- Eso sí que es un giro inesperado –se burló la Reina -¿podemos seguir o tienes alguna otra revelación que anunciar, Cullen?

Sulspicia seguía fijada en nosotros. Giove la observaba con dolor, como buscando en alguna de sus facciones la clave para entender lo que realmente pensaba su madre. Aro en cambio, tenía los ojos cerrados, tal vez analizando la situación –su próxima jugada –o tal vez sufriendo por la muerte de su hermano. De cualquier forma la reina parecía no tener corazón, a estas alturas nada le afectaba.

- Eres un monstruo Sulspicia –gruñó Esme.

- Si, bueno, eso ya me lo dijiste. Ahora, ¿quién quiere morir primero?

Retrocedí dos pasos mientras que el resto de mis hermanos se acuclillaba lentamente para enfrentar a lo que quedaba a de la guardia. Escaneé el lugar en busca de Jane, pero la sádica vampiresa seguía desaparecida. ¿Habría escapado después de ver a su hermano morir a manos de una humana o sería que al desaparecer Chelsea ella ya no sentía ningún compromiso con los ancianos?

Giove hizo un rápido gesto con la mano derecha para que su ejército de mestizos se reagrupara: lo flanquearon por todos lados, rodeándolo a él y a sus supuestos padres, Aro y Sulspicia. Al mismo tiempo, el único anciano que iba quedando con vida, el sádico telépata Aro, movió ligeramente el mentón y la guardia reaccionó de la misma manera que el ejército. Sus números habían bajado considerablemente. Vampiros muertos habían al menos quince, mientras que de los 30 mestizos, 20 habían sido incapacitados por los brujos y los licántropos: en un intento por mantenerlos fuera del combate sin hacerles mucho daño, nuestros amigos se limitaron a dejarlos inconscientes o levemente heridos, de forma que no pudieran participar más. Me hubiera sentido más contenta si nuestro flanco tampoco hubiera sufrido baja alguna, pero nuestro número había descendido en el mismo porcentaje, de 23 éramos sólo 17.

Me giré para inspeccionar que nada estuviese sucediendo en la retaguardia, donde la mayoría de los humanos se encontraba atendiendo las mortales heridas de Leah. Jacob, desnudo y en su forma humana, estaba inmóvil con la mirada perdida. Olivia presionaba entre sus cejas con el dedo del medio y hacía lo mismo con Leah, que aún inconsciente seguía en forma de lobo. El resto de ellos los observaba en silencio. Amanda estaba de pie y su báculo brillaba suavemente azul. Los vampiros de nuestro bando les daban la espalda a los humanos, rodeándolos para protegerlos de los posibles ataques. Estaban todos alineados, menos Kate que se había adelantado hacia nosotros para alejar con sus choques eléctricos a los que osaran acercarse.

De pronto, un fuerte rugido interrumpió la previa a la batalla. Todos los que nos disponíamos a combatir nos giramos ante el suplicante gemido del animal, y presenciamos consternados el proceso de metamorfosis de Leah, que mientras gritaba de dolor iba tomando su forma humana. Por la fuerza mágica que la ayudó a salir de la inconciencia, tal vez, o por la necesidad de saber qué estaba sucediendo a su alrededor, la loba –ahora humana- logró sentarse, a pesar de su costado aún abierto y sangrante, para hablarle a Jacob. Lo tomó fuertemente del cuello manchando todo su pecho de sangre y susurró:

- Tomás... ¿dónde está?

- No ha llegado aún –le contestó Jacob consternado. Aún no entendía la realidad.

- Arréglame. Jacob, no me dejes morir, por favor.

Entonces un suave sonido parecido al de un grupo de pequeños tambores, llegó hasta nuestros oídos. Antes de que pudiéramos girarnos para buscar su procedencia, Leah volvió a perder el conocimiento y se desplomó sobre los brazos de Jacob.

Kate se apresuró en moverse hasta la vanguardia donde nos encontrábamos, adelantándose un par de pasos sobre Carlisle.

- Tienes que ir a ayudar a la loba, primo, yo me quedaré aquí reemplazándote.

- ¿Edward? –preguntó Carlisle para saber el estado de la situación.

- Estaremos bien, ve.

- ¿Son ellos? –me adelanté en preguntarle a Edward. El sonido lejano...podía ser.

- Si Bella, son ellos –me contestó él.

El ruido de tambores se había transformado en el susurro de una multitud que se acercaba rápida pero silenciosamente. Sus pasos eran cada vez más fuertes, ningún sonido más allá que el repiqueteo de su avance se escuchaba desde nuestra lejanía. De todas formas sentí que un gran peso se me caía de los hombros. La anticipación de los mestizos que se acercaban en masa para liberarse de la opresión de sus creadores, no sólo significaba para nosotros el fin de la batalla, sino que también el regreso de Renésmee con vida y con la victoria entre las manos.

Pero la voz de Edward estaba seca y no había en su mirada nada parecido al alivio que sentía yo por el inminente reencuentro con nuestra hija.

Su voz, su mirada obsesiva buscando entre la lejanía donde el fuego de Xia aún no consumía las calles, me devolvió una vez más a la realidad de nuestra situación: la batalla no había aún concluido y no había razón para creer que Renesmee había sobrevivido al primer encuentro con su raza.

- Es ella, ¿no es así? Nessie, es ella. ¿Está muerta? –susurré con toda la fuerza que logré sacar de mis pulmones.

- No, está viva. Viene con ellos. Estarán aquí en dos minutos.

- Entonces, ¿qué sucede Edward? ¿A quién buscas, qué te preocupa?

- Jane. Está muy cerca de ellos, me lo está diciendo, se está burlando de nosotros. Me está dejando leer sus pensamientos, se está acercando a Nessie y sabe que la puedo escuchar.

Busqué compulsivamente, entre los vampiros y los mestizos que nos amenazaban, entre las llamas que subían por el edificio que los Vulturi ocupaban como castillo. Yo no podía escucharla como él, y hasta donde tenía entendido, mi escudo tampoco podía sentirla. Me esforcé en hacerlo más duro, más espeso, pero aún así no logré identificar el ácido sabor de su esencia.

- Edward, tenemos que sacar a Leah de aquí –exclamó Carlisle desde atrás.

Junto a él, Jacob sostenía en brazos el cuerpo agonizante de su hermana de manada. Ambos estaban desnudos, cubiertos de la hedionda sangre que florecía del costado herido de Leah.

- Me retiraré con la manada completa. En cuanto ponga a Leah en un lugar seguro, volveremos –me prometió Jacob solemnemente.

- Yo iré con ellos –se adelantó Carlisle –y no volveré, pues necesito atenderla lo antes posible: se está desangrando.

Los pesados pasos del ejército libertador ensordecían nuestro entorno. Los Vulturi se habían reagrupado junto a los mestizos de Giove, mientras que nosotros no lográbamos aún ordenar nuestras fuerzas, pues estábamos perdiendo un buen porcentaje en la partida de los licántropos.

- Vayan –ordenó Edward aún con la mirada fija en el horizonte –las cartas ya están tiradas.

Jacob no esperó a que el vampiro hablase más; corrió ágilmente por el camino que la bruja había delineado con su fuego, y tras él partieron Seth, Quil y Embry, los tres en forma lobuna. Carlisle les seguía el paso de cerca, chequeando los costados y la retaguardia por posibles ataques enemigos.

- ¡Alice! –gritó Edward de pronto.

Su hermana se materializó a nuestro lado, mientras que a sus espaldas nuestra armada se alineaba nuevamente: primero los brujos, luego los vampiros. Al frente nosotros, Edward y yo.

- Alice, háblame.

- Renesmee está bien, Zafrina la acompaña. Los mestizos tuvieron una disputa por incluirse en la batalla: muchos murieron intentando defender a los Vulturi. Sus números no son los que esperábamos, igual a los sobrevivientes de Giove.

- Mejor, más matanza –gruñó Emmet desde atrás.

- ¿Qué hacemos ahora? –pregunté a mi marido.

- Jane está sobre ellos, los viene siguiendo. Tiene a Nessie en la mira.

- Debemos alcanzarlos –interrumpió Amanda –vamos a su encuentro y enfrentemos a los Vulturi por última vez todos juntos.

La pequeña bruja adivina movió suavemente la cabeza hacia la derecha, como si estuviera recibiendo una señal.

- Tomás no viene –dijo Elisa a su sacerdotisa –se acaba de encontrar con la manada y abandonó la batalla para acompañar a Leah.

- Es lo correcto –aseveró Lucas –es lo que yo habría hecho.

- ¡¿Dónde mierda está Jane? ¡No puedo verla! –grité desesperada.

- No puedo localizarla, se mueve constantemente –explicó Edward con los ojos sobre la parte alta de la ciudad, en las ventanas, los balcones y los edificios de Volterra.

- No ha tomado ninguna decisión aún –interrumpió Alice –tampoco puedo ver qué pretende hacer.

- Está jugando con nosotros –dijo Amanda –debemos ir hacia Renesmee y actuar desde allá. Debemos terminar esto de una vez por todas, pero para eso debemos estar todos juntos.

A diez metros de nosotros, los tres Vulturi que aún sobrevivían, Aro, Sulspicia y Giove, se tomaban de las manos y armaban un triángulo decisivo en el círculo interior que formaba su armada.

- Esto es lo que haremos –ordenó Edward –Renesmee ya entró a la ciudad, los licántropos salieron. Xia –se interrumpió para voltearse hacia la pirómana –ábrenos un túnel hacia el centro de la plaza.

- No hay problema –sonrió la bruja, y me pareció ver una chispa nacer en el fondo de sus pupilas.

- Jasper, quiero que los Vulturi teman por sus vidas. Que estén aterrorizados y crean que Aro y Sulspicia los van a traicionar.

- Considéralo hecho, hermano –contestó Jasper solemnemente.

- Kate.

- Detrás de usted, Edward Cullen –sonrió la vampiresa mientras jugaba con una bola de energía entre las palmas de sus manos.

Un fuerte gruñido comenzó a expandirse desde el centro de la fuerza italiana, mientras que el galope que traería a mi hija junto a nuestra alianza se hacía cada vez más fuerte, a cada segundo estaban más sobre nosotros. Los amplios ventanales de los edificios que nos rodeaban vibraban ante la inminente caída de nuestros refuerzos sobre los vampiros italianos. Había ansia en el ambiente, hambre. Los Vulturi estaban preparados para arremeter por última vez, mientras que nosotros estábamos aún desprovistos de brazos que pelearan en nuestro flanco pues las fauces de los licántropos nos habían abandonado, y Renesmee aún no se reunía con nosotros.

- ¡Estoy lista! –gritó Xia desde atrás.

Una masa de fuego flotaba sobre el aire, como un magma subterráneo que se elevaba sobre la cabeza de la bruja. Ella le sonreía, como si la sustancia tuviera personalidad y estuviera coqueteando con ella, secreteándose bajo nuestras narices en otro lenguaje.

- Kate, llévanos al medio de la plaza –ordenó Edward –.Los Cullen irán al frente, luego los humanos y al final el clan irlandés y los que queden aún con vida. Manténganse unidos hasta que nos encontremos con el resto. Si peleamos solos no lograremos salir de Volterra. ¡Vamos!

Kate y Xia lideraban el grupo, avanzando a lo largo del túnel de lava a medida que la bruja iba dándole órdenes al fuego para que se expandiera. De entre las llamas pude ver al ejército enemigo desconcertarse ante nuestra aparente retirada. Nos observaban inquietos, expectantes, revisando el lugar para adivinar la procedencia de la marcha que se aproximaba. El poder de Jasper debía estar siendo muy efectivo en su función, pues ninguno de los soldados osó acercarse a nuestra barrera de magma, ni tampoco se comunicaron entre ellos para organizar una avanzada. Al contrario, lo único que hicieron fue replegarse milimétricamente hacia el centro, y esperar –con las espaldas hacia sus gobernantes –una orden que les indicara cómo proceder.

- ¡Miren hacia arriba! –gritó Edward de pronto -¡Jane está a punto de caer sobre nosotros! ¡No sé desde dónde, pero esas son sus intenciones! ¡Atentos!

Intenté duplicar la fuerza de mi escudo, pero no logré divisar el sabor de Jane, ni el color de sus energías. Tras de mí, Amanda corría junto a Lucas y a los brujos: Gabriel y Elisa. Tras ellos, lo que quedaba del clan irlandés, Siobbhan y Liam, corrían muy pegados a las amazonas que nos acompañaban. Junto con Esme, Rosalie, Emmet, Jasper y Alice, éramos los sobrevivientes de la primera parte de la batalla.

- ¡Xia! –Exclamó Amanda – ¡Ahora hacia la izquierda!

La bruja pelirroja siguió la instrucción de su sacerdotisa e hizo que su lava girara inmediatamente su recorrido hacia dónde Amanda le había indicado. Para hacer el giro tuvimos que detenernos momentáneamente, gracias a lo cuál logré obtener una visión más clara de lo que estaba sucediendo. Lo primero que sentí fue el poder de Jasper entre nosotros. Tal cómo sucedía cuando Alec desplegaba su neblina asesina, la habilidad de mi hermano tenía una perfecta manifestación física bajo mi escudo: era una sustancia parecida al vapor, transparente y blanquecina, que se esparcía por el aire entre nosotros y hacia los enemigos con la delicadeza de una danza, no con el caos propio de los gases. Este era un movimiento dirigido, espeluznante en su rapidez, que en vez de avanzar por el lugar serpenteaba hacia su objetivo y lejos de nosotros, por lo que proteger a nuestros amigos no fue necesario.

Seguimos avanzando, y según mis cálculos ya no debíamos estar muy lejos del centro de la plaza. Los ruidos de cascos ya se habían extinguido, el ejército de Renesmee se había detenido en el lugar convenido, mientras que nosotros, guiados por el fuego de Xia y protegidos por la electricidad de Kate nos movíamos lentamente por el costado de la plaza, a vista y paciencia de Aro y Sulspicia.

- ¡Vulturi! – le oí gritar a Sulspicia. Me fijé entre la muralla de lava que nos protegía y le vi intermitentemente mientras levantaba el brazo derecho -¡Vulturi! ¡Al ataque!

La Reina dejó caer el brazo pero nadie se movió. La serpiente de Jasper los había rodeado, invisible, encerrándolos perfectamente en un círculo que para ellos era imperceptible. Supe, al ver sus caras ante la orden de su reina, que los miembros de la guardia y los vampiros que los ayudaban estaban petrificados, horrificados, empavorecidos ante nuestra potente alianza. Una inseguridad conveniente para nosotros, muy bien lograda gracias a la intervención de Jasper, puesto que nadie se movió.

- ¿Qué están esperando? ¡Cobardes! –gruñó la Reina enfurecida hacia sus soldados -¡Pelead! ¡Ahora!

Aro, en vista de que ninguno de sus hombres se movía ante la orden de Sulspicia, dio dos pasos hacia uno de los encapuchados de rojo que se encontraba en la primera línea y le puso una mano sobre la mejilla. El vampiro agachó la cabeza ante el Vulturi y luego gruñó con fuerza. Aro volvió hacia atrás y observó con gesto impertérrito el movimiento de su soldado, el cuál vigorizado por algún pensamiento invisible para nosotros se lanzó contra la muralla de lava que nos protegía.

Por la velocidad con la que se acercó a nuestro frente saltó la protección de Xia y arrastró un pedazo de la serpiente de Jasper con él. Con la fuerza de su movimiento su capa no prendió fuego, y la precisión de su vuelo había sido tan perfectamente calculada en esa milésima de segundo en la que se despegó del piso, que de no ser por el golpe eléctrico que le profirió Kate desde la vanguardia de nuestra fila, habría aniquilado a Elisa de un solo zarpazo mecánico. El resultado había sido nulo para el Vulturi, pues ahora se encontraba en el mismo lugar desde dónde había partido, derrotado y desmayado en el piso, electrocutado y humillado frente a sus reyes.

Seguimos moviéndonos hacia Renesmee y alejándonos de las cercanías de la guardia, por lo que el ejército enemigo no tuvo otro remedio que seguirnos los pasos.

- ¿Es esto lo que quieren hacer? ¿Así terminará la batalla de vuestras vidas? –Gritó Sulspicia para arengar a sus aterrados soldados -¿Dejarán que los traidores se escapen con brujerías? ¡Atacad Hermanos, Atacad!

Los únicos que reaccionaron ante las palabras de la Reina fueron Félix y Demetri que se abalanzaron sobre nosotros de un solo golpe. Kate se movió ágilmente desde lejos y electrocutó a uno pero falló en detener al otro, el cuál cayó de lleno sobre la cabeza de Emmet y juntos rodaron entre las llamas hacia fuera de la muralla protectora.

- ¡Emmet! – gritaron Olivia y Rosalie al unísono, y juntas saltaron la pared de lava y desaparecieron entre el humo y las llamas.

- ¡Olivia, no! –intentó Amanda y su primer impulso tras ver desaparecer a su hermana fue el de acompañarla, pero Lucas la detuvo en el acto –No puedes dejarnos ahora, esa es su elección Amanda. Nosotros debemos llegar hasta Renesmee y terminar esto. Después volveremos a ayudarle.

- ¡Maldita niña! –exclamó la sacerdotisa.

- Edward –dijo Jasper –Iré con Emmet, no puede quedarse solo contra todos esos soldados.

- Iremos contigo –contestó Alice dirigiéndose también en nombre de Esme.

- Emmet es un hombre grande –sugerí yo con un fallido tono de sarcasmo –se las arreglará solo.

- Bella, necesito estar con mis hijos, tú ve por la tuya –me interrumpió Esme y sin esperar una respuesta de mi parte ni de Edward, corrió hacia las llamas y fue seguida por Jasper y Alice.

- Estamos cerca, esto va a terminar pronto –me confortó Edward.

- ¿Y Jane?

- No lo sé Bella. Atenta –señaló el camino que nos quedaba por recorrer, unos veinte metros en el túnel de lava ante nosotros y al final una abertura desde dónde pude ver a la pequeña Xia abrazar a alguien.

- Renesmee –susurré y me olvidé de Emmet y sus enemigos, de los Vulturi, del humo, del fuego y de la guerra.

Corrí los últimos pasos del túnel sabiendo que Edward corría a mi lado. A medida que avanzaba el humo se iba disipando y cada vez el aire estaba más lleno de oxígeno, y luego, casi al final, el viento se llenó de ese aroma tan inconfundible, tan familiar, tan mío y tan ajeno que era el olor de Nessie, inundando mis narices y haciéndome sentir, por un breve momento, que la suerte estaba echada y el destino estaba de nuestra parte.

- ¡Mamá! –gritó ella apenas me vio –Mamá, mamá, mamá –susurró y sollozó cuando la abracé con fuerza a la salida del túnel.

- Estás bien –dije tomándole la cara para mirarla mejor –.Estás entera –le besé la frente – ¿Mataste algún bandido, hija?

Ella se rió aún con dulzura, y tras de mí escuché al resto de nuestro ejército saliendo del túnel, y luego sentí cómo el calor que provocaba la lava de Xia se extinguía a mis espaldas. Supe que estábamos desprotegidos una vez más, pero ahora contábamos con un suplemente extra de mestizos de nuestro lado.

- Estoy orgulloso de ti Nessie –dijo Edward mientras abrazaba a nuestra hija –y cualquier cosa que hayas hecho u omitido, te será debidamente castigado o premiado en cuanto lleguemos a casa.

Nessie se desprendió del abrazo de Edward y le observó con el ceño fruncido y un gesto descompuesto por el comentario.

- Pero primero tenemos que matar un buen par de Vulturi –se rió él y le guiñó un ojo.

Nuestro ejército se reunió y se reorganizó rápidamente. Amanda estaba completamente desconcentrada, observando cómo a lo lejos Olivia y el resto de los Cullen se batían contra Félix y Demetri ante los ojos atentos de la guardia que los rodeaba, como si fueran personas cualesquiera en una pelea callejera.

- Necesitamos avanzar –pidió Amanda con voz de súplica –tenemos que ayudarles pronto.

- ¿Los mestizos van a venir con nosotros? –preguntó Edward a Nessie.

- Tal y cómo se los prometí –se giró entonces Renesmee hacia los mestizos, quienes vestidos con harapos grises, todos delgados y malolientes, se protegían unos a otros en un gran grupo compacto a pocos metros de nosotros –ahora son por fin libres de buscar su propio camino. Afuera de las murallas de la ciudad hay un grupo de humanos que los está esperando. Ellos los acogerán, les darán abrigo y comida. Pero si desean pelear junto a nosotros también son libres de hacerlo, y serán bienvenidos en nuestras filas, pues necesitamos sus fuerzas para terminar esta batalla de una vez por todas.

- Viene de familia –le oí susurrar a Garret –esto de ser los líderes del mañana.

- Nosotros avanzaremos hacia los italianos, la ciudad está dormida -continuó Reneesme - Avanzaremos todos, y los que deseen caminar junto a nosotros pueden hacerlo, y los que no quieran más batallas pueden retirarse sin problemas, pues no les juzgaremos de ningún modo –concluyó Renesmee, y sin esperar respuesta de parte del grupo de mestizos, se giró hacia donde Emmet, Olivia y los demás luchaban solos.

El resto de nosotros le imitó. Era un gesto de respeto por aquellos que desertaran de la batalla, para no mirarles partir, para que no se fueran con una sensación de culpa sobre los hombros, y fueran realmente libres y sin ataduras al momento de decidir cómo querían iniciar su nueva vida, o si es que querían morir en el intento por derrocar las injusticias de la anterior. No esperamos respuestas.

- Marchemos –sentenció Amanda, y tomó a Renesmee de la mano.

Las dos se sonrieron con cariño, miraron hacia el frente y sin indicarnos nada, avanzaron hacia la fuerza enemiga.

- ¡Hey hermana! –Gritó una voz masculina desde atrás de nosotros -¿No vas a esperar a tu hermano favorito antes de morir?

- Y ciertamente eres mi hermano favorito –contestó Amanda sin voltearse a saludar a Tomás –puesto que tu melliza hace lo que quiere y está por allá arriesgando su vida por amar a un vampiro.

- ¿Quién ama a un vampiro? –preguntó Jacob que venía trotando atrás de Tomás -¿Otra vez? Estas mujeres no aprenden con el ejemplo.

- Somos una raza irresistible –se burló Lucas.

- Jacob te amo –exclamó Renesmee de pronto –Mucho, siempre, pero no tenemos más tiempo para esto, debemos pelear, ya.

- ¿Cómo está Leah? –le pregunté a mi mejor amigo.

- Está bien, Carlisle y los brujos de "Timbuktu" la están ayudando.

- No estaría aquí si es que no fuera porque está bien.

- Estás aquí porque sabes que te daría con mil palos si es que se entera que abandonaste la pelea por diez minutos completos.

- Jacob –interrumpió Renesmee.

- Si, si –contestó él y se transformó silenciosamente, tomando la forma de lobo con una asombrosa rapidez, silenciosa y pulcramente, con la habilidad que le habían otorgado los años de práctica entre fase humana y fase lobuna.

Entonces marchamos, con calma y unidos, uno al lado del otro sin saber si es que los mestizos nos seguían o no. Caminamos hacia las llamas, caminamos hacia nuestros amigos, avanzamos seguros de nuestros pasos y directo hacia nuestro destino. Una vez más.

- Yo lo tomaré desde aquí –dijo la profunda voz de Zafrina -¿Qué podría ser? –pregunto burlesca -¿A qué le tenemos miedo los vampiros?

- A la muerte –contestó Edward sin detener el paso –queremos proteger nuestra inmortalidad.

- Está decidido entonces: La muerte los juzga, Vulturi –conjuró Zafrina en un susurro y luego se detuvo a mitad de camino, sonriendo ligeramente con los ojos cerrados e inclinando la cabeza hacia el cielo.

- ¿No viene con nosotros? –preguntó Siobbhan perpleja ante el comportamiento de la Amazona.

- Déjala, tía –contestó Renesmee –está arreglando nuestra entrada victoriosa, nos alcanzará más tarde.

Otros tres encapuchados se habían unido a la batalla de nuestros hermanos. Pero a pesar de que eran un número parejo, cinco contra cinco, las fuerzas no estaban equilibradas puesto que los cuatro vampiros de nuestro frente se veían con la necesidad de proteger a Olivia, incluso Rosalie. A lo lejos se notaba que la presencia de la humana entre los contrincantes limitaba los movimientos de los Cullen.

Antes de que pudiéramos alcanzarlos, los cinco Vulturi se replegaron hacia atrás de improvisto. Miraron con pavor a su alrededor, y en un rápido esfuerzo por ponerse a salvo de una amenaza que no pude identificar se tropezaron unos con otros para volver al refugio del resto de los soldados. Sea lo que fuere que estaban viendo, también lo podían ver nuestros amigos y hermanos, pues también se reagruparon hacia atrás y mirando hacia los lados con temor. Incluso nuestra fila tendió a aminorar el paso. Susurros y exclamaciones crecieron entre nosotros, y yo seguía sin entender.

- ¡Sigan avanzando! –ordenó Edward –es una ilusión de la Amazona.

Confundidos y atemorizados, nuestros amigos siguieron las instrucciones de mi marido y continuaron avanzando hacia las líneas enemigas.

- Vaya habilidad –exclamó Lucas sorprendido –No los puedo ver con claridad, pero distingo un par de figuras.

- ¿Qué están viendo? –pregunté a Edward.

- Mejor mira por ti misma –me aconsejó.

Levanté rápidamente mi escudo y observé a mí alrededor. El infierno mismo no debía ser tan bestial: centenares de cadáveres nos rodeaban, algunos cercenados, otros con el cuello roto o sin brazos, todos sangrantes y putrefactos. Gritaban y gruñían palabras inteligibles hacia nosotros, hacia los vampiros. Estaban por todos lados, por cada rincón de la ciudad, en cada ventanal, en cada callejón. No se acercaban, pero estaban de pie y nos hablaban.

- Es la muerte –explicó Zafrina con satisfacción alcanzando nuestro paso –Es cada hombre y cada vampiro, es cada ser vivo que ha muerto por nuestra culpa, o por nuestra falta de acción. Son Zombies en realidad, son la muerte ficticia. Lo que creemos en nuestro inconcientes, lo que creemos que hemos hecho alo largo de nuestra existencia.

- ¡Son mentiras! Insuficientes, insignificantes parásitos de soldados –vociferó Sulspicia acercándose hacia Olivia y nuestros hermanos – ¡Vengan a pelear como inmorales! ¡Cobardes! –y entonces en un rápido movimiento tomó a Olivia de uno de sus brazos, giró sobre su propio eje y la lanzó por los aires en dirección a nuestras fuerzas.

- ¡Olivia! –gritó Amanda y luego salió corriendo para intentar alcanzar a su hermana mientras volaba.

Por supuesto, el impulso que dio Sulspicia al lanzar a Olivia no estaba al alcance de la sacerdotisa, ella nunca podría haber salvado a su hermana de estrellarse contra quién sabe qué obstáculo rocoso de Volterra. Sí lo hizo Lucas, que se materializó en el lugar preciso en el momento preciso e interceptó el golpe de Olivia antes de que fuera mortal.

Cuando Olivia pisó tierra y estaba finalmente a salvo de las garras de los vampiros de la guardia, a salvo bajo el brazo protector del invencible Lucas, Emmet se desenmascaró de su faceta más humana y se permitió a si mismo soltar toda la monstruosidad de su especie, toda su sed de matanza; su ojo seguía sangrando una sustancia escarlata que le recorría el rostro, y desde el pómulo infectó sus colmillos de sangre y más veneno del que era capaz de soportar.

Entonces se lanzó sobre Sulspicia.

Estábamos tan cerca, tan casi tocando a nuestros hermanos, que la reacción de Emmet la experimentamos a flor de piel. Olivia volando por los aires y la feroz facción alegre de Sulspicia mientras esperaba que el cuerpo de la bruja se reventara contra las paredes de su ciudad, alimentaron también en nosotros la ferocidad reprimida, y tras el golpe que Emmet le profirió a la reina en pleno rostro antes de lanzarse sobre ella, corrimos todos –vampiros, brujos, licántropos y mestizos –todos nos agazapamos y desenvolvimos nuestros colmillos, nuestras garras y nuestro veneno: Jacob en fase lobuna, Renesmee con sus tridentes en mano, Amanda con su báculo y Lucas con su fiereza, Tomás con dos grandes espadas de plata y el torso desnudo y el resto de los humanos, Xia con dos grandes bolas de fuego sobre la palma de sus manos, Elisa con puñales redondos en cada mano y Gabriel con un delgado sable, liderando a los mestizos, unos 10 o 15 seres mal nutridos, delgados y sucios, pero feroces por defender la injusticia cometida sobre su existencia, todos, ¡todos! nos abrazamos juntos en un grito de guerra y nos lanzamos sobre la guardia de los Vulturi, que alertados por los feroces bramidos de Aro tras la golpiza que estaba recibiendo su esposa, habían decidido tomar la palabra de la reina y fingir que la existencia de los cadáveres a su alrededor no eran más que una ilusión mágica de los humanos, y se habían lanzado sobre Emmet para liberar a Sulspicia de sus colmillos enloquecidos.

Todo sucedió terriblemente rápido. Hay cosas que creo no haber alcanzado a ver, como por ejemplo la enorme reducción de los números enemigos. No supe cómo, ni cuándo, los mestizos eliminaron a sus pares, a aquellos esclavos que habían sido entrenados para la guerra y se habían enfrentado contra nuestra alianza en defensa de las creencias de sus amos. Ellos fueron los primeros en morir. Tiempo después, un par de días tal vez, cuando las cosas se calmaron y comenzamos a acostumbrarnos a la nueva realidad y a los planes del inevitable futuro al que nos habíamos catapultado irrevocablemente, Rossella, una hermosa morena que se levantó como la líder de los mestizos que pelearon en nuestro flanco –y sobrevivieron, me explicó que los soldados mestizos, el Ejército de Giove, eran los encargados de someterlos, sodomizarlos y castigarlos en nombre de la voluntad de los hermanos inmortales. De ahí el odio con el que se enfrentaron ambas aristas de esta misma raza, y de ahí que de los 10 soldados y los 15 esclavos liderados, sólo sobrevivieran 7.

Félix y Demetri, de esto estoy segura porque casi pude intervenir, tomaron a Emmet, cada uno de un hombro, y lo separaron del cuello de la Reina. Imitando el movimiento de su señora, los guerreros lanzaron al fornido vampiro por los aires, y por obra del destino, este rodó a través del cielo de Volterra para caer de lleno contra el asfalto, pero fue salvado justamente por Olivia, quién con sus poderes levitatorios lo hizo flotar a metros del suelo, y luego delicadamente lo posó, con los pies sobre la tierra, cerca de ella para el contra ataque.

- Por favor Olivia –le oí decir a Emmet –mantente al margen, no quiero verte en riesgo vital de nuevo, ¿OK?

- ¿Emmet? –le miró la bruja con una divertida mueca de burla –Yo no soy Bella. A mí no me puedes detener.

Él esbozó una tímida sonrisa de aprobación y deleite, sorpresa coqueta.

- ¿Estás listo para matar algo? –le dijo entonces Olivia antes de hacer sonar sus dagas para afilarlas entre sí.

- Vamos –gruñó el mientras sonreía.

Yo quise interrumpir, puse ya había esbozado el rostro de Rosalie entre la multitud en guerra, mirándolos atónita mientras se coqueteaban, la bruja y el vampiro, pero mi reacción no alcanzó a ser lo suficientemente rápida para poder adelantarme a un imprevisto de tal magnitud. Puesto que en ningún Universo me hubiera imaginado que antes de que Olivia se lanzara a la batalla, Emmet la detendría tomándola del brazo, girándola de improvisto para darle un beso. Un beso largo, precioso si me preguntan, pues él la tenía tomada desde la cintura y con su fuerza sobrenatural la levantaba del piso con toda naturalidad, mientras ella rodeaba su cuello con sus brazos cuidadosamente, consciente de que en cada mano, sus dagas podían hacerle daño si no se preocupaba de los filosos cuchillos que habían en cada una de ellas. Se besaron, Olivia y Emmet, una vez más por varios segundos, segundos mortales para Rosalie, pues se había quedado mirándolos con la estupidez de una mujer celosa en medio de una batalla, y debido a tal evidente descuido no vio venir a Sulspicia, que se acercó a ella lentamente, con el cuello brotando sangre como cordero degollado –por los dientes de Emmet, he de decir -, y sin mayor esfuerzo, con la presión que le tomaría a un niño abrir un paquete de papas fritas, y demorándose los dos segundos que me tomó a mí abalanzarme sobre la Reina a 10 metros desde donde estaba para intentar evitar lo que sabía estaba por suceder, decapitó a Rosalie definitivamente, con un seco e impiadoso movimiento de brazos, deshaciéndose de la cercenada extremidad de mi cuñada, y nuevamente, lanzándola por los aires.

- Mujeres débiles, un asco –le oí murmurar a Sulspicia mientras yo cambiaba de objetivo y me lanzaba sobre el asfalto para detener el rodar de la cabeza de Rosalie.

Alcancé a presionar los rubios rulos de mi hermana antes de que su cabeza se azotara contra el pavimento. El cuello estaba completamente rasgado y brotaba desde su abertura un torrente de sangre animal, con olor a puma y ciervo forestal, y desde sus ojos la misma sustancia escarlata que resbalaba como agua entre mis manos, pero ahí mezclada con un líquido blanquecino que nunca antes había visto.

- Me decapitó, ¿no es así? –me dijo la cabeza de Rosalie.

No pude contener mi asombro y dejé caer la cabeza de mi cuñada.

- ¡Bella! –me gritó desde el piso -¡No seas idiota!

- OH, si, si, Rose, disculpa –susurré mientras la recogía.

- Mi cuerpo Bells, ¿dónde está? –movió sus ojos hacia los lados, intentando encontrar el pedazo que el habían quitado –Por favor recupéralo intacto para poder rearmarme.

- Aquí está tía –la voz de Renesmee estaba agotada, respiraba con dificultad por el peso del cuerpo de su tía vampiresa y ahora estaba cubierta de la sangre que saltaba desde el cuello sin cabeza de Rosalie.

- ¿Estás bien Rosalie? –le pregunté nerviosa y tal vez un poco divertida.

- OH, cállate Bella…

- ¿Rose? ¡Rose! –la quebrada voz de Esme surgió de improviso cerca de nosotras -¿Qué hiciste pedazo de mierda inmortal? –le gritó nuestra madre a la Reina Vulturi que se acercaba a Emmet y Olivia para recuperar el pedazo de cuello que él le había arrancado.

- ¿Qué crees que hice, eh? Le hice un favor a tu hija: verás, estaba mirando al fortachón ese mientras besaba a la humana, y por su cara de asombro supuse que no quería seguir viviendo si su amor ya no la quería. ¿No es así como actúan tus hijos? Al decapitarla le hice un favor, nada más.

- ¿Hiciste qué? –le oí gritar a Emmet sorprendido.

- Genial, ahora se da cuenta –gruñó la cabeza de Rosalie entre mis manos.

- Ok, ¿Rose? Te voy a dejar aquí. Estarás bien, al final alguien vendrá a buscarte y…. bueno, después buscamos el pedazo de cuello que falta para unirte, y… bueno, supongo que Carlisle sabrá como hacer eso –le dije nerviosa. No me gustaba la idea de chorrearme las manos con la sangre de la cabeza decapitada de mi cuñada.

Además, Esme…

- Ya me aburriste, bruja –gruñó Esme entre dientes –esto se acabó.

- Pequeña y dulce Esme –sonrió Sulspicia con un vaivén de su cabeza -¿Quieres pelear conmigo?

Nuestra madre levantó la mirada hacia el cielo y luego fulminó a Sulspicia mostrándole los colmillos.

- No tienes ejército Sulspicia –gruñó Esme –mira a tú alrededor: tus mestizos están siendo eliminados uno por uno, y tu guardia… tu guardia prácticamente ya no existe.

Sulspicia movió los ojos rápidamente hacia los lados, sin soltar la posición de ataque frente a Esme. Efectivamente, a su alrededor todos sus aliados estaban cayendo. Los mestizos del ejército de Giove estaban dispersos, cada uno corriendo para salvarse de sus pares esclavos, que sedientos de venganza y a la vez desnutridos por el hambre que los habían obligado a pasar desde el día en que forzaron su nacimiento, no sólo mataban a los soldados de la guardia, sino que también bebían su sangre hasta dejarlos secos, y luego los descuartizaban para tirarlos a una pila de cenizas de vampiros que Xia se preocupaba de mantener bien alimentada cada vez que un pedazo de inmortal caía entre sus redes.

Los únicos que aún peleaban eran Aro, Giove, Félix y Demetri, además de unos cuatro soldados de la guardia que, aterrorizados aún por las visiones que Zafrina les imponía ante sus ojos, intentaban mantenerse vivos para encontrar una vía de escape, pues estaban rodeados de cadáveres por todos lados, y frente a aquellos enemigos poderosos con rayos, fuego y miles de supersticiones y habilidades físicas se anteponían entre ellos y la salida de la ciudad, la salvación.

- Bueno –susurró Sulspicia –tal vez perdamos, es cierto. ¿Quiere decir eso que me voy a rendir?

A lo lejos, el báculo de Amanda brilló de rojo una vez más.

- Mm... -gimió la Reina –por supuesto que no.

Sulspicia y Esme corrieron la una hacia la otra, con el frenesí y la rabia de la guerra, mostrándose mutuamente los colmillos y colisionando en medio de la plaza principal de Volterra con un fuerte ruido ensordecedor, parecido al que hacían mis familiares cuando jugaban béisbol.

Mientras ellas golpeaban contra las paredes infestadas de cadáveres, y mientras el resto de nosotras las observábamos rasguñarse y sacarse pedazos, a nuestro alrededor la batalla estaba por terminar.

- Aro –dijo Edward con voz tranquila –Ríndete por favor. Ya no hay nada más que hacer, han perdido.

Un mestizo de la guardia se tiró sobre Amanda, pero fue lanzado lejos por una de las corrientes eléctricas de Kate.

- Vade Retro Me, imbécil –gruñó Amanda.

Agrupados todos los sobrevivientes de nuestro ejército estaban en un círculo cerrado al medio de la plaza. Lo que quedaba de la guardia estaba dispersa a lo largo de Volterra, todos corriendo por sus vidas, escapando de los enfurecidos colmillos de los mestizos. Renesmee y yo, después de esconder apropiadamente el cadáver vivo de Rosalie, caminamos hasta donde Esme y Sulspicia seguían batallando, quedando a pocos metros desde donde Edward y Aro conversaban lo que sería su último diálogo.

- Mantente alerta, Nessie –susurré a mi hija –Esme podría necesitar de nuestra ayuda.

- No la necesitará, madre –me contestó desenvainando sus tridentes –es una mujer muy ruda.

- ¿Qué debemos hacer ahora? –preguntó Olivia alcanzando nuestra posición. A su lado, Emmet chequeaba desde lejos el lugar donde yacía Rosalie.

Nada. Estemos atentos por si Jane aparece, pero al resto de los Vulturi no les doy ni diez minutos. Sólo mira a Garret y Kate, parece que estuvieran salivando veneno de tantas ganas que tienen de matar a Aro.

A pocos metros de nuestra posición, Kate lanzaba rayos a los vampiros que divisaba a lo lejos, mientras que Garret caminaba amenazante de un lado a otro, Edward y Aro seguían en su inútil conversación.

- ¿Por qué no lo mata y ya? –murmuró Emmet.

- Probablemente esté intentando dilucidar la posible ubicación de Jane.

- Yo creo que ya se fue –dijo Jasper mientras caminaba hacia nosotros para resguardar la pelea entre Esme y Sulspicia –debe estar fuera de las murallas de la ciudad. Probablemente los brujos que están afuera ya la mataron.

Las dos vampiresas se habían rasgado la cara, ambas sangraban en la comisura de la boca y ninguna parecía ganar terreno sobre la otra.

- No Jaz, Jane sigue aquí –contestó Alice desde mi espalda –la veo morir. No sé por qué puedo verla, pero ha decidido dar un golpe más, aún cuando le cueste la vida.

De pronto, un rugido ensordecedor detuvo nuestra conversación. Un grito familiar, el recuerdo horroroso de los ojos de Bree antes de que muriera años atrás en el campo donde nos enfrentamos con los neófitos, el dolor de María al ser decapitada por su madre, el olor a la sangre de Rosalie chorreando desde mis dedos: era la muerte, el sonido del morir de una mujer vampiro.

El cuerpo de Sulspicia osciló antes de desparramarse envuelto en sangre sobre el suelo. Su cabeza volaba sobre los aires cuando Olivia la tomó, gritando de dolor y de odio en un idioma que no reconocí. La bruja, con lo que quedaba de Sulspicia entre las manos, dejó escapar una risa sofocada entre los labios, le dijo "Adiós, bruja", y luego incineró la rubia cabellera de la Reina Vulturi hasta el cráneo, reduciendo el cerebro de la vampiresa a una pila de ceniza a sus pies. En cuanto la cabeza desapareció, Elisa y Gabriel se apresuraron a desmembrar el cuerpo, y a medida que le iban lanzando los pedazos a Xia, esta los iba incinerando en el aire antes de que llegaran a hasta ella.

- Ese es un trabajo bien hecho –se burló Emmet.

- ¡Sulspicia! –gritó Aro desesperado -¡No! No… -susurró y cayó de rodillas, escondiendo la cara entre sus manos.

Cuando el único Vulturi que sobrevivía se dio por derrotado, Félix y Demetri, los dos únicos miembros de la guardia que permanecían con vida, salieron corriendo hacia las puertas de Volterra.

- ¡Jasper que no se escapen! –gritó Emmet, y ambos salieron a la carrera detrás de los desertores.

Lentamente, todos los sobrevivientes rodearon a Aro. Él seguía arrodillado en el suelo, sin hacer comentarios. Sin llorar, ni respirar, tan solo escondido entre sus manos. A su alrededor, Edward y Esme, Lucas, Kate, Garret, Tanya, Alice.

Estaba decidiendo qué hacer con él, cuando inerrumpió el momento un grave grito, el último que escuchamos esa noche.

Nunca lo olvidaré.

Rosalie alcanzó a gritar, "¡Cuidado! ¡Detrás de ti!", hacia Amanda que se había acercado a ella para ayudarla, sin darse cuenta que Jane venía detrás. La vampiresa la tomó por el cuello, y hundió sus dientes sobre su yugular.

Bebió de ella todo lo que pudo antes de que nos diéramos cuenta, y escapó.

Amanda cayó primero de rodillas. Temblando se tomó la herida sangrante del cuello: miró lentamente sus manos, con los ojos fijos más allá del rojo que sostenía. Lucas corrió hacia ella y se hincó para auxiliarla. Pero era demasiado tarde.

- Lo siento tanto, amor…

- No, Amanda…. Amanda….

Con un feroz grito de dolor la sacerdotisa se desplomó sobre los brazos de su marido. Su cabeza cayó hacia atrás, antes de que, un par de segundos después, su cuerpo entero comenzara a sufrir convulsiones y su vos se transformara en gemidos y alaridos de dolor.

Frente a Amanda, me encontraba absolutamente paralizada. La sacerdotisa, agonizante en el suelo se convertiría en neófita o moriría en el intento, y de alguna manera, a pesar de tener a mi hija y a mi marido con vida y victoriosos a mi lado, sentía que la inminente muerte de Amanda era para mí, para todos, un fracaso de último minuto.

- ¡Agárrenlo! –gritó de pronto Edward a mis espaldas.

Aro había escapado, aprovechando la ventana que Jane le estaba otorgando. Corría ahora a toda velocidad para salir por las puertas laterales de la ciudad. Me volteé para verle escapar, mientras era perseguido por Emmet, Jasper y Edward.

- ¡Bella! –me gritó de pronto Alice.

Me giré y vi a Jane corriendo en sentido contrario a su rey. Inmediatamente me lancé a perseguirla dejando atrás las voces agonizantes de Amanda y Lucas. Ella se movía rápidamente, sorteando en zigzag los distintos pilares antiguos de la ciudad. Corría sin mirar atrás a sus perseguidores. Yo misma tampoco sabía quién estaba conmigo tras Jane, pues no podía darme el lujo de distraerme de mi objetivo. Pero de pronto y a una velocidad que nunca le había visto alcanzar, Reneesme apareció corriendo a mi lado con sus tridentes empuñados hacia delante. Profirió un grito feroz, desde el fondo de su garganta, y con él estiró el brazo y lanzóuno de sus tridentes hacia el frente: preciso en su objetivo, el arma de tres puntas perforó la nuca de Jane en tres lugares y la hizo caer al suelo.

Me apresuré hacia la caída vampiresa y me lancé sobre su cuerpo en el suelo. Saqué el tridente de su cuello, lo arrojé lejos y luego, mientras ella gritaba de dolor, me acuclillé sobre su espalda y le arranqué la cabeza de los hombros. Una vez que la tuve en mis manos, la cara de Jane se incendió espontáneamente y no tuve que preocuparme de ella. Ante de que pudiera ponerme de pie para continuar mi tarea de descuartizar lo que quedaba de la vampiresa, alguien la arrastró por debajo de mi cuerpo. Me giré para ver cómo Renesmee, con la ágil ayuda del tridente que aún poseía, cercenaba cada extremidad del cuerpo de Jane, y a medida que la iba separando en pedazos los restos se prendían fuego por arte de la magia de mi hija. En pocos segundos, la gemela bruja había pasado a la historia.

Me acerqué a Renesmee, que tras terminar la tarea se había quedado hincada sobre el cemento. Estiré mi mano para ayudarla a ponerse de pie.

- No digas nada mamá. No digas ninguna sola broma, nada –desde sus ojos brotaron lágrimas, unas tras otras, descontroladas –No digas nada aún…

- Nessie… -susurré suavemente y le apreté una mano –volvamos donde Amanda.