estando escondidos o no. Por lo que, aprovechando de que los esclavos mestizos estaban ahora inmiscuyéndose entre la guardia para atacarnos, los brujos se concentraron en neutralizarlos para que los vampiros de nuestro frente no se vieran forzados a herirlos. Eran escoltados y protegidos de cerca por los cuatro licántropos, que mordían a los soldados de Giove sin reparo en usar sus fuerzas, pero a conciencia de hacerlo en lugares que no fueran mortales, pero sí lo suficientemente fuerte como para inhabilitarlos.

Yo me mantenía atrás, observando todo lo que sucedía. Mi escudo estaba potente, fuerte, por lo que ya no me preocupaba de él. En algún lugar de mi conciencia estaba asegurado. En cambio, ansiaba por encontrar a Jane. Después de la golpiza eléctrica que le dio Kate, la vampiresa Vulturi había vuelto a desaparecer, por lo que me centré en encontrarla nuevamente para monitorear sus movimientos.

Pero por más que la buscase entre la multitud, aún cuando me desplegase en la retaguardia, moviéndome hacia los lados para encontrarla, Jane había desaparecido completamente.

Desistí de su búsqueda cuando un rápido movimiento a mi derecha me alertó de un nuevo peligro. Sulspicia se había trasladado desde la escalinata del edificio de los Vulturi, hasta el campo de batalla en medio de la plaza. Iba directo hacia Carlisle, que se batía contra Demitri, cuando fue alcanzada por Leah. La loba se había percatado de la Reina Italiana antes de que lo hiciera yo. Se lanzó sobre ella sin dubitaciones, directo hacia su cuello.

Nunca antes había visto a Sulspicia tan de cerca. Años atrás nos habíamos encontrado en el claro, cerca de Forks, cuando junto a los Vulturi acudió para nuestra ejecución. No sabía nada de ella, menos Leah. A ambas nos tomó por sorpresa el poderío y la seguridad con la que recibió el ataque: sin siquiera despeinarse, absolutamente displicente, Sulspicia detuvo las fauces abiertas de la loba lanzándola con fuerza contra una pared lejana.

Mi primer impulso fue el de correr en ayuda de la mayor de los Clearwather. El peligro de morir en un combate contra Sulspicia ni siquiera se cruzó por mi mente. Antes de contraatacar di una rápida ojeada a la loba para que me siguiese, pero esta yacía inmóvil en el suelo.

Me acerqué rápidamente para comprobar que siguiera viva. Le toqué el cuello detrás de las orejas, y a pesar de que un hermoso pelaje le protegía la piel y de que su contextura estuviera preparada para repelerme, logré encontrarle el pulso al primer intento. Leah no se movía, pero respiraba. Estaba viva, pero inconciente. Me hubiera sentido aliviada de inmediato si no hubiera sido por el asqueroso olor que llegó hasta mí. Una náusea irremediable me obligó a taparme las narices: era como sangre avinagrada, coagulada, podrida. La peste venía de la loba caída. El asqueroso hedor iba creciendo cada vez más, y aumentada a medida que más acercaba mi nariz a su cuerpo. Leah estaba sangrando, de eso no cabía duda, pero busqué desesperada alguna herida sobre su lomo ladeado, y no encontré nada.

Me puse de pie para observarla desde lo alto, y fui alcanzada por Seth. El chico dio una rápida ojeada a su hermana caída, y luego se concentró sobre Sulspicia, que nos observaba indiferente a unos diez metros de distancia. Dejé que él se encargara de protegernos a los tres, mientras que yo buscaba la herida sangrante de Leah. Una rápida ojeada sobre su cuerpo desde la altura para divisar la sangre esparciéndose desde debajo de la loba: avanzaba lentamente, creando un abundante pozo escarlata a su alrededor.

A mis espaldas un gruñido me amenazó, pero le ignoré para priorizar a Leah, tenía que voltearla y atender su herida lo antes posible. Su cuerpo era mucho más pesado ahora que en su forma humana. Al girarla sobre su costado, tres costillas sobresaliendo hacia fuera, envueltas entre piel y pelos, me produjeron una náusea inmediata.

Me tapé nuevamente la nariz y la boca.

- Seth –murmuré para persuadirlo de que no peleara contra Sulspicia, pues no conocíamos sus verdaderas capacidades en batalla, y había herido, quizás mortalmente, a Leah sin mayor esfuerzo.

Además, yo no podía acercarme a ella para ayudarla, lo necesitaba.

Pero no me escuchó. Me giré para llamarlo nuevamente, y le vi avanzar dos pasos hacia la vampiresa.

Sulspicia sonrió a Seth y luego miró hacia el cielo.

- Estos niños de hoy en día –exclamó para si misma, antes de avanzar un paso hacia nosotros –no aprenden de sus errores.

No sabía que hacer. Tenía que pelear junto a Seth, pues sin mi ayuda moriría seguramente. Y nadie se había aún percatado de nuestra situación.

Dudé un par de segundos. Observé a Leah una vez más en el suelo, y tomé mi decisión: la Reina tenía que ser eliminada, y si Seth no era rival para ella, yo le ayudaría.

Además, no vi en él intenciones de retirarse.

Me puse de pie al lado del licántropo. Tomé aire, curvé mi espalda y transformé mis manos en dos mortales cuchillas.

Estaba a punto de lanzarme sobre Sulspicia cuando alguien se puso en mi camino.

- Madre felicitaciones, eliminaste un licántropo.

María, aunque no me quedaba claro si es estaba a nuestro favor.

- Bella, ve por Carlisle, yo me encargaré de mi madre.

Lo pensé dos veces, pero era lo más razonable. Corrí hacia donde las múltiples batallas tenían lugar, y encontré de inmediato a Carlisle junto a Jasper y Rosalie.

- Carlisle tienes que ayudar a Leah, está muy mal herida.

Los tres Cullen estaban en medio de un combate contra Demetri, que se manejaba contra ellos sin problemas.

- ¿Qué tan mal está? –contestó sin soltarla mirada del Vulturi.

- Muy mal, está inconciente y tiene tres costillas expuestas. Está sangrando mucho y no reacciona, y yo… yo no puedo acercarme a ella.

Carlisle me miró con asombro y duda. Parecía estar sopesando la situación: temía dejar a sus hijos en desventaja contra Demetri, pero observó a Leah desde su posición y exclamó:

- ¡Seth! ¡Oh por Dios ese chico va a morir!

Me giré y entonces lo vi: Seth completamente desnudo acompañando a su hermana, intentando encajarle las tres costillas expuestas.

De pronto Alice se materializó a nuestro lado.

- Yo me quedo, ve a atender a Leah. Y lleva a Gabriel contigo.

Carlisle asintió, y mientras él corría hacia la loba, yo fui a buscar al brujo.

Cuando volvimos, Gabriel y yo, la situación había empeorado. María tenía la mitad de su vestido rasgado, su cabello rubio enmarañado, sangre corriéndole desde el cuello por la clavícula izquierda y ninguna disposición a aceptar nuestra ayuda en la batalla contra su madre.

A sus espaldas, Leah agonizaba sin decir palabra. Seth estaba a su lado, en forma humana, enseñándole a Carlisle sobre la disposición de las costillas en el cuerpo de un lobo, mientras que Gabriel lo asesoraba según la respuesta que el resto del cuerpo tenía a cada movimiento que Carlisle intentara con los huesos de Leah.

Yo me mantenía a un par de pasos de distancia, no soportaba el olor. Mi escudo seguía aún desenvuelto alrededor de la plaza, y del impasse con Jane solo quedaba una pequeña contracción esporádica en mi tercer ojo. Las batallas seguían sucediendo a mí alrededor, Edward asesinaba a un vampiro de capucha negra y Reneesmé aún no aparecía.

Buscaba a Jane una vez más, cuando Leah comenzó a abrir los ojos.

- Leah, cariño, no te muevas –le dijo suavemente Carlisle.

La loba intentó mover la cabeza, pero el dolor se lo impidió. Aún tenía dos costillas fuera del cuerpo.

- Quédate quieta, estás muy mal herida y desangrándote –le ordenó Seth más cortante que confortante.

Ella acató, y en poco segundos Carlisle repuso uno de los huesos en su lugar. El hedor alrededor de Leah aumentó junto con el flujo de su sangre derramada a su alrededor.

Carlisle estaba por arreglar la última de las costillas de Leah, cuando un espantoso chillido arremetió con la aparente tranquilidad de nuestro entorno. El sonido que hace un vampiro antes de morir.

Ante el agonizante grito de María, Leah comenzó a moverse descontroladamente, aullando y ladrando para liberarse de la presión que Seth y Carlisle ejercían sobre su lomo para inmovilizarla. Entendió, como todos nosotros sin necesidad de observar, que Sulspicia había terminado con la vida de su hija.

- ¡Bella ayúdame a sujetarla!

Leah había recobrado las fuerzas mágicamente, a pesar de tener una de sus costillas colgando.

Me apresuré en sujetarla.

- ¡Desmáyala! Gabriel, ¡Haz algo, haz Magia! –le suplicó Seth al brujo mientras intentaba controlar la furia de su hermana mayor.

- ¡No puedo! Si le quito la energía no podrá curarse sola, ¡podría morir!

- Sujétenla, le pondré la última costilla rápidamente.

En un rápido movimiento, más similar al de un vampiro que al de un doctor, Carlisle arregló el lomo de Leah, pero la herida seguía abierta y sangrando.

- ¿Cómo puedes soportar esa peste Carlisle? Si yo la tuviera en las manos no podría alimentarme por una semana - Me giré rápidamente para separar a Carlisle de Sulspicia, que se había acercado a nosotros, abandonando la pila donde había quemado los restos de María.

- Esta sangre no está hecha para ti, Vulturi. La sangre de los licántropos nos ahuyenta. La naturaleza es sabia, ¿no te parece?- Carlisle contestó con suavidad a la reina italiana. Puso una mano sobre mi hombro y con cariño me dijo:

- Ayuda a Leah, llévatela de aquí.

- Pero Carlisle….

- Llama a mis hijos.

En sus ojos, la implacable seguridad con la que enfrentaba a Sulspicia me provocó angustias y ansiedades. Pero al mismo tiempo, todo Carlisle me obligaba a hacerle caso.

Separé la capa protectora que cortaba la comunicación de mi cerebro con la de toda magia del mundo, para poder llamar a Edward de la forma más eficiente que existía para contactarse con él.

Amor, tu padre te necesita. Trae a tus hermanos. Estamos al costado del edificio de Aro.

Edward se materializó a mi lado en pocos segundos. Junto a él venían Alice, Jasper, Rosalie y Esme. Emmet seguía batallando contra Félix.

Antes de que cruzáramos palabras, y de que yo me dispusiera a sacar a Leah del medio de la batalla que estaba por producirse, se me ocurrió por fin llamar a quién debí haber recurrido desde un principio.

Sin saber hacia dónde tenía que dirigir mi grito, puse mis manos en el contorno de mi boca para amplificar mejo mi voz:

- ¡JACOB!

El alarido con el que llamé a mi mejor amigo puso un alto en los combatientes. En todos los lugares de la plaza, vampiros, licántropos y brujos se detuvieron para observar nuestro rincón, donde Leah yacía inconciente y desangrándose, mientras que Carlisle y el resto de los Cullen se preparaban para enfrentar a la reina Vulturi, formando un círculo danzante alrededor de la vampiresa, que al mismo tiempo protegía a aquellos que estábamos ayudando a la loba caída.

Lo vi correr hacia mí mientras entraba en fase. Jacob había captado la gravedad de la situación en un instante: el olor a la sangre de Leah impregnaba todo, sobrepasando incluso la pesadez del humo que producía el descontrolado fuego de Violeta. Se transformó antes de llegar hasta nosotros, y se arrodilló de inmediato sobre su Beta, que aún no se quedaba quieta y seguía bajo el resguardo de Seth y Gabriel.

Di un paso hacia atrás para que Jacob trabajara mejor. Mi escudo se mantenía firme. Las manos seguían temblándome. Una vez más busqué a Jane entre la multitud, pero nada.

A pocos metros de distancia, los Cullen y Sulspicia se miraban a las caras.

- ¿Me vas a matar Carlisle?

- ¿No tienes otra frase Sulspicia? De verdad me cansé de escuchar lo mismo –le contestó Rosalie haciendo un movimiento ínfimo con el cuello hacia delante.

- Los voy a matar a todos, les advierto, así que no me provoquen. ¿Con quién empezaré? –la reina se pasó la lengua suavemente por debajo de los dientes.

- Eres de verdad psicopática, reina –inquirió Jasper antes de dar una rápida ojeada a la pila que se quemaba cerca de Sulspicia –eso explica muy bien la personalidad de tu hija.

- Me halagas soldado. Pero sabes muy bien que María y yo perdimos contacto hace siglos. Puede que yo le haya dado a luz, y que la haya convertido, pero la pobre tenía sus propias ideas, y bueno, ya ves como terminó. Supongo que es el típico drama madre-hija.

- ¿Convertiste a tu propia hija? ¿A tu hija biológica? Eres un asco Sulspicia –exclamó Esme curvando los labios.

- No seas dramática, no era mi única descendencia. Además, era un estorbo.

- ¿Y me dices a mí que dialogo mucho, cuñada?

Cayo apareció de la nada. Caminó lentamente hasta acompañar a Sulspicia. Tras ellos, Aro observaba impasible.

Tras la aparición de los dos ancianos, me giré sobre mis talones para mirar el enfrentamiento directamente, dándole la espalda a los licántropos. Me sorprendí al ver que no había nadie de quién pudiera defenderlos, pues todos los combatientes se habían agrupado entorno a los Vulturi y los Cullen, armando una tregua impaciente, que se levantaría tras el resultado de este nuevo enfrentamiento entre los líderes.

- Jacob, tienes que ayudarla a cambiar de fase. Si sigue en esta forma no la podemos ayudar –los brujos habían llegado a socorrer a Leah, que nuevamente no se movía. Amanda estaba dando instrucciones mientras tenía una mano sobre la frente de la loba.

- Pero está inconciente, no puedo hacer nada.

- Olivia te va a ayudar. Ella actuará como canal, entrarán en su mente y tendrás que guiarla para que cambie de fase.

- ¿No lo puedo hacer yo? –pidió Seth.

- No, estás muy angustiado y necesitamos que alguien fuerte entre en la mente de Leah. En el peor de los casos, si su inconciente se niega a cooperar, Jacob le podrá ordenar que cambie de fase y ella no podrá oponerse a las instrucciones del alfa de su manada.

- ¿Leah puede negarse a cooperar? –preguntó Jacob impactado.

- Claro que sí –le contestó Olivia –en este momento está sufriendo, tiene mucho dolor. La mente nos protege a todos, y en este caso, la inconciencia es consecuencia directa de las heridas.

En nuestro flanco, los vampiros sobrevivientes se agrupaban lo más cerca que el hedor de la sangre de Leah se los permitía. Nuestros números estaban reducidos considerablemente. Kebi y Maggie habían caído. El clan egipcio en su totalidad había desaparecido. Solo quedábamos los Cullen, los irlandeses y Kachiri.

Cuando recién se instalaron a nuestro lado, Kate y Garret quisieron sumarse a los Cullen contra Sulspicia y Cayo, pero les pedí que se abstuvieran y que privilegiaran la protección del grupo de humanos –tanto brujos como licántropos –pues en la situación en que estaban eran un blanco fácil para cualquier ataque, sobre todo considerando que aún nadie había sido capaz de localizar a Jane.

- Es mi familia Kate –argumenté –tengo que acompañarlos, no soporto más quedarme rezagada atrás, pero tampoco puedo dejar a los humanos desprotegidos.

Así entonces, con el compromiso del clan Denali, de Lucas y de Kachiri, y mientras que Olivia conectaba a Jacob con la mente de Leah, caminé hacia Edward dentro del círculo, le acaricié suavemente la mano al pasar a su lado, sobrepasé la posición principal de Carlisle, y con seguridad me dirigí a Sulspicia.

- Hay algo que no entiendo aún, reina de los condenados, si María era tu hija biológica, ¿por qué quisiste tener a Giove?

- Miren quién apareció por fin –se burló Cayo con desdén –la más valiente de los humanos y la más cobarde de los vampiros.

Cayo había tomado una actitud extrañísima. Se le veía nervioso, fingía seguridad a través del sarcasmo, y miraba a todos con prepotencia, pero se notaba que algo le molestaba. Incluso Sulspicia lo miraba con extrañeza y confusión; aunque aburrida es la expresión más apropiada, pues la vampiresa parecía incómoda con la presencia de su cuñado.

- "Cobarde". Que peculiar elección de palabras Cayo –espetó Edward imitando las formas de los Vulturi –siendo que Bella se mantiene alejada del peligro para protegernos a todos, mientras que tú no eres capaz ni siquiera de resguardar la seguridad de tu propia esposa por miedo a tu hermano. "Cobarde", ¿no? ¿Si Bella es cobarde, eso a ti qué te hace, un llorón?

Aro dio un paso adelante tras la intervención de Edward. Cayo le mostró los dientes, enajenado por la mención de su esposa, listo para saltar al ataque. Al mismo tiempo, Alice se cubría el rostro con las manos y susurraba entre dientes palabras inteligibles.

- No le hagas caso hermano –interrumpió Aro –el telépata está jugando con tu mente.

- No había reparado en ese detalle. ¿Qué sucedió con tu esposa Cayo? ¿Dónde está? -continuó Edward.

El anciano contestó con un fuerte gruñido.

- Edward –preguntó Carlisle -¿Qué sucedió con Atenodora?

- Basta ya –habló Sulspicia antes de que Edward tuviera la oportunidad de contestar –distracciones baratas, eso es lo que hacen. Cayo, no te importunes con los débiles, no saben lo que dicen.

- Entonces, ¿cómo es esto mi amor? La esposa de Marco murió hace siglos. Y ahora también la compañera de Cayo. ¿Hay un factor común o es sólo nuestra imaginación?

- Terminemos con esto –indicó Sulspicia.

Demetri y Félix corrieron para lanzarse sobre Edward y Carlisle, pero fueron expulsados y lanzados hacia atrás por unas relámpagos invisibles que se materializaron sólo ante mis ojos, gracias a mi escudo.

Kate avanzó hacia el círculo.

- Manténganse a un lado, ovejitas, que el resto de los inmortales queremos escuchar la verdad.

Emmet pegó una fuerte risotada desde atrás, donde se mantenía protegido mientras Gabriel atendía sus heridas: sangre le brotaba justo donde su ojo derecho debía estar. El resto de su rostro estaba intacto, pero la abundante sustancia escarlata le daba un aspecto terrorífico.

- La verdad. La verdad querida Kate, es algo más grande que nuestra misma existencia. No esperemos descifrarla ahora.

- Acá te va una verdad Vulturi: tu hermano arde en ira y está a punto de estallar. Es una bomba de tiempo. Lo puedo sentir, ¿sabes? –exclamó Jasper –y tú mismo, ahora, sientes miedo. ¿Será porque ya no tienes a esa sirvienta tuya que los mantenía unidos? ¿Chelsea se llamaba?

- Una chica simpática –se burló Rosalie.

- Ahora que ya no está, no tienes como mantener a tus hermanos como aliados. ¡Que problema!

Con voz lisa, monótona, Jasper concluyó su intervención, apretó la mano de Alice y se preparó para el estallido que todos sabíamos estaba por producirse.

- ¿Aro? –gruñó Cayo entre dientes, con las manos empuñadas y el cuerpo tembloroso -¿Qué hiciste?

- Tú sabes lo que hizo –contestó Edward –lo apoyaste en aquél tiempo. ¿Por qué te sorprendes?

Giove avanzó al lado de su madre.

- ¿Eso hiciste? ¿Fuiste tú? –habló Cayo en un susurró -¿A mí también? ¿Qué te hizo? ¡Por qué!

- No lo entenderías hermano, lo hice por nuestro bien. Eso lo sabes, siempre actuamos por el bien de nuestra raza.

- Ella quería irse, me lo dijo una vez… ¿Por qué no la dejaste? –el tono del anciano se había transformado en desesperación. Miraba a su hermano con dolor en los ojos. Los años comenzaron a pesar sobre su figura, como si la vejez se hubiera súbitamente manifestado en su inmortalidad.

- Tú no eres como Marco, Cayo –le explicó Edward con cautela –no creas que la muerte de tu esposa es por tu causa –el anciano no contestó. Sus ojos estaban ahora perdidos, mirando hacia donde su cabizbaja postura se lo indicaba –Aro asesinó a su propia hermana, Dídima, porque ella se interponía entre la habilidad de Marco y el hambre de poder de Aro –miles de murmullos se levantaron en Volterra ante la revelación que Edward hacía frente a todos los presentes –Pero tú… nunca has tenido ningún valor para tu hermano. Si los abandonabas, él no hubiera perdido nada. Es más, te hubiera dejado ir.

- El telépata tiene razón Cayo: yo no tengo nada que ver con la muerte de Atenodora. No tenía ninguna razón para deshacerme de ella.

- Se quería ir… -murmuró Cayo para sí mismo - …me lo dijo, me lo advirtió….

- No seas tan duro con tu hermano, Cayo –sugirió Edward con fingida dulzura –no fue su decisión.

Cayo levantó los ojos, redondos y abiertos de par en par, brillantes de pánico e ira. Miró a Edward, temí que se lanzara sobre él por la intensidad de su mirada, pero luego se giró para mirar a Sulspicia, que cruzada de brazos lo esperaba con una ceja levantada y un gesto de impaciencia tan insensible que daba miedo por apatía.

- ¡Tú! –le amenazó Cayo con un grito.

- ¡Yo! –se burló Sulspicia imitándolo –no seas llorón Cayo, Atenodora quería tener miles de hijos y criarlos todos juntos en una cabaña frente al mar: estupideces. Si se marchaba contaría sobre nuestros proyectos con los mestizos y esta pelea hubiera llegado mucho antes, nos hubiera tomado desprevenidos.

El Vulturi no mostraba los colmillos. Tenía las mandíbulas tan apretadas que dos hilos de sangre le corrían por las comisuras de los labios, debido a las perforaciones que se estaba haciendo a sí mismo con los dientes dentro de la boca.

Estático, solo y sangrante, Cayo inspiraba más compasión que terror.

- Aro mató a Dídima. Sulspicia mató a Atenodora. Era el plan desde un comienzo: eliminarlos a todos y conquistar el mundo con el ejército de mestizos, escondiendo sus intenciones y logrando el apoyo de los inmortales del mundo, con el pretexto de la maternidad que tanto Sulspicia deseaba. Giove es sólo una fachada. El verdadero objetivo es poder. Atenodora lo descubrió por su propio deseo de ser madre. Era un estorbo que fue quitado del medio. Todos están siendo utilizados –reveló Edward a la audiencia de vampiros presentes.

Pero inmediatamente después, en un rápido movimiento que casi me perdí por observar la cara de extrañeza con la que Giove había reaccionado, Cayo se abalanzó sobre Sulspicia, abriendo su boca llena de sangre y veneno para morderle el cuello. Aro se le adelantó, y antes de que este pudiera poner un dedo sobre su esposa, ya había dado la indicación a su guardia para atacar: las capuchas negras desintegraron el cuerpo del traicionado Cayo, en una rápida interpretación de la danza mortal que los caracterizaba.

Un segundo más tarde, el Vulturi ardía a los pies de Sulspicia.