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~ Los grises de Panem ~
3. El Ángel
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La burbuja de felicidad queda reventada desde las Cosechas.
Katniss y yo volvemos a agobiarnos por pasar tiempo con los capitolinos, es verdaderamente horrible presenciar el desfile y dormir sabiendo que a unos cientos de metros hay un montón de personas secuestradas a las que soltarán en una Arena para que se maten. Y, entre ellos, hay una pequeña que apenas ha vivido.
Cuando los Juegos empiezan, los ánimos en el Capitolio se caldean. Cada vez captamos más conversaciones inconformes con lo que está pasando y algún comentario que podría considerarse rebelde. Por lo que nos cuentan desde el Trece, en los distritos también están enfurecidos, especialmente en el Doce, donde han mandado nuevos Agentes de la Paz para intentar controlarlos.
El día en que la niña muere, ahogada por una ola, todo se empieza a descontrolar. La Arena que han creado guarda verdaderas trampas mortales y los tributos tardan en descubrir que siguen el patrón de un reloj. La madre de la niña, cegada de ira y dolor, se dedica a gritar cosas contra el Capitolio y no consiguen cortarlas a veces. Muere a manos de unos mutos que parecen monos. Antes de cerrar los ojos para siempre, se besa el dedo corazón y levanta hacia el cielo la mano, con el índice, corazón y anular extendidos. Un gesto que algunos capitolinos repiten en la plaza, sin saber lo que significa, y a los que misteriosamente no vuelve a verse.
El último día de los Juegos solo quedan en pie Brutus y una mujer del Nueve que es buena con la hoz. Cuando ella gana me pregunto si no habría sido mejor que muriera, porque no creo que en el Capitolio vayan a tratarla bien con lo tensas que están las cosas. Además, ella era aliada de la del Doce.
Después de aquello, nos hacen volver al Trece, porque la situación empieza a ser demasiado peligrosa y no estamos suficientemente experimentados.
Algo está a punto de empezar. Todos podemos sentirlo.
~ · ~
—¡Prim! —grita Katniss, ansiosa, corriendo a abrazar a su hermana.
Se quedan un rato cogidas, luego me tienden las manos para que me una al abrazo. Beso sus cabezas y sonrío, es bonito ver lo mucho que se han echado de menos.
Cuando nos separamos, pienso en ir a buscar a mi familia, pero Primrose tiene un gesto sospechoso. Parece bastante angustiada.
—¿Qué pasa, patito? —pregunta Katniss.
—Es que… como veis por aquí no hay mucha gente porque… bueno…
—Por favor, dilo ya.
—Los del Doce se han rebelado, pero no ha salido bien. Han muerto muchos y otros están capturados.
Me pitan los oídos al escuchar eso. Tardo en asimilar lo que dice y me cuesta imaginar nuestro Distrito en esa situación.
—Hay más —dice Prim—. Van a hacer una misión de rescate, están a punto de salir.
Eso hace que reaccionemos.
—Peeta, tenemos que ir, es nuestro hogar —me dice Katniss, suplicante.
—Yo me encargo, ¿vale? Quédate con Prim, está muy nerviosa.
Ella me mira con confianza y asiente con la cabeza. Pagaré esto caro.
Voy hacia la sala de Mando, de todas formas las órdenes eran que fuéramos allí para hacer un informe final. Tardan en dejarme pasar y encuentro dentro a la Presidenta Alma Coin, al Vigilante Jefe Plutarch Heavensbee y a Haymitch Abernathy rodeados de muchos cargos altos del ejército.
Después de entregarles algunos documentos, vuelven a ignorarme. Hago un gesto a Haymitch, nos reunimos en una esquina y me mira con las cejas alzadas.
—¿Alguna petición, chico?
—Haz que me lleven. Conozco el Doce, puedo ser útil.
—¿Por qué quieres ir? Es peligroso…
—Tengo que cuidar de nuestras casas, tenemos que tener un sitio al que volver cuando todo acabe.
—Hablas en plural, ¿eh? Bueno, creo que podré arreglarlo.
—Pero, Haymitch, tengo que pedir un último favor —digo, reteniéndolo—. Que Katniss no venga.
Sonríe ligeramente y asiente con la cabeza. Se acerca a Boggs, intercambian algunas palabras y él me hace un gesto para que lo siga. Me dan un uniforme y algo de equipo, antes de volver al hangar. Cuando llegamos, Katniss está esperando mordiéndose las uñas.
—No me dejan subir al aerodeslizador —se queja.
Le sonrío y le doy un beso. No creo que sospeche nada hasta que Haymitch aparece y la sujeta del brazo.
—Volveré pronto, preciosa —le susurro, antes de darme la vuelta.
No me giro a mirarla, pero escucho perfectamente los gritos que me dedica para que no la deje atrás. Se sabe todo un repertorio de insultos que dedica a Haymitch para que la suelte, pero parece que el viejo Vencedor tiene suficiente fuerza para retenerla.
—Parece que te has metido en problemas —me dice Boggs, con diversión.
Me rio.
—No te haces una idea.
~ · ~
Toso un poco, intento amortiguar el sonido con la mano. Aquí abajo el aire es aún más pesado que en el Trece, supongo que las minas no están bien acondicionadas. Solo veo al soldado que va a gatas delante de mí y escucho el lento avanzar de nuestro grupo.
Los mineros del Doce estuvieron trabajando en un túnel secundario durante años. Poco a poco, cuando los Agentes de la Paz no vigilaban, sin que casi nadie lo supiera. Cuando empezó el tercer Vasallaje, algunos del Trece trabajaron en el otro extremo del túnel. Es muy estrecho, pero suficiente para que las tropas se infiltren en el Distrito.
Al mismo tiempo, otros van a derribar la valla y atacaremos a las fuerzas capitolinas desde dos flancos. El factor sorpresa es fundamental. El plan está pensado al milímetro para que se pierdan las menos vidas posibles.
El trayecto a gatas me da tiempo para pensar en muchas cosas. O más bien en una.
Esa chica de ojos grises y trenza oscura, que no me perdonará esto. Menos aún si no vuelvo.
Pero no puedo pensar así, claro. Nos prepararon para enfrentarnos a cualquier tipo de situación y sé que la cabeza es una parte importante de cada misión, tener la mente clara. Aunque ahora, tragando tierra y raspándome los codos, es más difícil recordar esos consejos que me decían en la comodidad de un aula, con Katniss a mi lado bostezando.
Tardamos horas en llegar a la mina, es noche cerrada. Pero siento que todavía es demasiado pronto.
Intercambio miradas nerviosas con algún otro novato del campo de batalla, como yo. Boggs me da una palmada en el hombro y me dice que no me aleje de él. Finnick Odair, el Vencedor del Cuatro que fue todo un éxito sexual en el Capitolio, parece mucho más decido que la mayoría. Supongo que una vez que has matado, no cuesta tanto.
Recuerdo que un perro estuvo a punto de morderme de pequeño. Mi hermano Tax le tiró piedras para ahuyentarlo y le dio en un ojo. Yo lloré por el animal hasta que mi padre lo curó. Cuando se lo conté a Katniss, me dijo que soy demasiado bueno para mi salud. Puede que tenga razón.
Sostengo el arma en alto y me pregunto si seré capaz de usarla.
—Peeta —me llama Phy.
—¿Sí?
—Deja de hacer eso. Piensa que esos tipos han hecho daño a otras personas. Que, si pudieran, harían daño a tu chica. —Su gesto se vuelve amenazador—. Si me entero que alguno tocó a Shana…
Trago saliva. Pienso en lo que dice y vuelve la ira que apareció en mi interior cuando el nombre de la niña salió en la Cosecha. Quizá la razón de que sea demasiado bueno es que nunca me he importado mucho yo mismo. Pero si pienso en personas que me importen de verdad, todo cambia.
—Si hoy no muero, Katniss me matará cuando vuelva —digo, riendo.
—La he escuchado gritar. ¿Estáis juntos?
—Podría decirse que sí. No lo hemos hablado pero nos comportamos como si así fuera.
—Me alegro. ¿Te has ido a despedir de papá y Tax?
—No… Pensé que sería demasiado difícil para ellos.
—Has hecho bien. —Se rasca un ojo antes de mirarme—. Apenas durmieron el primer mes cuando te fuiste. A veces tienen pesadillas con que te pasa algo, siempre fueron los más protectores. No entienden que te has hecho mayor.
Sonrío. Me da unas palmadas en el hombro cuando ordenan que vayamos con nuestro grupo. Nos deseamos suerte.
Veo que Finnick Odair besa una foto, quizá todos los aires de superioridad que se daba en la televisión solo eran parte de una actuación. Creo que la imagen es de la chica con la que lo he visto cariñoso por el Trece. Annie Cresta, una Vencedora que perdió la cabeza.
Todo resulta muy metódico. Doy un paso tras otro siguiendo a Boggs y cargando un escudo rectangular de material antibalas. Trabajamos en grupos y dentro en parejas, uno se encarga de la protección y el otro de disparar, en el primer ataque. Cuando salimos, los agentes no se lo esperan. Encontramos una patrulla y los soldados de mi bando les ordenan rendirse. Dejan caer sus armas, los esposamos.
Y ahí se acaba la tranquilidad.
El primer tiro da en la pierna de uno de mis compañeros. Su grito de dolor y la sangre se me graban en la cabeza, y se repiten en un bucle.
Reacciono a tiempo de cubrirme tras una esquina, Boggs se reúne conmigo. Me ordena que dispare y me obligo a pensar en que el tipo al que estoy apuntando quiere matarme. A mí, a mis compañeros, a cualquiera de mis seres queridos si pudiera.
Cuando lo veo caer, sé que no olvidaré este momento nunca.
Escucho gritos en otro de los pelotones, al otro lado de la plaza. Es Phy, que no hace caso de nadie y se mete entre las calles del distrito. Sabía que haría algo así. Y no lo detendría si pudiera, yo también me iría a buscar a Katniss por si todo sale mal.
Sigue la batalla sin que me entere de si vamos perdiendo o ganando. Yo disparo y acierto a un par de personas más, en el hombro y el estómago. Me llevo un buen susto cuando una bala me hace una herida en el muslo, aunque por suerte es superficial.
Sé que vamos perdiendo cuando empezamos a retroceder. O eso creo. Resulta que solo es para engañar a los enemigos, porque nuestros refuerzos llegan desde el bosque.
En una hora más, tenemos a todos los Agentes de la Paz sobrevivientes maniatados y reunimos a nuestros heridos y caídos en el Edificio de Justicia. El alcalde Undersee es retenido en su despacho junto a su familia, me apena porque sé que Madge es algo amiga de Katniss, espero que apoyen a los rebeldes.
—Mellark, creo que deberías ir a tu casa —me dice Finnick—. Tu hermano se ha encerrado allí.
Me quita un peso de encima el saber que Phy está bien. Pero el alivio se acaba cuando lo encuentro llorando desconsoladamente.
Shana fue ajusticiada hace unos días por defender a una amiga que era acosada por un agente. La ha perdido.
~ · ~
Después de dos horas, mi hermano se desmaya. Llamo a Boggs y entre unos cuantos llevamos a mi hermano al primer aerodeslizador que va a volver al Trece. Voy a casa de Katniss y cojo algunas cosas para ella, su hermana y su madre, también me llevo algunas de la panadería para mi familia. Y una foto de Shana para Phy.
La mayoría de los soldados se quedan en el Doce, acogidos por sus habitantes, para protegerlos de posibles próximos ataques capitolinos. También algunos de mi distrito deciden acompañarnos para participar en la guerra que está surgiendo.
Uno de los primeros voluntarios es Gale Hawthorne. Me molesta más de lo que me gustaría.
Cuando llegamos al Trece hay mucho caos de gente que busca a sus familiares. Dejo a Phy, que está dormido por un tranquilizante, en brazos de mis padres y les explico lo que ha pasado. Tax me abraza con fuerza.
—¡Peeta! —Esa es la única voz que podría hacerme sentir esta alegría después de todas las muertes que he presenciado.
Katniss se lanza a mis brazos antes de que pueda verla. Me besa, sin importarle que estemos rodeados de tanta gente. Después se separa un poco y me da golpes en el pecho, conteniendo las lágrimas.
—¡¿Cómo has podido hacerme eso?!
—Tranquila, preciosa, te dije que volvería.
No llega a responderme, se ha quedado con la boca abierta mirando por encima de mi hombro. Me aparto de ella y me marcho cuando Gale la abraza. Me duele la sonrisa que veo en la cara de Katniss, me duele ser tan egoísta como para preferir que él le sea indiferente.
¿Tan mala persona soy? Los celos son odiosos.
Camino por los pasillos sin saber a dónde ir, solo me apetece alejarme de la multitud. Voy bajando plantas hasta que el barullo se pierde en la lejanía, me paro en el aula donde solía dar clase de Historia y me siento en mi viejo pupitre. Encuentro un par de folios y un lápiz y me pongo a dibujar para relajarme. He estado en una batalla, creo que no será un crimen hoy que malgaste papel.
Solo no quiero pensar. Ni en el hombre que he matado. Ni en mis compañeros, conocidos o desconocidos, que han caído. Ni en la sangre. Ni en los disparos. Ni en Gale y Katniss.
Dibujar siempre me ha ayudado a abstraerme. Saco el revoltijo de emociones que tengo dentro y parece que cada línea que trazo es un poco menos de peso. Dibujo justamente el combate en el que no quiero pensar y la chica que puede romperme el corazón cuando decida que Gale es mucho más importante para ella que yo.
Estoy tan absorto que tardo en darme cuenta de que alguien se ha sentado a mi lado.
—Te estaba buscando —dice Katniss—. ¿Estás bien?
—Sí, no te preocupes, solo tengo la cabeza demasiado llena de cosas. Puedes volver con los demás. Gale… querrá pasar el rato contigo. Lleváis mucho sin veros.
—Deja de decir tonterías.
—No lo son. —Levanto la cabeza y la miro fijamente, con una sonrisa que espero que no sea tan triste como me siento—. Entiendo que nunca hemos hablado de si estamos o no juntos. Sabes lo que siento por ti, te lo he dicho más de una vez, pero no tienes ningún compromiso conmigo. Sé que las circunstancias pudieron hacer que te confundieras.
Vuelvo la atención al dibujo. La Katniss de papel tiene gesto de enfado. La de carne y hueso también.
—¡Idiota! —dice, muy indignada—. Vas diciendo que me conoces mucho y es mentira. ¿En serio crees que estaría como estoy contigo si no te quisiera?
Se sonroja más que en toca su vida al darse cuenta de lo que ha dicho. Tardo unos instantes en procesarlo.
Katniss. Mi Katniss. La chica de la que llevo enamorado toda la vida. Está aquí, a mi lado, diciéndome que me quiere.
La beso con ansia. Me devuelve el beso con la misma intensidad, diciéndome silenciosamente la tortura que ha sido tener que esperar mientras yo me iba a luchar. Quizá, solo quizá, ese miedo haya servido para que puedo poner palabras a sus sentimientos. Yo le había dicho antes que la quiero, en su oído mientras paseábamos por el Capitolio, contra su cuello cuando repartía caricias en él. Pero nunca me había respondido más que con un beso.
Nos separamos un rato después. Sigue colorada y me parece lo más adorable del mundo. Le acaricio la mejilla y ella me sujeta la mano.
—Bueno, y ahora vámonos a nuestro compartimento —me dice.
—¿Nuestro?
—Lo he pedido antes de venir aquí, no creo que pudiera dormir sin ti. Pero solo si quieres, claro…
—Sabes que quiero. Quiero todo de ti. Ya te dije que no hay sitio en el mundo que quiera estar más que contigo.
Apoya la frente en la mía y su mirada es intensa.
—Pues no lo olvides. No vuelvas a dejarme atrás.
~ · ~
La revolución avanza rápidamente. Después de que el Trece consiga infiltrarse en las comunicaciones del Capitolio, enseñan imágenes del Doce salvado y discursos motivando al resto de distritos a levantarse contra la opresión.
Usan a la niña que murió en el Vasallaje como símbolo mártir. Es el Ángel.
Hacen propos sobre eso. Graban a la familia de la niña rescatada, a Vencedores que están refugiados en el Trece, a familiares de caídos en otras ediciones en los Juegos. Cada vez hacen más, cuando el ejército rebelde va avanzando y ayudando a nuevos distritos.
Katniss y yo ayudamos a entrenar a nuevos soldados. Se vuelve un poco incómodo cuando intento enseñar técnicas de batalla a Gale, pero es un buen alumno y se limita a asimilar conocimiento. No puedo decir que nos llevemos bien, él sigue poniendo mala cara cada vez que Katniss y yo estamos cerca, pero yo estoy tranquilo. Ella está conmigo por elección propia. Y cada noche pasamos largos ratos demostrándonos que nos queremos.
Prim ayuda en el hospital junto a su madre, porque van trayendo heridos de las diferentes batallas por Panem. Tax trabaja más horas de la cuenta, no solo cocina sino que voluntariamente ayuda a cargar cosas de una lado a otro o a preparar los aerodeslizadores para los viajes. Mis padres siguen en las cocinas, papá hace maravillas con los recursos que tiene y cuando el Once pasa a manos de los rebeldes puede hacer pan en condiciones.
Finnick Odair se casa con Annie Cresta. Graban todo para mostrarlo en la televisión. Yo disfruto mucho porque Katniss resulta una divertida bailarina, la música del Capitolio no era lo suyo pero esta sí.
La guerra avanza bien para los rebeldes. Participamos en la salvación del Tres y por suerte no tenemos que lamentar bajas de nadie cercano. Se dice que las fuerzas de los distritos pronto llegarán al Capitolio.
Y tienen una misión especial para mí y Katniss.
~ · ~
—¿Tienes frío, preciosa? —pregunto, viendo que se ha abrazado las rodillas.
—Un poco.
Termino de abotonarme el pijama y me tumbo detrás de ella, abrazándola por la espalda. Se acurruca contra mí y nos tapo con las mantas para que entre en calor. Me acaricia el brazo y voy notando que me quedo dormido.
—Peeta.
—¿Mmm?
—¿Crees que los dos volveremos a casa cuando todo acabe?
Me despierto de golpe. Hago que se dé la vuelta para mirarla a los ojos, aunque no puedo hacer mucho con la poca iluminación que da la luz de emergencia.
—Claro que sí.
—¿Cómo puedes estar tan seguro?
—Porque tenemos que creerlo. No sirve de nada pensar en lo contrario. Aunque ya sabes que si estuviera en mi mano tú no irías.
—Yo también preferiría que tú te quedaras aquí.
Le beso la frente y la estrecho contra mi pecho. Ella se abraza con fuerza a mi cintura.
—Te quiero —digo—. Lo sabes, preciosa, ¿verdad?
—Lo sé.
Pasamos un rato en silencio y vuelvo a adormilarme. Lo último que escucho antes de caer en la inconsciencia son las palabras que susurra de pronto.
—Yo también te quiero.
~ · ~
Me acuclillo tras una esquina y miro hacia el otro lado de la calle. Las trampas aún no están activadas en esta zona, porque todavía quedan capitolinos. Están siendo evacuados en grupos de veinte.
—Tenemos que conseguir entrar —dice Phy en voz baja.
—No podremos pasar el control —replica Cressida—. Tenemos que esperar a que acaben y después colarnos por la alcantarilla, como en las anteriores áreas.
—Sí, ya, pero esta vez van a encender las vainas. El ataque rebelde ha empezado, aunque todavía esté lejos.
Mi hermano tiene razón, nos arriesgamos mucho esta vez.
Llevamos tres días en el Capitolio. Nos encargaron, junto con algunos otros escuadrones especiales, avanzar hacia el centro intentando pasar desapercibidos. Nuestra misión es capturar a personas clave para que los capitolinos se vayan rindiendo, debemos grabarlos. Para eso está Cressida con nosotros, llevando una pequeña cámara. Sus ayudantes, Pollux, Castor y Messalla, van en los otros tres grupos para hacer lo mismo.
Nuestro escuadrón es pequeño para pasar desapercibidos. Solo Katniss, Cressida, Phy, un par de soldados del Trece, llamados Eleazar y Sean, y yo.
Hemos ido avanzando por alcantarillas y pasadizos especiales para el servicio, es la suerte de tener a avox de nuestra parte. Además, mientras nosotros llevamos a cabo nuestra misión, el ejército rebelde ataca el Capitolio y esa lucha los tendrá distraídos.
Sabemos que llegados un punto nos pillarán, pero esperamos que ya sea tarde para ellos.
Hemos dejado a un par de personas maniatadas detrás de nosotros. Una dirigente de las fuerzas capitolinas y el diseñador de la Arena de los últimos tres Juegos. Hemos grabado imágenes de ellos y las pondrán cuando ya hayamos cogido a todos nuestros objetivos.
—Peeta —me llama, en un jadeo, Katniss—. Mira.
Sigo con los ojos el sitio donde señala. De un edificio cercano sale un hombre que ambos conocemos bien. El encargado de decidir los tributos del Doce de los últimos dos Juegos. Nos eligió a Prim y a mí, también al Ángel.
No puedo sujetarla. Tampoco sé si quiero. Me da igual que sea imprudente o que a él no lo hayan señalado como objetivo.
Katniss es sigilosa, así que cuando derriba al hombre nadie parece darse cuenta. Llegamos los demás junto a ella, corriendo de una esquina a otra, y la ayudamos a meterlo en un apartamento que tiene la puerta abierta. Eleazar y Sean se quedan vigilando, Cressida graba cómo Katniss da un puñetazo al secuestrado y Phy mira por la ventana.
—Supongo que no te acuerdas de mí —digo—. Soy el tributo que elegiste para los 74º Juegos.
El hombre tiembla cuando me arrodillo a su lado. Lloriquea y moquea. Ese que ha decidido tantos años qué niños morirían los siguientes.
—¡¿Cómo pudiste elegir a mi hermana?! —chilla Katniss, sujetándolo por la camisa—. ¿Y al Ángel? ¡Era una niña!
Otro puñetazo tira al tipo al suelo. Sostengo a Katniss para que no se descontrole.
—No fue así —balbucea el hombre—. Lo juro, yo no elegí a la niña del Vasallaje.
Phy resopla, sin creer una palabra.
—¡De verdad! ¡Lo juro! Llevo aquí pruebas, por eso he tenido que volver a casa antes de que evacúen esta zona. El Presidente en persona está buscando al responsable y probablemente acabe en la cárcel, o peor, si no demuestro que no fui yo.
Con manos temblorosas, saca de una bolsa un montón de papeles y una pantalla táctil. Cressida, que tiene más idea que nosotros, apaga la cámara y se pone a revisar la información. Basta una mirada compartida con Katniss y conmigo para saber que el tipo dice la verdad.
~ · ~
Me remuevo un poco en el sofá. Tardo en darme cuenta de que alguien me está zarandeando.
—Peeta, hora de la guardia —dice Phy.
Abro los ojos con pereza y me rasco la barbilla, antes de asentir. Mi hermano me dedica una mirada de envidia cuando despierto a Katniss con un beso. No ha superado la muerte de Shana, me dijo que no cree que nunca lo haga. Y busca venganza.
Cuando me estiro, me cruje algún punto de la espalda, debo haber dormido en una mala postura. Katniss se dedica a darme un masaje mientras yo vigilo la pantalla con las cámaras que tenemos pinchadas de la puerta y la calle.
En realidad fue un golpe de suerte encontrar al seleccionador de los tributos del Doce. Lo cogimos de rehén, dejamos inconscientes a unos Agentes de la Paz y nos pusimos sus trajes. Pasar el control no nos costó, dijimos que el hombre estaba intentando escapar de su próximo juicio. Una vez dentro de la zona que nos interesaba, buscamos un punto muerto en las cámaras para meternos en otra alcantarilla. Y desde allí llegamos por un conducto de servicio a un piso franco que tienen preparado los rebeldes.
Hemos pasado el día aquí, con el rehén maniatado, viendo cómo los capitolinos corretean de un lado al otro, buscando refugio por haber perdido sus casas. Por la noche se ha calmado un poco todo, hemos visto algunas emisiones del Capitolio y otras rebeldes. Por lo que nos han avisado, los otros escuadrones especiales no han conseguido cruzar y han retrocedido hasta reunirse con las tropas. Mañana van a tomar el poco territorio que queda.
Mañana todo acabará. Para bien o para mal.
—No puedo creerlo —susurra Katniss.
Sé de qué habla.
—En realidad, así todo encaja —digo—. ¿Qué ganaba el Capitolio eligiendo a una niña? ¿Por qué querrían provocar tanto descontento?
—Y en el Trece estaban tan obsesionados con provocar una chispa…
—Que sentenciaron al Ángel.
Le tiemblan las manos cuando se agarra a mi brazo y apoya la cara en él.
—¿Estamos haciendo bien? —pregunta, con algo de desesperación—. El Capitolio es cruel, el Trece también. ¿Estaremos mejor en sus manos? Pensaba que éramos parte del bando correcto…
—En el mundo pocas cosas son blancas o negras, preciosa. Hay grises, muchísimos, y ambos bandos lo son.
Nos abrazamos en silencio durante horas. El amanecer brilla encima de los tejados de asustados ciudadanos capitolinos. Imagino las tropas de los distritos, que despiertan para luchar por una vida mejor.
Me pregunto si lo será o solo estamos cambiando unos tiranos por otros.
~ · ~
La guerra acaba al día siguiente. Decenas de capitolinos inocentes mueren en el fuego abierto, el ejército rebelde toma por fin todo Panem al ocaso. Los heridos son asistidos, los caídos reunidos para enterrarlos, los partidarios del bando perdedor detenidos.
Nosotros apenas participamos en la pelea final. Nos encargan infiltrarnos en un refugio y capturar a varios consejeros del Presidente. Lo hacemos sin mayor problema, no tienen ya suficiente personal como para tener guaridas. Grabamos su rendición y eso hace que se desencadenen muchas más. En cuestión de una hora todos los capitolinos mantienen las manos apoyadas tras su cabeza. Y el Presidente Coriolanus Snow es retenido en su Palacio, que pasa a ser la sede del nuevo Gobierno, encabezado por la Presidenta Alma Coin.
Todo parece prosperar e ir por buen camino. Lamentamos las pérdidas de algunos conocidos y las heridas graves de otros, pero en general hemos tenido suerte. Aunque hay muchas familias que no pueden decir lo mismo.
Se celebran ceremonias en honor a los caídos. Se prepara el ajusticiamiento, en público, de Snow. Los que nos rodean parecen felices.
Pero Cressida, Phy, Katniss y yo, no lo estamos.
Tenemos que hacer algo.
~ · ~
—Haymitch, ¿podemos hablar? —pido.
Él asiente con la cabeza y se aparta del grupo de gente del Doce que ha venido al Capitolio para ayudar. Entre ellos están la señora Everdeen y Prim, que dirigen un equipo de sanadores. También mi hermano Tax, que aprovecha cualquier oportunidad para bromear, anda por aquí repartiendo comida y mantas.
Katniss nos espera fuera el hospital improvisado, la seguimos hasta un edificio y entramos en nuestro viejo apartamento. Es curioso volver a este lugar. Al pasar por el salón no puedo evitar recordar el primer beso. Y los que lo siguieron.
Cressida, Phy, Pollux y Castor ya nos esperan en el baño. Con nuestro querido rehén.
—¿Habéis preparado una fiesta privada sin avisar? —se queja Haymitch.
—Descubrimos algo —explica Cressida, tendiéndole los papeles—. Peeta y Katniss han decidido que eres de fiar.
—Necesitamos tu ayuda, otra vez —digo.
Él no parece sorprendido por lo que ve en los documentos, aunque sí cansado. Se sienta en el retrete y nos mira. En esos ojos grises hay muchos dolores que desconocemos y años de lucha que parecen no acabar.
—Me gustaría decir que no me lo creo, pero no puedo. Ya había pensado que todo fue muy extraño. Pero… ¿qué queréis hacer?
—No todos son así —dice Phy, apretando los puños—. He conocido a muchos en el Trece que tienen un código de honor mucho más alto que eso. Estoy convencido de que se volverían en contra de Coin si lo supieran.
—¿Y tú qué dices, preciosa?
—Que no es tan sencillo como enseñar los papeles y ya —opina Katniss—. En cuanto se los llevemos nos apresarán y matarán a todos. Pero me niego a que esa mujer nos gobierne.
—Bueno, hay una manera de que nos hagamos oír. —El gesto de Haymitch se vuelve decidido—. Pero necesitamos ayuda. Y mucho público.
~ · ~
Katniss me aprieta la mano. Yo le acaricio el dorso con el pulgar.
Cressida está delante de nosotros, con Pollux y Castor, y sus enormes cámaras nos apuntan. A lo lejos se escucha la multitud que espera el momento en que saquen a Snow a la plaza y Coin se asome al balcón Presidencial para dar la señal de que lo disparen. Todos claman por la sangre de los caídos.
Beetee y Wiress, unos Vencedores del Tres, resultan ser de gran ayuda. Consiguen filtrarse en la red de comunicaciones, están preparados para poner en directo nuestra imagen en las grandes pantallas y que todo Panem nos escuche.
Entonces comienza la ceremonia. Y la Presidenta sale al balcón. Pero no le da tiempo a hablar.
—¡Ciudadanos de Panem! —digo, con fuerza, cuando Cressida me da la señal y la luz de las cámaras de vuelve roja—. Debéis saber algo del nuevo gobierno. Hablan de un mundo mejor, donde reine el orden, la disciplina y la igualdad, pero son capaces de cualquier cosa para conseguirlo.
En la pantalla se ven dos imágenes, en la izquierda estamos nosotros, en la derecha el Balcón donde todos intercambian miradas de confusión menos Finnick y mi hermano Phy, uno de los nuevos guardaespaldas de la Presidenta.
—Las Cosechas siempre estuvieron manipuladas —dice Katniss a la cámara—. Alguien eligió el nombre de mi hermana y el de Peeta cuando ellos debieron ir a sus Juegos. Fue este hombre.
Enfocan a nuestro rehén, que está bastante desmejorado desde que el maquillaje se le fue y tiembla atado en su silla.
—Sí… sí. Yo lo elegía. Teníamos… que dar un buen espectáculo, había otros como yo en cada Distrito. Pero la niña… ¡jamás habría elegido a la niña! ¿Qué hubiéramos ganado?
Ahora sacan imágenes de todos los documentos, donde aparece detalladamente el nombre de un chico en lugar de la niña. Y otros nuevos, que Boggs nos facilitó, donde se ve una sentencia firmada por Coin en la que se elige al Ángel como tributo. La Presidenta ha sido traicionada por su mano derecha, cuando le dijimos lo que había sucedido nos consiguió la información necesaria. Es un buen hombre.
—¿Esta es la clase de gobierno que queréis? —pregunto, mirando fijamente a la cámara—. Porque yo no. No creo que el fin justifique los medios. No quiero que nos controle una mujer capaz de sacrificar a una niña por su beneficio. No es el mundo donde quiero tener mis futuros hijos ni donde quiero que viva la chica que amo.
Katniss me aprieta más la mano con la última frase. Le dedico una sonrisa.
Nuestra imagen desaparece y todo se vuelve un caos. La multitud grita, indignada, por la nueva información. La Presidente, al reaccionar, trata de huir al interior del Palacio pero Phy la retiene.
Es entonces cuando todo se descontrola. Uno de los seguidores de Coin dispara a mi hermano en la cabeza. Veo en la pantalla cómo la sangre salpica a todas las personas del Balcón.
~ · ~
Al final la guerra sí se cobró una muerte que me dolía profundamente. Tax y yo lloramos a nuestro hermano dentro de un abrazo de papá, como si volviéramos a ser niños. Incluso mi madre pareció afectada. Lo enterramos en el Doce, junto a Shana, como le habría gustado.
Aunque al menos su muerte no fue en vano, y es un consuelo.
Finnick derribó al asesino y llegó Haymitch con más refuerzos, principalmente antiguos Vencedores o gente del Doce en la que sabía que podía confiar. Redujeron a los guardias de Coin y ella fue detenida bajo el mando de la Comandante Paylor.
Hubo un juicio público y una votación. Snow y Coin fueron ajusticiados en medio de la plaza.
Se tuvieron que sofocar revueltas. En el Capitolio y en el Trece. Muchos fueron encarcelados, otros prefirieron hacer ataques suicidas. Cayeron más inocentes. La crueldad parecía no acabarse.
Pero, tras esta tormenta, por fin llegó la calma a Panem. La mayoría de los habitantes del Trece se aliaron con los otros distritos y acabó lo que podría haber sido una segunda guerra. Los capitolinos dejaron sus vidas de exceso y tuvieron que comenzar a trabajar para comer. Se celebraron unas elecciones y Paylor fue elegida presidenta.
Meses después, cuando todo estaba suficientemente asentado, cada uno comenzó a buscar cómo conducir su vida.
Nosotros volvimos al Doce. Prim estudia medicina, su madre trabaja en el nuevo hospital del Distrito. Mis padres se separaron, mamá se fue a vivir al Capitolio como cocinera de un restaurante y papá se quedó con la panadería. Tax y yo trabajamos con él. La pérdida de Phy todavía nos duele pero es algo con lo que debemos aprender a vivir.
Katniss y Haymitch dirigen el orfanato, ahora hay bastantes huérfanos. Los tres recibimos una paga del Gobierno por haber ayudado tanto en la guerra, lo suficiente para poder vivir de forma decente.
Otros conocidos también van decidiendo sus caminos. Gale se marcha al Dos para un puesto importante en el ejército, temo que eso entristezca a Katniss pero ella solo desea que le vaya bien. Cressida, Pollux y Castor consiguen buenos trabajos dirigiendo la nueva televisión, con todo tipo de programas, algo que nunca se ha disfrutado en los distritos hasta ahora. Finnick y Annie viven tranquilos en el Cuatro, Beetee y Wiress también vuelven a su lugar de origen, Boggs pasa a ser el alcalde del Trece.
A paso lento, Panem comienza a mejorar. Cansada, herida, decepcionada. Pero también esperanzada y con ganas de construir un mundo mejor.
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—¡Cuidado, Willow! —grita Katniss—. Coge a Rye de la mano.
Nuestra hija hace caso. Agarra a su hermanito y juntos se acercan a la orilla del lago para mirar unos peces que han encontrado. Después empiezan a correr por el claro del bosque donde hemos hecho el picnic. Ríen, con el sol arrancando brillos del pelo dorado del niño, con el viento deshaciendo la trenza oscura de la niña.
Son la perfecta mezcla entre mi esposa y yo.
Sonreímos al mirarlos. Tardamos bastantes años en tenerlos, porque Katniss todavía tenía miedo, pero ahora sabemos que son lo mejor que hemos hecho juntos nunca.
La beso despacio, porque no tenemos ninguna prisa, porque tenemos el resto de la vida por delante para poder disfrutar de estos momentos.
—Preciosa, ¿eres feliz?
—Más de lo que podría haber imaginado.
—Te amo —susurro, contra su oído.
—Y yo a ti, mi diente de león.
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¡Feliz cumpleaños, E! Hoy espero que sea un día maravilloso para ti, que todos te hagan ver lo especial que eres. Hace ya más de un año que hablamos prácticamente a diario y quiero darte las gracias por cada una de las charlas, de las risas compartidas, de las confidencias. Me alegro muchísimo de haberte conocido y eres para mí una gran amiga. Espero que este solo sea el segundo de muchos otros regalos que te escriba para tu cumpleaños.
El final, quizá, no ha quedado del todo como me gustaría pero el tiempo ha ido en mi contra. Espero que hayas disfrutado el regalo, lo he escrito con mucho cariño.
¡Felicidades de nuevo! Un beso muy fuerte :)
