En este capítulo hago referencia a mi primer fic, podrán encontrar el link en el texto.
Agradezco a todos aquellos quienes aportaron ideas y les aseguro que las he tomado en cuenta.
Ya estamos cerca del final. Ahora disfruten, yo os lo ordeno.
Al fin en casa.
Llegó sin ninguna clase de encuentro incomodo o interrupción. Todo marchaba tranquilamente.
Parecía un tanto raro y nada propio de Sherlock darse por vencido después de que huyera despavorido del estacionamiento. Así que el inspector permaneció alerta todo el día por si este decidía aparecerse de la nada, analizando posibles rutas de escape, inventándose excusas y posibles replicas para las replicas del susodicho.
Ahora que lo pensaba, en la tranquilidad del corredor de su departamento mientras accionaba la llave en el picaporte de la puerta, quizá estaba siendo algo paranoico.
No. Cuando se trata de Sherlock Holmes jamás se está lo suficientemente precavido.
Se le ocurrió que solo tal vez, la táctica de asignarle casos a diestra y siniestra había atrapado su atención. Después de todo, eso y los narcóticos eran su punto débil. Además, el proporcionarle tremenda marejada de casos (aunque no se detuvo a pensarlo antes) provocaría que John y su consultor pasaran más tiempo juntos estrechando el lazo, compartiendo miradas intensas, disfrutando de la adrenalina juntos que quizá lo guiara a otras situaciones…
¡Mierda!
El monstruo de los celos rugía inquieto. ¿Pero qué podía hacer Lestrade? El solo era el medio por el que Sherlock se mantenía entretenido, el instrumento para conseguir casos en que distraerse, la alternativa para no subyugarse a su hermano mayor, quien sea que este fuera.
Lestrade había oído a John quejarse de la enemistad entre ambos hermanos cada que el mayor los visitaba y del poderoso cargo que este aparentemente ocupaba en el gobierno.
Pero volviendo a sus tortuosos pensamientos, John en cambio era el mejor amigo del consultor, su compañero de piso, su médico, su colega en los casos, su blogger y además… él lo había tocado primero que nadie. Si. Es decir, Sherlock había permitido que John lo abrazara en repetidas ocasiones, palmeara su espalda o incluso… esa confesión que el rubio le hizo en una de sus varias noches compartidas en un bar; que había tocado la rodilla del pelinegro y este había respondido con un "cuando quieras", dejándole completamente confundido. Lestrade estaba más impresionado por lo sucedido que celoso. Era un gran avance para su… para Sherlock.
Sip. John Watson… siempre el buen John Watson…
Lestrade estaba seguro que en su caso, tocar era una gran ventaja. Hasta podría ser una señal para algo más. Sin embargo prefirió palmear el hombro del médico y dar un gran trago a su cerveza hasta dejarla por la mitad.
Sincerándose consigo mismo, Lestrade podía admitir la enorme envidia que sentía de John Watson y compadecerlo al mismo tiempo pues sabía lo insufrible que Sherlock podía llegar a ser en sus peores momentos o incluso en los mejores.
John soportaba la excéntrica convivencia domestica de ese hermoso, pálido y esbelto genio. El inspector era quien escuchaba sus quejas cada vez que salía el tema.
Que ahora pensando en ello, hablaban de Sherlock todo el tiempo cuando salían para olvidarse de los problemas en sus vidas por un momento y también del consultor. Lestrade sonrió para sus adentros dándose cuenta de que los dos sufrían alguna especie de bloqueo. Incapaces de mantener a Sherlock fuera de sus vidas incluso en su tiempo libre.
Sin embargo, a Lestrade no le importaba ninguno de estos defectos. John no había conocido lo peor del detective; aquellos días en los que realmente era alguien inaccesible y frio, sus noches de peligro, las sobredosis, el proceso de desintoxicación, la infinidad de redadas para sacarlo del motel para adictos, todo cuanto Lestrade había vivido con él. Mejor dicho, por Sherlock.
Así que unos cuantos experimentos, algunas cabezas en la nevera (siempre y cuando tuviera los permisos adecuados) y las noches en vilo, no serian problema para él. Gustoso aceptaría al menos un mínimo con lo que Sherlock favorecía al médico si ese era el precio a pagar.
A veces, cuando Sherlock se comportaba como un idiota insoportable, Lestrade se preguntaba ¿Cómo demonios termino así? Perdidamente obsesionado con el menor de los Holmes.
Entonces recordaba que no solo su bella figura era la razón de este sentimiento que crecía con el tiempo, sino la muestra de ternura que hace algunos años (y solo por única vez) había dado sinceramente a nadie:
Sherlock, completamente alterado, acelerado y en un humor de los mil demonios, derribó la puerta de su departamento. Por entonces Lestrade no había podido comprobar que este abusara de alguna sustancia y sin embargo, esa noche parecía más evidente que nunca. Despotricó exigiendo algún caso clasificado mientras el inspector se negaba a proporcionarle algo.
Como evidencia irrefutable para Lestrade de sus sospechas, Sherlock había terminado por ofrecerse… sexualmente.
Si. Ofreciéndose a cambio de un caso.
En ese entonces el inspector sentía atracción por el apuesto detective, pero nada más allá que deseo sexual. Sin embargo, por mucha tentación que esto fuera, si el chico estaba bajo el efecto de algún estupefaciente, Lestrade no podía aprovecharse de él.
Las cosas llegaron a un punto extremo en que las pálidas manos solo se estuvieron quietas cuando Lestrade lo esposó a la cabecera de la cama. El chico parecía dispuesto a mutilar sus muñecas con tal de escapar y el inspector le amenazo con informarle a su hermano del que entonces sabía mucho menos.
El hermano mayor de Sherlock solo hizo contacto anónimo para avisarle que el menor tenia hábitos "poco saludables" y era "irritantemente inestable". Lestrade no sabía qué tipo de hermano se expresaba así del otro pero con el pasar de los meses descubrió lo que esas vagas palabras significaban y que encajaban con la realidad.
— Basta, Holmes.—ordenó pero el chico no se detuvo.— ¡Sherlock!
Solo así, el detective puso un alto a su lucha. Lestrade jamás le había llamado por su nombre de pila y descubrió que le gustaba saborearlo.
—No comprendes.— soltó el joven desviando la mirada.— nadie jamás lo hace.— su ojos nubosos se perdieron en algún punto del techo mientras hablaba y algo parecido al terror adornó el timbre de su voz.— va a internarme, me recluirá en rehabilitación. Dijo que lo haría.
— Y le daría toda la razón.— Lestrade replicó sin tacto después de tragar con dificultad, pero se arrepintió al instante. Holmes parecía estar en un momento de fragilidad. Algo que jamás mostraba ante nadie. Lestrade no estaba seguro de cómo reaccionar pero sabía que podría ser el primero. No. Estaba seguro de que era el primero en ver esa faceta.— Es decir, no sé porque haces esto.— continuo intentando reparar el error, pues si su comentario imprudente afectaba de algún modo al joven detective, quizá decidiera callarse y guardar en su pecho aquella pena que le aquejaba, la cual podía ser la explicación real para que este recurriera a los "estimulantes" (como solía llamarles).— Probablemente tu hermano tampoco y esa es su manera de ayudarte por que quizá ya no sabe qué hacer contigo.— hizo una pausa no muy seguro si debía revelar lo siguiente.— ¿Sabes? Nosotros no somos genios. No poseemos tus dones y nos es imposible (a la gente común) seguirte el paso.
Sherlock bufo una risa sarcástica, muy distinta a la usual. En ella había algo que el inspector no pudo detectar.— Mi mente es como una bomba de tiempo que acelera su cuenta regresiva cuando estoy estático, amenazando con estallar en cualquier momento y hundirme en la miseria si no le proporciono algo que la apacigüe. — se explicó elocuente con voz apagada. Algo antes jamás oído. El inspector presto atención consciente de que estaba a punto de escuchar algo que jamás se volvería a repetir.— A su lado…— el joven parecía tener dificultad para pronunciar en voz alta lo que parecía llevar consigo desde mucho tiempo atrás.— … no soy más que un estúpido.— sus ojos celestes se escondieron debajo de los rizos alborotados cuando agachó la cabeza. El corazón del inspector latía acelerado al contemplar tanta belleza en esa imagen de abatimiento, esa imagen de fragilidad. Se pregunto a sí mismo si existiría en el mundo otra persona que luciera tan bella en garras de la agonía emocional.
El aire escapó de sus pulmones, sintiendo el corazón en la garganta incapaz de pronunciar nada para aligerar su carga ¡Y rayos que quería decir algo! Pero en ocasiones el silencio es el mejor consuelo.
Sherlock pareció sopesar algo, quizá alguna ironía que solo él podía comprender por qué bufo otra risa sarcástica antes de continuar.— sin él, probablemente estaría recluido en la soledad perpetua e insoportable de un mundo donde la brillantez escasea, donde sujetos como nosotros somos especímenes en extinción.— pareció, por primera vez, rendirse ante las esposas pues se acurruco en la cama.— Jamás, nada de lo que haga será suficientemente bueno para él. Así que, soy el hermano menor. El estúpido e impulsivo hermano menor.— por primera vez desde que lo inmovilizara, Sherlock elevo la mirada para encontrar los ojos marrones.— Llame, inspector.— le alentó con seriedad.— Llámelo y permítame decepcionarlo de nuevo.
Lestrade hizo lo mejor que pudo para no derramar las lagrimas que se agolparon en sus ojos. Conocía el viejo sentimiento de ser la oveja negra de la familia. Quien acarrea y se mete en problemas sin pensar en las consecuencias, quien es la constante preocupación de las personas que lo rodean. Él mismo había sido una especie de chico problema para su familia y no fue hasta que perdió a sus padres cuando el destino le abrió los ojos cambiando así para siempre el curso de su vida. Se sentía inmensamente conmovido de ver ese lado humano, terriblemente halagado porque un hombre que parecía no tener o experimentar emociones, le eligiera para mostrar ese lado sensible que seguramente ni el condenado hermano habría visto jamás.
Y fue ahí donde quedo flechado.
Podía ser que Sherlock estuviese demasiado drogado para recordarlo, pero Lestrade no. Lestrade nunca lo olvidaría y ciertamente jamás le contaría a nadie sobre ello. Era algo intimo. Algo entre Sherlock y él. Algo que John Watson no tuvo oportunidad de vivir junto al detective, una parte que no conocía de su compañero de piso. Esa memoria era suya solamente suya y no la compartiría con nadie.
Desde entonces, cada día le fue más fácil que el anterior sobrellevar el comportamiento errático de su consultor.
Ahora, después de tantos años a la sombra de ese afecto y deseo inmensos, Lestrade le dejaba el campo libre al médico. Bueno… no es como si realmente Lestrade hubiese estado en disputa con él o manejara posibilidad de "anotar".
Cada que Sherlock hacia algún comentario que alimentaba sus esperanzas (como el del estacionamiento) Lestrade se recordaba con crueldad que era John quien llevaba las de ganar.
Suspiró con nostalgia entrando en su departamento a razón de las emociones que todos esos recuerdos trajeron a su corazón, uno herido, destinado a permanecer en las sombras, al margen y ultimo en la línea.
Cerró la puerta tras de sí, se quito los zapatos pisando el talón de uno para sacar el pie y luego repitió la acción con el otro sin necesidad de agacharse o usar las manos. Lanzó las llaves al tazón cercano a la entrada y recargo la espalda contra la puerta sin dejar de pensar en lo mucho que añoraba la figura de cabellos ensortijados, su andar con aire de superioridad, su pecho obscenamente marcado en las entalladas camisas, los oscuros pantalones ceñidos a sus firmes glúteos, la voz profunda, seductora, grave…
Uhm…
El gemido hizo eco en sus oídos al imaginarlo.
Ahh…
Que delicia escucharle así; ahogada en placer, aterciopelada en deseo. Tan nítida en la imaginación de su mente.
Su hombría despertó a causa de la vívida recreación y llevo involuntariamente su gruesa mano a la entrepierna, frotando la palma para acomodar la erección oculta bajo la ropa.
Hnnn…
Oh, la voz gruesa, varonil, sus acordes… casi podía imaginar la calidez de su aliento.
Su masculinidad despertó por completo, rígida, ya húmeda y potente. Tenía que ocuparse de eso en el sofá con urgencia. Así que caminó unos tres pasos para alcanzar la estancia y lo que vio lo hizo congelarse en el acto.
Ninguna imaginación suya había creado la voz jadeante que escuchaba en su mente. La verdadera razón para que las fantasías que acostumbraba reproducir cada noche fuesen mas nítidas que nunca era porque su protagonista, real, de pálida carne y fuertes huesos, era la fuente de ellos.
Allí estaba Sherlock, su camisa purpura desabotonada cayendo por lo torneados hombros, dejando expuesta su hermosa piel lisa. Sus pezones erectos, tan sonrosados como los imaginó. Su bello abdomen definido por deliciosos cuadros se contraía a razón de su respiración acelerada. La mano compuesta de finos y largos dedos de pianista adornados con relucientes uñas como el cristal, sujetaba su prominente hombría enrojecida, brillante, húmeda y apetecible.
El inspector relamió sus labios antes de poder hilar algún sonido. Abrió la boca un par de veces pero al instante la cerró. Su cerebro se encontraba inhabilitado para creer lo que veía, su miembro por otro lado, ansiaba participar en el juego obligándole a permanecer callado. Pero Lestrade no era un hombre que se dejara dominar por su bajos instintos. Todo el tiempo luchaba por mantener esa parte de si bajo control para cumplir con la ley, para seguir con las normas de su propia moralidad. Así que maldiciéndose por dejar pasar esta segunda oportunidad, se armó de valor para sonar autoritario.
— ¡Sherlock! ¡¿Qué demonios haces en mi sofá?!
Si no creyera conocer bien al consultor habría creído que su voz causó algún efecto en él porque dejó salir un gruñido de profundo placer en ese mismo instante (el cual fue directo a su propia entrepierna provocando una espesa humedad que hizo adherirse la ropa interior a su piel intima).
Sherlock echó sus rizos de seda negra hacia atrás elevando al mismo tiempo las caderas. Sus angulosas mejillas encendidas contrastaron con su tez lechosa. Hilos de su hermosa crema perlada revistieron el abdomen de marfil con una potencia que casi alcanza su largo cuello.
Lestrade no pudo hacer otra cosa que clavar los ojos en la hombría del detective y, a su vez, anclar los pies al suelo para evitar hacer algo de lo que pudiese arrepentirse después.
Sherlock permaneció con los ojos suavemente cerrados mientras los marrones recorrían su larga figura para admirar sus prolongadas pestañas. Jamás habría podido ver a Sherlock tan tranquilo, en la cumbre de su belleza. Tenía todo el perfil de un príncipe, de una escultura romana labrada en el mas reluciente *marfil. Sus bellas facciones encontraban la delicadeza de un arcángel pero al mismo tiempo la rudeza de todo un caballero ceñido con armadura negra.
" Mierda."
Lestrade ahora estaba locamente enamorado de ese hombre.
Sherlock abrió un ojo solo para mirarle, sin volver el rostro y el inspector desvió el suyo en el acto, avergonzado de sí mismo.
— ¿Ha visto suficiente? — preguntó Sherlock con la voz extraordinariamente… suya, para haber tenido un orgasmo tan solo segundos atrás.— Confío en que sí. De otro modo mi visita no tendría sentido.
Y como si esto fuese algo de todos los días, tomo algunos pañuelos de la caja a su lado para limpiar los fluidos.
Lestrade habría querido replicar, reprenderlo, pero estaba verdaderamente confundido.— ¿Po-Por…? ¿Por q…? ¿Por qué…?— balbuceó pero Sherlock le cortó con una sonrisa en el rostro, incorporándose en el sofá para acomodarse los pantalones y luego abotonar su camisa.
— No te presentabas a ninguna de mi escenas. Cuando sea que llegara a tu oficina en Scotland jamás te aparecías y en el estacionamiento huiste deliberadamente.
— Yo no…
— Oh por favor. No soy estúpido, Lestrade. Olvidas con quien estas tratando.— Sherlock se puso en pie tomando el saco del respaldo para deslizarlo por los brazos.— todo esto comenzó inmediatamente después de que te encontré…— hizo una pausa para buscar la palabra adecuada.— "ocupado" en este mismo lugar.
Las mejillas del inspector se encendieron y cerro los puños a los costados.
— Si, si, si. Pero ¿Eso que tiene que ver?
Sherlock se encogió de hombros alisando las arrugas de su saco oscuro.
— Llegue a la conclusión de que me evadías por eso.
— ¿Y? ¿Qué se supone que intentas hacer con… con "esto"? — inquirió el inspector incapaz de darle un nombre a los actos presenciados.
— No intento. — replico elocuente fijando los orbes de zafiro en las mejillas doradas que adquirían un ligero matiz escarlata.— Igualo condiciones.
— ¿Igualar?
— Si. Yo te he visto, ahora tu me has visto. Estamos en las mismas condiciones. Ahorrémonos las ridiculeces y vuelve a ser mi D.I.— caminó con aire resuelto hacia la puerta, sabiendo que el inspector se había quedado sin habla. Al pasar por su lado, Sherlock ronroneo las siguientes palabras. — No es lo mismo sin ti.
* s/10506924/1/De-Marfil-y-Plata
