Algo de Johnlock porque por ahora la traigo contra John Watson.
El edificio era mucho mejor estéticamente que el de Baker Street. Amplios ventanales relucían a la luz de las farolas de la calle. El sereno de la noche adornaba con gotas cristalinas cada una de las superficies expuestas. Los mosaicos de granito pulido que recubrían la estructura le recordaba a Sherlock la plateada cabellera del inspector. Sin embargo todo el edificio poseía la elegancia que este le hacía falta. No tuvo que hacer el mínimo esfuerzo para colarse dentro; la concentración del recepcionista sobre su mini-televisor era de admirarse pues no detecto al intruso que ya se colaba al edificio.
Con andar de gacela subió por las escaleras guardando sus manos en los bolsillos del pantalón para evitar entra en contacto con el barandal o los muros. Por fin llego al quinto piso a la puerta indicada.
Con ayuda de unas diminutas palancas que siempre llevaba en sus bolsillos y sumo cuidado de no rayar la chapa, forzó la puerta para abrirse paso al departamento. Lestrade no estaba allí pero quizá no tardara en llegar.
Aburrido impaciente y frustrado, inspecciono los rincones del departamento concentrado en memorizar cada mínimo detalle que antes había pasado por alto. Sherlock acostumbraba irrumpir en ese piso cada que el aburrimiento se volvía insoportable, que la estupidez de Yard le volvía loco, que John se ausentaba y cada que cierto tiempo no podía sacarse al inspector de la cabeza.
Si.
Por algún motivo desconocido este aparecía constantemente en sueños, en su palacio mental con imágenes o escenarios sexuales que terminaban por endurecer el órgano entre sus piernas. El sexo para Sherlock no era un misterio y tampoco un área de interés así que hacer las imágenes a un lado no le costaba trabajo. Aunque de vez en cuando durante una escena del crimen cuando Lestrade posaba sus manos en las caderas con esa expresión en el rostro de "te estoy escuchando Sherlock, eres tan brillante y te necesito.", permitía a esas fantasías colarse un momento.
Salió de su trance para buscar un lugar cómodo donde esperar al inspector y descargar así de una vez por todas sus frustraciones, abusar de él verbal, psicológicamente, exigirle el acceso al caso y lo más importante; que Donovan le devolviera su abrigo.
Ciertamente jamás espero comenzar a fantasear tan nítidamente con él en ese preciso instante. Al darse la vuelta, allí estaba el hombre de hermosa piel canela tocándose apasionadamente, gimiendo su nombre cuando el orgasmo llegaba a su cuerpo. Pero Sherlock supo entonces que no se trataba de una proyección de su mente acelerada cuando el rostro lleno de horror le devolvió la mirada.
Con todo el acopio de si mismo que pudo reunir salió del departamento con dignidad. Anduvo guiado por sus pies sumergido en un estado de shock. Al llegar a la calle y subir al taxi no recordaba como lo había logrado.
Mientras era transportado la tensión en su masculinidad estaba particularmente rígida y no pudo evitar inspeccionarse echando un vistazo con extrañeza. Claro que no era la primera vez que sufría una erección pero si era la primera vez que no podía tranquilizarla a voluntad. La potencia de su erección también era única e incómoda así que decidió ignorarla volviendo su atención a la ventanilla para descubrir que había llegado a su destino. Pagó al taxista quien no muy discretamente le dijo que pensar en cachorros muertos le ayudaría con su "problema" Sherlock hizo algunas deducciones hirientes sobre él y bajó del auto para entrar en el edificio con la excitación aun latente.
En el departamento, John yacía sentado en el sofá, pies envueltos en calcetines, una copa de vino en mano y… la bufanda enroscada en el cuello. SU bufanda enroscada en el cuello, cubriéndole parte de la nariz.
El médico giró el rostro de mejillas sonrosadas para mirarlo con una amplia sonrisa oculta detrás de la tela azul.
— ¿Lestrade te mandó al demonio cierto?— preguntó burlón antes de que sus ojos se detuvieran en la entrepierna del recién llegado.
Sherlock se sorprendió de que John le conociera lo suficiente para saber donde había estado porque siendo sinceros dudaba que pudiese deducir algo a partir de una mirada. Su amigo dejó salir algunas risas ebrias haciendo que Sherlock volviera a la realidad. Y es que cada dos por tres la imagen de Lestrade en éxtasis acudía a su mente distrayéndolo y reforzando su erección. Regresó entonces su atención a John quien continuaba con sus risitas mientras su mirada se mantenía anclada a la entrepierna de su amigo. El detective disfrazó la incomodidad con suficiencia.
— Oh, no seas ridículo. Esta es una reacción del cuerpo completamente natural. Por el contrario de lo que te propones, eres tu quien se ridiculiza.
Con un puchero divertido tras un encogimiento de hombros a juego, el rubio llevó la copa de vino a los labios.
— Creí que estabas por encima de esos instintos "primitivos".
— Y lo estoy. Sin embarg…
—Sin mierda, Sherlock.— lo corto John dejando caer la cabeza en el respaldo del sofá para mirarle desde allí.— Se que intentas justificarte pero en realidad tienes razón; lo que sea que hayas hecho o visto en casa de Lestrade te excitó y para tratarse de ti, sería completamente normal. De hecho una de las escasas reacciones humanas que te he visto tener.— una risa divertida se atasco en la garganta del médico que casi derramaba su copa encima.— pero me intriga saber cómo has conseguido llegar hasta aquí con "eso" así.— una carcajada se elevo al techo cuando lo imagino por las calles caminando con su virilidad despierta y las mejillas de Sherlock se encendieron. Para su alivio, el sentirse avergonzado disminuía considerablemente la dureza de su masculinidad. Cuando John al fin paró de reírse le llamo con un torpe ademan.— ven, ven aquí.—Sherlock le miro con desconfianza pero se acercó lentamente y sin previo aviso la mano del pequeño medico atrapo el bulto dando un firme apretón que hizo al detective respingar.— Te ayudare con eso.— John bajo del sillón quedando de rodillas ante Sherlock quien tenía que admitir lo adorable que el médico lucia con su bufanda en el cuello, las mejillas coloradas y los dorados cabellos alborotados.
— Detén esta ridiculez. Estas ebrio. Levántate.
Pero el médico chasqueo la lengua y saboreo sus propios labios mientras sus manos torpes intentaban abrirse paso para por fin conocer la intimidad ese hombre que si bien actuaba como autómata ahora presentaba síntomas de humanidad.
— Shh… Por primera vez en tu vida cierra la maldita boca y déjame usar la mía.— ordeno John cuando el botón cedió bajo sus dedos.—cuando te dije que aprendí a tocar el clarinete en la universidad, no me refería precisamente al instrumento.— confesó al cerrar los ojos un momento reclinándose a sabiendas de que Sherlock escrutaba sus movimientos sin detenerle o alentarle a continuar. Aquello resultaba extraño. El detective no podía negar el atractivo que poseía el rubio a sus pies, la tensión sexual entre ambos en especial tras los casos se acrecentaba aun mas si estos eran de peligro mortal.
Constantemente se sentía seducido por situaciones como miradas, comentarios, actitudes de liderazgo que su blogger tomaba y sobre todo su delicioso porte militar. Pero en aras de mantener sus habilidades deductivas en optimas condiciones, debía reprimir todas esas sensaciones y no dejarse llevar por ellas, adoptando así la actitud de no estar interesado en sexo, repitiéndoselo a sí mismo para mantener su cerebro cuanto más apegado posible, a la razón pura y fría . Claro, si John decidía consumar aquella clase de actos, Sherlock no se negaría a experimentar con esos placeres. La necesidad de la carne a fin de cuentas, formaba parte de responsabilizarse de su transporte siempre y cuando no interfiriera en un caso. Además, el detective recordaba haberle dicho esa noche donde ambos se embriagaron y el médico había colocado la mano en su rodilla cruzando la delgada línea que ambos habían dibujado entre ellos en un silencioso acuerdo mutuo. Sherlock murmuró "Cuando quieras" en respuesta al "no importa" del rubio quien ahora permanecía con los ojos suavemente cerrados. Se dio cuenta entonces que John se había quedado dormido de rodillas con el rostro hundido en su entrepierna. Sherlock rodo los ojos y tomando al doctor en sus brazos lo acomodó en el sofá. Si lo conocía bien, este pretendería a la mañana siguiente que nada de esto había sucedido. El menor levantó la copa dejándola en la mesita de noche antes de apagar las luces y retirarse a la habitación con su pasión por fin apagada.
