Aquí el segundo capitulo después de años, perdón la demora

Nada me pertenece a excepción de la historia.


Mi pequeño mono

Un nuevo amanecer se posó sobre las solitarias calles de Paris, dando comienzo a un nuevo día, por toda la ciudad cada residente dio grata bienvenida a los cálidos rayos del sol empezando así a su jornada, desde niños a ancianos. Una de esas tantas personas era Meg Giry, tan solo fue necesario una suave caricia de luz sobre sus tupidas pestañas para que sus parpados se retirasen casi de un salto dejando al desnudo sus ojos. El día anterior había sido tan abrumador como un tornado, lleno de emociones encontradas y dejando a tras un aire de melancolía, su encuentro con el fantasma fue tan pasmoso que su cerebro había tomado la mitad de sus horas de sueño para poder asimilarlo, aun mas insólito fue que eso no evito que lograra despertar al alba lista para un segundo encuentro. El sentimiento de expectación mantuvo su corazón en un constante golpeteo casi toda la mañana durante sus tareas matutinas usuales; limpiar la pequeña casa que poseía, ubicada a tan solo cinco cuadras al este de la casa de ópera, preparar e ingerir su almuerzo, hacer las compras y buscar un empleo, uno que no tuviese que ver con el cuidado de los pequeños niños de madame Artois, una amable pero estricta señora de sociedad, su esposo era un doctor hermano menor de algún duque y entre tantas fiestas, necesitaba de una institutriz urgente para sus dos hijas, pero al parecer había una considerable escases de dichas en la ciudad por lo que le ofreció temporalmente un trabajo de nana a Meg, lo que termino siendo un timo para la rubia porque termino haciéndose cargo no solo de sus dos hijas sino también de sus tres hermanos, con único consuelo de compartir el empleo con otras dos doncellas de la casa por lo que no tenía que estar de día a noche al servicio de los Artois, la paga era buena sin embargo no podía esperar encontrar trabajo en algún teatro sin importar lo modesto, porque aun en su juventud Meg Giry sabía que su lugar estaba en los escenarios no encerrada tras cuatro paredes siendo nana mientras los años la consumen. Después de todo su madre la había dejado en Paris para eso, para ser una bailarina.

Justo al medio día, cuando no tenía una sola actividad que le sirviese como excusa, decidió preparar una cesta con alimentos suficientes para ella y el curioso personaje que estaba por visitar, el día anterior apenas pudo pensar frente el ofuscamiento de verse ante aquel hombre desfalleciendo por hambre, para su suerte sus pies actuaron antes que su conciencia pero esta vez iría preparada aun cuando no sabía si sería correcto asumir que el fantasma no hubiese adquirido alimento alguno desde su separación el día anterior. Hacían años que no se sentía tan emocionada y horriblemente asustada por un mismo acontecimiento, justo como cuando tuvo su primera lección de ballet con su madre a sus cortos ocho años, no podía ocultar su felicidad sin embargo el temor por la incertidumbre de como fuese a resultar también retumbaba en todos sus huesos. Apenas pudo contener la trepidación de su cuerpo con cada paso que la acercaba a la guarida del fantasma y justo cuando se encontró en las ruinas de la ópera, se preguntó si aquel ser tan intrigante respondería a otro apelativo diferente a "Fantasma", se preguntó si él tendría nombre.

Él miro a las teclas con desesperación, hastiado, sobrecogido, descorazonado. No entendía como su música le rehuía cual oveja a un lobo, ella que antaño solía ser su compañera casi como su propia alma. Es que acaso su propia alma lo había abandonado asqueada del ser repúgnate que era, como un suicidio decidiendo que no sería más parte de algo tan sucio como lo era su vida. Recargo su cabeza sobre las teclas causando un desentonado sonido chillón y sopeso la decisión de principiar nuevamente su búsqueda de su música en la oscuridad que lo cubría con excepción de unas cuantas velas. Trato de recordar cómo había iniciado hace tantos años a escuchar en su cabeza sus amadas melodías, en ese tiempo su único consuelo de una vida miserable; recordó cuando conoció a su Christine, cuando conoció su voz, la música pasó de ser tenues colores en su cabeza a ser una explosión de sensaciones, matices, olores, sabores. Fue como ser ciego y de repente conseguir vista casi divina. Cuando la música llego a él por primera vez fue esperanza, cuando la descubrió en Christine fue pura belleza, pero ahora que perdió esa belleza y esa esperanza también no sabía cómo encontrarla o como ella lo encontraría. Y por primera vez desde que se levantó de aquella catacumba recordó a la insufrible mocosa, que fue la que lo trajo a ese predicamento que lo estaba comiendo por dentro y, como si fuese cosa de magia, aquella rubia apareció por la entrada de la cueva. Tan irritantemente blanca como ayer.

Meg se quedó congelada al toparse fortuitamente con unos ojos oscuros, justo al momento de situarse en el portal de la cueva, por efímeros instantes se preguntó alarmada sí era acaso que él sabía que ella venia, sí como corrían los rumores de que él era un ser sobrenatural; pero solo falto un fugaz recuerdo de la tarde anterior para disipar todas esos absurdos pensamientos. Habiendo pasado un par de segundos la rubia decidió armarse de valor y dar un par de pasos al frente, acto seguido hizo una ligera reverencia mientras de sus finos, pero a este punto secos labios decidieron emitir sonido – Buenas tardes maestro, como se encuentra?- la pregunta escapo de su garganta y fue llevada a los oídos del fantasma tan ligeras como el soplo del viento en una pradera.

Erik solo se quedó ahí mirando a Meg como si esta se tratara de un animalillo que le imploraba por un poco de atención y él no estaba aún seguro de querer dársela, decidido que la criatura de sol no podía infringirle mayor calamidad que el mismo, giro la cabeza de vuelta al piano y se mantuvo en silencio. Insegura de cómo interpretar el gesto decidió tomar asiento justo en el punto donde estaba parada, así paso minutos observando al genio posar sus manos en las tecas generando diversos y complejos sonidos. La bella bailarina no podía siquiera parpadear, podía casi jurar que el viento se pintaba de colores cual arcoíris con cada melodía, aire como alguna vez lo vio en famosas pinturas que no podía comprender del todo pero aun así la deslumbraban y pensó que esto debería ser lo más cercano de ver un milagro de Dios, sin previo aviso sus manos tomaron vida y en cuanto las notas dejaron de sonar fueron remplazadas por sus manos entonando un vigoroso aplauso cuyo eco lleno las paredes de la cueva.

La reacción del fantasma fue inmediata, con ojos rojos de ira fulmino a Meg claramente ofendido. Confundida la rubia no pudo más que levantarse del suelo como si de repente este se hubiera convertido en lava ardiente bajo sus pies.- ¿¡ A caso te burlas de mí!?- grito colérico el hombre causando un estremecimiento en ella que le llego hasta la punta de sus cabellos y se encogió sobre sí misma. Apresuradamente trato de enmendar su error pero ante el desconocimiento del mismo empezó a barbotar apresuradamente lo primero que se asomó por su cabeza.

-Lamento si lo ofendí maestro, es solo que sus piezas son tan magnificas que mi cuerpo reacciono solo, antes de que yo pudiese darme cuenta que…- no pudo terminar porque enseguida se escuchó un manotazo sobre el piano

-¡Esto no se acerca para nada a la magnificencia, si tú piensas que es así entonces siento pena por ti, la música me ha abandonado, no se deja encontrar, caprichosa y cruel como es. Solo puedo producir esta clase de sonidos vacíos, carentes de toda vida!- la desesperación se estaba apoderando de él y aquella niña insolente solo lo empeoraba- ¡Tú no puedes entenderlo porque jamás has oído la música en la oscuridad, tu solo estas acostumbrada aquella fría música en la que seres de luz como tú se sienten tan cómodos, es sucia y superficial, por eso no entiendes como el llamar a esto maravilloso es una blasfemia en sí mismo!- Tanta fue la fuerza que uso al vociferar el pelinegro que al terminar sus hombros subían y bajaban con su errático respirar.

Meg estaba claramente más confundida, que asustada a este punto, lo único que pudo entender del fantasma fue que su música recién tocada no era nada comparada con la del pasado, asombrada se preguntó qué tan bella podría ser es música de la que hablaba incesablemente y sintió pena por el hombre que había perdido algo tan hermoso y por ella misma que no había podido oírlo. Estimando que el frustrado compositor esperaba una respuesta de ella decidió decir lo único que tenía sentido en su cabeza – por…¿por qué ya no puede tocar esa música?-

Erik la miro como si de repente le hubiera salido un tercer ojo y enseguida respondió lo que para él era lo más obvio del mundo- porque perdí mi ángel de música- ahora fue le pequeña bailarina la que lo miro extrañada

-Yo también perdí a Christine y aun puedo bailar, además madre me dijo que usted componía desde hace muchos años, antes de conocerla, no?- Pregunto curiosa mientras ladeaba su cabeza con sus cabellos cayendo cual cascada de oro. El fantasma la miro y sin notarlo también ladeo la cabeza mirando a Meg como si la mirase por primera vez, como a un curioso ser.

- Niña ven aquí – ordeno el hombre mientras gesticulaba con su cabeza, algo nerviosa y emocionada la bailarina comenzó a moverse del lugar donde había estado posicionada desde su llegada, con pasos gráciles y canasta en brazos se dirigió a la tabla que servía como puente entre la entrada y la pequeña isla donde se encontraba el piano junto a su enigmático dueño. Una vez del otro lado Meg dudo por un momento sopesando que tan cerca debía estar del hombre – más cerca- otra orden voló hacia ella, y ella la acato enseguida. Su estómago era una tormenta y sus ojos eran incapaces de mirar fijamente al enmascarado, ella imagino que esto se sentiría la gente que tiene trato general con los nobles. Sus cavilaciones fueron interrumpidas por otra orden – Canta- dijo él, ella parpadeo.

- ¿Dusculpe?- la jovencita batía sus pestañas con confusión como si de alguna forma eso la fuese a iluminar de algún modo

- Dime tu cabeza no funciona adecuadamente o son tus odios- la voz de Erik sonaba entre exasperada y seria como si realmente le preguntase si había algo mal con ella, lo que molesto ligeramente a Meg

- Tanto mis oídos como mi cabeza funcionan bien señor, solo no entendí de donde salió su repentina petición – explico entre ofendida y avergonzada dando espacio seguido a un silencio entre ambos

- ¿Vas a cantar o no?- pregunto de nuevo el fantasma, aún continuaba sentado frente al piano, más sin embargo su torso y cabeza apuntaban directo a la dirección de Meg, sobrecogida por la oscura mirada del hombre sobre ella decidió obedecer y comenzó a entonar una de las tantas canciones que les dedicaba a los niños Artois, no pudo llegar a la segunda estrofa cuando el oscuro ser levanto la mano y sentencio – ¡Detente, suenas deplorable!- y así reino el silencio hasta que de nuevo él lo rompió- No eres ni la mitad de bella que Christine, pero sin duda tienes cierta cohesión que es intrigante, sin embargo tu voz tampoco es extraordinaria- expreso con displicencia el fantasma – En ti no vive la música y no tienes forma de expresarla, cuando te oigo, escucho silencio- en cuanto termino de hablar Meg se quitó la capucha que se sostenía sobre su blanco vestido y deposito la canasta de comida delicadamente en el suelo, camino hasta la parte más amplia y despejada a un par de metros del piano, entonces por primera vez desde que llego miro directamente a los ojos al fantasma de la opera con rostro sereno y sonrisa amable.

- Es cierto no soy tan bella como Christine y tampoco soy una cantante de ópera, jamás cumplí con las expectativas de mi madre y la perdí a ella tanto como perdí a Christine, mi único camino en la vida era complacer a la primera y estar al lado de la segunda. Cualquiera diría que soy un fracaso, que debiese empezar por ser más condescendiente conmigo misma; pero yo no soy así, yo quiero brindarle felicidad a todo el que tenga a mí alrededor, eso es lo que a mí me trae verdadera dicha, y la forma que tengo para transmitirlo es mi baile, mi cuerpo, mi alma y corazón.- sus ojos brillaron cual zafiros durante cada silaba pronunciaba, mientras las palabras se deslizaban cálidas de sus labios y el enmascarado no podía ocultar su turbación

- ¡Que imprecación sale venenosa de tus labios! Nadie es capaz de eso y aun siéndolo, como puede causarte júbilo tal aberración, al final tu serás la que sea azotada por la maldad de las personas, tomaran lo que les das y lo utilizaran cual dagas contra tu indefensa piel, lloraras lágrimas de sangre, darás toda felicidad de tu alma a quienes no sienten mínimo de agrado por ti y te quedaras sin un poco para ti, cuando estas vacía y no quede nada dentro de tu ser para ofrecerles, te desecharan como al caparazón de una tortuga de la que se hicieron una sopa! – Para el final de su reproche el espectro estaba completamente erguido con su cuerpo temblando de ira contenida, no hacia la rubia bailarina sino al mundo exterior que era un mar de monstruos crueles, amenazante se inclinó hacia la doncella más sin dar un paso en su dirección. Lo primero que vio en respuesta fue una suave sonrisa que ilumino todo su rostro.

- Eso no va a pasar, porque como el egoísmo no puede cosechar felicidad, el amor puede dar más amor, al menos el verdadero si puede. Permítame demostrarle que soy capaza de ello- Acto seguido, sus pies se colocaron en pointe, y en el tiempo que te toma el solo un parpadeo no solo sus pies se movían, lo hacían sus manos, brazos, su delicada cintura, sus piernas, su dorado cabello y por todo lo bueno que pudiese existir en este mundo condenado, también sus ojos parecían danzar. Giros, poses y ligeros saltos; el fantasma tenía miedo a parpadear, sus ojos veían al aire girar alrededor acariciando cada centímetro de Meg Giry como si fuese un dueto perfecto, mágico. Incontables veces había visto sin fin de bailes en la casa de opera efectuados por todo tipo de doncellas, incluso la propia Christine, pero en aquellos fugaces momentos siempre se encontraban opacados por soberanas voces y su propia música, por lo que no causaban mayor impresión en él, quien notaria los paso de Christine Dae después de escuchar su voz; pero en este preciso instante donde hay solo tenue luz, donde la música simplemente está ausente y solo existe el cuerpo de la rubia para dar forma a un mundo de beldades divinas Erik pudo sentir que había ignorado un bello zafiro por centrarse en el suntuoso diamante, noto que siempre había encontrado desesperante que aun cuando su música era exquisita, néctar para el alma, las palabras jamás eran suficientes para hacerle justicia a sus melodías, siempre se resignó a creer que no habría forma de hallar la perfección entre música y letra, sin embargo aquí y ahora noto que el cuerpo de esa mujer si podía, porque a diferencia de las palabras no era elemental y más importante aún, porque estaba vivo. Era un ser con alma, con esencia y vivo en cada movimiento y tampoco había palabras para describirlo.

Por primera vez el fantasma pensó que aquella actividad conocida como baile no era burdo, ni vulgar, sino la respuesta del alama humana a la música, reacción que se concretaba en el cuerpo. Tan rápido como pudo se coloco tras el piano, mientras Meg continuaba su danzar ignorante del mar de pensamientos en la cabeza del espectro. El fantasma toco lo primero que sus dedos alcanzaron a interpretar, poco importaba lo que fuese solo quería ver la respuesta de esa alma ante la música, su música. Desconcertada por el repentino sonido, la rubia paro por segundos anonadada- No te detengas!- ordeno él sin necesitar ni facción de segundo para que la jovencita obedeciera, no supo cuánto tiempo estuvo tocando melodías sin rumbo, tan variadas unas de otras, felices, melancólicas, iracundas; y Meg danzo en respuesta a cada una de ellas. Llego el punto donde el hombre de negros cabello tocaba su piano mirando entera y absortamente a la mujer rubia, que por ninguna fracción de tiempo se detuvo. Era asombroso, era como si la música hubiera tomado posesión de aquel cuerpo para cobrar vida en el, para poder materializarse en este mundo, para poder verlo a él. Con ese último pensamiento detuvo sus dedos y no se oyó sonido alguno aparte del fuerte respirar de la bella rubia, quien cansada se sentó delicadamente sobre el suelo.

-¿Cual dijiste que es tu nombre niña?- pregunto el hombre mirando fijamente a la chica

-Meg Giryñ, ¿Cuál es el suyo señor?- El espectro se sorprendió al descubrirse expuesto a la misma pregunta, no suponía que nadie desease llamarle de otra forma que "fantasma" o que le interesase si poseía un nombre.

-Soy Erik- respondió parco, Meg lo sonrió ante la respuesta.- Tú me vas a ayudar con mi música, a cambio yo escribiré piezas para que tú las intérpretes, podrás hacer lo que quieras con ellas serán tuyas, ¿aceptas?- camino hacia donde ella se encontraba y le tendió su mano como un claro indicio de sus disposición al trato. Meg estaba confundida pero emocionada, aunque no estaba completamente segura de que hacer con las piezas que el fantasma le prometía, pero eso era lo menos importante, ella quería continuar viendo a aquel genio crear tal bella música. A todo aquello sumándole el hecho que aquel hombre que su madre solía idolatrar había reconocido su talento, no había forma de negarse-

- Claro señor Erik, será un honor, maestro- tomo su mano y se levantó del gélido suelo- pero dígame ¿cómo voy yo ayudarle?- inquirió asegura mientras tomaba la cesta olvidada de comida y la inspeccionaba lista para comer su contenido.

- Vendrás aquí todos los días, sin falta, de noche a día, bailaras cuando, como y donde yo lo diga, harás todo lo que yo te diga sin protesta alguna; como parece ser tu deseo me darás toda la inspiración que yo desee y necesite hasta que ya no te necesite más- la expresión del hombre, o al menos lo que se notaba por la máscara, era severa, Meg parpadeo un par de veces antes de contestar.

-muy bien maestro, pero a cambio quisiera pedirle algo más que las piezas de música, quisiera pedir si no es agravio para usted, si podría enseñarme a tocar el piano? – con cada palabra de su petición Meg se encogía poco a poco sobre su cuerpo. El fantasma no se movió, pensó y decidió de inmediato.

- si ese es tu deseo, no habrá problema conmigo, sin embargo no puedo asegurar que alguien como tú, que apenas tiene las habilidades de un mono que baila al son de la música pueda llegar a dominar ese arte. Pero te enseñare mi pequeño mono.- dicho eso el fantasma tomo la manzana roja cual carmín de la canasta en brazos de la rubia y le dio una mordida.

- ¿Mono, Porque me llama así?- Meg parpadeaba entre pasmada e incómoda por el aparente insulto, sin mencionar que tomo la manzana que ella planeaba degustar.

- Te llamare así de ahora en adelante Meg, eres como un pequeño animalillo indiferente a los horrores del mundo, suplicante de amor, curioso, como dije bailas al son de la música con el único fin de entretener a otros y eres mi ayudante aprendiz, mi pequeño mono- respondió Erik casi jovial al tiempo que con su mano tomaba un mecho de su rubio cabello. Meg estaba a punto de protestar pero decidió dejarlo pasar, según supo él jamás dejo de llamar a Christine su ángel de música y probablemente pelear con el sería tan inútil como razonar con un niño, además hay peores formas de llamar a una persona, como monstruo o fantasma.

-Muy bien maestro si eso le complace- dijo lo más son riente posible la bailarina, sorprendiendo ligeramente al fantasma por su reacción, espero encontrarla más ofendida- dígame maestro cree que podamos iniciar ahora con las lecciones?- la emoción se apodero de ella al pensar en poder tocar con sus dedos las bellas teclas del acabado piano.

- No, es hora que te vayas pequeño mono, aun no estas acostumbrada a estar bajo tierra y no tienes la percepción de cuánto tiempo ha transcurrido aquí, casi es hora de que todos arriba se retiren a sus moradas, y aunque tenemos un trato no es mi deseo que pases aquí la noche, adiós- terminado de hablar, Erik se sentó de nueva cuenta frente al piano dirigiéndole toda su atención. Presurosa y en un rápido movimiento Meg dejo la cesta de comida sobre el piano, mientras se dirigía en un ligero trote a la salida de la cueva.

-Nos..nos veremos mañana maestro- aunque sonó más como una pregunta de lo que ella hubiera deseado, se sintió aliviada cunado el hombre dio un pequeño gesto con su cabeza hacia su dirección, contenta giro sobre sus talones- Adiós señor Erik- y con ello se desvaneció en la oscuridad de las catacumbas. Erik presto atención al sonido de sus paso y se preguntó si alguna vez dejarían de sonarle como a una melodía, giro su cabeza y observo detenidamente al mono de juguete que descansaba sobre un pequeño mueble de madera, sin duda Meg no era como un mono, pero ni por asomo se trataba de un ángel como lo fue Christine, si tuviera que comprarla con algo lo único que podía llegar a su cabeza era un hada, como aquellas de las que escucho en su tiempo con los gitanos. Hadas, seres mágicos y engañosos, según decían aquellos que aclamaban haberlas visto ellas eran justo como cualquier persona, solo que excepcionalmente atrayente por su belleza, inofensivos a la vista, pero en cuanto usan su magia sobre ti ya no hay salida, estas atrapado y tú alma les pertenece. Si en definitiva Meg era como un hada, nada demasiado extraordinario en un primer plano pero con cierta magia por dentro, por supuesto que Erik jamás se lo diría, que ella era un hada, simplemente porque ya no confiaba en Ángeles y mucho menos en hadas. Prefería que fuese un simple mono, así él ahora tenía dos pequeños monos que le harían compañía, y con ese último pensamiento dirigió sus manos al piano para continuar con su búsqueda.