.

~ Los grises de Panem ~

2. La chispa

.

Bostezo y me revuelvo el pelo. Salgo del baño sin mirar bien por dónde voy. No he dormido casi nada esta noche, supongo que por los nervios. Me encuentro a Prim de camino al comedor y se cuelga de mi brazo, parece contenta.

—Peeta, creo que me van a formar para que sea médico —me dice—. Como ayudaba a mamá ya sé muchas cosas y me van a subir varios cursos…

—Eso es fantástico, ¡felicidades! —Le revuelvo el pelo con mi mano libre.

Ella va dando saltitos y me cuenta los detalles. Cuando ya estamos llegando a nuestro destino, se para de golpe, seria.

—No se lo he dicho a Katniss.

—¿Por qué?

—Creo que no le gustará. Siempre dice que no tenga prisa en crecer…

—Supongo que los tiempos que vivimos nos obligan a ciertas cosas.

—¿Puedes decírselo tú? —pregunta, con timidez—. A ti te escucha.

Sonrío ante esa declaración. Asiento con la cabeza y entramos juntos al comedor. Katniss pone gesto cariñoso al vernos así cogidos, después hunde la cara en su plato de gachas. Me siento a su lado y pego mi hombro al suyo.

—¿Nerviosa, preciosa?

—Por mí no.

Frunzo el ceño, mientras remuevo esta pasta con mala pinta que voy a tragar. Miro hacia mis hermanos, que acaban de llegar, pero están distraídos hablando con Prim.

—¿Temes que no sea lo bastante bueno y no pueda ir contigo? —Es lo que me asusta a mí, he soñado toda la noche con eso.

—No. Temo que sí lo seas.

Es como una puñalada en el corazón. Quizá suene exagerado, pero esto duele más que todas las palizas de mi madre o los golpes en los entrenamientos. Creí que quería que fuera con ella, puede que no sienta por mí lo que me gustaría pero al menos pensaba que me había ganado su amistad.

Me muevo despacio hacia la derecha en el banco, para dejar de estar pegado a Katniss. Siento que me mira pero no le devuelvo el gesto. Me llama en voz baja, no tengo fuerzas para contestar. La escucho resoplar antes de darle el resto de su desayuno a su hermana y marcharse con paso fuerte. Está muy enfadada.

—¿Os habéis peleado? —Tax me mira extrañado.

—No.

—Pues no es lo que parece.

—He dicho que no, Tax.

Prim se muerde el labio e intercambia una mirada con mi hermano Phy, él suspira.

—Peeta, déjate de tonterías y ve a hablar con ella. —Es la primera vez que me dice algo así desde que llegamos al Trece—. Si yo pudiera volver atrás… diría muchas cosas a mi novia. Estábamos enfadados antes de que nos marcháramos del Doce, no sé qué pensará de mí.

Eso no lo sabía. Clava sus ojos, tan parecidos a los de papá y a los míos propios, en mí. Y me sonríe un poco.

El gesto basta. Sé que me está pidiendo disculpas.

Me pongo de pie y le doy una palmada en la espalda al pasar por su lado. No le guardo rencor, si la situación hubiera sido distinta quizá yo hubiera reaccionado igual. Qué digo, claro que lo habría hecho. Si ahora, que Katniss es solo mi amiga (o al menos eso creo), me separan de ella sufriría muchísimo.

Es por eso que tengo miedo.

Intento pensar dónde puede haber ido, conociéndola se habrá escondido en algún rincón a mascullar entre dientes. Decido buscar en el armario de material escolar, pero alguien me intercepta en un pasillo y me aprisiona contra la pared.

Es increíble la fuerza que tiene para ser tan pequeña.

—No me has dejado explicártelo —me recrimina Katniss, enfadada.

—No soy yo quien se ha marchado hecho una furia. Venía a buscarte.

Se queda en silencio, se aparta un poco de mí y empieza a tener un tic en la pierna. Son sus reacciones cuando tiene que hablar de cosas que no le gustan. Principalmente de sentimientos.

Es una cosa que nunca entenderé. No debería avergonzarnos lo que sentimos, es algo puro, es lo más sincero que puede existir porque nosotros no podemos controlarlo. Cada emoción que tengo cuando estoy a su lado, cuando frunce el ceño al concentrarse o me fulmina con la mirada cuando me meto con ella, es demasiado valiosa como para avergonzarme.

Levanto la mano y recorro con las yemas de los dedos su mandíbula.

—Si no quieres que vaya contigo, puedes decírmelo —digo, con dolor—. No me importa, lo entenderé. Y lo siento si te he obligado a que seas mi amiga. Pensé que habías llegado a apreciar mi compañía, al menos un poco.

De un manotazo rompe nuestro contacto. Después me agarra la barbilla para que la mire a los ojos. Casi me da miedo, creo que nunca la había visto tan furiosa.

—¡¿Cómo puedes ser tan idiota a veces?! Peeta, claro que me gusta estar contigo. Claro que somos amigos. Deja de decir estupideces. —Se sonroja y vuelve a alejarse. A mí se me escapa una sonrisa—. Uf, qué difícil es decir estas cosas. Si estoy preocupada es… porque siento que te he arrastrado conmigo a algo peligroso. Tú hubieras estado mejor aquí, a salvo, con tu familia.

Me gustaría decirle que mi mundo solo gira a su alrededor, que no me imagino ya un solo día en el que me levante y no vea su cara somnolienta, que soy un adicto a sus escasas risas. Pero quizá es demasiado fuerte para un recién reconocido amigo.

—Katniss, te lo dije. Quiero ir contigo.

—¿Por qué? —Baja la cabeza, está preocupada de verdad.

—Porque no voy a dejarte sola. Porque yo también quiero un mundo mejor. Porque vamos a hacer un buen equipo.

Apoya la frente en mi pecho. Paso una mano por su nuca.

—¿Lo prometes? —me pide.

—¿El qué?

—¿Te quedarás conmigo?

—Siempre.

~ · ~

Esa misma tarde nos llaman de la Sala de Mando. Creo que Haymitch ha tenido algo que ver, porque cuando nos nombran agentes especiales, una forma suave de decir espías, ya nos han asignado el uno al otro como pareja.

Pasamos dos días encerrados en un compartimento especial, leyendo informes, aprendiendo nombres y caras, conociendo los contactos que nos ayudarán si hay problemas y sabiendo qué capitolinos están en el bando rebelde. Me parece algo peligroso darnos tanta información, aunque supongo que no será toda. Deben confiar bastante en nosotros, quizá pensando que tienen nuestra lealtad incondicional por habernos librado de los Juegos. Me pregunto si por esa razón nos ayudaron.

Supongo que estamos en deuda. Y Katniss es de las que las recuerda hasta que las salda.

La despedida con mi familia es tranquila. Papá llora un poco y Tax parece emocionado, pero están más orgullosos que tristes. Mi madre sigue tan fría como siempre y Phy me pide que me cuide, yo prometo hacerlo y me llevo las pocas pertenencias que me permiten.

Es mucho más dura la despedida de la familia de Katniss. Prim me abraza entre lágrimas, la señora Everdeen también, ambas me piden que cuide de Katniss. No hace falta que lo digan, saben que haré lo que sea por protegerla. Ella intenta contener el llanto pero está a punto de quebrarse cada vez que su hermana la abraza. Consigue escaparse media hora más tarde y le doy la mano para tranquilizarla. Aprieta nuestros dedos con fuerza durante todo el viaje.

Nos dan la documentación falsa. El aerodeslizador para en medio de ninguna parte y nos cambiamos a otro que viene desde el Capitolio. Nos han asignado un apartamento en la zona central, en teoría somos los primos de Abraxas Crowe, un capitolino con bastante dinero que vive recluido por una enfermedad mental. Y hasta ahí es cierto, solo que las personas por las que nos haremos pasar nunca han existido. Pero él tiene demasiada demencia para poder decir la verdad, así que nosotros en teoría nos hemos mudado para gestionar su fortuna, por ser su única familia.

Y aquí estamos, Orissa y Aiden Crowe.

~ · ~

Me despierto en medio de la noche. No creo que haya soñado nada, debe ser que el colchón es demasiado cómodo para mí. Las sábanas de satén, el pijama de seda, un olor permanente a perfume.

Me pongo una bata y salgo de la habitación para calentarme un vaso de leche. Un lujo que apenas he disfrutado en toda mi vida. Encuentro a Katniss en la cocina, con una taza humeante en las manos que, por el olor, debe ser chocolate.

—¿No puedes dormir?

Da un respingo, no me ha escuchado llegar. Me rio ligeramente y me siento en el taburete que hay a su lado. Suspira.

—Es tan extraño todo… me costará acostumbrarme. Podemos comer y beber lo que queramos, mientras en el Doce se mueren de hambre y en el Trece tragan esas papillas insípidas… Siento que no es justo.

—Así que era eso. Llevas pensativa desde que llegamos, aunque déjame decirte que actuaste como toda una capitolina al echar entre gritos a los avox.

—¡Me niego a tener esclavos! Además, sería peligroso por si nos descubren.

Me tiende la taza y doy un sorbo. Debe ser una de las cosas más ricas que he probado en toda mi vida. Sé que debería sentirme mal, pero la culpabilidad está bastante enterrada entre las emociones que me genera el vivir con Katniss. Entiendo lo que dice, yo tampoco estoy a gusto rodeado de tanto lujo cuando hay muchos que no podrían ni soñar con esto. Pero pensarlo no ayudará.

—Creo que deberías relajarte y disfrutar de las comodidades, porque no va a cambiar nada que te cuestiones si es justo o no —digo, devolviéndole el chocolate caliente—. Te recuerdo que hemos venido a arriesgar nuestras vidas, no a pasar el rato.

Asiente con la cabeza. Me pongo en pie para servirme un vaso de leche, pensando que probablemente viene de vacas ordeñadas en el Distrito 10. Me sabe más amarga de lo que debería, pero sé que es solo cosa de mi mente.

—Pee… Aiden —me llama, una de las primeras cosas que nos enseñaron fue que debemos acostumbrarnos a los nombres falsos—. Voy a dormir.

—Sí, yo también. Buenas noches, preciosa.

Dejo un beso en su sien y vuelvo a mi habitación. Probablemente será una noche tormentosa. Todas lo serán.

~ · ~

Durante los meses que vivimos en el Trece, presenciamos bastantes cosas. Como los Juegos en los que ambos habríamos participado, porque Katniss me dijo que se hubiera presentado voluntaria en lugar de su hermana, los tributos que fueron en nuestro lugar formaron alianza y murieron la tercera noche por picaduras de rastrevíspulas. O las ansias de una rebelión, lo preparado que lo tienen todo para el momento en el que surja una chispa, lo decidido que está lo que harán si los distritos se rebelan. O la diferencia tan clara entre la personalidad de los del Trece, que llevan toda su vida bajo tierra, y la nuestra.

Pero lo que vemos en el Capitolio es mucho más sorprendente que todo eso.

Personas que consumen todo tipo de sustancias en lugares nocturnos con música alta, gente que paga cantidades que alimentarían a una familia un año entero solo por hacerse alteraciones genéticas como bigotes de gato, y seres, porque no se les puede llamar de otra manera, que compran avox para hacer que se peleen a muerte. Los Juegos no sacian su sed de sangre.

Después de ver todo eso, nos encerramos durante una semana en nuestro apartamento. Practicamos nuestros andares y nuestra habla, perfeccionando lo que nos enseñaron en el entrenamiento. Puede que Katniss sea mejor que yo en pelea, pero como actriz deja bastante que desear y eso la desespera.

Ninguno duerme demasiado por las noches. Se transforma en costumbre encontrarnos en la cocina en algún punto de la madrugada, compartir algún aperitivo y charlar sobre cualquier cosa que no sea nuestra misión aquí.

Cuando nos parece que somos más o menos convincentes, empezamos a asistir a fiestas que nuestro contacto capitolino nos indica. Hablamos con gente hueca de la que de vez en cuando se puede sacar información. Como que tal persona dijo un día algo contra el presidente, o que otra se arruinó patrocinando a tributos. Nos ayudan, sin querer, a conocer posibles aliados rebeldes.

Una vez al mes nos llaman nuestras familias. Una vez a la semana, siempre en días y horas distintas, contactan desde el Trece con nosotros para que les pasemos informes. Nuestras vidas encuentran una extraña rutina en el exceso de lujo del Capitolio y nos habituamos a dejar de sentirnos asqueados cuando hablamos con ellos.

Aunque nunca llega a ser fácil.

~ · ~

Me sirvo una copa de un burbujeante líquido morado, que sé que no lleva alcohol. Hay barullo a nuestro alrededor, el suficiente para que no tengamos que alejarnos para que nos den instrucciones.

—Bueno, Orissa, ve a hablar con ese matrimonio de allá —pide Cressida, la encargada de conseguirnos invitaciones a las fiestas—. Según dicen, él tiene amistad con un Vigilante y podría darte buena información.

Katniss arruga la nariz, pero acepta. Coge una botella de agua y me dedica un gesto de despedida. Tiene aire derrotado, como si fuera hacia una sentencia. Estoy seguro de que se sentiría mucho más a gusto si tuviera que lanzarse a una batalla que a socializar.

—Y para ti tengo un encargo especial, Aiden. —Me guía hacia el fondo de la sala, hay un grupito de chicas de mi edad más o menos. Me señala a la más alta y de melena larga y verde suave—. Es la hija de un importante comandante. Hazte muy amigo suyo.

Le doy las gracias, porque cada día que pasa del lado rebelde se arriesga, y hago lo que me ha dicho.

La chica se llama Mellow. Resulta no ser tan cabeza hueca como la mayoría de los de por aquí. Despacha rápido a sus amigas y me mira fijamente. Me somete a un interrogatorio exhaustivo, de no haber practicado tanto probablemente se me habría notado que miento sobre mi origen. Después le devuelvo alguna que otra pregunta, de cosas más personales como sus gustos, y finjo compartir algunos. Cuanta más empatía se genera, más sencillo es que me coja confianza.

Pasamos hablando cerca de una hora. No me ha nombrado a su padre y yo tampoco lo he hecho, creo que está convencida de que me he acercado porque me parece atractiva. Mejor que piense eso.

De pronto me doy cuenta de que Katniss nos mira fijamente desde la otra punta del local. Tiene los brazos cruzados y un gesto que… bueno, se parece más a ella misma que a Orissa.

—Creo que a tu novia no le hace gracia que hables conmigo —me dice Mellow, agitando sus largas pestañas amarillas.

—¿Orissa? ¡No es mi novia! —digo, como si me escandalizara—. Es mi prima. Hija del hermano de mi padre.

—Oh, entiendo, entonces ella también debe ser una Crowe.

—Así es.

—¿Y teníais mucha relación con tu primo Abraxas? —Algo en su tono me advierte de que no es una pregunta al azar.

—Para nada, no recuerdo la última vez que lo vimos o que alguien lo había mencionado. Pero cuando se volvió loco, resultó que Orissa y yo éramos los únicos que podíamos gestionar sus ingresos.

La chica me sonríe y posa su mano distraídamente sobre mi pierna. Se acerca a mi oreja para susurrarme.

—Mejor. No sé si lo sabes pero montó un escándalo antes de que le diagnosticaran la enfermedad.

—¿Un escándalo? —Ella sonríe y se remoja los labios.

—Verás, tenía unas ideas raras. Durante el desfile de unos Juegos pagó mucho dinero para que algunos avox se lanzaran a detener a los carros. Una especie de protesta o algo así.

Parpadeo varias veces. Recuerdo aquello, fue hace dos ediciones de los Juegos del Hambre. No puedo creer que ese hombre se arriesgara tanto para nada. ¿Qué ganaba?

Quizá buscaba algo. Una chispa.

—Vaya, es horrible —consigo decir.

Mellow pone gesto afectado y me da palmadas en la pierna. Supongo que piensa que me avergüenzo de Abraxas. Es la primera vez durante toda la conversación que siento verdadero asco por ella.

—Aiden, es hora de irnos —me llama Cressida—. Tu prima no se encuentra bien.

Eso me alarma. Me pongo en pie, después de que Mellow me bese la mejilla y me haga prometer que nos veremos pronto. Katniss nos espera en la entrada y caminamos algunas calles, Cressida nos da invitaciones a una cena informal para mañana y se marcha a su casa. Seguimos hasta nuestro apartamento en un incómodo silencio, hablo un par de veces pero parece que a mi acompañante la han transformado en avox.

Espero a cerrar la puerta de casa para insistir.

—¿Te pasa algo?

Niega con la cabeza.

—¿Estás segura?

Ahora asiente, todavía sin mirarme pero con gesto de ser capaz de matar a alguien.

—Oye, ¿he hecho algo que te moleste?

—No has hecho nada —responde, mordaz.

Después se encierra en su habitación con un portazo. Aunque llamo varias veces, no me responde. Vuelvo a intentarlo a la hora de la cena pero solo me dice que no tiene hambre y que la deje tranquila.

No sé si son imaginaciones mías pero… parece que está celosa.

No llego a alegrarme demasiado por ello. Si sirve para que deje de hablarme y pase menos tiempo conmigo, no es algo bueno. Y tampoco me gusta que esté disgustada. Pero será mejor no agobiarla.

Por la mañana ha vuelto a ser la misma de siempre, aunque, quizá, algo más cariñosa. No suele ser de rozarme la mano de forma consciente o de acariciarme el pelo, pero ahora lo hace.

Creo que debería ponerla celosa más a menudo.

~ · ~

Cierro las ventanas y las cortinas. Nos encerramos en el baño, igual que cada vez que hablamos con alguien de fuera del Capitolio, porque lo hemos comprobado mil veces y estamos seguros de que no hay micros o cámaras. Si alguien vigilase nuestra casa pensaría que nos bañamos juntos durante ratos muy largos.

Noto calor en la cara al tener ese pensamiento. Será mejor que me concentre.

Katniss sujeta el pequeño aparato y mete el código para que la pantalla holográfica se despliegue. Poco después, la cara de Haymitch aparece en pantalla.

—¿Ya sabes algo? —pregunta Katniss, algo ansiosa.

—Hola a ti también preciosa, eres la viva imagen de la educación.

—Mira quién fue a hablar…

—Haya paz —pido, riendo—. Hola, Haymitch, es bueno volver a verte. ¿Has podido averiguar lo que te pedí?

—Sí. Tu amiguita tenía razón. —Enarca las cejas al ver el gesto que pone Katniss cuando la nombra—. Vaya, ¿es guapa?

—¡Claro que no! —dice ella—. Es una capitolina cualquiera con un pelo feísimo.

He visto a otra gente peor. No digo que Mellow me guste, para nada, pero creo que su melena tiene un tono bonito. Menos estrafalario que el de otros. Decido meterme un poco con Katniss.

—Creía que el verde era tu color favorito.

—¡Ya no!

—¿No? ¿Y cuál es ahora?

—El… amarillo. —Por alguna razón todo su mal humor se apaga y deja de mirarme al decirlo.

Al parecer, otra cosa que me esconde. No me olvido del diente de león.

—Debo reconocer que la charla me divierte, pero esto está lleno de polvo y estoy deseando salir así que escuchadme —pide Haymitch, que siempre se encierra en el desván para hablar—. Como decía, la chica tenía razón. Abraxas Crowe por su propia cuenta quiso empezar algo que no acabó, tenía ideas rebeldes y trató de estropear la presentación de los Juegos como protesta. Pero le pillaron y desapareció un tiempo. Cuando volvió estaba completamente loco, en teoría atribuyeron a eso su inclinación rebelde. Uno de esos héroes silenciosos que nadie recuerda.

Vaya. Y pensar que cuando le vimos al llegar, porque no hemos visto necesidad de visitarlo más, apenas le miramos porque nos pareció un capitolino cualquiera. Que alguien criado aquí sea capaz de ver a través de las ideas impuestas tiene mucho mérito.

Le contamos algunas cosas y cortamos la llamada. No llegamos a hablar de ello, pero nos vestimos y vamos hasta la casa de Abraxas. Lo encontramos al cuidado de algunos avox, que son quienes se encargan de él, viendo la televisión.

Es joven, debe tener unos treinta años. Es extraño pensar cómo le han arrebatado la vida.

—Hola, Abraxas —saludo—. ¿Qué tal estás?

Me dedica una mirada, aunque no parece llegar a enfocarme, y vuelve los ojos a la pantalla. Sin previo aviso, empieza a balbucear, cada vez más fuerte. Los avox corren a sujetarle y yo me pongo delante de Katniss, por si es violento. Ella llora contra mi espalda.

Pruebo a acercarme de nuevo. Le dedico algunas palabras, le hablo de qué he hecho hoy, de qué me gusta de cada estación del año, de que sueño con ver el mar. El tono de mi voz parece relajarle, aunque no dé muestras de escucharme. Llega a sonreír.

Katniss se arrodilla a su lado y sonríe también, con lágrimas en los ojos. Le aprieta la mano y escucho un «gracias» salir de sus labios, antes de que se dé la vuelta para marcharse. No soporta a las personas enfermas o, más bien, no poder hacer nada para ayudarlas. Yo también le cojo la mano.

—No te preocupes, Abraxas —susurro, en su oído—, nos encargaremos de que seas recordado.

Teníamos una comida a la que asistir, pero a ninguno nos apetece. Pasamos las horas en el sofá, ella tumbada con la cabeza en mi regazo. Yo me dedico a acariciarle el pelo mientras Katniss susurra canciones olvidadas.

Soy consciente por primera vez de lo grande que es el mundo y lo pequeños que somos nosotros. Pero, al menos, nos tenemos el uno al otro.

~ · ~

Cressida, esta vez acompañada por un chico pelirrojo llamado Castor, nos lleva a una cena elegante. Nos vestimos algo más normales, Katniss está preciosa con su vestido ajustado naranja, y nos maquillamos menos. Nos sentamos en una mesa larga y tratamos de entablar conversación con quienes nos rodean.

Un hombre con bastante sobrepeso suda copiosamente mientras habla de finanzas, una mujer con la cara llena de tatuajes rosas me suelta un monólogo sobre quién le hace la pedicura y unas chicas le cuentan a Katniss todos los detalles de su última fiesta privada además de invitarla a la siguiente. Sé que no irá, no vamos a ningún lado separados.

Como poco en comparación con la mayoría, saber que un montón de avox han cocinado esto hace que se me atragante todo.

Después de la comida algunos deciden tomar algo digestivo, sentados en unos sillones, otros se dedican a charlar y otros a bailar. Dejo a Katniss con Cressida y Castor, porque quiero ir al baño, pero alguien me intercepta.

—Aiden, me alegro de volver a verte. —Mellow se agarra a mí y me lleva a la pista—. ¿Qué tal has estado?

—Bien, bien. Aunque algo aburrido.

—Uy, yo también. Mi padre ha tenido mucho trabajo y cuando se estresa me castiga por tonterías.

—¿Como cuál?

—Un día no fui a casa a dormir, porque me emborraché mucho y unas amigas y yo acabamos bañándonos en una fuente. Fue muy divertido.

Me rio con ella. Se acerca más a mí y apoya los brazos en mis hombros. Bailamos despacio para poder charlar. No puedo dejar de pensar en si esto molestará a Katniss, pero es parte de mi trabajo. Espero que esté bien.

—¿Sigues aquí?

—Perdona, estaba fijándome en lo bonito que tienes hoy el pelo —miento—. Y, dime, ¿en qué trabaja tu padre para estar tan ocupado?

—Nada interesante, tiene un cargo alto en el ejército así que viaja mucho al Dos.

—A mí me encantaría viajar.

—Es fantástico, sí. Antes mis padres me llevaban con ellos, pero últimamente no.

—¿Por qué? ¿Por ser mala? —Enarco las cejas y pongo tono travieso, ella cae en mi juego.

—Ay, no, tonto. Es que… —Mira alrededor y se acerca más a mí—. Creo que hay algo raro en el Dos. O en los distritos de al lado, no sé.

Esto es a lo que hemos venido. Por esto aguanto a los capitolinos y que Katniss se ponga celosa. Y paso las noches en vela pensando en si son celos de amiga o algo más.

—No creo, se sabría algo —digo, como quitándole importancia.

—Oye, que tengo razón. Le escuché decir por teléfono algo de que en el distrito Ocho hay problemas y que necesitan más Agentes de la Paz. Y casi todos salen del Dos.

Se nos acercan unos amigos suyos e interrumpen la conversación. Después no quiero forzar las cosas para que vayan por ese tema, así que cuando puedo me escapo de Mellow para ver qué tal le va a Katniss.

Esperaba encontrarla muy enfadada pero tiene gesto de total y calculada indiferencia. Quizá sí que esté molesta. La invito a bailar y se niega, diciendo que ya está cansada, así que le ofrezco que nos vayamos. Tardamos un rato en despedirnos de todos, y después le susurro a Cressida que tengo algo que contarle y que mañana la llamaré.

Volvemos a caer en un denso silencio. Lo intento romper pero solo recibo monosílabos, así que decido dejarla en paz para que no se enfade.

Entro al baño para asearme y ponerme el pijama, me siento mejor sin la capa de maquillaje y el traje llamativo. Llamo a la puerta de Katniss, para desearle buenas noches, pero no me responde. Resoplo y escucho una risita detrás de mí.

—¿Así que burlándote de mí? —pregunto, sonriendo.

—No ha sido a propósito.

Está preciosa. Tiene el pelo ondulado por el peinado deshecho, lleva una camiseta larga y un pantalón corto como pijama. La cara limpia y los ojos brillantes. No entiendo cómo los capitolinos pueden perderse esto. Hay una belleza natural en las cosas que se destroza cuando no sabes apreciarla.

Frunce el ceño y se sienta en la silla del comedor, abrazándose las rodillas. Yo espero. Sé que quiere decir algo.

—Peeta… tú eres el diente de león.

—¿Eh?

—Ay, no me hagas repetirlo. —Se tapa la cara con las manos—. Después de lo del pan, cruzamos una mirada en la escuela. Cuando bajé los ojos vi un diente de león y eso me recordó todas las plantas comestibles que me enseñó mi padre. Me devolviste la esperanza. También eres el color amarillo.

Me pongo en cuclillas, a su lado, y le sujeto las muñecas para que me mire.

—Gracias por contármelo. Me alegra haber podido ayudarte.

Se queda callada un largo rato y yo me permito disfrutar del momento, de la intensidad de esa mirada gris y de lo a gusto que me siento a su lado.

—¿Preferirías estar con otra persona?

La pregunta rompe la burbuja y me descoloca tanto que la suelto. Ella sigue observándome atentamente.

—Claro que no —respondo, extrañado.

—Sé que no soy la persona más divertida del mundo, parecía que lo pasabas muy bien con esa… chica. —Juraría que se ha contenido para no decir algo insultante—. No me gusta bailar, no soy graciosa ni tampoco la más habladora del mundo. Además, tengo mal carácter, lo sé…

—Katniss, Katniss —la interrumpo. Tiene gesto ansioso—. No hay ningún otro lugar en el mundo en el que quisiera estar. Solo contigo.

Abre ligeramente la boca. Por unos instantes me pregunto si me he pasado. Suelo ser demasiado sincero con ella y bastante obvio con lo que siento, pero creo que esta vez he cruzado una línea que un amigo no debería saltar.

Pero no me lo cuestiono demasiado. Porque cuando Katniss me besa el resto de mi vida, mi pasado, mi presente y mi futuro, desaparece.

Nos quedamos dormidos en el sofá, después de muchos besos. Y es la primera noche desde hace mucho tiempo en la que descanso de verdad.

~ · ~

Seguimos con nuestra labor. Los días y las semanas se vuelven más brillantes y alegres. Katniss se ríe mucho, le encanta mirarme mientras cocino y duerme entre mis brazos cada noche. A veces me pregunto si estará mal ser tan feliz con la situación que tenemos, y tengo miedo de que en cualquier momento todo desaparezca, pero trato de no pensar en ello.

Basta con verla despeinada por las mañanas para saber que el mundo es maravilloso. Y ella merece que lo cambiemos para vivir tranquila.

Las fiestas capitolinas no son tan insufribles porque cruzamos miradas cuando nadie nos ve. Las charlas insustanciales no me agobian porque recuerdo cada uno de los besos de Katniss. Solo tengo que tener cuidado con Mellow y similares, porque su tonteo la molesta. Es normal, yo tampoco estoy cómodo cuando algún chico trata de ligar con ella. Por suerte, que yo sea alguien difícil hace que algunas quieran ganarse me cariño y me cuentan más cosas de la cuenta.

Descubrimos algunos datos interesantes y ayudamos a destapar una información falsa que estaba filtrando un espía vendido. Las cosas van bien.

Pero, como suele pasar, lo bueno llega a un final. Y no podremos estar jugando a las casitas para siempre.

~ · ~

—¿Deberíamos ir a ver las Cosechas? —me pregunta Katniss—. Van a poner varias pantallas gigantes.

—Creo que sí, igual escuchamos a alguien comentando algo indiscreto.

—Es lo que he pensado.

—Vale, pues voy a ponerme monstruoso, ahora vengo.

Ella sonríe, me coge la mano para que me acerque a ella y dedicamos unos placenteros minutos a besarnos. Tardo un rato en poder ir a mi habitación a cambiarme.

Me pongo una capa de maquillaje azul con brillos plateados, imaginando que pinto un cielo en mi cara, es mi parte favorita de disfrazarnos. Katniss suele dejar que la maquille y se me hace tan similar a decorar los pasteles que disfruto mucho. En el fondo echo de menos la vida en el Doce, aunque no cambiaría esto por nada. La tengo a ella cada día.

La peluca es incomodísima, como siempre. La sujeto con unas horquillas y me pongo ropa igual de estrafalaria, de tonos azules. Suspiro al mirarme al espejo, parezco un monstruo. Ninguno de los dos terminamos de acostumbrarnos.

Bueno, no hay tiempo que perder.

Caminamos con la multitud hacia la enorme plaza frente al Palacio Presidencial, tratando de escuchar lo que hablan y parloteando como verdaderos capitolinos.

—Orissa, querida, ese vestido te sienta de maravilla —digo.

Katniss pone los ojos en blanco pero se esfuerza por soltar risitas falsas.

Nos metemos entre la gente y tratamos de no mirar demasiado las pantallas, las Cosechas van en orden de distrito. Para este tercer Vasallaje inventaron una buena barbaridad. Primero será seleccionada una familia, identificada por apellido y vivienda. Después se echarán en dos urnas los nombres de todos los miembros de la familia, sin distinción entre abuelos, padres o hijos, y se eligen dos sin importar el género del que sean.

No están permitidos los voluntarios. Los Distrito están rabiosos por eso, se ve en sus Cosechas, los del Dos no porque han sido elegidos dos Vencedores fuertes, Enobaria y Brutus, y parecen deseosos de matar.

—Es tan injusto —escucho que se queja un hombre—. Me encantan los del Cuatro, pero con ese adolescente flacucho y ese anciano no va a haber posibilidades.

—Yo he escuchado que el Distrito 2 ha pagado mucho para que le dejen elegir a sus representantes —responde otro—. Si quieres ganar dinero, apuesta por ellos.

Según los informes, es cierto que ese distrito es el que tiene mejores relaciones con el Capitolio, porque son los que les proveen de armas y soldados. Antes lo hacía el Trece.

Escucho a Katniss jadear cuando aparece el Palacio de Justicia del Doce. Trago saliva intentando distinguir a gente conocida entre la multitud pero es difícil. Effie Trinket hace los mismos anuncios que siempre. Me sorprende ver a Haymitch bastante sobrio, aunque no tiene buena pinta.

Por el apellido, sé que eligen una familia de la Veta antes de que la enfoquen. Es numerosa. El primer tributo es una mujer, parece la madre de los críos porque se aferran a su falda antes de dejarla subir al escenario.

Entonces sucede. Eligen a una niña de cinco o seis años.

No podía haber previsto la agitación a mi alrededor, llantos de mujeres y exclamaciones horrorizadas de hombres. Pero, de todo, lo que más me sorprende es mi propia reacción.

Empiezo a temblar.

Son espasmos fuertes, que me sacuden el cuerpo entero. Bajo la cabeza, para que mi mirada de odio no se pose en el Palacio Presidencial, para intentar controlar esta ira ciega que empieza a nacer de lo más hondo de mí.

Katniss tampoco se lo espera. El horror que hay en su cara se transforma en otra cosa cuando ve cómo me pongo. Me coge con firmeza del brazo y aprovecha el revuelo de la gente para que salgamos sin que casi nadie se dé cuenta. No para hasta que no entramos en el apartamento. Yo sigo temblando.

—Intenta respirar despacio —dice, en tono tranquilo.

La miro a los ojos, está más nerviosa de lo que quiere hacer ver. Me da un vaso de agua y yo consigo serenarme lo suficiente para hablar.

—No lo entiendo —escupo—. ¡¿Cómo alguien ha podido elegir a esa pequeña?! ¿Qué pretendían?

—Supongo que demostrar que nadie está a salvo nunca.

Aprieta los dientes, seguro que pensando en su hermana. Yo solo tengo la cabeza para imaginar una y otra vez a esa niña. Me escuecen los ojos pero no quiero llorar su muerte. Quién sabe, quizá… por algún milagro…

—Se parece tanto a ti, la primera vez que te vi, cuando me enamoré de ti —susurro, apretando los puños hasta que los nudillos se me ponen blancos—. Con dos trenzas, el pelo y la piel iguales, solo le falta el vestido de cuadros y hacer callar a los sinsajos cuando canta.

Ella se muerde los labios. Sé lo que piensa, que por eso es mejor no traer niños a esta mierda de mundo.

Me niego. Me niego a que esto sea así.

—Voy a cambiarlo —digo, poniéndome en pie, no recuerdo haberme sentado—. No dejaré que algo así vuelva a pasar. Da igual lo que tenga que hacer, todo va a ser mejor. Aunque muera en el intento.

Katniss me mira de nuevo con el gesto extraño de antes. Ahora lo interpreto, creo que es orgullo, mezclado con miedo. Me da un beso más apasionado de lo normal. Nos vamos a la cama sin cenar y pasamos las horas abrazados, aferrándonos el uno al otro como si en cualquier momento pudiéramos perdernos.

Cierro los ojos y pienso en la madre, que se ha puesto histérica al ver que elegían a la niña, y en que la imagen ha quedado en negro después de eso porque se ha perdido la conexión con el Doce.

Algo está surgiendo, lo noto. Y si es así en las calles del Capitolio, no imagino cómo será en los distritos.

Ha llegado la chispa.

.


¡Aquí está la segunda parte! Me ha quedado bastante más larga que la primera, pero era necesario. Mañana publicaré la última, el final. Los nombres falsos, Orissa y Aiden, son de tributos de SYOTs inconclusos en los que participaste, me pareció que podría gustarte.

De nuevo, espero que se disfrute la lectura :)