Bien. Aclaraciones; en mi fic, John jamás se caso con Mary pero la noche de ebrios si sucedió. Lestrade está divorciado desde hace casi dos años, no tiene hijos y creo que nada más.

¿Querían leer? ¡Pues lean y disfruten Os ordeno!


Lestrade no podía creer lo sucedido. Ni siquiera escucho cuando Sherlock salió del departamento cerrando la puerta detrás de sí. Sus pensamientos solo recreaban el momento de la explosión pasional de aquel ejemplar dando rienda suelta a sus impíos instintos. La excusa seria el exponerse para hacer de la situación una equitativa, segund los propios labios del joven detective. Pero qué métodos tan poco ortodoxos, descarados y apetitosos. Sherlock no tenía idea de lo que había provocado, del monstruo deseoso de apagar la llama de su lujuria que ahora se levantaba en las profundidades de su ser, despidiendo chispas, protestando, negándose a creer que debía hacerse a un lado.

Conocía bien al menor de los Holmes en este aspecto, es decir, cuando este quería algo lo conseguía sin importar los medios que utilizara, a quien tuviese que enfrentar o si causaba daño colateral. Este pensamiento le dejaba bien claro al inspector que Sherlock solo había actuado de ese modo con tal de regresar a su "rutina" ( la cual lo incluía) y nada más. Que probablemente ese espectáculo no significaba nada para él. Oh pero no para Lestrade, quien taladro con sus vetas de bronce y marrón el lugar que Sherlock había ocupado momentos atrás, tirando de su firme carne hasta hacerse derramar con el sonido de su voz.

La fuerza de la lujuria se desató en los pantalones del inspector. Desesperado se hincó en el sofá, encorvó la espalda reclinándose al frente de modo que su nariz se hundía en la tapicería que aún conservaba el refinado aroma virginal, juvenil, seductor y varonil característicos de esa criatura sexual, mas provocativa incluso de lo que el mismo estaba consciente. Y es que Sherlock no estaba o no parecía estar al tanto del atractivo que poseía, de lo que provocaba en otros. Varios colegas y algunos hombres en Scotland, ya fuere en alguna reunión en el bar que solían visitar después de un caso especialmente difícil o en el almuerzo, compartían cotilleos casuales sobre lo que harían con Sherlock para enseñarle una lección. Pero Lestrade dudaba que el sexo pudiera ser un arma eficiente para erradicar el mal comportamiento del menor. Para cualquier otro hombre podría funcionar, pero no con él. Jamás se unió a esas conversaciones pero muchas de sus fantasías se alimentaban de esas ideas. Reprodujo algunas mientras regresaba su atención al perfume impregnado en el cuero pero el olor del detective arremetió contra ellas, trayendo de vuelta la imagen del chico y su voz extasiada. El aroma pareció comandar la orden a su mano que rápidamente y entre tintineos de la hebilla del pantalón, pudo al fin consagrar libertad a su erección. Se sorprendió al ver el ángulo que adoptó su carne rígida, apuntando al techo con decisión, orgullosa, depravadamente colorada, sedientamente brillante y chorreando pesadamente sobre el sofá. Se tomo a sí mismo, colocando la mano en la parte posterior donde una ancha, sensible y abultada vena se marcaba a lo largo. La palma presionó de lleno esa zona cuando los dedos enroscaron la firme circunferencia masculina. Ese apretón consiguió enronquecer su voz al sentirse caliente, imaginando los gruesos labios de terciopelo rosa en lugar de los dígitos. Los gemidos del joven prospecto se repetían en un eco vívido. Eso fue suficiente para el hombre de hebras plateadas quien roció con su espesa semilla el respaldo del mueble. La potencia de su liberación fue tal, que un mareo le sobrevino y se desplomó en el sofá. Recostado sobre su amplia espalda, daba unas caricias finales a su hombría exhausta.
Para su sorpresa, el clásico proceso de autocompasión y pesimismo no surtió efecto en esta ocasión. No supo explicar porque pero se sentía más vivo que nunca, como si hubiese rejuvenecido años y lleno de energía. Una amplia sonrisa se extendió iluminando la dorada piel cubierta por esa fina alfombra de bellos grisáceos que conformaban su barba a medio afeitar. Ahora estaba decidido. Al día siguiente lo lamentaría por el médico (quien además de simpatizarle era un intimo amigo), pero ahora no abandonaría el poco terreno que había ganado con Sherlock. Si llevaba las de perder al menos le demostrarían al detective lo que estaba a punto de dejar pasar. Además de que, consciente o no de sus actos, este había jugado una carta muy peligrosa.
Quiso pensar por un momento detenidamente para estar completamente seguro de su decisión. Sherlock tenía un mundo de posibilidades para haber procedido al demostrar que no poseía intenciones de chantajearlo; podría haberle dicho que no contaría a nadie lo visto. Desde luego Lestrade no le creería una palabra. Vaya, ni siquiera le permitió acercarse aquel día del estacionamiento. Quizá no le había dejado más remedio que actuar así. De todas formas, para un hombre reservado como el menor de los Holmes, una exhibición de esa índole parecía no ser parte de algo que haría por cualquiera. Así que con esperanzas renovadas, el inspector entró a la ducha para después ceñirse el pijama y conciliar un sueño reparador pues al amanecer necesitaría todas las energías de las que pudiera hacer acopio. Un día difícil estaba por venir.

En el bar, John tomaba su última cerveza. Estaba ligeramente mareado a pesar de haber bebido seis botellas en menos de dos horas entre coqueteos con chicas realmente atractivas, de cintura tan pequeña como una avispa y piernas deliciosamente robustas.

Le gustaban las mujeres con pechos redondos como firmes esferas de piel, caderas amplias, curvas y montes tan perfectas que en su espalda baja se formaba ese arco seductor. Ese era el ideal de belleza para el médico y mujeres con este perfil físico no faltaban en el lugar. Sin embargo, no importó cuantos besos y caricias compartía con cada una de ellas, la tremenda erección que sufrió aquella noche en el departamento al ver a Sherlock excitado, no se repetía. Frustrado, se disculpó en tres ocasiones con las damas argumentando estar demasiado ebrio para poder hacer nada más. John sabia como tratar a las mujeres para poder rechazarlas y que incluso, se marcharan felices. Claro, con Sherlock inmiscuyéndose en cada una de sus citas, el rubio no había tenido un rompimiento en buenos términos desde no sabía hace cuando.

"¡Maldita sea!"

Y allí estaba John de nuevo. Con Sherlock metido en su cabeza. No tenia caso continuar con esa farsa. No estaba disfrutando la noche, no estaba encontrando el consuelo como esperaba. Por el contrario parecía que a cada gota de alcohol en su sangre se encaprichaba mas con el consultor.
Pago la cuenta preguntándose por enésima vez, porque Sherlock no le había impedido proceder. Es decir, primero la rodilla y luego... luego... el "problema".

Mientras guardaba el cambio y giraba sobre sus talones para dirigirse a la puerta, la certeza de que el detective le deseaba también, se renovaba con cada paso.

Aun así, no podía evitar preguntarse ¿Cual hubiese sido la reacción de cualquier otro al ser tocado por una persona que no le atrae? El mismo acababa de experimentar la respuesta. ¿Y si a Sherlock le pasaba lo que a John con estas mujeres? ¿Y si se sentía atraído por él, permitiendo ser tocado para así comprobar lo que podía o no sentir? No. Bueno, tenía que recordar que se trataba de Sherlock y no de una persona común. Quizá lo veía como un experimento sexual. Seguro que era capaz de eso y más. Pero... ¿Y Lestrade? Desde que Lestrade comenzara a ausentarse, Sherlock parecía enfocarse a pensar solo en eso, solo en el.

John creía que Lestrade era un buen hombre. Que nadie como el inspector era tan íntegro, de fuerte, de justa moral y claro, merecedor de toda la felicidad que la vida pudiera ofrecer. Después de todo, era una noble persona que sufrió la desdicha de ser traicionado por la persona que mas amaba en el mundo. Y si a Sherlock se le ocurría utilizarlo para consumar sus absurdos experimentos, John nunca se lo perdonaría.

Hasta este momento, si las cualidades actorales de su mejor amigo no le engañaban, entonces Sherlock tenía algo serio por el inspector. No es que este demostrara sus afectos de una forma identificable, pero se lo veía distinto.

El médico no quiso pensar más en ellos dos mientras abordaba el taxi que lo llevaría de vuelta a Baker Street, pues quizá en este mismo instante Sherlock y Lestrade estarían... No.

Eso no podía pasar en esta ni en ninguna otra dimensión paralela.

Es decir, Sherlock era un tipo galante. Tal vez demasiado. El rubio creía que su compañero de piso podría rayar en la coquetería. Esos andares por el piso envuelto solo en una sabana, las camisas obscenamente ajustadas, la forma en que jugueteaba con los largos dedos en los labios, el matiz que adquiría su voz profundizándose cuando quería conseguir lo que deseaba. Todo ello lo aplicaba metódicamente como si se tratara de una ciencia. La ciencia de la seducción.
Si. Ahí tendría John el título si decidía escribir sobre ello en el blog. Quizá lo hiciera, pero de manera privada. Podría escribirlo para sí pero no publicarlo pues ya la mitad del reino británico especulaba sobre el tipo de relación que existía entre ambos. Relatar sus arranques de coquetería solo echaría más leña al fuego.

- Es decir, no soy gay.

- Bien por ti amigo.- respondió el taxista pues John había soltado sus pensamientos en voz alta.- son 6 libras.- John pagó y avergonzado bajó del auto para entrar en el edificio donde al llegar a su departamento encontró a un Sherlock distinto. Se le veía de buen humor. Sus hermosos labios parecían teñidos en un rosa más intenso, su piel normalmente pálida adquirió un ligero brillo terso. Sus ojos brillaban de un añil que resaltaba aquellas vetas doradas y esmeraldas tan peculiares. Esa belleza de aire noble parecía potenciarse con la sonrisa que esbozó. Su primer pensamiento fue que Sherlock le tendría noticias sobre el giro inesperado de su relación con el inspector, pues este le pidió enseguida que tomara asiento en el sofá. John no quería escucharlo. No quería saber que lo había perdido para siempre. Es decir, que bien por ellos, pero John prefería no enterarse de nada. Así que trató de alegar cansancio para poder retirarse a su habitación aunque sabía que de nada le valdría. Sherlock lo arrastró al sofá tomándole por los hombros y al rubio no le quedo más que sentarse. Bueno, si Sherlock estaba por empezar una relación, su deber como amigo era brindarle su apoyo independientemente de los sentimientos que pudiese tener por su... espera…

¡¿Sentimientos?! ¡¿Qué?!

No se dio cuenta que Sherlock ya tocaba el violín frente a él, marcando unos alegres pizzicatos. Cosa extraña pues prefería piezas más deprimentes.

- ¿Que...?- comenzó el médico pero su interlocutor respondió antes de que pudiera formular la pregunta.

- Lestrade volverá a encargarse de las escenas en mis casos.

- oh...- exclamó John con fingida alegría. En cierto modo le alegraba pensar en volver a verle pero no dejaba de sentirlo como una amenaza.- ¿te has disculpado por lo que sea que le hayas hecho al pobre hombre?

El detective borró la sonrisa en el acto mirándole con reproche.

- ¿Por qué supones que he sido el causante de su mal?

- bueno...- John se sintió como un tonto al oír el solemne tono de voz- ... es... no puedes culparme por pensarlo. La última vez que se ausentó fue porque tu le dijiste, de una manera que aun repruebo, que su esposa dormía con alguien que no era él.

- Le hice un favor.- sentencio ofendido y bajo el violín.- además, el mal en cualquier instancia, lo ocasionó ella con sus actos libertinos (por demás evidentes) y no yo. No fui yo el que cometió adulterio.

John no supo refutar ese argumento y decidió tomar el siguiente.

- De acuerdo. Digamos que tu nada empática forma de dar esa clase de información delicada es un acto noble por tu parte, sigues siendo un completo idiota insoportable cuando no te asigna los casos que quieres. Aun recuerdo como saboteaste la cafetera para que estallara y le derramara su contenido encima. No sé como lo hiciste pero sé que fuiste tú y te aseguro que Greg también lo supo. No sé qué maldad le habrás gastado aquella noche en venganza por tu abrigo y NO quiero saber.- dijo haciendo énfasis en la palabra "no" y levantando el índice a juego cuando este se disponía a abrir la boca para refutar.- No. No quiero saber. Que eso quede entre ustedes dos. Me alegra saber que de un modo u otro lo han solucionado. Ahora, si no te importa, quiero ir a la cama.

Sherlock frunció el ceño disgustado por la negativa de su bloguer a escuchar el relato de su aventura con Lestrade y la ingeniosa solución que había encontrado al problema.

Es verdad que a Sherlock le gustaba torturar un poco al D.I. saboteando su oficina, abusando verbalmente de Donovan, hurtando su placa, esposas, armas y cigarrillos. Pero también lo utilizaba como último recurso para llamar su atención.

Momento…

Eso no sonaba como realmente era. Es decir, había ocasiones en que Lestrade no quería saber nada sobre él, en que era un necio de mente cerrada, testarudo y cabezota que echaría a perder el caso si no lo escuchaba. Era entonces cuando Sherlock hurtaba sus cosas, de ese modo mágicamente Lestrade se aparecía en el departamento exigiendo sus pertenencias de vuelta donde el pelinegro tenía oportunidad de convencerle. Aunque solo en la privacidad de su palacio mental podría admitir que en ocasiones aisladas únicamente lo hacía para poder tenerlo cerca, que la satisfacción de verlo abandonar todo cuanto hacia en el acto para lanzarse en su ayuda, era infinita. De ese modo sonrió para sus adentros y algo de la ofensa se desvaneció para dar paso a la curiosidad. ¿Por qué John regreso tan temprano? Sin señales de haber tenido sexo cuando era claro que en sus salidas de bar se acostaba con al menos una persona con la que sostenía una breve relación. ¿Por qué no lucia tan alegre como la noche anterior? La tonalidad de sus mejillas, su andar errático y sus ojos cerrándose con perezosos parpadeos, le decían a Sherlock que su amigo tenia la misma cantidad de alcohol en el sistema que la última vez. Solo que ahora no intentaba hacerle felación alguna. ¿Qué factor había cambiado? Lo miró detenidamente cuando el doctor se puso en pie con holgazanería para determinar que circunstancia cambiaba las cosas. No porque le hiciera falta, sino por simple curiosidad.

Obviamente la falta de erección era una, el hecho de que John fuese quien llegara a casa y no al revés era otra. Bueno, John se había dormido apenas intentar el acto. Quizá el médico lo encontrara sexualmente aburrido, por ese motivo jamás dio un paso para tocarlo y Sherlock había hecho de todo para coaccionarlo, pero este jamás dio indicios de querer hacerlo. Así que dejó de insistir tiempo atrás.
El consultor había llegado a una conclusión; esa noche John reunió valor por medio del alcohol para averiguar de una vez por todas sus inclinaciones (Sherlock creía que tenia un conflicto interno sobre su sexualidad) ¿Y cuál fue si no el resultado?; Dormirse. El ego del detective estaba herido. Pero no dio importancia. A fin de cuentas solo se trataba de sexo.

El detective se limitó a observar los andares de John mientras desaparecía escaleras arriba, quien sentía la pesada mirada sobre su nuca provocándole un escalofrió que recorrió toda su espalda. Al fin la sensacion de que Sherlock callaba algo le obligo a darse la vuela y soltar un seco "¿Qué?" Seguro de que iba arrepentirse al escuchar la respuesta.

- ¿Te aburro?- preguntó este sin retirar sus ojos de John que no supo cómo responder a esa pregunta. Hizo algunas muecas intentando articular palabra pero no estaba seguro a que se refería el detective o por que la pregunta súbitamente. Desde luego que el consultor no le aburrida. ¿Quién podría aburrirse con semejante personaje excéntrico? Le provocaba muchas cosas, pero la última de ellas era aburrimiento. Pensando en esto, el silencio se prolongó lo suficiente para que Sherlock reflexionara sobre la cuestión.

Tiempo atrás, después de que la mujer fingiera su muerte y citara a John en solitario para pedir su ayuda, el detective escuchó la conversación completa pues lo había seguido al lugar. Fue entonces cuando comprendió que su amigo jamás lo vería como algo más que eso. Sherlock siempre creyó que se negaba a sí mismo la naturaleza de su atracción por esos conflictos con su sexualidad y no le importaba si la negaba frente a otros pero ¿Por qué negarlo en privado, frente a alguien que obviamente pudo observar y no solo ver? Ambos estaban a solas, sin bien John es del tipo reservado, un silencio habría otorgado la razón y el pase libre para que Sherlock hiciese un movimiento con la intención de llegar a él. Algo impactado (pues además de la negativa de su bloguer hasta el final, descubrió que sus deducciones estaban erradas), Sherlock volvió a Baker Street.

Sin embargo, la vieja costumbre se volvió un habito y sus conductas seductoras un arma cada vez más poderosa en los casos. Pero desde entonces comprobó que en otros tenían un efecto devastador (incluyendo a Lestrade que parecía inmune y quien al parecer, le dedicaba sus fervores cada noche). Entonces, respecto a John solo quedaba una interrogante; o le aburría o no lo consideraba atractivo.

- No Sherlock, de todos los calificativos que se te pueden dar ese es el último que se me ocurre. Y si eres irritante, pretencioso y actúas como una maquina sin sentimientos que juguetea con los corazones a su alcance sin importarte cuanto arriesgan los demás por ti, que una vez que los tienes en tus garras encuentras la manera de meterte tanto en nuestras vidas que ya no podamos sacarte, si... - John entorno los ojos rascando torpemente su sien, parado a mitad de la escalera. Había perdido el punto de lo que diría y ahora, también gracias al licor, todo era algo tan confuso como para el hombre de cabellera rizada. Sherlock tuvo que aceptar que su pregunta podía interpretarse de ese modo.
Sin darse cuenta, el menor lo siguió hasta el pie de la escalera que daba a su habitación. Ambos se miraron un instante o quizá por horas. John no podía calcularlo con exactitud. Se perdía en esas angulosas facciones, en los iris de zafiro que lo taladraban, en los hermosos rizos de brillos metálicos, en la esbelta figura envuelta en su bata celeste de dormir. En tres zancadas bajo los escalones para abrazarse al cuello de ese hombre y presionar con desespero su boca en los labios tersos...

"¡Santo Cielo!"

¡Pero que boca! Sus labios eran como dos dulces de algodón, inimaginablemente suaves, delicados. Su aliento embriagante, varonil, perfumado con su refinados esencia. Cálidas oleadas de aliento pasaban de Sherlock al rubio cuando separo sus aterciopelados rebordes para corresponder al beso. John no rompió la unión de sus rostros hasta que sus manos recorrieron la espalda, jugando con la yema de sus dedos en cada fina vertebra para llegar al abdomen y viajar a la entrepierna del detective, comprobando que esta yacía dormida. El médico no podía detener sus propios gemidos pensando en que Sherlock le permitía tocar. Le tomo por las caderas, provocando que este se encorvara para gemir en su oído. ¡Dios, que el detective no era ruidoso! pero su voz gruesa emitiendo esos suaves acordes pasionales eran suficientes para poner al John tan rígido que su miembro se sentía artificial. Las gruesas manos lo sostenían mientras sus propias cadera creaban fricción en la zona íntima. Sherlock se recargo al fin contra la pared donde ahora John lo mantenía acorralado, sus orbes relucían como dos círculos de hielo elevando a su máximo el libido del contrario quien ya podía sentir su ropa interior bañada en excitación líquida. Tanteó de nuevo la zona a provocar, encontrando la mecha de su pasión completamente apagada y sin rastro de vigor alguno. John lo miro directamente a los ojos, esperando encontrar rechazo, repudio, aburrimiento quizá pero lo que encontró en esos ojos fue algo aun peor; el entusiasmo deslumbrante en su mirada (aunque sus facciones desprovistas de emoción) , esa que dedicaba a los casos difíciles o a sus experimentos descabellados. Y John odió esa mirada. Se aparto de golpe dejando a Sherlock con una expresión de cachorro desorientado a la que John negó con la cabeza enérgicamente para retirarse en dirección a su alcoba, subiendo los escalones de tres en tres. Cuando la puerta se azotó al cerrar en su nariz (pues había intentado detenerlo en el camino) Sherlock bajo en dirección a su habitación pensando que, de no haber tenido el primero orgasmo, habría descubierto por fin si sus afectos por el médico eran solo atracción sexual o algo similar al error químico que llaman amor.